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Archive for the ‘Cuentos’ Category

“Tuvo a bien concederme que yo era una auténtica buscadora, aunque anduviese errada. La religión, según él, es la respuesta exhaustiva a la necesidad racional de significado que define al ser humano. E insistió: racional, no racionalista” “Se nota que ha estudiado teología”.
“Con ese sonsonete que le es propio cuando se pone mordaz, añadió que el hombre y, por supuesto, la mujer no son una pasión inútil, un accidente fortuito o una anécdota tragicómica como más o menos propone la posmodernidad y sus ramificaciones ideológicas, filosóficas o políticas”.
“En los tiempos actuales la realidad está bajo sospecha. Haciendo un retruécano se podría afirmar que la realidad no es real. Y desde luego, sea como sea, no es merecedora que nadie se fíe de ella. Ésta es una de la claves para entender la irresistible atracción que ejercen sobre las mentes occidentales, tan afectadas por la gangrena del recelo, las propuestas espirituales del Lejano Oriente, tan respetables como las nuestras, admitió”.
“Pero nuestro amigo Luciano señaló y subrayó una diferencia radical entre ambas tradiciones. Consiste ésta en su posicionamiento ante la realidad, de la que Oriente no tiene, al igual que la posmodernidad, un concepto favorable, por lo que recomienda liberarse de ella. El método para alcanzar esta meta se sintetiza en la supresión total del deseo, que es la madre de todas las calamidades. Pero el deseo, según nuestro teólogo, es lo más específicamente humano, el motor de nuestros actos. El deseo no es algo negativo en sí, un enemigo al que hay que aniquilar. El cristianismo es, por el contrario, la intolerable pretensión de dar cumplimiento total a ese deseo constitutivo”.
“¿Se refería a la exigencia de verdad, belleza y bondad que alberga el alma humana, y a cuya realización aspira?” pregunté. “Él fue más lejos y aludió también al triunfo sobre la muerte y el mal” “Suena fuerte” “Yo le repliqué que eso no eran más que palabras. Fue entonces cuando, lanzándome una mirada en absoluto caritativa, soltó lo que ya sabes. A renglón seguido quiso quitar hierro a ese ultraje y aseguró que lo había dicho con todo cariño. Habrase visto”.
“¿Y así acabó el diálogo interreligioso?” “Antes de irse me prometió que rezaría por mí” “¡Qué detalle! No le guardes rencor. Quien te conoce sabe que no tienes un corazón pequeño” declaro y bebo el último sorbo de vino. Emma aparta los ojos de las patas rusas y de los cangrejos, los fija en la copa vacía y me pregunta: “¿Te apetece otro Barbadillo?”.

 

 

 

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Nuestro común amigo Luciano de Castro, para zanjar una diferencia entre Emma y él, tuvo la ocurrencia de llamarla “vaca posmoderna con el corazón pequeño”. Y esa definición le ha calado muy hondo. No obstante, mientras ella trasiega una cerveza y yo una copa de blanco, matiza: “Todavía lo de vaca posmoderna, aunque ofensivo, puedo pasarlo por alto. Pero que tengo un corazón pequeño, eso no se lo perdono a ese renacuajo”.
“Quieres decir” comento sin ánimo de echar leña al fuego, “que esa frase lapidaria encierra una parte de verdad”. Emma aparta la vista de las bandejas de gambas, langostinos y camarones, y la posa en mí, haciendo que me arrepienta de inmediato de mi observación. “Muy chistoso” masculla, “después te contaré algo que también te va a hacer gracia”.
Primero me explica cómo se desarrolló el encuentro entre ella y Luciano, del que salió escaldada porque, como ella misma reconoce, nuestro pequeño colega tiene una lengua temible. “Un don del cielo” corroboro. “Cortante como un yatagán” precisa ella. “¿Cortante en el sentido de que no deja títere con cabeza?” “Claro. La tuya rodó también”.
Emma estaba tan ricamente en el bar de nuestro centro de trabajo tomando un café y leyendo. Luciano entró y, tras enterarse del título y escuchar un inocente comentario sobre el taoísmo, que era el tema del libro, diagnosticó con retintín que Emma era otro caso de espiritualidad a la oriental. “¿Y no te lo comiste?” “A punto estuve”.
“Bueno, tú eres en efecto una admiradora de Lao Tsé”. Esta apostilla me valió otra mirada acerba.
“Luego” prosigue contando Emma “se fue diciendo: Ahí te dejo con el yin y el yang. Se acercó a la barra e hizo su pedido. Pero como tenía ganas de liarla, regresó adonde yo estaba y se sentó”.
“Cerré el libro y lo puse en la mesa. Fue entonces cuando tú saliste a relucir. A ti te definió como un versificador que no comía mucho ni bebía poco” “A algunos si les dieran un euro por cada tontería que dicen, estarían millonarios” “No me cabe duda. Pues no contento con esa maligna tasación empezó a hablar de Manolo Villegas, ya sabes, ése que ha escrito cuarenta libros que son cuarenta premios, y de los que varios se han convertido en best sellers. Luciano citó expresamente “Cómo adelgazar bebiendo cerveza”, que confieso que fui una de sus compradoras, “Nacido para cabrón”, “¿Qué hago con estos pelos?”, “Guía de progres y otras especies cojoneras” y el manual de autoayuda “Las cigüeñas no tienen vértigo”.
“Que también compraste” “No, ése no. El otro lo leí atentamente y ya ves. Así que logré contenerme y no hacerle el negocio”
“Y tras ese repaso…” “Tras ese varapalo” “Vale” “Por favor ¿qué ibas a decir?” “¿Qué ocurrió?” “Volvió a la carga con la espiritualidad”.

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El hermano de Emma

Pasa su tiempo dando órdenes contradictorias. “La pérgola la quiero aquí”. Y al día siguiente dice: “Aquí no. Más allá”. Y si el marido protesta alegando que una pérgola no se monta y desmonta tan fácilmente, ella argumenta: “¿Es que no se puede cambiar de opinión?”. La hermana del marido dice a propósito de éste: “Es un bendito”. Y añade: “No sé cómo aguanta”.
«Los arbitrarios y frecuentes cambios de opinión son la norma» explica Emma que aprecia poco a su cuñada, a quien considera caprichosa y dominante. “Y siempre ha sido así. Antes con más disimulo y una vez que han caído las máscaras abierta y claramente”.
“Se pasa el día acostada” prosigue. “¿Está mala?” “Por favor. Goza de más buena salud que tú y yo juntos. Porque es una vaga. Antes trabajaba en una oficina, pero desde que se jubiló, no da un palo al agua. No hace ni ganas de comer, lo cual no quiere decir que no coma.
“Por la mañana, no desayuna hasta que uno de sus hijos le lleva el pan recién hecho. Entonces se pone la bata enguatada y se prepara el desayuno que incluye necesariamente mermelada de arándanos, porque si no, según ella, no es un desayuno. Lo toma, se asoma a la puerta del jardín y le dice a mi hermano: La pérgola un poco más allá. Va al cuarto de baño, se cepilla los dientes, hace sus necesidades, se acicala y, con un libro o una revista en la mano se dirige al sofá donde se tiende, tapándose hasta la cintura con la manta de patchwork que ella mismo hizo en un arrebato de laboriosidad, ya superado y olvidado. Y allí espera a que le lleven noticias su marido o sus hijos, a los que indicará puntualmente qué tienen o qué no tienen que hacer”.
“Se ve que no la estimas demasiado” “¿Estás de coña? ¿Quién puede no digo estimar sino sobrellevar a semejante déspota?” “Al parecer su marido y sus hijos” “Ya te he dicho que mi hermano es un santo varón. No quiero calificarlo de otra manera” “Eres muy considerada. A él se ve que le tienes afecto”.
“Otra de sus especialidades” prosigue y yo sobreentiendo que está hablando de nuevo de su cuñada, “es el tiempo atmosférico. En esa casa es ella quien decide cuándo hace frío o calor actuándose en consecuencia. ¡La de catarros que lleva pasados mi hermano a cuenta de esos decretos climatológicos!” “¿Qué quieres que te diga?” “Que los tiene bien merecidos”.
“Un día explotó” “¿Quién o qué?” “Mi hermano naturalmente” “No le faltan motivos” “Le sobran”.
“Pues me llamó por teléfono” “¿Te llamó tu hermano para contarte que había peleado con su mujer?” “Hoy estás espeso. Me llamó mi cuñada para contarme que su marido se había enfadado con ella. Le resultaba inaudito. No lo comprendía. Parecía sinceramente asombrada” “Y aprovechaste la ocasión” “Me la estaba sirviendo en bandeja de plata”. “¿Y bien?” “La dejé que se explayara. Si perpleja estaba ella, más lo estaba yo escuchando sus razones. Cuando acabó, repliqué lo más fríamente que pude: ¿De verdad te extraña que ese émulo de Job se haya puesto del revés?”

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                                  V
La muerte de Sócrates la conmovió tanto que, cuando cerró el libro, bajo el pretexto de una compra cualquiera, fue a la tienda de Hortensia para referir la profunda impresión que ese hecho le había producido.
Había estado presente en la cárcel durante los últimos momentos del filósofo. Había presenciado la entrega de la copa con la cicuta triturada a un Sócrates impávido que la sostuvo con mano firme, y, antes de llevársela a los labios, preguntó si con esa bebida se podía hacer una libación. Como nadie sabía si eso era posible, elevó una súplica a los dioses para que su viaje al otro mundo fuera feliz.
Isabelita, derramando lágrimas igual que los demás, contempló cómo apuraba el veneno sin hacer una mueca.
Luego lo vio pasear hasta que las piernas se le pusieron pesadas y tuvo que echarse.
Desde su lecho póstumo Sócrates les recriminó su inadecuado comportamiento. ¿Por qué lloraban y se mostraban desolados? Desde luego no por él sino por ellos mismos.
Antes de que el frío de la muerte que iba insensibilizando sus miembros, llegase hasta su pecho y detuviese su corazón, en ese vertiginoso intervalo de tiempo, con el rostro ya cubierto por un paño, el filósofo se acordó del gallo que le había prometido a Asclepio, y encomendó a Critón el pago de esa deuda.
En ese sublime momento, al conjuro de esas palabras, Isabelita sufrió una interferencia mental y, en lugar de a Sócrates agonizando, vio al gallo que la había atacado salvajemente. Y no sólo a ese satánico animal de lustroso plumaje sino también a Manolo dando manotadas y voces.
Isabelita, respirando hondo, se sobrepuso y volvió a su ensoñación. El filósofo tenía que haberla comisionado a ella, y no a Critón.
Con cuánta diligencia habría emprendido el camino de Epidauro con el gallo de marras enjaulado y se lo habría ofrecido al dios de la medicina. Con qué deleite habría contemplado su inmolación.
Era lo menos que podía hacer por Sócrates, el mejor de los hombres, y por ella misma, para satisfacer su sed de venganza.

 

 

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                                IV
Esa radiante mañana primaveral, con la tienda de Hortensia llena de parroquianas que solicitaban ser atendidas con premura, pues todas sin excepción tenían muchas cosas que hacer y no podían perder un minuto, Isabelita, ojerosa por la mala noche pasada, entró y permaneció callada hasta que le preguntaron cuál era la causa de su pesaroso estado.
Sin hacerse rogar, les contó el lamentable incidente. Le había pedido a su hermano que la llevase en coche al cortijo de la Ruzafa. Allí trabajaban de caseros Manolo y su prima Rafaela, a la que quería hacer una visita porque no se veían desde hacía mucho tiempo.
Manolo insistió en que Nicolás no volviese a recogerla. Él mismo, con mucho gusto, de todo corazón, prestaría ese servicio. Era lo menos que podía hacer, añadió.
Ella hubiese preferido que su hermano se tomase esa molestia, pero como se mostró encantado con la propuesta, ella tuvo que resignarse a hacer el viaje de vuelta con Manolo.
La narradora finalizó su introducción señalando que el percance sufrido tuvo repercusiones filosóficas.
“¿Tan grave fue?” “Por poco me cuesta un ojo” respondió Isabelita engurruñendo los dos.
Por fortuna el maldito gallo era alicorto y, aunque lo intentó, no logró picarle en la cara por no alcanzar su vuelo suficiente altura. Este fiasco le produjo una enorme frustración que pagó ensañándose con las enflaquecidas piernas de Isabelita. A Dios gracias llevaba pantalones.
Todavía temblaba al recordar el salto y el tenaz aleteo del iracundo animal. Ella se quedó de piedra. Por su cabeza cruzó la espantosa idea de perder uno o los dos ojos, de tener que renunciar a la lectura. Comprendió que no estaba preparada para soportar semejante sacrificio.
“Si hubiese tenido el poder de Apolo” comunicó a la concurrencia, “habría convertido a ese bandido en un boniato”.
Rafaela y su marido tuvieron que salvarla de la furia asesina del ave que no cejaba en su empeño de dejarla como un colador. Por cierto, el memo de Manolo andaba diciendo por ahí que la culpa era suya por haber provocado al gallo.

 

 

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                                III
Isabelita y su hermano Nicolás, de los Pocasangre, ambos solteros y sin compromiso, vivían en la calle Enanos.
La edad de Isabelita, difícil de precisar, por no decir imposible, era uno de los secretos mejor guardados de Las Hilandarias. Aunque declaraba que no le importaban los años, nadie sabía cuántos tenía exactamente porque ella no soltaba prenda o se salía por la tangente. Las conjeturas que circulaban al respecto eran inflacionistas, lo que no significaba que hubiese que descartarlas sin más por malintencionadas, pues se apoyaban en comparaciones o referencias con un limitado margen de error.
Isabelita dividía su tiempo entre los quehaceres domésticos, que despachaba pronto, los libros y las conversaciones que mantenía con los transeúntes desde el umbral de su casa, y con las clientes de la tienda de Hortensia, donde a menudo tenían lugar auténticos simposios en los que ella asumía el rol socrático.
Menuda, de rasgos afilados y con el pelo corto que peinaba con una raya al lado y a veces hacia atrás, y que en ambos casos quedaba apelmazado sobre su aovada cabeza, su fisonomía tenía una impronta ratonil.
Sus brazos y piernas eran excesivamente delgados. Cuando se encogía, y a ella le gustaba adoptar esa actitud, sus huesos sobresalían y se dibujaban en relieve bajo la ropa.
A la puerta de su casa o en el colmado, era normal verla cruzada de brazos, escrutando con sus ojos vivaces la realidad circundante, ojos tasadores que raramente se equivocaban en la valoración de un hecho o de una persona, ojos registradores a los que no se le escapaba ningún detalle.
Isabelita era apreciada por su fluidez verbal y por su capacidad expresiva. Sin duda disfrutaba hablando, pero también sabía escuchar. Como buena conversadora y expositora, sopesaba seriamente las razones de los demás con el objeto de rebatirlas, confirmarlas o servirse de ellas en el desarrollo de su argumentación.
Ella no sentaba cátedra ni pontificaba. Reconocía que no era una autoridad en nada. Sin embargo, tenía un indiscutible ascendente sobre sus vecinos que, aun sonsacándola para divertirse o contradiciéndola para mortificarla, sentían por esta virgen añosa un misterioso respeto.

 

 

 

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                                II
En el colmado de Hortensia, ante su auditorio de comadres, a Isabelita le gustaba filosofar, siendo escuchada con atención, pues los temas que abordaba concernían a todos los seres humanos, cualesquiera que fuesen su edad y condición.
“Lo más importante es aceptar el propio destino”. Y recalcaba: “La grandeza consiste en aceptar el propio destino”.
De la vida afirmaba que era un don. “¿Y quién nos ha hecho ese regalito?” preguntó una cliente socarrona.
Isabelita, que era una entusiasta de Platón, a cuyo estudio dedicaba una gran parte de su tiempo, en compensación, diríase, por su tardío descubrimiento, y que estaba enfrascada en ese momento en la lectura del Fedón, respondió al punto: “Los dioses, a quienes pertenecemos”.
Y tras una pausa teatral añadió: “Ellos son nuestros amos”.
Esta conclusión originó una acalorada polémica. Algunas comadres opinaban que la vida era suya en exclusiva y podían disponer de ella a su antojo. Para otras, que la consideraban fruto del azar, no era de nadie. Pocas admitieron el planteamiento de Isabelita.
“Entonces” arguyó una de las vecinas “son los dioses quienes deciden cuándo debemos emprender el último viaje” “Está claro” confirmó Isabelita “que esa cuestión es de su competencia”.
A la mayoría esta afirmación le pareció un disparate. Hortensia se vio obligada a llamar al orden, pues en la tienda se produjo un gran alboroto.
“¿Y después de la muerte hay vida?” preguntó una mujer gorda con una mano en el cuadril creyendo poner en un brete a Isabelita.
“Con esa dulce esperanza vivo. Tras esta vida hay otra, de la que la muerte es la puerta.
“Albergo la esperanza de llegar a un mundo mejor, a un mundo más justo, donde este rompecabezas que es nuestro paso por la tierra encontrará una explicación, donde se desvelarán todos los misterios y saldrán a la luz todos los secretos, donde nada quedará oculto, donde resplandecerá la verdad.
“Esa esperanza me hace esta vida más llevadera, pues mis sufrimientos aquí son monedas que canjearé allí por bienes de incalculable valor.
“¿Y cómo demuestras eso?” la interpelaron.
“No tengo que demostrar nada puesto que no se trata de un teorema ni de una especulación científica, sino de un profundo deseo compartido con otros seres humanos”.
“¡Una pobre ilusión!” exclamaron burlonas.
“Una ilusión, si así lo queréis, que nos ayuda a ser mejores o a intentarlo al menos”.
“A ver, síguenos contando. ¿Qué sucederá luego?”
“Cuando muramos, deberemos presentarnos ante un tribunal donde seremos juzgados. Después, según la naturaleza de nuestras acciones, seremos conducidos al lugar que nos corresponde.
“Los sacrificios, las penalidades, todas y cada una de las decisiones que hemos tomado en cada bifurcación o encrucijada de nuestra vida serán pesados y medidos. No os quepa duda de que nadie se irá de rositas.
“Todos los ríos de mucho o escaso caudal, impetuosos o somnolientos, que hemos tenido que atravesar, a veces jugándonos la piel, todas las montañas, desiertos o cualquier otro obstáculo en nuestro peregrinaje han sido las piedras de toque en las que nos hemos forjado si hemos tenido la valentía de aceptar el reto. Y ese coraje no caerá en saco roto.
“¿No vale la pena creer en esto? ¿No es esperanzador saber que un día llegaremos a nuestra verdadera patria, a una tierra de colores puros y formas armoniosas?”
“¿Y cómo se llama ese fantástico país?” le preguntaron con retintín.
“Recibe varios nombres. Isla de los Bienaventurados es uno de ellos”.

 

 

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                                  I
Manolo, el marido de su prima Rafaela, insistió en enseñar a Isabelita sus gallinas ponedoras de las que tan orgulloso estaba. Rafaela también la animó haciéndole notar el cacareo de las aves. “Todo el día se llevan así”. Isabelita no pudo negarse a pesar de su escaso interés. “Vamos a ver esas gallinas”.
Lo primero que se le vino a los ojos fue el gallo que se paseaba jactanciosamente por el corral, un hermoso ejemplar sin duda. Manolo, dándose cuenta de que el animal había llamado la atención de la visitante, exclamó: “¡La gente lo confunde con un faisán!”.
Isabelita calló lo que pensaba porque, conociendo la habilidad de Manolo para hilvanar sandeces a remo y vela, prefería no dar pie y exponerse a una andanada.
Aunque hacía dos o tres horas que habían recogido los huevos, el dueño propuso entrar para que Isabelita comprobase in situ la eficiencia de sus gallinas. Rafaela apoyó a su marido y éste, entreabriendo el portillo, cedió el paso a las dos mujeres.
Isabelita estaba pendiente del gallo. Su pico fuerte y sus espolones puntiagudos le daban aires de matón. En la tienda de Hortensia, relatando el lamentable episodio, confesó que el bicho despertó su recelo desde el principio.
El engreído gallo se paseaba a cámara lenta creyendo suscitar la admiración a su alrededor, pero con ella se equivocaba. Tanto las personas como los animales arrogantes la repateaban.
Éste en concreto, con su librea de plumas doradas que brillaban al sol con reflejos metálicos, con su cresta inyectada en sangre y sus andares altaneros de jayán, se creía el mayordomo de un lord inglés o el mismo lord.
¿Por qué la tomó con ella? ¿Leyó acaso en su cara la nula simpatía que le inspiraba? Pero este desafecto no era motivo suficiente, pensaba Isabelita, para lanzar un feroz ataque.
A lo mejor, sin querer, hizo un mohín de fastidio que hirió la sensibilidad del gallo, el cual reaccionó en el acto y se dirigió hacia ella como una flecha con el inequívoco propósito de darle una buena lección.

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Como sabíamos que se trataba de una reunión difícil, le preguntamos cómo había transcurrido. Ella, que era la presidenta de la comunidad de vecinos, sin apartar la vista de la ventanilla, respondió: “Peor de lo que había previsto”.
Las otras le pidieron que se explicase. “Teníamos planteado un contencioso. Una de las vecinas, la del primero A, quería instalar un aparato de aire acondicionado en el patio de luz donde, por sus reducidas dimensiones, está formalmente prohibido hacer tal cosa. Absolutamente todos los vecinos estaban en contra. La oposición era unánime” “¿Entonces?”.
“Entonces llegó muy tiesa la del primero A y arrojó sobre la mesa un informe médico. Su hija mayor tiene un problema de columna vertebral y se ve obligada a llevar un corsé ortopédico. Ya sabéis el calor que hace en esta bendita tierra. Y el calor hace transpirar, y el sudor pica y si llevas puesto un corsé ortopédico, no puedes rascarte” “Eso es cierto” “Claro. Nosotros lo comprendíamos. Por eso los presentes le propusimos diversas soluciones. Pero ella no quería ni oír hablar de que su hija durmiese en el salón donde tienen aire acondicionado, ni tampoco de instalar uno portátil o de comprar un ventilador de agua nebulizada. El abanico de sugerencias fue amplio e imaginativo. A todo dijo que no.
“Por último, el debate quedó reducido a un argumento y a un contraargumento, el primero a cargo de la del primero A y el segundo a cargo de la del bajo A. La del primero A, con un toque de soberbia, decía: “Porque si lo que queréis es que se me pique mi hija” A lo que la del bajo A replicaba al punto: “Pero nosotros cómo vamos a querer que se te pique tu hija.
“Esta situación surrealista se alargaba cada vez más. Todos callábamos salvo la del primero A que seguía repitiendo: “Porque si lo que queréis es que se me pique mi hija”, a lo que nuestra portavoz respondía de inmediato: “Pero nosotros cómo vamos a querer que se te pique tu hija”.
“¿Y cómo acabó la reunión?” “Como no tenía más remedio que acabar: dándome una lipotimia” “Me refería al contencioso” “¿Tú qué crees?” “No puede ser verdad” “Venid a casa a tomar café y veréis con vuestros propios ojos el aparato”.

 

 

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Mis tres compañeras de coche y trabajo están afectadas prácticamente por igual de los mismos tics progres, que conforman una larga lista. La morenita, a la que no le falta un perejil, ha hecho bandera de la causa del ateísmo y no desaprovecha la ocasión de dar un palo.
En uno de nuestros desplazamientos le pregunté por las razones de su arraigada increencia.
Descabalgó a Dios, convirtiéndose en una atea beligerante y proselitista, cuando era joven, en un viaje de estudio y placer que hizo a Madrid, con visitas a Ávila, Segovia, Toledo y otras ciudades castellanas.
Pues bien, en el trayecto en autobús de Madrid a El Escorial, le dieron unos retortijones de tripas que se tradujeron en unas ganas locas de evacuar. Como no estaban lejos de su destino, se encomendó a Dios y le rogó que le permitiera aguantar los pocos kilómetros que faltaban.
Rezó con devoción. No le cabía duda de que Dios podía hacerle ese pequeñísimo favor. Ella no quería pedirle al conductor que parara en medio de la carretera. Pensaba que con la discreta intervención de la omnipotencia divina podría llegar hasta los servicios del bar más cercano.
Pero Dios no le concedió ese anhelado margen de maniobra. De hecho, ni siquiera se dignó aliviar su dolor de vientre. Todavía más. Los acontecimientos se precipitaron y ni siquiera tuvo tiempo de solicitar la ayuda humana del chófer e implorarle que aparcase donde fuera, produciéndose el fatal desenlace fisiológico.
Desde ese penoso incidente, la morenita, que ya tenía dudas al respecto, concluyó que Dios no existía. La prueba palmaria era que no le había hecho el favor de refrenar el ímpetu de sus intestinos unos minutos más. Esa inhibición demostraba su inexistencia o, lo que para el caso es lo mismo, su suprema indiferencia.
“¿Y por cagarte encima perdiste la fe?” “Si tú supieras la vergüenza que pasé, te harías cargo” “Por supuesto. Contra esa experiencia se estrellan de plano las cinco vías tomistas y el argumento ontológico de san Anselmo de Canterbury”.

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