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El que me observaba fijamente tenía poco en común con su homólogo hindú. Era bajo, de piel blanca, delgado pero en absoluto esquelético. Tenía el pelo largo dividido por una raya. Sus ojos ahuevados le daban un aire bobalicón.
Iba casi desnudo, como es de rigor en el mundo del ascetismo. Pero este representante no cubría sus partes pudendas con un pedazo de tela sino con un faldellín de juncos, mastranzo, cálamo y otras plantas propias de los lugares húmedos. A juzgar por su fragancia y lozanía, acababa de tejer la prenda.
Debía de ser un caso atípico. Más que un faquir parecía un pasmarote. Recordé un fragmento del Rigveda que Maluenda había recitado en varias ocasiones:
“Ceñidos por los vientos
los ascetas sostienen
el cielo y la tierra.
Caballeros del viento,
amigos de los dioses,
los ascetas residen
en medio del océano».
Había tal contraste entre esta semblanza y la figura que tenía a mi lado, mirándome sin parpadear, que me entraron ganas de reír.
Se marchó sin despegar los labios. A pasos lentos, con la cabeza erguida, cruzó la explanada en dirección al monte. Lo vi alejarse con gravedad pese a su ridícula falda de hierba.
Quedé pensando en el comportamiento del anacoreta. No había articulado una palabra de ánimo. No había tenido un gesto de cordialidad. Yo sólo había sido un objeto de curiosidad para sus ojos de besugo.
Me vino a la memoria otra cita, esta del Tao Te King, cara a Maluenda: “El que sabe no habla”. Si esto era así, el ermitaño sobrepasaba en sabiduría a Fermina.

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Tenía noticia de la existencia de esos personajes. De primera mano además. Pero no es lo mismo una descripción, por muy detallada que sea, que la contemplación en vivo de uno de esos estrafalarios individuos.
Había sido Maluenda, a su regreso del primer viaje a la India, quien con admiración me había hablado de los practicantes del ascetismo.
Su espíritu de renuncia y su firmeza lo habían impresionado. De un caso concreto que conoció en Benarés, se hacía lenguas.
Mi compañero no tuvo reparos en unirse a la multitud congregada por el faquir. Cogió un autobús con pasajeros encaramados en el techo y fue al villorrio donde tenía lugar el evento.
Ni los apretones ni los olores ni las incomodidades del viaje y de la estancia en ese despoblado, que habrían hecho desistir a cualquiera, desalentaron a Maluenda.
Su determinación era tan meritoria como las habilidades del asceta. A su favor tenía, aparte de un genuino interés, los precios económicos de los transportes, de los hoteles y de la manutención. El consumo de la comida local le costó, por cierto, una gastroenteritis.
El asceta era un hombre flaco, con los huesos en relieve, y renegrido por pasar la mayor parte de su tiempo a la intemperie. Tenía una voluminosa y enmarañada cabellera, como si se la hubiese cardado.
Con pintura blanca se había trazado rayas horizontales en la frente y en la nariz. Llevaba un exiguo taparrabos.
El primer día lo invirtió en recoger plantas y ramas espinosas con las que hizo una cama o un nido. Cuando acabó esta tarea, se acostó en los abrojos con las piernas entrecruzadas y un rosario en las manos.
Maluenda regresó a Benarés en otro autobús atestado. Pero como muchos devotos y curiosos, al día siguiente estaba de nuevo en el poblado.
Macilento, con los ojos entornados, el faquir rezaba acurrucado en su cuna trenzada con varas de acacia.
Las espinas de este árbol son aceradas y miden hasta treinta centímetros.
El santón pasaba los días encamado, desgranando las cuentas de su rosario. El sol y el viento los iban requemando, a él y a su lecho vegetal, adoptando ambos el mismo tono negruzco. Ese color uniforme sólo era interrumpido por las marcas del rostro y por el taparrabos.
Ese alarde de mortificación que a mí me daba grima, fascinaba a Maluenda. Un día tras otro se desplazaba al villorrio para ser testigo del portento.
El faquir, un profesional del ascetismo dotado de una voluntad sobrehumana, en ningún momento abandonó su yacija ni dio muestras de desfallecimiento.
Al cabo de dos semanas el número de espectadores disminuyó notablemente. Maluenda espació sus visitas. Y su estancia en la India tocó a su fin sin que el santón hiciera amago de incorporarse.

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«La máxima libertad nace del máximo rigor» (Da Vinci)

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La vieja puso la cesta en el suelo, apoyada en su pierna, y sacó del haz una vara de orozuz que me ofreció, y que yo no pude coger.
Un nudo en la garganta me impidió dar la debida explicación. Mi actitud se podía interpretar como un rechazo de su obsequio.
Pero la vieja no parecía en absoluto molesta. Cuando se cansó de tener la mano extendida con el palito, la retiró. “No te apures” dijo.
“Me acuerdo bien que te gustaba el orozuz” prosiguió diciendo, “pero crecemos y cambiamos”.
Era Fermina hablando en su tono sentencioso. Los niños la considerábamos un pozo de sabiduría. Menuda y vestida de luto, disfrutaba pontificando ante su audiencia infantil.
A veces se irritaba y nos espantaba como a moscas pegajosas. Pero sus enfados duraban poco tiempo, máxime teniendo en cuenta que nosotros constituíamos el grueso de su clientela. Además, a ella le encantaba disertar y nosotros éramos unos oyentes agradecidos.
Fermina cogió la cesta. Antes de irse dijo: “Aquí estarás bien. Te recuperarás pronto. Los frades hacen milagros”. Y señaló con la cabeza el austero edificio donde habían entrado los enanos. Luego se alejó en compañía del perro.
Los escribanillos daban locas carreras en la laguna sorteando las plantas acuáticas. Se desplazaban a tal velocidad que el choque con un obstáculo parecía inevitable, pero siempre, en el momento justo, daban un quiebro y seguían patinando.
Si sus incontables idas y venidas quedasen trazadas en el agua, el resultado sería un diagrama caótico.
El sol poniente iluminaba los bancales en la ladera del valle. Nunca me había sentido más libre, inmovilizado en unas parihuelas. Nunca había tenido una vivencia de la realidad tan directa y auténtica. ¿Se trataba de percepciones nuevas u olvidadas?
Las aguas del Alfaguara desgranaban sus cantarinas notas en el silencio del atardecer.
Cerré los ojos. Cuando los abrí, aunque no tuviese nada de siniestra, descubrí una aparición de ultratumba.
Paseé la mirada por la residencia de dos plantas con sus dos hileras simétricas de ventanas, por la iglesia con su sobrio campanario, por las casas con soportales sostenidos por pesadas columnas.
Cuando la fijé de nuevo en el individuo que me estaba estudiando con impertinente curiosidad, no pude dudar de su corporeidad.
Durante unos minutos nos examinamos con idéntico descaro. Parecía que no había visto nunca a un accidentado en una camilla. En cuanto a mí, era la primera vez que encontraba a un sujeto de su naturaleza.

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El sol declinaba. Su luz dorada acariciaba los viejos edificios de granito remozando sus carcomidos sillares. Llegamos a una explanada donde me dejaron junto a una laguna con profusión de plantas acuáticas.
Los enanos se alejaron sin dar explicaciones. Se dirigieron a una residencia de dos plantas, con una hilera de ventanas sin rejas en cada una de ellas. Estaba situada en el extremo del pueblo, un tanto apartada. La puerta, grande y maciza, estaba provista de un postigo por donde entraron mis porteadores.
Me sentí el único habitante. No la única criatura, pues la enorme charca era un hervidero de vida. Por su pulida superficie correteaban sin descanso los escribanillos.
A mi izquierda se alzaba un muro semiderruido con grandes boquetes. La hierba crecía lozana a sus pies. Sobre los mampuestos renegridos, la explosión floral de los rosales silvestres constituía un irresistible señuelo para una muchedumbre de insectos broncíneos, purpúreos, azules.
Largos tallos de hiedra escalaban el decrépito muro. Había rodales de helechos donde las arañas tejían sus prodigiosas telas, en las cuales se engastaban las gotitas de agua como los resplandecientes diamantes de una alhaja.
Al volver la cabeza hacia el camino descubrí a un perro cruzado, blanco con manchas de color canela, que marchaba en dirección al pueblo. Detrás, a considerable distancia, venía una vieja.
Su figura me resultaba familiar. Deseché por disparatada la idea que se me ocurrió. ¿Qué hacía Fermina en este recóndito lugar? Estaba además casi seguro de que había muerto. Hacía mucho tiempo que le había perdido la pista. Si ya era vieja cuando yo era niño, me dije, ¿cómo podía estar viva?
La mujer avanzaba a paso lento y regular. El perro se detuvo y regresó al lado de su ama, a cuyo alrededor se puso a dar vueltas ladrando y moviendo el rabo. La vieja le habló y el animal redobló su alegría.
Se acercó sonriente. Yo seguía dudando. ¿Era Fermina o no? Sobre el hombro traía un haz de orozuz y en el brazo derecho una cesta de palma con tagarninas y verdolagas.
En las tardes de verano, Fermina montaba a la puerta de su casa un puesto de palitos de orozuz, arropía y otros productos más comunes.
Las bolas de chicle de diferentes tamaños, las pipas de girasol, los cigarrillos de matalahúva y los cigarrillos de sucedáneo de chocolate normalmente rancio eran los artículos que tenían más aceptación entre los chiquillos. En mi caso, era un adicto al orozuz.
Me encantaba el regusto dulzón de esa raíz que había que pelar antes de mascar concienzudamente para sacarle todo el jugo. Los filamentos descoloridos formaban una masa estropajosa que se escupía o se cortaba con una navajita.
Fermina nos tenía convencidos de que esa planta era un dechado de virtudes medicinales. Buena para el estómago, la garganta, la dentadura, el pecho…Indiscutible era que servía para fortalecer las mandíbulas.

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«Ve sólo uno en todas las cosas. Es el dos el que te descarría» (Kabir)

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Moncho bajó de la piedra donde estaba sentado. Cogió el sombrero y se lo puso. Luego, en jarra, oteó el horizonte manteniéndose en esa postura durante unos minutos.
Pensé que estábamos esperando a Chencho, que había desaparecido al poco tiempo de que llegásemos a la cueva. Pero había regresado.
Tenía en la mano un ramo de flores acampanadas y purpúreas. El hedor que percibí procedía de ellas. Moncho lo confirmó: “El beleño huele mal pero bien utilizado tiene valiosas propiedades curativas”.
Antes de partir volvimos a beber agua del manantial en el cuenco de corcho.
El río y el camino discurrían paralelos durante el primer tramo. Más adelante, en un paraje poblado de majuelos florecidos, divergían.
La brisa fragante y la cálida luz del sol me produjeron una gran sensación de bienestar. Los enanos llevaban el tabardo abierto y a mí me taparon sólo hasta la cintura con la manta de estameña.
El camino serpenteaba entre los añosos árboles a la par que subía y bajaba según los desniveles del terreno.
El encinar guardaba semejanza con el alcornocal de Orozuz. Abundaban las plantas aromáticas como la mejorana y el cantueso. En las solanas había prados de margaritas.
Dondequiera que mirase era una fiesta para los ojos: cabezuelas doradas, espigas violetas, campanillas rosas y celestes, gladiolos de color magenta, florecitas blancas surcadas de una línea rojiza que se apeñuscaban en cimbreantes varas…
En el silencio de la arboleda resonaba el picoteo de un pájaro carpintero. A nuestro paso dos abubillas espantadas alzaron el vuelo y se perdieron en la lejanía.
Tras varias horas de marcha distinguí los primeros signos de que nos acercábamos a un lugar habitado.
El camino, describiendo una amplia curva, discurría de nuevo a escasa distancia del río flanqueado por saúcos y álamos.
En la suave ladera del valle había bancales de trigo y cebada delineados con perfección geométrica. Había también parcelas sembradas de alfalfa y trébol. Las encinas raleaban. Finalmente desaparecieron siendo sustituidas por árboles frutales.
El vial se había interrumpido y contemplé las aguas del Alfaguara corriendo por un lecho de guijarros. Una cerca me ocultó el río pero seguía oyendo su apacible rumor.
La escueta torre de la iglesia fue lo primero que vi. Albergaba una sola campana y estaba coronada por un tejadillo de pizarra. Carecía de adornos o de otros elementos arquitectónicos. Ni siquiera tenía veleta o una cruz en su cúspide.
El pueblo, orientado a poniente, se levantaba al lado del río. Hasta ese momento no nos habíamos cruzado con nadie. No obstante, a la vista de las huertas y de los campos cultivados con esmero, había que descartar la idea de que estuviese deshabitado

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