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Mabel era gordita, de cara ancha y maneras más que desenvueltas. A Mabel le costaba la misma vida estar con la boca cerrada.
Aparentando más seguridad de la que tenía, subió al plató y expuso su propia intimidad a los oídos de los espectadores, algunos de los cuales se sintieron incómodos. Otros se violentaron y experimentaron un visible rechazo.
La mayoría, sin embargo, optó por mantenerse a la altura de las circunstancias, aceptando con una sonrisa de aquiescencia la divulgación de materias recónditas y experiencias iniciáticas, encajando deportivamente esa provocación.
Mabel contó, aturrullándose a veces, sus visitas a claustros, criptas y pórticos. Habló de los escenarios de sus pasiones como quien enumera los ingredientes de una receta de cocina.
Todos hemos peregrinado a lugares sagrados. Todos nos hemos postrado en algún adoratorio. Y hemos mitificado o desmitificado buscando la felicidad. Todos nos hemos adentrado en una cueva o hemos buscado el cobijo de una frondosa encina. Y hemos repetido: “No soy más que un extranjero”.
En la cara de Pedro y Lucía se pintó un profundo desagrado. Ellos y otros asistentes más discretos que no dejaban traslucir sus sentimientos, estaban cansados de asumir el papel de comparsas que legitimaban con su presencia esos espectáculos vulgares.
Los misterios son ríos subterráneos que discurren calladamente. La intimidad no es una mercancía que se pregona en la plaza. Las catacumbas no son discotecas sino lugares de culto y enterramiento.
Los misterios no sobreviven a la luz de los neones ni a los aplausos del público. Sucumben cuando aparecen en los programas de televisión. Se desvirtúan cuando andan de boca en boca.
La desdichada Mabel, cada vez más gesticuladora y parlanchina, cada vez más convencida de ser una mensajera de los tiempos actuales, se explayó.
Pero el mundo se estaba empobreciendo. Así lo sentían Pedro, Lucía y algunos más.
Los misterios, como tabernáculos profanados, no ofrecían refugio a las transmutaciones y a los renacimientos. Se habían diluido y vaciado. Eran huevos hueros.
Las ceremonias secretas y las verdades ocultas habían sido rebajadas a la categoría de quincalla.
Ese sustrato nutricio y esa necesidad de penumbra esenciales para la germinación, el desarrollo y el florecimiento se vendían en sacos de variados colores, dependiendo de la proporción de sus componentes, en los supermercados, sección bricolaje.

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17.-La realidad es todo. Lo abarca todo: lo de dentro, lo de fuera, lo de arriba y lo de abajo. A menudo confundimos lo real con lo práctico y desechamos lo demás calificándolo de fantasioso. Incluso las quimeras forman parte de la realidad. El riesgo que corre el individuo consiste en no ser consciente de su mortífera naturaleza.
Nada queda excluido de ese ámbito general que llamamos realidad, la cual engloba los sueños y el arduo día a día. Sólo desde un punto de vista teórico o pedagógico la dividimos o separamos en diversas parcelas y elementos, y valoramos unos y menospreciamos otros, llegando incluso a negarles la carta de ciudadanía.
¿Los sueños no son reales pero las cuentas corrientes sí? ¿Los paseos solitarios son una pérdida de tiempo y las gestiones burocráticas no? ¿El tiempo, se haga lo que se haga, no pasa igualmente?
Los sueños son un laboratorio donde no se siguen las reglas de la lógica. Actúan como motores y aportan soluciones inesperadas, salidas imprevistas a problemas artísticos, científicos o humanos.
Los sueños también mueren, o se quedan obsoletos, o se convierten en un estorbo. Ocurre, con más frecuencia de la que creemos, que se hacen realidad y quedan al descubierto sus virtudes y sus defectos. Defectos que tal vez habíamos subestimado o ni siquiera visto.
Hay que soñar entonces nuevos sueños o reorganizar los viejos, porque los sueños, queda dicho, son un motor y un “think tank”. Todos los seres humanos soñamos, unos más y otro menos. Si alguien no lo hace es porque ha dejado de ser humano, porque se ha convertido en un autómata, en un robot, en un cíborg.
Los sueños compartidos por muchas personas adquieren una dimensión social. Esos sueños colectivos tienen la peligrosa capacidad de absorber a quienes no los comparten. Este albur está excluido de los sueños individuales que sólo afectan a sus forjadores.

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16.-En el campo literario y en otros (filosófico, psicológico-terapéutico…), al dar forma, al sistematizar nuestros pensamientos a menudo descubrimos su insustancialidad.
El medio más eficaz para desinflar el globo de nuestras ilusiones y autoengaños, para conocer las medidas reales de nuestras aptitudes, es la palabra. Se entiende la palabra escrita.
Escribir es una forma de saber cuáles son nuestros límites, no solamente expresivos sino intelectuales, emocionales, humanos. Cuando pensamos, divagamos. Hay una tendencia a no precisar, a dejar en el aire, incluso a falsear. Pero ahí está el bisturí de la palabra que corta, profundiza y saca a la luz un ratoncito, como en el famoso parto de los montes.
Ese magma interior que parece va a arrollarlo todo a su paso, puede quedar reducido a poca cosa, a nada, cuando se le aplica el estilete verbal. Esos temblores, humaredas y bramidos resultan no ser más que las bravatas de un volcán inofensivo, incapaz de una auténtica erupción.
Pero la palabra es un cuchillo de doble filo, un martillo de doble cabeza, el hacha de doble hoja que utilizaban las sacerdotisas cretenses en sus ceremonias. La palabra puede ir en dos direccionas contrarias, puede tener dos usos desconcertantes.
Por un lado, es un instrumento que sirve para desinflar egos y poner las cosas en su sitio. Para llamar al pan, pan y al vino, vino. Por otro, la palabra es un ente autónomo, que no está al servicio de nada ni de nadie.
La palabra desenmaraña, ordena, esclarece. Es una herramienta que nos permite mostrar los tesoros escondidos, que ciertamente existen y están a la espera de ser rescatados. Pero la palabra es también libre. No es utilizada sino que ella utiliza. No es sirviente sino ama. No es un cuchillo, un martillo o un hacha sino una flecha en busca de su diana. O un pájaro a cuyo lomo podemos subir para un viaje iniciático, para descubrir nuevas realidades o encontrar nuevos significados.
La palabra nos permite explorar nuestros límites y dispersar las tinieblas, pero también nos conduce a regiones ignoradas y nos desvela secretos que permanecerían ignorados si no aceptásemos ser el paje de esta dama y recorrer con ella el espacio y el tiempo, y surcar los cielos en su compañía.

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Íbamos a echar un magnífico día de campo. Nos dimos cita en una plaza de Las Hilandarias. Reinaba el buen humor. Una comida al aire libre es un acontecimiento festivo.
Entre risas y bromas esperamos a que llegasen todos para ponernos en marcha. Nos dirigimos andando a un lugar situado a cuatro kilómetros del pueblo, en la dehesa Boyal, a orillas de un arroyo flanqueado de adelfas y rosales silvestres.
Aunque al principio discutimos sobre dónde vamos a ir, al final siempre acabamos en ese paraje, por el que tenemos querencia.
Una buena parte del camino discurre entre dos muretes de piedras sueltas. En el cielo, hay nubes blancas que se alargan y curvan en incipientes espirales. El aire frío y la atmósfera transparente tonifican el espíritu. Estos días soleados de invierno son una bendición.
Soltamos las mochilas y las bolsas al pie de una añosa encina y vamos en busca de leña. El círculo de piedras ennegrecidas donde hacemos fuego, está en su sitio, tal como lo dejamos la última vez.
Si guardamos silencio, se escucha el murmullo del arroyo. Debido a las rocas que jalonan su recorrido, el agua se abre en numerosos brazos. Hay tramos del cauce que están tapizados de musgo, y otros que están pavimentados de guijarros grises y blancos.
No recuerdo quién fue el primero en darse cuenta y señalarlos con el dedo. La comida se nos atragantó.
Estaban posados en las ramas más altas de la encina, inmóviles como estatuas, y nos observaban.
Las sardinas empezaron a requemarse, pero nadie pensó en sacarlas del fuego.
Con la tostada empapada de aceite en una mano, tan quietos como ellos, éramos la imagen del alelamiento. Sólo faltaba que se nos cayera la baba de la boca entreabierta.
No se nos ocurrió que quisieran atacarnos, si acaso arrebatarnos la comida. O tal vez estaban esperando para dar cuenta de los restos. Esto último parecía improbable.
Por su forma y tamaño me recordaron a una sirena, aunque esos pájaros permanecían obstinadamente callados. Sólo se escuchaba el rumor del arroyo.
Daban tal sensación de pesadez que uno se preguntaba cómo podían volar. Su plumaje negro como el hollín tenía reflejos metálicos. Las garras de afiladas uñas estaban plantadas sólidamente en las ramas del árbol.
Pero lo que nos dejó fuera de juego fue otra cosa. Esos tres grajos gigantes y rechonchos tenían cabeza humana.
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15.-Una clave de la creatividad es la intencionalidad. Es decir, el deseo consciente, explícito, de elaborar una obra de arte, la cual definiría como la transformación o la consignación de una experiencia ateniéndose a unos parámetros estéticos.
Cualquiera puede hacer fotografías o escribir. La diferencia entre el artista y el que no lo es (no hago distinción entre profesional y aficionado) radica en que el primero está implicado vivencialmente en su trabajo.
Por esta razón, sus creaciones están cargadas de sentido. Son auténticas. Responden a la verdad que se manifiesta a través de un individuo concreto. La autenticidad es, por cierto, otra característica del proceso creativo.
A la originalidad, sin embargo, no la considero como un factor importante de ese proceso, porque pienso que en el terreno artístico (sobre todo en el literario) está todo inventado. El ajedrez también lo está, pero cada partida es diferente. Las de los maestros son admirables.
Este escaso valor que concedo a la originalidad, se me hace evidente cuando pienso en los clásicos. Cervantes, Shakespeare, Proust, Dante… ¿quién puede superarlos? Ellos lo han dicho todo de la mejor forma posible. Basta con molestarse en buscar en su obra para encontrar el pasaje clarificador. Los clásicos se caracterizan por haber abordado todas las cuestiones humanas y haberles dado respuesta. A veces dos, en cuyo caso pueden ser contradictorias, lo cual no invalida sin embargo ni una ni otra.
Tengo inacabada la lectura de “La divina comedia” o sencillamente “Comedia”, según reza el título original, que es un buen ejemplo de lo que digo. Como todos los grandes libros tiene un arranque genial (como el del Quijote o el de Moby Dick): “Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura, / chè la diritta via era smarrita”.
Este libro con cientos de personajes tomados de la historia o de la época en que vivió el autor, es una prueba de que el arte hunde sus raíces en la pedestre realidad, de la que se nutre. El arte cuanto más divino, más a ras de tierra desciende para llevar a cabo la transmutación estética. Cervantes dijo de la Celestina: “Libro en verdad divino si encubriera más lo humano”. La obra de Fernando de Rojas alcanza una cota tan alta porque desveló sin tapujos las motivaciones de hombres y mujeres, que no son santas precisamente.
Las creaciones artísticas del calibre de las señaladas y cualesquiera otras de menor alcance son ondas expansivas que, dependiendo de su peso específico, remueven a la sociedad, tanto a nivel espacial como temporal. Es decir, tienen repercusiones prácticas.
La diferencia con la política es que ésta actúa directamente sobre el cuerpo social. El arte actúa desde la retaguardia. El arte no es impositivo sino diplomático. Su apuesta es a medio y a largo plazo.
La política es un mal necesario. El arte es un bien voluntario. En ambos casos el objetivo es la transformación, se sobrentiende en el sentido de ampliar la libertad del individuo, de propiciar su desarrollo y realización, de reconciliarlo consigo mismo y con los demás.
En la creación artística interviene también, aparte de la intencionalidad y la autenticidad, la fe. Se trabaja a ciegas, sin estar seguro de los resultados, sin saber si uno va a llegar a la meta. Es la fe la que sostiene en esta “selva oscura”.
La cuarta columna sobre la que se alza la obra de arte es la determinación del autor. Éste no tiene garantizado nada. Su compromiso debe ser suficiente. Si pretende otra cosa, está haciendo un planteamiento erróneo. Está confundiendo la gimnasia con la magnesia.
La creación artística es una opción personal convertida en destino o un destino por el que se opta. En ambos casos, se trata de dotar de sentido a la vida, a la que, incluso cuando se le niega significado, se la está estructurando. El hecho de crear implica dar una explicación.
Esta tarea se realiza desde la propia experiencia existencial, no pudiendo hacerse de ninguna otra forma. Éstos son el compromiso y el desafío del artista. Lo único que le compete. Los resultados dependen de un cúmulo de circunstancias aleatorias e imprevisibles, internas y externas. Por tanto, para evitar el peligro de quedar atrapado en esa ratonera, deben ser tenidos en nula consideración.
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