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10.-“La vida nos desborda, pero el creyente acepta que tiene sentido. La fe consiste en reconocer que, a pesar de nuestra incapacidad para captarlo plenamente, ese sentido existe. Más aún, es la razón primera y última del Universo”.
Mi interlocutor, un respetuoso ateo, sonríe. Se abstiene de hacer comentarios.
Su sonrisa equivale a decir: “Me gustaría creer, pero me resulta absurdo, imposible. Por eso lo rechazo”.
Añado: “Creer no es una cuestión de impotencia cognitiva sino de aceptación o rebelión”.

 

 

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Trigal (II)

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Fue una Navidad lluviosa. Sobre el tejado de la cochera repiqueteaba el aguacero. El tocadiscos estaba puesto a todo volumen. La gente gritaba, reía y bailaba. Hacía frío pero nadie parecía notarlo.
El suelo de cemento rezumaba humedad. Diego resbaló y cayó. Se levantó rápido diciendo que no había sido nada.
Cuatro bombillas, dos pintadas de verde y dos pintadas de rojo, colocadas en los ángulos del local, iluminaban débilmente el guateque.
Recostado en la pared y fumando, me mantenía aparte. Los demás achacaban mi retraimiento a la pelea que había tenido con Gloria.
Amigas comunes me comunicaron que no había venido a la fiesta porque no quería verme. También me contaron que había estado llorando.
Anita se quedó hablando conmigo. Tras un rato de cháchara, manoteo y morisquetas, me dio unos golpecitos en el hombro y se fue no sin antes declarar y subrayar con una de sus muecas más conseguidas que no soportaba la tristeza.
El ruido de la lluvia se sobreponía a la música a pesar de lo alta que estaba. Las parejas bailaban agarradas.
No estaba pensando en Gloria. Ni siquiera me ocupé de este asunto después de que me lo recordaran.
Mi actitud taciturna no estaba motivada por ninguna discusión. Además, dado el carácter apacible de la muchacha, era abusivo utilizar ese término.
Se había producido un desencuentro que ella no lograba encajar ni asimilar, que escapaba a su comprensión. No hubo explicaciones por mi parte, sólo verbosidad y juegos de palabras que la mortificaron.
Me preguntaba qué hacía en esa cochera casi a oscuras, adornada con espumillones y bolas de colores.
La pizpireta Anita iba de aquí para allá escoltada por su amigo, parándose a hablar con unos y con otros, mirándome de vez en cuando. Temí que estuviese tratando de convencer a alguien de que me hiciese compañía.
Cuando abordó a Diego y éste afirmó con la cabeza, me horroricé.
Me dirigí a la puerta y la abrí. Llovía tanto que irme, aunque hubiese tenido paraguas, habría sido una insensatez.
Me refugié en el umbral de una casa vecina. Hasta mis oídos llegaban los compases de una canción de moda que el aguacero y los chorros de las canales no ahogaban por completo. Allí esperé hasta que amainó lo suficiente para marcharme sin ponerme empapado.

 

 
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El cero, el infinito
La fiebre, los gusanos
Los desvanes, los sótanos,
Espejos agrietados

El vuelo de una mosca
Los ruegos, las llamadas
Las cornejas, los grajos
Las aguas estancadas

Las luces se apagaron
No iluminan los faros
Los locos se lanzaron
Al mar donde se ahogaron

Y la eterna pregunta
De todo el que vagó
Sin encontrar refugio
¿Por qué yo? ¿Por qué yo?

 

 

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Cribas

 

 

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El cansancio afectaba en primer lugar a mi voluntad, que se debilitaba como un enfermo al que le fallasen una tras otra las constantes vitales.
Yo mismo era un enfermo afectado por un mal que me robaba las ilusiones y destruía mis esperanzas.
Al acostarme pensaba: “Mañana será distinto”.
Esta idea me tranquilizaba y me ayudaba a conciliar el sueño. Ante mí se extendían las horas nocturnas durante las cuales se podía producir un cambio.
En algunas ocasiones me había metido en la cama con dolor de cabeza y a la mañana siguiente, al despertarme, había desaparecido sin dejar rastro. O preocupado por un problema que al levantarme me había parecido banal, esfumándose a continuación como por arte de magia.
Pero mañana no era distinto. La noche anterior me había aferrado al pensamiento de una milagrosa transformación, al deseo de caer en un profundo olvido del que emergiese renovado.
Me engañaba. Mañana era igual a hoy, como hoy lo había sido a ayer.

 
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9.-Ante Emma, una amiga experimentada, expuse mi creencia de que las personas más capacitadas ocupaban los cargos públicos de responsabilidad.
Me miró con una media sonrisa, tratando de averiguar si yo hablaba en serio o en broma. “No seas majadero” dijo al fin.
“¿De veras piensas que la política es una ocupación que se ejerce cuando se alcanza un determinado grado de madurez?”.
Y prosiguió diciendo: “El político, como cualquier ser humano, es el producto de su historia personal. Ignorar este postulado equivale a descartar la única explicación posible a numerosas decisiones de los profesionales del Estado. Concebir la política como un mundo en el que sólo priman la economía y otros factores sociales, es una visión ingenua de la misma”.
“Pero reconocerás” argumenté “que hay que escoger a los políticos en razón de su sabiduría, prudencia y honradez. Que sólo los que antepongan el bien público son dignos de confianza. Que debe prevalecer el mérito y el talento. Que los puestos oficiales deben recaer exclusivamente en los hombres y mujeres que reúnan esas condiciones”
“Para el carro” replicó mi amiga, “como diría Jonathan Swift, todo eso no son más que imposibles y quiméricos dislates. Estás hablando como un visionario”.

 

 

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Los sueños juveniles
atrás quedaron.
Los zapatos están
deteriorados.

No corre sangre azul
por nuestras venas.
Hay que rendirse
a la evidencia.

Una gota minúscula,
una gota encarnada,
es un aviso,
una palmada.

De cambiar de zapatos
hora va siendo,
de restañar heridas,
de forjar nuevos sueños.

 

 

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