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15 de febrero de 2015 (Palacio de la Condesa de Lebrija) 04385.-Los escritores no son de fiar. Son como los periodistas. Estos se acogen a la coartada de la información. Y aquellos a la de la ficción.

86.-O perderse en el azul o chapotear en el rojo. O subes o bajas. ¿O es una cuestión de equilibrio? Ahí estamos. Los de arriba mirando a los de abajo por encima del hombro. Y los de abajo burlándose de los de arriba.

87.-La mejor forma de recordar una cosa es querer olvidarla. Y no querer saber nada de un asunto es la mejor forma de enterarse.

88.-No desaproveches nunca una buena ocasión de callarte.

89.-Dice Emma: “Como se vaya mi hermano, no sé qué va a hacer ella. No va a tener a quien contradecir, corregir, interrumpir, dirigir, instruir” “Resumiendo, tu cuñada se va a aburrir” “Soberamente”.

90.-Las condiciones exteriores pueden ser favorables o nocivas. Pero no nos engañemos: el auténtico neurótico lo es a tiempo completo y en cualquier parte.

91.-La comunicación es una planta más resistente de lo que se cree. Soporta periodos de abandono, privaciones de luz solar, riegos espaciados. Pero algo que no tolera, algo que la marchita de inmediato es el ácido úrico.

92.-Emma ha tenido una trifulca. Está seria, distante. No diré que casualmente saco a colación el tema de las relaciones humanas. Me escucha. Cuando callo, no replica de inmediato, como acostumbra. Se toma su tiempo. Cuando habla, es categórica.

“Lo ideal es que te quieran. Pero si eso no es posible, al menos que te respeten. Si tampoco esta opción es viable, entonces que te teman”.

93.-Emma es muy sensible a las frases lapidarias, a esas que no admiten réplica, que son como un directo a la mandíbula que tumba al interlocutor.

Pero con ella dan en hueso. Bonita es para persignarse y decir amén. Cuando escucha una de esas perlas que tanto abundan en los muros de facebook, o que aparecen ensartadas en los collares de la filosofía twitter, su reacción es siempre la misma.

Se queda mirando fijamente al gurú de guardia y le espeta: “Bueno ¿y ahora qué?”

94.-Los suelo encontrar por el barrio cuando salgo a hacer compras o a dar un paseo. Ella es gorda y lleva siempre el bolso fuertemente agarrado, como si temiera que fueran a robárselo. Se la ve envalentonada y disponedora. A él bonachón y resignado después de muchos años de convivencia. A cada uno le toca en suerte un lote y el suyo incluía una esposa asertiva.

En la sala de espera de la consulta del médico los tenía sentados frente a mí. Cuando les llegó el turno, ella, no sin dificultad, se puso en pie y ordenó a su marido: “Tú no entres. Quédate aquí”.

Una vez solos, nuestras miradas se cruzaron. En la suya afloraba la bonhomía. Por solidaridad masculina estuve a punto de exclamar: “¡Qué bicho!”, pero dije: “Tiene carácter” “Menudo bicho está hecha” replicó él esbozando una sonrisa contagiosa.

 

 

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IV
Después de tanto tiempo,
la voz dentro de mí no encuentra su camino.

Y se agita y retuerce como aquel niño ahogado
que el río se llevó.

En las aguas verdosas se hundía, palmoteaba,
en las aguas verdosas donde se reflejaban
los árboles, las cañas
y el cielo, tan ajenos.

Nosotros, en la orilla, sin poder hacer nada,
contemplando impotentes en la mañana clara
el trágico accidente.

Tú gritabas con toda la fuerza de tu voz,
de tu vozarrón ronco.

Pero yo no te oía.
Estaba hipnotizado por el río y el niño,
por la higuera frondosa de grandes hojas ásperas
que cubría de sombra aquel rincón tranquilo,
que cubría de sombra tus giros en redondo,
tus gritos estentóreos en demanda de ayuda,
de alguien que viniera y salvara al chiquillo.

Pero nadie acudió.
Por más que desgarraste pulmones y garganta,
no hubo nada que hacer,
salvo ser los testigos de cómo la corriente
se cobraba la pieza, sin pena, indiferente.

 

 

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Jara (IV)

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6 de mayo de 2011 001La tasca estaba llena de clientes que hablaban a gritos y gesticulaban como actores de tercera categoría.

Había empezado a beber temprano. A la una me encontraba lo bastante ebrio para reír las gracias de Raimundo López.

El calor, el exceso de luz, el vocerío, el alcohol contribuían a que uno perdiera la cabeza.

Mis recuerdos son vagos. Cuando intento fijarlos, un tumulto de imágenes me bloquea la memoria.

Cuando intento reconstruir mi paseo en tiovivo, me sucede lo mismo. Mi abuelo me llevó a la feria que estuvimos recorriendo un rato.

Nos demoramos ante la noria, los autos de choque y el simpático tiovivo en el que mi abuelo me invitó a subir.

En cuanto aquel artilugio empezó a dar vueltas, mi alegría se trocó en malestar. Me agarré con fuerza al cuello de mi caballito y cerré los ojos. Más me hubiese valido no abrirlos de nuevo.

No era el tiovivo sino la feria entera la que giraba a mi alrededor. El resultado era una alucinante confusión de objetos y colores. En medio de ese caos una sola idea se perfilaba nítida: bajarme de la máquina. Y eso fue lo que hice a riesgo de sufrir un accidente.

Fragmentos de conversaciones, manoteo, ruido de sillas arrastradas, un vaso que cae al suelo y se hace añicos, muecas, risotadas y un deseo incontrolable de beber. Esto es lo que puedo decir del tiempo que pasé en la taberna del puerto.

Más tarde, dando tumbos, voy solo camino de la playa. Deben de ser las tres o las cuatro. Tengo miedo de coger una insolación. Mi mayor preocupación es encontrar una sombra. Pero la luz me encandila. No logro ver nada.

Me juro que esta será la última borrachera. Mis pies se hunden en la arena caliente. Cierro los ojos y avanzo a ciegas.

-o-

El calor había disminuido. La brisa marina refrescaba el ambiente. El estómago me ardía. Hubiese dado mi reino por un vaso de agua.

A pesar del martirio que suponía la sed, mi despertar fue seguido de un estado de beatitud.

No me moví. Miré a un lado y a otro pero no identifiqué el lugar donde me hallaba.

Estaba medio tendido en el suelo o medio recostado en la pared, en una postura incómoda que de momento no cambié.

Enfrente de mí había una casa con un jardincito y persianas verdes. Un lejano rumor de coches no alteraba la paz de ese rincón de Punta Umbría.

Me veo de nuevo paseando con mi abuelo, un mediodía de invierno, corriendo entre las encinas, observando el paso de las nubes y el vuelo de los pájaros.

Estoy sentado a la turca en un bloque de piedra caliza lleno de agujeros y caracolillos. Mi abuelo está abstraído. Tiene los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos.

Siento curiosidad por saber en qué piensa. No me decido a preguntárselo. Si lo hiciera, destruiría ese momento.

Lo contemplo intentando leer en sus rasgos. Permanezco así hasta que, sonriente, fija en mí sus ojos y dice: “Ya es hora de volver a casa”.

 

 

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Azulejos (XIV)

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III
Pretendo decir cosas
cuando lo que debiera es dejar que tú hablaras,
cederte la palabra.

Pretendo decir cosas,
mas me basta sentir tu profunda mirada
—eso tengo de bueno—
para tragar saliva y comprender mi juego.

 

 

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Calanchoe

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13 de diciembre de 2013 021Pregunto a Emma por la reunión que tuvo el miércoles con sus amigas. “No me hables” responde. Hacemos muestro pedido en la barra y vamos a sentarnos en los taburetes de la terraza. Después de dar un trago, depositamos nuestros vasos en el velador de largas patas. Ella guarda silencio.

“Quieres hacerte rogar” digo. Y ella arranca por fin: “Me estoy planteando no ir a tomar el té con pastas. Esos encuentros se están convirtiendo en una fuente de irritación” “Te está fallando el sentido del humor” “Supongo que esa es la razón de que cada vez aguante menos” “A menudo no vale la pena”.

En esta cita semanal, una de sus amigas, la de ideas más avanzadas y “look” más informal pero no por ello más económico, como Emma se apresura a puntualizar, contó un incidente que le produjo bochorno, pero que la otra, llamada Juliana, no tuvo inconveniente en airear en vez de arrinconar en el trastero del olvido.

Y es que Juliana estaba dolida. Para contrarrestar su malestar nada mejor que montar un psicodrama y recuperar la estima que ella misma arrojó por el sumidero.

“Así es la naturaleza humana” sentencia Emma, “nos ponemos en evidencia y luego tratamos de arreglarlo a nivel… ¿cómo dices tú?” “¿Fantasmático?” “Eso mismo”.

“En realidad se trata de un suceso chusco que mueve a risa. Aunque es un dato irrelevante, te diré que Juliana es mayor que yo, pero mucho más activa en todos los sentidos. Se enteró de un coloquio organizado por la concejal de cultura del ayuntamiento, o más bien de un acto propagandístico. Y ni corta ni perezosa se personó en el foro.

“No la une ninguna amistad a la concejal pero como sus ideas son afines, Juliana iba en muy buena disposición y con ganas de participar. No se trataba de un coloquio ni, como tan finamente se leía en los carteles y folletos, de una propuesta para el debate sino de la publicitación del programa cultural del ayuntamiento.

“Cuando la responsable municipal acabó su exposición, se abrió un turno de preguntas. Y Juliana vio llegada la hora de echar su cuarto a espadas.

“Pero bien fuera porque, de querer hacerlo tan bien, se trabucara, bien fuera porque los nervios la traicionasen, la concejal no sólo la malentendió sino que encima le dio un corte y siguió con la ronda de preguntas, dejando a Juliana más corrida que una mona”.

La vejada explicó a sus amigas que no comprendía lo que había pasado. Lo único que había hecho era elogiar la vitalidad, la originalidad, la creatividad y la eficacia de la concejal en el desempeño de su cargo e incluso de su vida privada. A punto estuvo de añadir que no como su antecesor, aunque lo dejó entrever.

Sus filigranas verbales le salieron por la culta y la respuesta airada que obtuvo le sentó mal. Airada e injusta porque ella lo que pretendía en definitiva era halagar a la otra.

Rumiando su disgusto, decidió arreglar este asunto al final del coloquio. De ninguna manera una incondicional como ella merecía el trato recibido. Su pedigrí tenía que quedar más limpio que un jaspe.

Así que esperó y se acercó a la interfecta cuando apagó el micrófono. Se presentó, le dijo cuánto la admiraba y cuánto lamentaba que hubiese malinterpretado sus palabras. Lo que quiso transmitir era que el programa cultural era una maravilla, que no le cabía duda de que sería un éxito…

Y añade Emma de su propia cosecha: “Sólo le faltó arrodillarse o hacer una reverencia y declarar que en ella tenía a una aliada, a una defensora, a una integrante de la claque. Resumiendo, a su segura servidora”.

“O sea, que estuvo rastrera” “Sí, ella es también consciente de su actitud indigna”.

“El mundo es un teatro” “Más bien un corral de comedias” puntualiza Emma.

 

 

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