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Posts Tagged ‘Sevilla’

                                    V
En cuanto entré en el recinto ferial, me encontré con mi paisano Aniceto Márquez que me enseñó jubiloso un libro sobre el mar Rojo. Era el único que le quedaba para completar la colección.
Espurreando saliva debido a una mella en su dentadura, me habló del mar Negro, del mar Caspio y del mar Muerto sin solución de continuidad. Los conocía tan a fondo que se tenía la impresión de que eran parientes suyos por los que sentía un gran aprecio.
Aniceto, que tiene fama de espabilado, y sin duda lo es, me mostró una vez más el ejemplar recién adquirido y se fue la mar de feliz.
En numerosas casetas exhibían ediciones de lujo, libros de gran formato, magníficamente encuadernados, que contrastaban con las modestas colecciones de bolsillo.
Había también objetos originales y lujosos, innegablemente caros. Un estuche forrado de terciopelo azul con tres mazos diferentes de cartas de tarot atrajo mi atención.

VI

Tras mi visita a la feria busqué una cafetería por los alrededores sin encontrar ninguna de mi agrado.
Andando de acá para allá acabé extraviándome y preguntándome qué hacía en una desconocida galería comercial adonde había ido a parar.
Salí a una calle peatonal pavimentada de losas blancas. Contemplé a los viandantes que paseaban tranquilos, y más lejos los árboles de un parque cuyas copas oscilaban levemente.
Ése era el lugar idóneo para relajarse. Pero las piernas se me pusieron pesadas. A medida que me acercaba, el esfuerzo que debía realizar era cada vez mayor.
Si andaba despacio, podía seguir avanzando con dificultad, pero en cuanto aligeraba el paso, los pies se quedaban clavados en el suelo.
Mi situación empeoró cuando miré el reloj. La hora de estacionamiento había transcurrido, de forma que podían ponerme una multa e incluso retirar el vehículo.
La bomba de relojería de la angustia empezó a hacer tictac en mi pecho.
Tenía que irme, salir de la ciudad. Ante mi vista nublada se extendía la carretera como una promesa de libertad. Mis manos sudorosas se agarraban a un volante imaginario. Soñaba con el viento que entraba por la ventanilla.
Di media vuelta y, luchando contra mi disnea y mi parálisis, confiando más en mi instinto de supervivencia que en mi sentido de la orientación, me dirigí a la calle donde había aparcado el deportivo rojo.

 

 

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                                          III
El corazón me dio un vuelco y me rompió un sudor frío. “¿Te has vuelto loco?” grité.
Esteban, que se había puesto a adelantar coches de forma suicida, no me escuchaba.
A pesar de los bocinazos e insultos de los iracundos conductores, mantuvo la presión sobre el pedal.
Estaba poseído por un demonio y no atendía a razones. No se podía hacer nada salvo dejar que se estrellara.
¡Pero yo no quería acabar hecho papilla!
Milagrosamente, cuando íbamos a estamparnos en un muro de cemento, logró frenar a escasos centímetros.
Dos policías con cara de vinagre se pararon a nuestro lado y le hicieron a Esteban la prueba de la alcoholemia, que dio negativa.
No había bebido nada. Él hace las locuras y las idioteces completamente sobrio.
Luego los policías le pidieron los papeles y descubrieron con evidente fruición que iba indocumentado.
Arrestaron a Esteban y se informaron de si yo tenía carnet de conducir. Respondí afirmativamente. En vista de mi palidez, me preguntaron si podía hacerme cargo del deportivo rojo. Volví a responder que sí.

IV

Miré al Alfa-Romeo como a un enemigo declarado. Intuía que mis problemas no habían concluido.
No me gustaban ni el color ni la forma del coche.
Uno de los policías me aconsejó que buscase un aparcamiento, y que descansase antes de tomar una decisión.
La decisión ya estaba tomada: regresar al pueblo. Pero no estaba en condiciones de viajar hasta que se me pasara el susto. Así pues, seguí la indicación del agente y busqué un lugar donde dejar el deportivo.
En Sevilla no es tarea fácil encontrar aparcamiento y aún menos en el barrio donde estaba. Me senté al volante y empecé a dar vueltas.
A causa de mi nerviosismo y de mi contrariedad me hice un bonito lío con los pedales del coche.
Como dudaba del emplazamiento del freno, del acelerador y del embrague, los pies se me enredaban como si estuviesen marcando los pasos de un baile desconocido.
Pasé junto a la Feria del Libro. En una calle cercana, que era zona azul, encontré una plaza libre.
Me di prisa en estacionar el deportivo y me dirigí al parquímetro en el que introduje el único euro que tenía en el monedero. Eso significaba que disponía de una hora.

 

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                                        I
Nos dirigimos a la vivienda que habían alquilado unos extranjeros en la calle Tercia. No es que Las Hilandarias se haya puesto de moda y haya entrado a formar parte de los “tour operators”. Pero de vez en cuando recalan en el pueblo británicos, alemanes o franceses. Incluso escandinavos. Es el signo de los tiempos.
La idea fue de Esteban. Teniendo en cuenta que a duras penas chapurrea un poco de inglés, su habilidad para relacionarse con todo el mundo es admirable.
Estos visitantes en concreto de cuya nacionalidad no me enteré, no hablaban apenas español. Casi se puede afirmar que no hablaban.
Mi amigo entró como Pedro por su casa, como si fuese uno más de la familia. Su desenvoltura es para mí otro motivo de asombro.
Se coló o nos colamos de rondón. Cruzamos el zaguán, la habitación de en medio y el comedor, desembocando en el patio sombreado por una parra, al fondo del cual había un cobertizo donde estaban los rubicundos forasteros jugando a las cartas.
Nos acercamos y contemplamos durante un rato cómo jugaban en silencio. Nadie dijo nada, ni ellos ni nosotros. Cuando nos cansamos de mirar, nos dimos media vuelta y nos fuimos.

 II

Esteban me propuso entonces dar un paseo en coche. Yo pensaba que ni siquiera tenía carnet de conducir.
Respondió a mi gesto de extrañeza con una sonrisa pícara en la que leí: “En cualquier caso tengo coche”.
Se trataba de un magnífico deportivo rojo.
Como me temía, Esteban era un conductor impulsivo. Rápidamente me arrepentí de haber aceptado su invitación, aun siendo consciente de que habría tomado a mal mi negativa.
Desde luego, montarme en ese bólido con Esteban al volante era una temeridad sin perdón de Dios.
El aerodinámico Alfa-Romeo llegó a Sevilla en un abrir y cerrar de ojos. Tras el vertiginoso viaje, empezamos a recorrer la ciudad como dos turistas ansiosos por descubrir rincones típicos.
Cada vez que Esteban apartaba la vista de la calzada para mirar a un lado o a otro, yo sentía un cosquilleo en el estómago. Su aparente seguridad incrementaba mi inquietud.
Sin venir a cuento dio un acelerón. Estas reacciones impredecibles y estúpidas impiden que uno pueda fiarse de él.
Hasta ese momento se había comportado prudentemente, pero en un acceso de hastío decidió tirar por la borda su sensatez.

 

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En el bar donde recalábamos para tomar una copa, pegábamos la hebra con Arturo, un parroquiano que solía hojear el periódico distraídamente mientras paladeaba su vermut. Pensábamos que no era andaluz, tal vez por su acento neutro y su circunspección.
Tras ser interrogado al respecto por mi amiga Lucía, nos aclaró que sí lo era.
“Mi familia materna está asentada en esta región desde siempre. No así la paterna que vino de fuera. Mi abuela era asturiana y mi abuelo zamorano.
Como estaba comunicativo, siguió contándonos que fueron su abuela paterna y la hermana soltera de ésta quienes crearon el patrimonio familiar.
Cuando llegaron a Sevilla, se dedicaron al servicio doméstico. Trabajaron duro y, como ambas eran emprendedoras, primero alquilaron tierras de labor donde pusieron a trabajar al marido y a los hijos, y luego las compraron, de forma que a la vuelta de unos años eran dueñas o arrendatarias de varias fincas rústicas y urbanas en un pueblo de la provincia.
Arturo nos explicó que la primera generación acumula la riqueza con su sudor y su empeño. La segunda la mantiene. A la tercera, que era la suya, le corresponde la irresponsabilidad de dilapidar los bienes.
La tercera generación se despreocupa y malbarata. Y no es raro que acabe viéndose, como suele decirse, con una mano delante y otra detrás.
Los primeros hacen un gran esfuerzo. Los segundos, conocedores y beneficiarios de ese sacrificio, conservan lo recibido. Los terceros se limitan a vivir del cuento.
La cuarta generación es puesta a prueba y tiene que empezar de nuevo.
“La de tus hijos” apuntó Lucía. “Yo no tengo hijos” repuso Arturo.

 

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Gerena

 

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Mientras desayunaban en un bar de la calle Laraña, cerca del organismo oficial donde trabajaban, Susana preguntó: “¿Un vademécum no es el libro que utilizan los médicos para informarse rápidamente sobre una enfermedad y su tratamiento?”.
Amparo le lanzó una mirada severa y respondió: “No te enteras. No es un vademécum sino un memorándum” “¿Y qué demonios es eso?”.
“Un pergamino de piel de ternera que le han regalado sus hijos. Se lo entregaron solemnemente en la cena que le ofrecieron en uno de los restaurantes más caros de Sevilla cuando se jubiló” “Es la primera noticia que tengo de un regalo de esa naturaleza” “Pues si Dios no lo remedia, en ciertos círculos acabará poniéndose de moda”.
En dicho pergamino, explicó Amparo que estaba presente cuando María fue a la oficina expresamente a enseñárselo a sus ex compañeros, estaban consignados en letra gótica todos sus méritos como hija, esposa, madre, abuela en ciernes y profesional de la administración pública.
“¿Como funcionaria?” “Sí, como eso también. Tú ya conoces su carrera” “Demasiado bien las conozco, a su carrera y a ella”.
La homenajeada había destacado por su docilidad a los requerimientos del poder. Todo lo que éste ordenaba, indicaba, sugería o insinuaba, era acatado sin rechistar por ella, que por nada del mundo quería pasar por tibia, y cuya máxima aspiración, que producía vergüenza ajena, era pasar por una mujer enrollada, a la altura de los tiempos.
“Por alguien guay” apuntó Susana. “Súper guay” precisó Amparo.
Mientras apuraban el café con leche, ambas rememoraron la ocasión en que María, tan exquisitamente acrítica, tan lacayunamente bien sintonizada, tan de buena familia antes, ahora y siempre, se presentó en la oficina con un taco de papeletas del Gran Hermano para venderlas todas y congraciarse con los jerarcas.
Hubo un compañero que le plantó cara y le espetó: “¿Pero las rifas no son cosa de estudiantes y hermandades? Ni siquiera vais a respetar eso”.
Forzando una sonrisa, María repuso: “¿Entonces no me vas a comprar una papeleta?” El otro la miró de hito en hito y le dio la espalda.
María se enfadó y fue con el cuento a uno de los directores, amiguísimo suyo.
“Pero nosotras” dijo Susana “le compramos dos papeletas cada una” “Sí” confirmó Amparo “nos sacó cuatro euros” “Muy a pesar mío” “Eso da lo mismo. Lo que cuentan son los goles”.
“¿Sabes qué te digo?” repuso Susana “Que quien contraste ese vademécum con la realidad se va a tronchar de risa”. “Ya, pero ¿quién va a tomarse esa molestia?”

 

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Con frecuencia había que ir de pie en el autobús. La gente protestaba. El trayecto duraba media hora y a nadie le agradaba tener que hacerlo en el pasillo, agarrado o apoyado en el espaldar de los asientos.
Curándonos en salud, nos apelotonábamos a las puertas del vehículo para ser los primeros en subir.
Los lunes por la mañana era muy difícil encontrar sitio, pues el autobús venía casi lleno del pueblo vecino.
Arreciaban las voces airadas. A veces ponían una tartana renqueante cuyas ventanillas cerraban mal o se abrían solas. El aire helado del amanecer se colaba, además, por cien resquicios diferentes.
No quedaba más remedio que levantar los cuellos de las prendas de abrigo, encogerse y meter las manos en los bolsillos.
Debido al frío y al traqueteo, llegábamos a Sevilla atontados y entumecidos.
Prefería, sin embargo, exponerme a pillar un resfriado antes que utilizar el otro autobús cuyas ventanillas cerraban perfectamente. El aire que se respiraba allí dentro estaba viciado por la falta de oxígeno y el humo de los cigarrillos, provocándome un malestar cercano a la náusea.
Después estaba la cuestión del hacinamiento. Apenas teníamos espacio para cambiar de posición. El autobús me recordaba uno de esos camiones cargados de animales que a duras penas mantenían el equilibrio, con la cabeza gacha o mirando perplejos por entre los barrotes.
Pero era su silencio lo que más llamaba mi atención. Estaban tan ocupados en sostenerse sobre sus pezuñas que se habían olvidado de balar, mugir o hacer lo que quiera que hiciesen.
Me deprimía la visión de esas reses amontonadas que sin rebeldía ni lamentos acataban las exigencias de su destino.

 

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Desde el día en que el delegado lo invitó a almorzar en su casa, razón por la que anduvimos buscando a Alberto por todo el instituto sin encontrarlo, uno y otro nos fuimos distanciando.
Cuando se acercaba a una reunión en la que yo sentaba cátedra, experimentaba un placer maligno en recibirlo a voces por honrarnos con su presencia.
Incapaz de mandarme a hacer gárgaras, aguantaba estoicamente mi andanada de sandeces.
Yo interrumpía el tema sobre el que estaba pontificando para agasajarlo como es debido. Cuando retomaba mi discurso, hacía todo lo posible para involucrarlo.
Sabía que no le gustaba hablar en público. Se ponía nervioso, se aturrullaba. Si, al pedirle su opinión, lo instaba a no contestar con un monosílabo o una lacónica frase, a veces nos sorprendía con una ocurrencia que suscitaba la hilaridad de los presentes.
“Ya veo que vas aprendiendo” le decía coreando las risotadas.
Me aficioné a buscarle las cosquillas delante de la gente.
Mis intentos de ganármelo de nuevo chocaron lógicamente con su reticencia. Incluso cuando eran sinceros, dudaba de mi buena fe. Por lo demás, yo no desaprovechaba la ocasión de acrecentar mi fama de bocazas.
Quizás por afecto, quizás por bondad, Alberto empezó a mostrarse menos receloso.
Habría recuperado su confianza de no haber intervenido el delegado que convirtió en un deber la obstaculización de mis planes.
Invitaba a comer a Alberto e incluso lo convenció de que pasara un fin de semana en Sevilla, de forma que acabó creándole la obligación de corresponder.
Un viernes, cuando vi al delegado en el autobús con una bolsa, me entraron ganas de darle un puñetazo en la cara para borrarle su estúpida sonrisa.

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Estudiábamos sexto de Bachillerato en un instituto de Sevilla. Durante el primer trimestre me percaté del interés que la asignatura de filosofía suscitaba en mi amigo. En dicha clase permanecía bien erguido para que no se le escapase una sola palabra.
El profesor, entrado en años, llegaba cargado con una gran cartera de la que sacaba libros y papeles que desparramaba sobre la mesa. Por lo general, lograba mantener la atención de los cerca de cuarenta alumnos.
A causa de la aridez de algunos temas o del cansancio, a veces la clase se removía inquieta, los murmullos se multiplicaban y las caras de aburrimiento saltaban a la vista.
Cuando esto ocurría, don Justino se ponía en pie y soltaba un sermón. Llegado el caso, amonestaba a los más revoltosos y parlanchines. Frunciendo el entrecejo, se dirigía a ellos llamándolos de usted, no tanto para marcar la distancia como para conferir a su reprensión un tono jocoserio.
Tras este paréntesis, que era también un respiro, se sentaba de nuevo y proseguía con lo que trajese entre manos.
A pesar de ese usted medio burlón que ponía en entredicho la severidad del profesor, había compañeros que no dudaban de la autenticidad de su enfado. De hecho, llegó junio y seguíamos debatiendo este tema.
A Alberto nunca tuvo don Justino que llamarlo al orden. Ni los elogios ni los reproches le estaban destinados. Él tendía a pasar inadvertido. Como estudiante era responsable. Yo había llegado a la conclusión de que mi amigo no daba su medida. Si hubiese querido, podría haber descollado.

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Calle Betis

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