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Adelfas (V)

 

 

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X
Buscando mi camino,
buscándolo en silencio
como un monje obcecado.

Buscando mi silencio
entre tanto barullo
de voces discordantes.

Buscando pertinaz
un sendero, un atajo
que me lleve derecho
al centro palpitante
que cobija mi pecho.

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DSC_000698.-Hablamos de la maternidad. Opino que lo más importante para la mujer no son los padres ni los hermanos ni el marido. Ni siquiera las amigas. Lo más importante para una mujer, si los tiene, son los hijos. Lo son cuando son chicos, medianos y grandes. Lo son siempre. Desde que nacen, es decir, desde que ellas los traen al mundo, hasta que mueren. “No siempre es así” replica Emma. “De acuerdo. Esto no es una regla matemática. Por supuesto hay madres desnaturalizadas, muchas menos que padres, que se desentienden de sus hijos. Personalmente conozco pocos casos. Algunos cinematográficos como la madre de “Sonata de otoño”, interpretada por Ingrid Bergman, que ni siquiera se molesta en ir a ver a su hija con una grave enfermedad neurológica, la cual la ha escuchado y se ha puesto muy agitada. A su otra hija, encarnada por Liv Ullmann, la madre, fastidiada, le dice: “Ahora no, más tarde” (o algo por el estilo). Y eso que su otra hija le hace notar el estado de excitación que ha producido en su hermana oír la voz de la madre.

“Otro caso es el de la madre de “Las horas”, a cargo de Julianne Moore, que abandona a sus dos hijos, uno de los cuales la ve fugarse desde la ventana. El otro es un recién nacido.

“Y también conozco otro caso real en que, alegando la propia realización, aleja lo más posible ese problema de sí. Quiero decir que interna al hijo afectado de una severa discapacidad en una institución. No en cualquiera. En la mejor.

“Confieso que se me revuelven las tripas. También me ocurre lo mismo con los padres que se inhiben de su responsabilidad y, de una u otra manera, se despreocupan de sus hijos. La tragedia es similar.

“Pero decía que lo más importante para una mujer, si los tiene, son los hijos. El lazo que los une a ellos no es sólo emocional, como con los padres, sino físico. Ellas los han tenido dentro de su propio cuerpo.

“Y no vayas a pensar que estoy concediendo más importancia a la maternidad que a la paternidad. Las dos son igualmente necesarias. Pero la segunda se diluye con más facilidad. De la primera no voy a afirmar que es insoluble, pero tiene un componente fisiológico que dificulta grandemente su disgregación. Por supuesto, no estoy hablando de que los hijos se independicen y haya que asumir ese hecho”.

Emma no me interrumpe durante mi exposición. Presta atención sin asentir ni negar. Cuando he acabado, comenta: “Entonces lo más importante para una mujer son los hijos. ¿A quién se lo has escuchado?” “A la vendedora negra que monta su puesto a la entrada del mercadillo. Todo lo que he contado no es más que un desarrollo de lo que dijo esa mujer a boca llena, sin complejos, ante un pequeño auditorio de blancas”.

Y concluyo: “Al matriarcado donde le duele es en los hijos” “¿Y al patriarcado dónde hay que darle?” “Tiene dos puntos flacos: su bolsillo y su tranquilidad”.

 

 

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Tomillo (IV)

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IX
Esas briznas doradas, ¿era el sol en tu pelo?
La luz de aquellos días era azul como el cielo
y los amaneceres
de felices promesas se extendían repletos.

Mi roto corazón
esto es lo que me dicta.
Esto es lo que me ordena
que sin tardar te diga
con el único fin
de sentir tu presencia en mi casa vacía.

Mientras el sol se pone y va inundando el patio
de una luz que se palpa,
es todo tan hermoso, tan presente, tan real
que te quedas inmóvil.

Esas briznas doradas son un chisporroteo
que brota de tus ojos.

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CSC_005197.-El hecho religioso es un fenómeno universal, presente en todas las culturas y en todas las épocas, desde la prehistoria a nuestros días. Esta constatación debería bastar para tomárselo en serio y comprender que su eliminación es imposible. Sin embargo, no es así. Cansinamente, una generación tras otra, sigue siendo objeto de mofa y escarnio por parte de sectores sociales pretendidamente avanzados, pero que no lo son tanto, como lo demuestra su cortedad de miras o su ceguera al respecto. Nadie que ve poco o no ve puede conducir a ningún lugar seguro.

Suele ocurrir que estos desprejuiciados representantes de la humanidad, de vuelta de todo, y con una respuesta a punto para cualquier cuestión, proyectan su propia ignorancia en la denostada población de creyentes, a la que mira por encima del hombro, recordando en esto a la Castilla dominadora de Antonio Machado.

Nuestras limitaciones intelectuales, u otras, en lugar de ser asumidas, son erigidas en deidades justicieras. Lo que no es más que una incapacidad es mostrado como la prueba irrefutable de nuestra superioridad.

Reírse o señalar desdeñosamente con el índice a un devoto que recorre de rodillas, con una vela encendida en cada mano, la explanada del santuario de Fátima, es otra prueba no de superioridad sino de memez. En cuanto al espectáculo, más lastimoso que divertido, cabe preguntarse si está en quien con fe se desuella las rodillas y se quema las manos con la cera derretida, o en quien esboza una mueca burlona y masculla algo sobre las supersticiones.

Uno de estos paladines del progreso, arropado en el beneplácito de su auditorio, a propósito de los que se arrastran como lombrices, discurseó que más les valdría andar erguidos y, en vez de en velas, gastarse el dinero en una cerveza y en un bocadillo de chorizo de Cantimpalos.

Ya puesto a pontificar añadió que lo que se debía hacer era convertir las iglesias, las mezquitas y las sinagogas en sendas discotecas con destellantes bolas de espejos. O en gimnasios con todas sus máquinas y equipos. Lo importante era muscular.

Hay que reconocer que ese hijo de la posmodernidad lo ponía fácil. Si la vida se reduce a una cerveza bien fría y a un bocadillo de chorizo, no forzosamente de jamón de Jabugo, lo cual complicaría el asunto, cualquiera puede permitirse la realización total en nuestra sociedad. Y sin embargo, no es esa la impresión que se tiene cuando uno mira a su alrededor.

¿Quién no aprecia esa bebida y ese alimento, u otros diferentes? El ser humano los necesita para subsistir. No disponer de ellos constituye un grave problema que afecta a mucha gente, para quien su solución es lo primero. Nadie niega esta realidad. Pero hay otras.

El hombre no es sólo un vientre, aunque esto sea verdad en numerosos casos. Cifrarlo todo en lo material, reducir o retrotraerlo todo a lo primario equivale a animalizar. Y al rebaño se le acaba estabulando tarde o temprano. Con que tenga cubiertas sus necesidades, incluidas las lúdicas, es suficiente.

Ese panorama desolador, ese callejón sin salida, esa casa sin ventanas, es justamente lo que cuestiona con su religiosidad “el pobre imbécil” que avanza metro a metro en dirección de la escalinata de acceso.

El chico progre, para redondear su perorata, en un gesto teatral, no se priva de sacar de su mochila y de exhibir ante la audiencia un ejemplar sobado de “Así habló Zaratustra”, su libro de cabecera. Lo enarbola orgulloso y proclama: “Más Nietzsche y menos supercherías”.

 

 

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