Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Cuentos’ Category

16 de abril de 2013 044Larrea desvió la mirada. El estómago se le contrajo como si fuera a vomitar. Un pudor invencible se adueñó de él. Al cabo de los años, esa sensación experimentada a menudo durante su adolescencia retoñaba produciendo los mismos estragos.

La edad no estaba en relación forzosa con la sabiduría. No era raro comprobar que los años volvían a la gente mezquina y estúpida.

Saldaña se recreaba en sus palabras. El mundo era una manzana con la que jugueteaba. Una manzana que escamoteaba a tenor de sus argumentos.

Larrea estaba de más en la reunión. En cualquier reunión. Pero en esa más que en ninguna.

Aceptó la invitación para, al día siguiente, no tener que dar explicaciones de por qué no había asistido al coloquio.

Saldaña era una autoridad en la materia. Podía hablar horas y horas sin repetirse ni trabucarse. Y dando una impresión total de convencimiento.

Era parco en sonrisas y en manoteo. En el momento adecuado mostraba la manzana. Las miradas convergían en él. Su inmutabilidad y su seguridad eran abrumadoras.

El malestar de Larrea aumentó. Tanto que tuvo que levantarse y salir de la sala. Se dirigió a los servicios donde se refrescó con agua la cara y el cuello. Luego cogió el portante.

La brisa lo alivió enormemente. A medida que se alejaba, se iba recobrando.

-o-

Levantarse e irse en lo mejor del coloquio, o más bien de la conferencia, fue una irresponsabilidad. Un feo que le hizo a Saldaña, a quien no se le escapaba nada.

“Eso es tirar piedras contra tu propio tejado” dijeron a Larrea sus colegas. Todos coincidieron en calificar de pueril su actitud. Y en afirmar que podía haber aguantado hasta el final, como ellos.

-o-

¿Por qué tenía que sufrir la autocomplacencia de Saldaña? ¿Por qué tenía que prestarse al juego? ¿Por qué tenía que poner en peligro su estabilidad interna? Lo que había hecho estaba bien. Eso era lo que debía hacer siempre.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

IV

“Siempre fuiste propensa a fantasear” dijo el demonio frunciendo los labios y encogiendo la nariz. “¿Queréis probar la pócima y experimentar los efectos en vuestra propia carne? Tal vez entonces cambiéis de opinión” replicó la bruja subrayando sus últimas palabras con un espeluznante mohín.

El fantasma y el demonio rehusaron la invitación. Ambos sabían que la bruja tenía más razón que un santo. Ese bebedizo tenía que ser mortífero de necesidad.

La tía putativa de Octavio, a quien no había pasado desapercibida la aprensión de sus colegas, sirvió una nueva ronda de consomé. Y, en un tono más intimidatorio que didáctico, explicó: “La cortaalas envenena los fluidos vitales, que se descomponen y pudren. El sujeto queda fuera de juego limpiamente, como si hubiese sido objeto de varias sesiones de vudú sincronizadas”.

Los tíos putativos de Fausto y Feliciana se picaron y se apresuraron a exponer sus iniquidades más destacadas. Por nada del mundo querían quedar a la zaga de la bruja que les estaba dando un revolcón.

Ambos alabaron la eficacia de sus respectivos métodos que nada tenían que envidiar a los bebedizos de la anfitriona. E inevitablemente se pusieron a hacer comparaciones. Desde luego, era difícil, por no decir imposible, averiguar cuál de los tres era más infame. Coincidieron en que cada uno en su especialidad no tenía igual.

El cotejo acabó en risotadas. El demonio concluyó: “El caso es que nuestros sobrinos no conseguirán librarse de nosotros por mucho que lo intenten, y algunos bien que se empeñan”. Esta afirmación provocó otro acceso de hilaridad. Les resultaba tan divertida esa situación humillante que no podían contenerse.

La bruja dio incluso unos pasos de baile con el vaso en alto. El fantasma y el demonio se animaron también y se unieron a la polca. Los tres saltaban alrededor del caldero, unas veces cogidos de la mano y otras libremente. Estuvieron bebiendo y alborotando hasta las tantas. Luego se despidieron, derrengados y felices, haciendo votos por verse pronto y compartir sus nuevas fechorías.

-o-

Los tres amigos acabaron la cena en silencio. Habían estado conversando animadamente, pero ahora estaban cavilosos.

Sus pensamientos eran convergentes. Los tres sabían que no podían librarse del despótico amo que los sojuzgaba. Los tres lo habían intentado de verdad, recurriendo a diversos medios.

A estas alturas los tres admitían que esos parientes indeseables formaban parte de la familia, les gustase o no. Esos tres personajes constelaban su universo particular, estaban incrustados en su mente.

A lo más que podían aspirar era a convivir con ellos. A mantener un precario equilibrio. La palabra derrota planeó sobre la mesa pero nadie la pronunció.
Fausto se seguía rebelando, Feliciana seguía buscando una solución y Octavio procuraba establecer pactos duraderos. Pero no se hacían ilusiones, sobre todo el sobrino de la bruja.

Era legítimo mantener la esperanza. Y necesario en el día a día. Pero no podían alegar ignorancia. Y más les valía no hacer castillos en el aire.

Los tres amigos llenaron la última copa y brindaron por el próximo encuentro, cuya fecha no fijaron. Encuentro en el que volverían a hablar de las jugarretas sufridas, y en el que expondrían sus avances y retrocesos.

Habían vaciado dos botellas de vino. Estaban lo bastante achispados para alegrarse de estar vivos y de comprobar que su sentido del humor no había desertado.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

III

La bruja sirvió otra copa de bebistrajo y, levantando la suya, propuso otro brindis: “¡Por nosotros!”, que fue coreado por el fantasma y el demonio.

A continuación, con remilgos de perfecta anfitriona, la vieja de barbilla salpicada de largos pelos y nariz verrugosa, pasó la bandeja con los entremeses. Inclinando graciosamente su siniestra cabeza, dijo: “Mi especialidad son las pócimas como vuesas mercedes saben. Este brebaje que he preparado en vuestro honor, es muy antiguo. Más que mi abuela a quien le debo la receta”.

Aquí interrumpió su introducción. Con los ojos fijos en el mentor de Fausto y un trasfondo de picardía, tras esta pausa, añadió: “¿Sabías que mi señora abuela tuvo líos con demonios?”. Su compadre infernal arrugó los labios y enseñó sus dientes amarillos. La bruja, sonriendo zalameramente, también dejó ver los suyos que eran disparejos y renegridos.

El fantasma se estaba divirtiendo de lo lindo con esta equívoca escena. Si el flirteo continuaba, no podría evitar soltar una carcajada. Para disimular su regocijo, a pesar de carecer de olfato, se llevó el vaso de cuerno de toro de lidia a la nariz para aspirar su aroma. Y no contento con esa impostura la redondeó con un gesto de satisfacción.

Ni que decir tiene que el demonio no se dio por aludido. Dio un sorbo de bebistrajo y, en la misma línea cortés de su fantasmal colega, concedió: “Es un elixir extraordinario. Felicita a tu abuela de mi parte” “Eso va a ser difícil” “Eres su digna sucesora” terció el verdugo de Feliciana, “si no te importa, me llevaré una botella” “Y yo otra” dijo el demonio, “estoy seguro de que a Pedro Botero le encantará”.

La bruja se sintió profundamente halagada. “Una botella o una garrafa. Como veis, he hecho una gran cantidad. Está claro que nosotros no vamos consumir todo esto, máxime teniendo en cuenta que este –precisó señalando al fantasma– no bebe, sólo hace el paripé. ¿O seremos capaces? –preguntó al demonio.
“Menudo colocón” dijo el fantasma. El demonio optó por dar otro sesgo a la conversación.

“¿Qué pócima administras a tu ahijado para que no levante cabeza?”. La bruja, definitivamente desengañada, se encorvó, suspiró y dijo entre dientes: “De su composición no voy a hablar porque es un secreto de familia. La clave de su eficacia radica en dársela a beber al elegido cuando todavía es un niño. El efecto es arrasador. Un maleficio al lado del cual las maldiciones gitanas son inocentes trabalenguas. Luego basta con meros recordatorios. Unas cuantas gotas son suficientes para impedir que el desgraciado alce el vuelo. Mi abuela llamaba a esta pócima “la cortaalas”, que es más poderosa que tu tridente y tu sudario juntos. Con un sorbito Octavio cae rendido a mis pies, literalmente hablando”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

II

Siguió refiriendo el fantasma que, cuando precipitaba a Feliciana en el abismo valiéndose de ese recurso, la pobre, desmadejada, sin fuerzas para dar un soplido, pasaba varios días tendida en el sofá, con los ojos extraviados.

Carcajeándose, el fantasma precisó: “Hasta que no retiro la sábana con que la he envuelto, no tiene aliento ni para llorar, desahogo del que le gustaría disfrutar, pero que no está a su alcance”.

Con genuina maldad concluyó: “Y así la tengo, como un pelele, hasta que me parece”.

Sus compañeros estimaron que se trataba de un magnífico entretenimiento. “Si la vierais palidecer cuando le echo el sudario por encima”…

“Su piel absorbe el color espectral de la tela. Os aseguro que a veces me confundo y soy incapaz de distinguir mi vestimenta del cuerpo de la mujer. El resultado es un continuum fantasmagórico”.

“Eso es un auténtico éxito” dijo el demonio de la destrucción. “Un perfecto acto de brujería” declaró la anfitriona.

A continuación, la vieja lo pensó mejor y, con un gesto desdeñoso de su huesuda mano, rechazó esa desafortunada comparación.

El demonio de cuernos caprinos y aviesa mirada hacía de vez en cuando un feo gesto con los labios, que arrugaba mostrando sus paletas amarillentas. El fantasma le parecía una emanación gaseosa que no resistiría un bufido suyo.

En cuanto a la bruja, a la que consideraba más peligrosa, no dejaba de ser una vieja encorvada y babosa.

No tenía el demonio buen concepto de sus compinches. No le cabía duda de que eran inferiores a él. La labor que él realizaba era infinitamente más dañina. A Fausto, aun siendo el más fuerte de los tres elegidos terrenales, le hacía morder el polvo cada vez que se le antojaba, es decir, a menudo.

Y se animó a compartir su mortífera táctica consistente, cuando lo veía contrariado, en prestarle un tridente para que se lo clavase a quienes tenía a su alrededor. Fausto no se privaba de usar ese instrumento puntiagudo en cuanto lo tenía en las manos.

De esta forma el demonio de la destrucción había logrado que ese infeliz multiplicase el número de sus enemigos y se convirtiese en una de las personas más odiadas del pueblo. “Es el vecino que más aborrecimiento suscita” añadió con una nota de orgullo en su voz de becerro.

Ese hecho traía consigo que el aislamiento de su pupilo fuera cada vez mayor. “Puedo afirmar y afirmo que todos lo rehúyen”.

La cesión puntual del tenedor gigante no quitaba para que, cuando lo creía conveniente, el demonio lo utilizase para aguijar a Fausto, el cual se enfadaba entonces consigo mismo y se autoagredía de diversas maneras, por ejemplo, dándose un atracón.

Este hijo de Satanás, como sabían sus compañeros de canalladas, era un maestro en el arte de crear situaciones explosivas. “Con mi tridente podría conseguir que nos peleásemos entre nosotros”.

Los otros ni asintieron ni negaron. Ambos encontraban al demonio bastante fanfarrón. Su silencio hizo que este se apresurase a añadir: “Por supuesto, no voy a hacer tal cosa. Sería una estupidez que discutiésemos con lo bien que nos lo pasamos juntos”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Cada uno de nosotros está habitado por un ente negativo,
está poseído por un personaje perverso.

I

El demonio de la destrucción tenía en sus manos a Fausto. El fantasma de la depresión dominaba a Feliciana y la bruja de la ansiedad a Octavio, al que hechizó en su infancia.

De vez en cuando se reunían en la cabaña de la bruja, alrededor del caldero donde la anfitriona preparaba un brebaje especial para celebrar los éxitos obtenidos desde la última vez que se vieron.

La bruja y el demonio cogían una buena cogorza. El fantasma, dada su naturaleza etérea, no bebía. Como los otros insistían, en cada encuentro tenía que repetir lo mismo: “Los espectros no comen ni beben”. Pero esa circunstancia no quitaba para que participase en la francachela como el que más.

A los tres les encantaba comparar el grado de sumisión conseguido. Se lo pasaban en grande alardeando de su profesionalidad en el trabajo de demolición de sus correspondientes víctimas.

Los cónclaves eran siempre nocturnos. La bruja vivía en los arrabales del pueblo. Ni cerca ni lejos. Ni dentro ni fuera. La bruja podía estar y no estar en cualquier parte. Muchos le atribuían el don de la ubicuidad.

Para la ocasión la dueña de la cabaña había puesto en la olla cabezas de serpiente, crestas de gallo, un puñado de dedos, lenguas de lagarto, ojos de perro, orejas de ardilla y varios sapos vivos que, sacando la cabeza del líquido burbujeante, croaban complacidos. Según la cocinera, la piel verrugosa y tóxica de esos anfibios daba un toque especial al brebaje cuyo buen aspecto alabaron los invitados.

Por último, inmediatamente después de sacar a los sapos del baño, echaría en la olla un generoso chorreón de leche del diablo, un cordial de alta graduación alcohólica que, cuando estaba sola, la bruja solía beber a morro.

Los tres estaban deseando contar sus canalladas, describir en qué estado habían dejado a sus rehenes, hacer un detallado recuento de sus ruindades. Pero hasta que la bruja no apartase el caldero del fuego y entrechocasen sus vasos de cuerno de toro de lidia en un brindis, esperarían.

Brindaron una y otra vez porque el brebaje estaba condenadamente bueno. Recién hecho, a pesar de lo caliente que estaba, se colaba sin sentir.

La bruja, que había sacado de la olla con una espumadera las crestas, las lenguas, los dedos, las orejas y las cabezas, y los había amontonado en una bandeja roñosa, ofreció estas exquisiteces a sus compadres que no les hicieron asco en absoluto, el demonio comiéndolas de verdad y el fantasma de mentirijillas.

Y fue este quien empezó a contar la jugarreta que le gastaba a Feliciana últimamente. El espectro se quitaba el sudario y envolvía con él a su víctima.
“¿Te quedas en cueros?” preguntó divertida la bruja. “Un fantasma desnudo tiene poco que ver, la verdad” “¿Y cómo reacciona Feliciana cuando la amortajas?” quiso saber el demonio. “Hundiéndose en una sima, perdiéndose en la nada, dejándose caer como una piedra en un pozo”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

6 de mayo de 2011 001La tasca estaba llena de clientes que hablaban a gritos y gesticulaban como actores de tercera categoría.

Había empezado a beber temprano. A la una me encontraba lo bastante ebrio para reír las gracias de Raimundo López.

El calor, el exceso de luz, el vocerío, el alcohol contribuían a que uno perdiera la cabeza.

Mis recuerdos son vagos. Cuando intento fijarlos, un tumulto de imágenes me bloquea la memoria.

Cuando intento reconstruir mi paseo en tiovivo, me sucede lo mismo. Mi abuelo me llevó a la feria que estuvimos recorriendo un rato.

Nos demoramos ante la noria, los autos de choque y el simpático tiovivo en el que mi abuelo me invitó a subir.

En cuanto aquel artilugio empezó a dar vueltas, mi alegría se trocó en malestar. Me agarré con fuerza al cuello de mi caballito y cerré los ojos. Más me hubiese valido no abrirlos de nuevo.

No era el tiovivo sino la feria entera la que giraba a mi alrededor. El resultado era una alucinante confusión de objetos y colores. En medio de ese caos una sola idea se perfilaba nítida: bajarme de la máquina. Y eso fue lo que hice a riesgo de sufrir un accidente.

Fragmentos de conversaciones, manoteo, ruido de sillas arrastradas, un vaso que cae al suelo y se hace añicos, muecas, risotadas y un deseo incontrolable de beber. Esto es lo que puedo decir del tiempo que pasé en la taberna del puerto.

Más tarde, dando tumbos, voy solo camino de la playa. Deben de ser las tres o las cuatro. Tengo miedo de coger una insolación. Mi mayor preocupación es encontrar una sombra. Pero la luz me encandila. No logro ver nada.

Me juro que esta será la última borrachera. Mis pies se hunden en la arena caliente. Cierro los ojos y avanzo a ciegas.

-o-

El calor había disminuido. La brisa marina refrescaba el ambiente. El estómago me ardía. Hubiese dado mi reino por un vaso de agua.

A pesar del martirio que suponía la sed, mi despertar fue seguido de un estado de beatitud.

No me moví. Miré a un lado y a otro pero no identifiqué el lugar donde me hallaba.

Estaba medio tendido en el suelo o medio recostado en la pared, en una postura incómoda que de momento no cambié.

Enfrente de mí había una casa con un jardincito y persianas verdes. Un lejano rumor de coches no alteraba la paz de ese rincón de Punta Umbría.

Me veo de nuevo paseando con mi abuelo, un mediodía de invierno, corriendo entre las encinas, observando el paso de las nubes y el vuelo de los pájaros.

Estoy sentado a la turca en un bloque de piedra caliza lleno de agujeros y caracolillos. Mi abuelo está abstraído. Tiene los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos.

Siento curiosidad por saber en qué piensa. No me decido a preguntárselo. Si lo hiciera, destruiría ese momento.

Lo contemplo intentando leer en sus rasgos. Permanezco así hasta que, sonriente, fija en mí sus ojos y dice: “Ya es hora de volver a casa”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

13 de diciembre de 2013 021Pregunto a Emma por la reunión que tuvo el miércoles con sus amigas. “No me hables” responde. Hacemos muestro pedido en la barra y vamos a sentarnos en los taburetes de la terraza. Después de dar un trago, depositamos nuestros vasos en el velador de largas patas. Ella guarda silencio.

“Quieres hacerte rogar” digo. Y ella arranca por fin: “Me estoy planteando no ir a tomar el té con pastas. Esos encuentros se están convirtiendo en una fuente de irritación” “Te está fallando el sentido del humor” “Supongo que esa es la razón de que cada vez aguante menos” “A menudo no vale la pena”.

En esta cita semanal, una de sus amigas, la de ideas más avanzadas y “look” más informal pero no por ello más económico, como Emma se apresura a puntualizar, contó un incidente que le produjo bochorno, pero que la otra, llamada Juliana, no tuvo inconveniente en airear en vez de arrinconar en el trastero del olvido.

Y es que Juliana estaba dolida. Para contrarrestar su malestar nada mejor que montar un psicodrama y recuperar la estima que ella misma arrojó por el sumidero.

“Así es la naturaleza humana” sentencia Emma, “nos ponemos en evidencia y luego tratamos de arreglarlo a nivel… ¿cómo dices tú?” “¿Fantasmático?” “Eso mismo”.

“En realidad se trata de un suceso chusco que mueve a risa. Aunque es un dato irrelevante, te diré que Juliana es mayor que yo, pero mucho más activa en todos los sentidos. Se enteró de un coloquio organizado por la concejal de cultura del ayuntamiento, o más bien de un acto propagandístico. Y ni corta ni perezosa se personó en el foro.

“No la une ninguna amistad a la concejal pero como sus ideas son afines, Juliana iba en muy buena disposición y con ganas de participar. No se trataba de un coloquio ni, como tan finamente se leía en los carteles y folletos, de una propuesta para el debate sino de la publicitación del programa cultural del ayuntamiento.

“Cuando la responsable municipal acabó su exposición, se abrió un turno de preguntas. Y Juliana vio llegada la hora de echar su cuarto a espadas.

“Pero bien fuera porque, de querer hacerlo tan bien, se trabucara, bien fuera porque los nervios la traicionasen, la concejal no sólo la malentendió sino que encima le dio un corte y siguió con la ronda de preguntas, dejando a Juliana más corrida que una mona”.

La vejada explicó a sus amigas que no comprendía lo que había pasado. Lo único que había hecho era elogiar la vitalidad, la originalidad, la creatividad y la eficacia de la concejal en el desempeño de su cargo e incluso de su vida privada. A punto estuvo de añadir que no como su antecesor, aunque lo dejó entrever.

Sus filigranas verbales le salieron por la culta y la respuesta airada que obtuvo le sentó mal. Airada e injusta porque ella lo que pretendía en definitiva era halagar a la otra.

Rumiando su disgusto, decidió arreglar este asunto al final del coloquio. De ninguna manera una incondicional como ella merecía el trato recibido. Su pedigrí tenía que quedar más limpio que un jaspe.

Así que esperó y se acercó a la interfecta cuando apagó el micrófono. Se presentó, le dijo cuánto la admiraba y cuánto lamentaba que hubiese malinterpretado sus palabras. Lo que quiso transmitir era que el programa cultural era una maravilla, que no le cabía duda de que sería un éxito…

Y añade Emma de su propia cosecha: “Sólo le faltó arrodillarse o hacer una reverencia y declarar que en ella tenía a una aliada, a una defensora, a una integrante de la claque. Resumiendo, a su segura servidora”.

“O sea, que estuvo rastrera” “Sí, ella es también consciente de su actitud indigna”.

“El mundo es un teatro” “Más bien un corral de comedias” puntualiza Emma.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Rafael de Sayago

Se nos acerca un antiguo conocido, mayor que nosotros. “Mucho mayor” precisaría Emma más tarde. Se acoda a nuestro lado y pide un vermut de la casa con un chorrito de sifón. Pregunta al camarero si no tiene una rodaja de naranja para la bebida. Como recibe una respuesta negativa, pide una de limón. Y por último unas aceitunas aliñadas. Luego se nos queda mirando con su melena leonina y su boca entreabierta en una sonrisita socarrona. “De superioridad” según Emma.

Porque él está de vuelta de todo. Ha corrido mundo y ha vivido el doble o el triple que cualquiera de nosotros dos. “Juntos” añade mi amiga. Tras escupir un hueso de aceituna en el orificio superior del puño que se acerca a la boca, y dejarlo escapar por el inferior justamente encima del platillo ad hoc con donosura de galán, declara: “Se os ve aburridos”.

Callados tendría que haber dicho. En efecto, lo estábamos desde antes que él traspusiera el umbral del establecimiento. Cuando no tenemos nada de qué hablar, permanecemos silenciosos sin sentirnos incómodos. De todas formas, pocas veces nos hallamos en esa tesitura. Emma tiene casi siempre tema de conversación. Y cuando no, ahí está el inagotable filón que es su cuñada, al que recurre gustosamente cuando deserta la inspiración.

Rafael de Sayago, que por supuesto no es su verdadero nombre sino el de guerra o, como él prefiere decir, el artístico, es un cómico en decadencia. Tuvo su momento, pero hace tantos años que ya nadie se acuerda. Ahora se dedica a la televisión, ya sean series cutres, programas arrabaleros o tertulias sesgadas y cañeras.

Él se presenta como actor y showman. En el barrio tiene sus admiradores. Pero hay también quien huye de él como de la peste porque, dada su dilatada experiencia en las tablas y en los platós, sabe dar la vara.

Dispuesto a animarnos la vida, nos hace una pregunta un tanto retórica: “¿Sabéis cómo eliminaba a mis adversarios?”.

Se vuelve al camarero, le pide otro vermut y añade: “A ellos ponles lo que estén bebiendo”.

“Con un camión”. Como le entra la risa floja, a punto está de engolliparse. Poniéndose bastante coloradote, logra expulsar el hueso a tiempo.

Respira hondo y prosigue: “Cuando iba por la carretera y alguien quería adelantarme, dejaba que se colocara a mi altura. Entonces aceleraba. El otro se picaba y hacía otro tanto. Con la única diferencia de que él iba por el carril de la izquierda y yo por el de la derecha.

“Si era lo suficientemente listo, acababa aminorando la velocidad y colocándose detrás de mí. Si era un gallito o un descerebrado y persistía en querer sobrepasarme, sólo era cuestión de esperar a que apareciese un coche de frente. La estupidez o la soberbia hizo que algunos colisionaran, y que otros se salieran de la carretera, quedando allí arrumbados hasta que la grúa los rescataba”.

Rafael de Sayago, histrión y bocazas, ríe y me da una palmadita en el hombro. Con Emma no se atreve. Cuando se va, mi amiga comenta: “Bonito método de eliminar a quien estorba” “Es una simple boutade” “Aunque lo fuera, la diafanidad de su intención no admite dudas” “Creo que exageras” “Y yo que te has caído de un guindo”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Mis compañeras iban preocupadas porque los resultados del informe Pisa, una vez más, eran deprimentes. Como consecuencia de ello, la inspección nos había visitado.

A mi centro, según la descripción de un colega lenguaraz, había ido un sietemesino que se pasaba el tiempo subiéndose la montura de las gafas con el dedo índice, y que nos puso la cabeza como un bombo.

La reunión a la que fuimos convocados la invirtió en gran parte en alabar ese ejemplo a seguir que es Finlandia, un país con cinco millones y medio de habitantes y unas características geográficas y socioeconómicas que poco o nada tienen que ver con las nuestras. La fijación de estos mendas por ese país nórdico, mantenida y alimentada regularmente por los artículos que aparecen en su periódico de cabecera, el cual, cómo no, salió a relucir, la fijación, decía, de estos representantes más políticos que administrativos, es una de las plagas que se ha abatido sobre el sistema educativo.

La murga que nos dio fue de órdago. Las tonterías que enhebró nos dejaron turulatos. Y las medidas que impuso merecían ser arrojadas directamente a la papelera. Estoicamente, salvo los afectos al régimen a quienes todo parece bien o mejor, aguantamos el chaparrón.

La encerrona fue larga y tediosa. Casi todos estábamos deseando que acabase para olvidarnos de lo que habíamos escuchado. Pero el inspectorcito no estaba dispuesto a soltar su presa fácilmente. Pese a que procurásemos mantenerlas impenetrables, algo debió detectar en nuestras caras que no le gustó, poniéndolo un punto agresivo. Desde luego, nuestras miradas no traslucían el beneplácito.

Su remedio infalible eran más reuniones y más burocracia. Todo lo cual debía traducirse en un mayor número de aprobados. Como comentaron después algunos de los asistentes, que en ese momento no se atrevieron a hablar, de esa forma no se solucionaba el problema. Cuando volvieran a evaluar a los estudiantes, el informe PISA desenmascararía esos falsos aprobados, esas notas hinchadas.

El inspectorcito, consciente de la dureza con que nos estaba tratando, quiso atenuar el tono al final de su filípica, imprimirle un aire campechano. Para majaderías estábamos los oyentes.

Tras asaetarnos a consignas, tras apabullarnos con la cantidad de papeles inútiles que había que rellenar, acabó haciendo el panegírico de la labor docente. Y citó a dos o tres personalidades para las que la educación era el súmmum. Debíamos entender y asumir la bronca que nos había echado porque la enseñanza era la piedra angular de la sociedad. Y concluyó diciendo que era una terrible desgracia no estar a la altura de los tiempos, ir en el furgón de cola del convoy del progreso, aludiendo de paso a la buena posición que ocupaba Finlandia en ese tren.

Yo estaba sentado en la primera fila porque llegué de los últimos a la reunión, y ese fue el sitio que encontré. Subiéndose las gafas con el dedo y cabeceando, el representante de la administración me preguntó: “¿Y para ti cuál es la mayor desgracia?” “Abrir el frigorífico y descubrir que no hay cerveza” “Hablando en serio” “Muy en serio”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

15 de junio de 2014 062Mis compañeras de viaje, viéndome abstraído en mis pensamientos, decidieron reintegrarme a la realidad. Sospechaban, no sin razón, que no estaba prestando atención a las historias que desgranaban en nuestro desplazamiento matinal al trabajo.

Una me dijo: “Ya está bien de tanto escuchar” (lo que era manifiestamente falso). Otra: “Tú ahí calladito, sin perder ripio” (lo que seguía siendo mentira). Y la tercera: “Ahora te toca a ti contar algo”.

Puesto que no me apetecía dar explicaciones respecto a mi actitud, acepté la invitación para salir del paso. A fin de cuentas yo tenía también mis anécdotas. Escogí para la ocasión una que acaeció al principio de mi vida laboral, cuando me destinaron a un importante municipio de la Sierra.

En dicho pueblo se practicaba asiduamente el deporte de mirarse unos a otros. Era un cotilleo de gente seria y respetable que despistaba al recién llegado. Sin embargo, por poco avispado que se fuese, no se necesitaba demasiado tiempo para conocer el percal.

Así que no podía llamarme a engaño. Era consciente de lo que hice, pero no del tremendo calado de esa actividad subterránea.

Juanita era una compañera de trabajo especialmente sensible a ese chismorreo solapado, al que temía y del que se guardaba.

Ella achacaba esa afición no a la falta de distracciones sino a la propia naturaleza de sus convecinos.

“No hace falta decir que Juanita no jugaba con las cosas de comer. Ella no daba un cuarto al pregonero ni por equivocación. Sabía con qué bueyes araba y mantenía estrictamente las apariencias.

“Era una mujer de mediana edad, de buen ver, con gusto para arreglarse, que iba a la peluquería una vez a la semana. Sin duda era atractiva. Llevaba siempre alguna joya de valor, ya fuera unos pendientes de oro o un collar de turquesas, y en los dedos una o dos sortijas.

“Vivía cerca del centro, en una plazoleta que era un lugar de paso, sobre todo los sábados.

“La plazoleta tenía una fuente con un pato de alas abiertas y pico enhiesto, que, desde cierta distancia, parecía un elefantito con la trompa empinada.

“Era, pues, sábado por la mañana. No dejaba de ir y venir la gente. Yo me dirigía también al centro y descubrí a Juanita acodada en el balcón de su casa. Hacía un espléndido día primaveral.

“Me paré y agité la mano. Ella me devolvió el saludo acompañado de una encantadora sonrisa. Me acordé de un problema laboral que había quedado pendiente. Le hablé de ese lío burocrático y le dije que se me había ocurrido una solución. “¿Quieres saber cuál?” le pregunté. Ella respondió: “Bueno”.

“Como podéis imaginar, estábamos conversando a voces, lo cual a ella no le hacía ninguna gracia. Con la intención de reunirse conmigo, añadió: “Espera un momento”.

“Grité: ¿Estás sola?” “Sí” “Entonces no bajes. Yo subo”.

“No se mató de milagro. Tuvo que saltar los escalones de dos en dos. A los cinco segundos, jadeante, la tenía a mi lado”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »