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Archive for the ‘In illo tempore’ Category

Sólo me apetecía hojear el periódico. La murria se había apoderado de mí. Era un sentimiento paralizante que, al removerlo, se intensificaba. De poco valían los análisis ni los exámenes de conciencia. Lo mejor era conservar la calma. Ni abandonarse ni resistirse. Dejarlo estar.
Esa marea que me inundaba, retrocedería. A la pleamar sucede la bajamar como a la noche el día.
Mi madre había golpeado la puerta de mi dormitorio con los nudillos para avisarme de que me estaban esperando.
“¿Estás ahí?” preguntó. “Sí” “Jorge y un amigo suyo acaban de llegar. Baja enseguida” “Sí”. Y me quedé escuchando cómo se alejaba.
Mi primera reacción fue desaparecer. Mi mente empezó a carburar. No estaba en condiciones de enfrentarme a Jorge y al otro.
Poseía mis propios recursos para remontar estos baches: la indiferencia ante los acontecimientos, el descenso de mi ritmo vital y, lo más difícil de conseguir, la aminoración del flujo mental.
Pensamientos caóticos y deslavazados se encadenaban sin fin como una burla o una maldición. Las ideas se desviaban de lo lógico a lo absurdo, de lo natural a lo grotesco, de lo divino a lo demoníaco.
Las emociones teñían de sombríos colores esa barahúnda.
A veces venía en mi auxilio un verso o una frase. Surgía del fondo de mi memoria y se ponía a revolotear dentro de mi cabeza, imponiendo su presencia, aventando esa sarta de disparates e incoherencias o dificultando su desarrollo y proliferación.
El trabajo que realizaba una simple cita de origen incierto, era titánico.
Mientras bajaba despacio los escalones, afloraron unas cuantas palabras en inglés. Cuando llegué ante la puerta del despacho, resonaban nítidamente en mi interior infundiéndome coraje. “Anywhere out of the world”…

 

 

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Camino de la escuela había una vieja morera, a la que nos encaramábamos cada vez que pasábamos a su lado. Cuando la divisábamos, nos precipitábamos y trepábamos sin dificultad por su tronco nudoso e inclinado.
Había que tener cuidado con los guardias municipales que nos espantaban a gritos y nos amenazaban con sus cachiporras de cuero negro. En cuanto a los vecinos, no nos fastidiaban con monsergas cuando nos veían tirar nuestras carteras y ponernos en cola para subir al árbol.
Una de las redacciones que mandó don Tomás se titulaba “La naturaleza”. Mediaba la primavera. Ese año había sido muy lluvioso y la hierba crecía pujante por todas partes, incluso en las junturas de los adoquines. El campo estaba verde y florido.
El maestro pensó que era el momento adecuado para desarrollar ese tema. Según él, bastaba echar un vistazo a nuestro alrededor para inspirarnos.
Se equivocaba. La mayoría de los trabajos eran un cúmulo de tópicos manidos que él mismo nos había aconsejado evitar. El tema propuesto era tan amplio que se nos escapaba de las manos.
Don Tomás revisaba las redacciones mientras nosotros analizábamos frases morfológica y sintácticamente. Dentro de pocos minutos nos comunicaría el resultado de su selección. Esta espera nos ponía nerviosos.
Incluso Currito permanecía erguido y con los ojos bien abiertos trazando líneas debajo de las palabras y escribiendo una ese mayúscula si se trataba del sujeto de la oración o una ce y una de en el caso de que fuera el complemento directo.
Mis compañeros habían glosado la belleza primaveral, y ensalzado los múltiples dones de la Madre Naturaleza.
A mí se me ocurrió escribir sobre la vieja y maltratada morera. El tono de mi redacción no era lírico sino llano. De hecho, se trataba de una descripción. No ignoraba que este recurso era del agrado del maestro, pero me atormentaba la idea de haberme pasado de original, y de que mi trabajo fuera incluido en su lista de bodrios.
En esos momentos, mi redacción me parecía de una pobreza desoladora. ¿Qué decía en definitiva? ¿Que el árbol tenía la corteza resquebrajada y reseca? ¿Que su tronco estaba lleno de abultamientos que utilizábamos como escalones para llegar a la copa, y de oquedades en las que pululaban las hormigas y otros insectos? ¿Que sus hojas, que servían de alimento a los gusanos de seda, sólo festoneaban las ramas más altas mientras que las otras estaban peladas? ¿Que, por esa razón, pese a que la primavera estaba en su apogeo, la morera presentaba un aspecto otoñal? ¿Que esos penachos verdes y brillantes eran un conmovedor testimonio de vida?
Cuando don Tomás se levantó, tenía en la mano una sola redacción. Circunspecto y distante, nos observó durante unos segundos antes de hablar. No comprendí lo que decía. Los oídos me zumbaban un poco. Fue necesario que mi compañero me diese un toque con la rodilla.
Me puse en pie y me dirigí al estrado. El maestro me entregó mi composición y me pidió que la leyera en voz alta y clara.

 

 

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Don Tomás nos atiborraba de copiados, dictados, redacciones, cuentas y problemas. Manejar los números con soltura y no tener faltas de ortografía eran sus objetivos.
Tan pronto como lo veíamos llegar, formábamos una impecable fila de a dos delante de la puerta de la clase. Nos daba los buenos días, que coreábamos, e introducía la llave en la cerradura.
Entrábamos tras él y nos situábamos de pie al lado de nuestros pupitres. Desde de la tarima, don Tomás velaba por el correcto desarrollo de esta maniobra. Cuando la última pareja se había colocado en su sitio, mandaba que nos sentásemos.
Empezábamos la jornada de trabajo con las matemáticas porque, después del descanso nocturno, nuestra mente estaba despejada. A Currito, sin embargo, las operaciones aritméticas le producían una dulce modorra y se ponía a cabecear sobre su cuaderno. Si su compañero no lo despabilaba a tiempo, Currito conciliaba el sueño.
Como se trataba de un hecho frecuente, a los quince o veinte minutos volvíamos la cabeza para ver si Currito se había dormido ya, en cuyo caso se desencadenaban los cuchicheos y las risitas.
Don Tomás, más serio y estirado que un juez, se acercaba y le daba un pescozón al durmiente que, sobresaltado, abría los ojos, cogía el lápiz que se le había caído de la mano, y se ponía a garabatear con diligencia.
Retorciéndole la oreja, el maestro le echaba un rapapolvo. Currito decía a todo que sí, incluso cuando le preguntaba si volvería a dormirse.
Al darse cuenta de su equivocación, rectificaba, pero la clase había estallado en carcajadas que don Tomás, sin soltar la sufrida oreja de nuestro compañero, trataba de atajar ordenando silencio.
Este percance matutino formaba parte de la rutina diaria. Lo malo era cuando don Tomás se atufaba.
Sus rasgos se endurecían sobremanera. Palidecía levemente. Sin decir palabra, cogía por el brazo al alumno que se había extralimitado, y lo vapuleaba larga y concienzudamente. Luego lo arrodillaba al lado de su mesa.
Las horas dedicadas al estudio y a la práctica de la lengua no eran tan aburridas como las otras. Don Tomás ponía más calor en sus explicaciones y de vez en cuando nos leía un cuento o un pasaje de un libro de aventuras.
Para enseñarnos el arte de escribir recurría a menudo a su tarea favorita: las redacciones, entre las que espigaba las más afortunadas y las más chapuceras para ser leídas por sus autores ante la clase.

 

 

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En la escuela zurraban la badana. Unos más y otros menos, todos los maestros imponían castigos corporales. Cada uno tenía su especialidad o manía.
Don José, pese a su apariencia bonachona rondando la chochez, era de un refinamiento oriental a la hora de infligir castigos. No llamaba nunca a su mesa al alumno díscolo o distraído sino que se levantaba él mismo y, mascullando palabras ininteligibles, se dirigía con sus pasos irregulares y torpes de viejo achacoso al pupitre del encausado.
Cuando llegaba a su destino, sin dejar de chapurrear, alargaba la mano y cogía entre sus dedos el mechón de pelo situado a la altura de la oreja, justo en el nacimiento de la futura barba. Y con exasperante parsimonia tiraba hacia arriba.
Había que resistir bravamente sin despegar el culo del asiento, estando permitido a lo sumo doblar un poco la cabeza. Si su presa respetaba esta regla de oro, don José la abandonaba pronto. Pero, en el caso contrario, seguía tirando de la patilla hasta poner de pie primero y luego de puntillas al imprudente que se había incorporado para contrarrestar el dolor.
A los alumnos reincidentes los llevaba de ese modo a un rincón de la clase, donde los ponía de cara a la pared. Allí los dejaba acariciándose la sien hasta que sonaba la campanilla.
Don Santiago era apreciado por pasarse el rato leyendo el periódico y por repartir coscorrones sólo en situaciones extremas. Por desgracia pidió traslado y se fue a otro pueblo. Sus pupilos lo sintieron porque el nuevo nadie sabía cómo se las gastaba, pero era poco probable que fuese tan tolerante como su antecesor.
No obstante, era preferible lo desconocido, pues lo malo conocido era tan malo que nadie lo deseaba.
Don Antonio y don Luis, aun siendo sus métodos opuestos, eran detestados por igual. El primero practicaba el terror físico y el segundo el terror psicológico. Los resultados eran idénticos: en ambas clases reinaba un silencio sepulcral.
Don Antonio tenía una colección de reglas, que utilizaba para “calentar las manos”, y de cimbreantes varas de olivo, renovadas con regularidad, con las que “sacudía el polvo de las asentaderas”. No desdeñaba tampoco la indiscutible eficacia de un par de bofetadas.
Como era un enamorado de los escarmientos ejemplares, sus castigos revestían un carácter solemne y espectacular. Cuando el reo subía al estrado a recibir su tanda de reglazos o varazos, las actividades escolares se interrumpían, no reanudándose hasta que don Antonio, arrebolado por la emoción y el esfuerzo, dirigía una mirada maligna a la clase.
Investido de la autoridad que le conferían el rango de director y su dilatada experiencia docente, don Luis se enorgullecía de mantener una disciplina cuartelera sin necesidad de ponerle a nadie la mano encima.
En sus inicios había administrado jarabe de palo a discreción, pero a estas alturas podía prescindir de semejante recurso, no por escrúpulos de conciencia sino por prurito profesional.
Este dómine grueso y de ojos de besugo había superado el estadio de verse obligado a propinar una paliza a un niño revoltoso, desobediente o descuidado en sus tareas. Su arsenal estaba compuesto de comentarios burlones, amenazas veladas y gestos autoritarios.
Ni que decir tiene que, cuando el señor director se enfadaba y daba una voz, los cimientos del edificio se conmovían y la clase se llevaba una semana conteniendo la respiración.
Don Tomás, hombre de mediana edad, tremendamente serio, estricto cumplidor de sus deberes, completaba el elenco de maestros. Se rumoreaba que había dejado de sonreír desde el fallecimiento de su hija.

 

 

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Un corazón caliente y sangrante que enarboló y arrojó en un barreño. Hecho esto, chasqueó las tijeras que mantenía en ristre, y se inclinó sobre el animal despatarrado encima de la mesa.
El ayudante se disponía a proseguir su inspección, pero el carnicero lo llamó y le encomendó la ingrata tarea de vaciar de excrementos, lavar y trocear los intestinos.
El mocetón suspiró y se fue a un rincón con dos cubos rebosantes de tripas.
Junto con otros niños de mi edad, me había colado en el destartalado corral con un estrecho cobertizo a la izquierda donde se hacía la matanza en los días de lluvia. El conjunto recibía el pomposo nombre de Matadero Municipal.
Nadie nos prohibió la entrada. Nadie nos importunó. Pudimos disfrutar del espectáculo a nuestras anchas.
Vimos cómo arrastraban a los cerdos que gruñían sin parar, hasta unas mesas bajas de madera adonde eran izados e inmovilizados boca abajo con la ayuda de varios hombres.
La cabeza les colgaba fuera de las mugrientas tablas. Debajo ponían un cubo de hojalata para recoger la sangre. A continuación el matarife blandía el afilado cuchillo y hacía una señal para que se preparasen a resistir las violentas sacudidas del animal. Comprobaba que el cubo estaba en la vertical del cuello de la víctima. Al fin, de un golpe preciso, hundía la hoja de acero en la garganta.
Con otro movimiento rápido ensanchaba el tajo. La sangre, de la que se desprendían oleadas de vapor, manaba en abundancia.
El matarife, que había soltado el cuchillo, sujetaba con ambas manos la cabeza del cerdo procurando mantenerla levantada para que se desangrara más aprisa.
Los esfuerzos del animal para zafarse contribuían al éxito de la operación. Conforme se debilitaba, la briega disminuía hasta que llegaba un momento en que no era necesario ejercer ninguna presión sobre su cuerpo.
Luego hicieron una hoguera en mitad del corral, a la que acercaban aulagas secas que se inflamaban al punto. Con estas teas quemaron los pelos de la piel, la cual cepillaron y baldearon hasta dejarla de una blancura suave y lustrosa.
Una vez limpio el cerdo, le dieron media vuelta y lo abrieron en canal.
A mi lado estaba Alberto, tan embobado como los demás. Le di un toque con el codo y le propuse que nos fuéramos. Se encogió de hombros y dijo: “Bueno”.

 

 

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Los latidos del corazón resonaban en mis oídos con una nitidez que me erizaba los pelos. La precariedad de la vida quedaba de manifiesto cuando reparaba en que su continuidad dependía de la constancia de ese tac-tac.
El buen funcionamiento de los relojes consistía también en ese sonido uniforme. Cuando la cadencia se apagaba, esos artilugios dejaban de medir el tiempo, de marcar la hora. O marcaban para siempre la misma: aquella en la que sus manecillas se detuvieron, aquella en la que la eternidad se deslizó entre el último tic y el último tac.
La pérdida del ritmo anunciaba la inminencia del fin. Su ausencia era un sinónimo de muerte.
Se puede vivir mudo o cojo. Con un solo riñón. Con algunos metros menos de intestino. Pero el corazón no puede siquiera descansar.
En el centro del pecho, ligeramente orientado hacia la izquierda, es el maestro de ceremonias que dirige el baile con el insistente pum pum de su bastón en el suelo.
Comencé a vigilar mis pulsaciones. Al movimiento de sístole debía suceder el de diástole con isocronismo perfecto. Nada de precipitaciones ni tardanzas.
Me tomaba el pulso a menudo. Si había gente, lo hacía a escondidas, pues esta práctica se había convertido en un hábito y varios conocidos me habían preguntado si me pasaba algo.
Sólo en presencia de Alberto me comportaba libremente e incluso lo hacía partícipe de mi temor. Cuando no me encontraba el pulso, me aconsejaba que lo buscase en el cuello o en la sien. Incluso me lo tomaba él mismo y, una vez contados los latidos, exclamaba: “¡Pero si lo tienes normal!”.
Adquirí la costumbre de golpearme el pecho con la palma de la mano, no en un acto de contrición sino de aliento. De esta forma pretendía estimular la buena marcha de un órgano tan valioso.
Un día, en el autobús, un recuerdo irrumpió en mi memoria. Mi mano dejó de percutir el esternón. Mis dedos se crisparon. Ante mí veía un cerdo abierto en canal y unas enormes tijeras hurgando en su interior.
Volví a escuchar el hurra que lanzó el ayudante del matarife cuando encontró la ansiada víscera. Rebosante de satisfacción, tras cortar venas y arterias, ensartó su trofeo en uno de los extremos de las tijeras y lo mostró a la concurrencia: un corazón caliente y sangrante.

 

 

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