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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

XVII

“¿Da usted su permiso?”. El secretario levantó la cabeza y respondió: “Adelante”.

No vayas a confundir a este funcionario, un hombrecillo enclenque que sólo trabajaba por la tarde y que murió al poco tiempo de ingresar tu tío, con el que le sucedió en el cargo, ocupándolo durante muchos años.

Un crucifijo flanqueado de dos retratos, uno de Franco y otro de José Antonio, presidían el despacho cuya lámpara estaba encendida.

En vista de la indecisión de los visitantes, el hombrecillo con gafas de concha repitió: “Adelante”. Y añadió: “Han venido por lo del chico ¿no?” “Justamente por eso” confirmó el concejal, “este es su padre que está interesado en que el niño aprenda a escribir a máquina”.

“Está todavía en la escuela” explicó tu abuelo, “sale a las cinco. En lugar de perder el tiempo jugando puede aprovecharlo haciendo algo útil” “Sí” dijo el secretario tosiendo y expectorando en la escupidera que tenía al lado del sillón.

“¿Y tú cómo te llamas?” preguntó al orondo mozalbete que no le había quitado los ojos de encima desde que entró en la habitación.

Cuando dejaron el Ayuntamiento, el concejal dijo: “Asunto arreglado. Es un tipo raro pero buena persona. Para mí que no va a durar mucho”.

Tu abuelo iba pensativo. “¿Crees que debería mandarle alguna cosilla?” “Claro, hay que ser agradecido”.

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XVI

Me temo que me he ido por los cerros de Úbeda. Por contarte de nuevo este episodio, he olvidado darte los detalles concernientes al ingreso de tu tío en el gremio de los burócratas.

Como queda dicho, tu tío entró por la puerta falsa de la mano de su padre una nubosa tarde de otoño.

Tu abuelo comunicó a tu abuela que había hablado con uno de los concejales, y que ese mismo día visitarían al secretario para que le encontrase al niño un hueco en el Ayuntamiento, para que lo emplearan en lo que hiciera falta: llevar recados, vaciar las papeleras y los ceniceros… A cambio sólo pedía que lo dejasen practicar en la máquina de escribir.

Lo más importante, por supuesto, era que se familiarizase con los chanchullos, que aprendiese el oficio. Por ese camino acabaría haciéndose indispensable. A partir de ese momento el nene tendría resuelto el porvenir. Ya podía tronar y relampaguear, llover y granizar, que a él nada le afectaría.

“Ni con tenazas al rojo vivo logran despegar de la teta gorda al que se cuelga de ella” dijo.

Al principio había que conformarse con meter al niño. Si mostraba aptitudes y tenía vocación, lo demás era cuestión de tiempo.

A las cinco y cuarto llegó tu tío, cartera en mano. “Tengo hambre” fueron sus primeras palabras. Tu abuela le respondió: “Ahora no puedes comer. Tienes que ir con tu padre al Ayuntamiento” “¿Al Ayuntamiento?” exclamó con más vanidad que asombro.

“Ve a peinarte y a lavarte las manos y la cara” le dijo tu abuela. A los pocos minutos el niño regresó con las mejillas coloradas a causa de los refregones que se había dado, y el pelo mojado y bien asentado.

Se sacudió el polvo de la ropa con un cepillo, se la alisó y, mirando a su padre, anunció: “Estoy preparado” “Vamos allá”.

No fueron directamente a la Casa Consistorial. Dieron un rodeo para pasarse por una taberna donde los esperaba el concejal que los acompañaría en la entrevista con el secretario. El lugar del encuentro, que hoy ya no existe pero que te acordarás de él, era una tasca con un mostrador de madera alto, dos anaqueles con botellas de aguardiente y coñac, y numerosos carteles de toros. Tenía también un reservado al que se entraba por la trampilla del mostrador.

Tras los saludos el concejal fue al grano. “He hablado con el alcalde. Él ha puesto también su piedrecita. No habrá problemas. ¿Queréis tomar algo?” “Un café” respondió tu abuelo, “el niño no quiere nada”.

“Tiempos difíciles” dijo el concejal. “Tiempos difíciles” confirmó tu abuelo. “A ti no te va mal con la huerta” “No me puedo quejar” “Me han dicho que tienes unos rábanos estupendos” “Tengo en casa varios manojos. Luego el niño te lleva un par”. Tu abuelo pagó la consumición de ambos y se fueron.

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XV

Los potajes de garbanzos que jamás faltaron en la mesa, fue una de las grandes compensaciones de esos años de miseria.

A pesar de no haber probado esas ollas sin más condimentos que la gazuza reinante y el omnipresente desasosiego, guardas de ellas un vívido recuerdo.

¿Cuántas veces te han calentado la cabeza con el episodio de los garbanzos mondos y lirondos? Hasta has llegado a creer que no hay plato que se iguale a ese guisote. Desde luego, hay que convenir que nunca se han comido raciones de legumbres con la misma fruición.

No puedes conservar memoria del percance porque aún no habías nacido, pero el empacho de haberlo escuchado innumerables veces te debe durar todavía. Te lo han contado tu madre, tu abuelo y tu tía. El único que se ha abstenido es el protagonista: tu tío.

Se trata de una desgracia que se abate sobre las mejores familias. Me refiero al hecho de repetir una historia supuestamente graciosa a traque barraque. Historias como la del niño avispado que, con la ayuda de un taburete que coloca en una silla, alcanza el bote de compota que está en lo alto del aparador, o como la de la niña resabida que, en un descuido de su madre que estaba limpiando el suelo, coge la fregona y prosigue la tarea.

Tu tío, que ha sido siempre un tragaldabas, llegó de la escuela con un hambre de lobo. Entró corriendo y llamó a su madre que había salido. Llamó a sus hermanas que no estaban tampoco. Su padre trabajaba en la huerta. En la casa no había nadie.

Torció el morro y se sentó en una silla. Al poco tiempo empezó a respirar hondo, como cuando uno va a tomar una importante decisión.

Frunció aún más sus cejas corridas y se levantó. Fue a la puerta de la calle y se asomó. Ni rastro de su madre ni de sus hermanas. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina.

Sobre la hornilla de carbón cocía el potaje. Destapó la olla y una bocanada de vapor lo cegó momentáneamente. Durante un rato observó las legumbres con aire de entendido. Luego cogió una cuchara, la introdujo y la sacó con dos o tres garbanzos. Sopló para que se enfriasen y los comió.

Volvió a hundir la cuchara en el burbujeante caldo, la sacó, sopló, masticó morosamente y tragó. Algo duros quizá. Metió la cuchara una tercera vez y la retiró rebosante. Luego tapó la olla.

Pero cuando uno picotea, el apetito, en lugar de apaciguarse, se encona. Movía la cabeza de un lado a otro, disconforme con la espera. Incluso bufaba. Fue a la puerta y oteó la solitaria calle. Su paciencia estaba colmada.

Apartó la olla del fuego, hurgó en la talega del pan y vio que había poco, cerrándola sin coger nada. Colocó la olla en la mesa, acercó una silla y puso manos a la obra.

A su regreso las ausentes encontraron al pequeño ogro enfrascado en la tarea de sacar-soplar-engullir.

Las tres mujeres se quedaron de una pieza al comprobar el bajo nivel del potaje. El niño, a modo de excusa, dijo: “Tenía el estómago vacío”.

Se lo tomaron a risa. De lo contrario tendrían que haberle puesto la olla de sombrero. Tu madre se desternillaba. Tu tío, que no tiene correa, se enfadó. Pero su hermana no podía contenerse y seguía carcajeándose. Si la ofuscada criatura no la emprendió a patadas con ella, fue porque intervino tu abuela.

Tu tío tiene una pasmosa capacidad para achararse. Se enfureció el hombrecito, pero no reventó que era lo que lógicamente debía haberle pasado después del atracón.

 

 

 

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XIV

Fueron tiempos difíciles para todos. En tu casa, gracias a la huerta y a los trapicheos, no se pasó hambre. Las necesidades primarias las teníais cubiertas. Muchos quisieran decir lo mismo de los años de la posguerra.

No se os puede reprochar que tu abuelo estuviese involucrado en el estraperlo. Era una de las frutas que maduraba en aquellas condiciones climáticas.

Además, tu abuelo no llegó amasar una fortuna como otros. Siempre fuisteis aves de cortos vuelos, nunca tuvisteis redaños para dar el salto que se impone cuando uno quiere dar un timonazo a la vida. El coraje que hace falta también para los negocios sucios.

Vuestro más imperdonable pecado es vuestra mediocridad unida a una miopía que os impide ver más allá de vuestras narices.

Tu abuelo trajinó a nivel local sin salir de la inopia. En cuanto a la política, se limitó a merodear alrededor de los caciques sin conseguir otra cosa que colocar a su hijo como niño de los recados en el Ayuntamiento. Recompensa que, por muchas vueltas que se le dé, no corresponde a su celo en la realización de las tareas que se le encomendaron.

Se dice de él que fue somatén. Hay que reconocer que estuvo mal retribuido. También es verdad que tu abuelo estaba deseoso de marginarse de la cosa pública. Poco a poco dejó de aparecer en los actos de carácter ideológico. Esto le costó tener que resignarse con las migajas del banquete.

 

 

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XIII

Lo sé de buena fuente. He reunido la información escarbando aquí y allá, dando crédito a los cotilleos que no andan errados, y que si pecan es por defecto.

Tú misma has tenido que oír algo. Estoy seguro de que tus orejas enrojecerían de santa ira cuando en ellas, al desgaire, las comadres vertieron la dulce ponzoña que destilan y escancian so capa de afecto.

“A mí no me importa, pero la gente dice…”. Basta con que aceptes esa primera premisa del perverso silogismo para que se crean con el derecho a descargar la inmundicia que llevan dentro.

Tú, a quien nunca se le pasó por las mientes cuestionar esa proposición, te viste enredada en esa lógica cruel.

Tú también querías acogerte al privilegio de afirmar: “A mí no me importa…” y a continuación vaciar tu cubo de basura.

Yo no invoco esa frase mágica. Me invento otra y largo como cada hijo de vecino. Lo sé de buena fuente.

El que hoy ocupa un puesto de mediana responsabilidad en la administración municipal, pues su estrechez de miras y su limitado coeficiente intelectual le impiden alcanzar cotas más altas para las que no le faltan méritos de otra índole, más bien le sobran, empezó joven.

Tu tío se metió en el mundillo de la burocracia a la edad de doce años. Sus comienzos fueron duros, como el de esos portentos norteamericanos de la industria que en su infancia zascandileaban vendiendo cajas de cerillas.

Pero pronto comprendieron que podían ampliar el negocio e incluir cigarrillos sueltos o en paquetes. Y gracias a su fino olfato y a su iniciativa no tardaron en transformar ese inocente comercio en una tapadera de otro más lucrativo, dedicándose así a la distribución de revistas pornográficas y juguetes eróticos. Cuando se quiere triunfar en la vida, las consideraciones éticas pasan a segundo plano.

Y a la vuelta de unos años esos niños emprendedores se convirtieron en el Jefe Supremo de las Brochas de Afeitar, en el Número Uno de las Churrerías o en el Gran Monopolista del Acero Inoxidable. Ciertamente tu tío, no por falta de ganas, no ha sido coronado Rey de los Chupatintas.

Él simultaneó la Escuela Primaria con el Ayuntamiento. Esa conjunción constituye los cimientos sobre los que se levanta la actual fábrica, es la base de vuestra desahogada posición económica. Fue el aprendizaje ineludible que le enseñó las técnicas de la humillación, aparte de inculcarle la importancia del dinero, aunque a mi humilde entender esa sapiencia no justifica su cicatería.

 

 

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XII

Sin percatarte de ello, como pasa con algunos males que, al no presentar síntomas visibles, se van extendiendo impunemente por el organismo hasta que un día nos levantamos con mareos y náuseas, poniéndose en evidencia que algo no marcha, y cuando visitamos al médico lo primero que hace es reprocharnos nuestra dejadez, y, al hilo de sus palabras, empezamos a atar cabos, recordamos esa destemplanza que habíamos achacado a nuestra imaginación, y el médico diagnostica una dolencia en avanzado estado de desarrollo, lo cual nos coge tan de sorpresa que nos negamos a creer que sea verdad, pero nuestro cuerpo, tiránicamente, corrobora nuestros temores y su dictamen, así, sin percatarte de ello, se apoderó de ti la urgencia de irte.

Ya no podías soportar un minuto más la luz, el bullicio y, sobre todo, los comentarios de tu amiga.

De la misma forma que un enfermo no puede simular estar sano cuando el dolor le está contrayendo los músculos y un sudor frío baña sus miembros, y es en vano que trata de esbozar una sonrisa para tranquilizar a su familia porque el fuego abrasador instalado en sus entrañas le hace abrir la boca no para mostrarse animoso sino para pedir agua, un calmante, algo que lo alivie, algo que disminuya su sufrimiento, así tú no pudiste hacer más preguntas sobre temas que habían dejado de interesarte por completo.

Varias veces cambiaste de postura, como si de adelantar el pie derecho o el izquierdo, de cruzar los brazos o ladear la cabeza, de apoyarte en tu hermana o en tu tía, dependiera el dominio de ti misma.

Miraste a tu hermana en petición de ayuda. La pellizcaste a escondidas. Tu voz aguda se engoló y adquirió un timbre artificial. Incluso tu amiga empezó a notar algo raro.

Sólo quedaba por ver la cocina. Tu tía dijo que sí, que habían venido a verlo todo. Tu hermana, sin comprender tu actitud pueril pero observando que no estabas a gusto y deseabas marcharte, explicó que vuestra madre estaba achacosa, que ya era hora de volver porque se había quedado sola.

Y tu tía: “El nene ya tiene que estar en casa, ¿por qué tanta prisa?”. Y tu hermana: “Él igual llega tarde que temprano”. Y tu amiga: “Será un momento”. Y tu hermana: “Debemos irnos”. Y tu tía: “¡Qué rancias sois!”.

A pesar de las objeciones de tu hermana, tuviste que resignarte a hacer una incursión en la cocina alicatada de blanco que no desmerecía del resto de la vivienda. Agarrada a su brazo, ya no te separaste de ella hasta trasponer el umbral de tu casa.

La terquedad de tu tía fue la razón de la demora, con las ganas que tenías de sentir el aire frío de la noche en la cara.

Ella advirtió tu conducta anómala. En cuanto a vuestro entrelazamiento, la hizo sentirse excluida, como si ella fuera una extraña.

Ya sabes que capta los matices, las inflexiones de la voz, los detalles más nimios. Lo malo es que no para de dar vueltas al incidente en cuestión, incrustado en su mente como una garrapata. Lo malo es que no se calla, y en sus sucesivas y disparatadas interpretaciones tu hermana y tú no salís bien paradas.

Tendríais de qué lamentaros si no fuera por una circunstancia que juega a vuestro favor. Al ser vuestra familia un núcleo cerrado, un compartimento estanco, donde ni son posibles las injerencias ni está permitido airear los asuntos internos, tu tía, por más que le cueste, se cuidará de irse de la lengua. Y con eso contabais esa noche.

A través de vuestra madre, paño de lágrimas de cada una de vosotras, sabríais de las elucubraciones de vuestra tía y de su grado de afectación. Con eso también contabais.

Después de formular fervientes votos de felicidad conyugal, después de prometer que no faltaríais a su boda, os despedisteis de tu amiga y emprendisteis la retirada.

Tan pronto como franqueaste la puerta, tus músculos se distendieron. Tu tía marchaba a vuestro lado con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Dijiste: “¡Qué frío!” “Mal momento ha elegido tu amiga para casarse” dijo tu hermana con retintín.

Estas fueron las únicas palabras que cruzasteis en todo el camino. Cortasteis por el callejón que te da miedo cuando vas sola. En su mitad, tu hermana y tú girasteis a la derecha. Tu tía siguió hasta la plazoleta en uno de cuyos ángulos se levanta su casa.

 

 

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XI

Por fin arrancó la comitiva, pero no por ello calló tu tía. Situándose estratégicamente entre vosotras dos, os agarró del brazo y os siguió contando sus penas, que son infinitas. Marchabais como si estuvieseis desfilando. Contempladas de lejos, se os podía confundir con tres muñecas mecánicas.

La puerta estaba entornada. Del interior salían una franja de luz, voces y risas. Os ajustasteis los abrigos y llamasteis: “¿Se puede?”.

Nadie respondió. Con cautela os adentrasteis en la casa. Varios parientes y conocidos charlaban. Todas las lámparas estaban encendidas. Un olor a cosas nuevas impregnaba la atmósfera.

Las maderas barnizadas, las baldosas brillantes, las paredes encaladas, los apliques dorados os aturdieron.

Daba la impresión de que temíais desentonar en ese escenario radiante y jubiloso.

Tu hermana vio a la madre de la novia y se dirigió a ella. Vosotras fuisteis detrás. Tu tía, toda ojos, no hacía más que girar la cabeza a un lado y a otro, tomando nota mental del mobiliario y de la decoración.

La madre de tu amiga os saludó cordialmente y se puso a buscar con la mirada a su hija. “Por ahí tiene que andar, pero con tanta gente…”.

Mientras la hija daba señales de vida, la madre os informó de que habían recibido muchas visitas. Se advertía a legua que la señora estaba gozosa. “Allí está, allí está”.

Tu amiga, exultante, te abrazó, te besó. “Pensaba que no ibas a venir”. Tu hermana, empujándote levemente, dijo: “Dale el regalo” “¡Qué tonta soy!” replicaste y le alargaste el paquete. Ella se deshizo en manifestaciones de agradecimiento.

Desanudó el lazo, desenvolvió la caja, la destapó y un jarrón de fino cristal azulado con el borde de la boca y los brazos rizados apareció en su lecho de papel de seda. “¡Es precioso! ¡Qué buen gusto!”.

Y añadió: “Me encanta”. Una oleada de orgullo te inundó. Musitaste: “Seguro que te han regalado mejores cosas” “Ahora las veréis, vosotras mismas juzgaréis” y se quedó observando el jarrón con aire tan complacido que no te cupo duda de tu acierto.

“Os voy a enseñar el dormitorio”. Tu hermana y tu tía se rezagaron hablando con fulana o con mengana, parándose ante un cuadro o un adorno que les agradase o desagradase particularmente.

Tu tía, más bien baja, estiraba el cuello esforzándose por averiguar quién entraba o quién salía, por identificar a esta o a aquella.

El dormitorio era una maravilla: colcha de ganchillo blanca, cortina de raso blanca, objetos de tocador con el dorso de nácar, detalle este que arrancó a tu tía una exclamación de entusiasmo.

Tu amiga os abrió el ropero donde vestidos, faldas, pantalones y chaquetas estaban alineados en perfecto orden.

“Y estas son las mantelerías y estos los juegos de cama…” Ante esa magnificencia llovían los elogios de tu tía y de tu hermana. Tú, más reservada, te limitabas a informarte de los pormenores que la anfitriona se apresuraba a suministrarte a la par que te golpeaba cariñosamente un brazo y te sonreía.

“Venid, vamos a ver el resto de la casa”. Guiadas por ella, inspeccionasteis el flamante domicilio. Cuando os llevó al cuarto de los niños, tu amiga se arreboló como si la hubiesen pillado en falta.

Llegaste a pensar que, con ese teatro, pretendía ponerte los dientes largos, idea que desechaste de inmediato.

Ella sólo hacía valer los derechos a los que había accedido en virtud de ese providencial casamiento, cuando ya desesperaba de cambiar de estado civil y se resignaba a invertir su tiempo en las mismas labores que tú.

Era posible que en sus prolijas explicaciones hubiese un toque de presunción, que sus desfasados rubores fuesen más postizos que naturales, pero ¿no habrías actuado tú igual que ella?

Así que había que pasar por alto su inocente y legítima afectación cuando, como ahora, ahogando la risa, tratando de disimular su azoramiento, decía: “Y este es el cuarto de los niños”.

Vuestras bromas la aturrullaron aún más. Tu hermana fue quien hizo los chistes más conseguidos, quien, aventurándose en un mundo ignoto, puso, como un explorador clava en las tierras recién descubiertas la bandera de su país, la nota de punzante ironía.

 

 

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X

Sobre esa confusa historia a la que tu tía hizo mención, por mucho que he indagado, nada en claro he podido sacar. Con esto no quiero decir que ese conato de noviazgo sea producto de su mente calenturienta. Creo más bien que hubo algo. No sé qué. Ese refinamiento psicológico me supera.

Ciertamente me gustaría profundizar en esa alucinación o ese espejismo, pero me ocurre como al niño que trata de coger un chorro de agua con las manos.

No quiero, sin embargo, despachar esta bagatela sin señalar las consecuencias que se derivaron.

La vida pueblerina prueba la falsedad de la ley de causa y efecto. Aquí encontramos efectos sin causa o con una causa ridícula.

¿Dónde localizar la raíz del rencor que abrigas, dónde el origen de esa reticencia que aflora a propósito de todo lo que tu amiga dice o hace? De la que fuera tu mejor amiga, para ser exacto.

A pesar de ese cambio radical, la hipocresía y las buenas maneras, que a menudo es lo mismo, se impusieron. Ateniéndote a la costumbre, fuiste a visitar su nuevo hogar y a regalarle una chuchería, acompañada de tu hermana y de tu tía.

Mientras te acicalabas para cumplir con ese rito social, intuiste su trágico trasfondo. Todo estaba medido, sopesado, delineado. En ese momento sólo había un camino que llevaba de tu casa a la de tu amiga.

Te empolvaste con mano temblorosa. El espejo te devolvía una imagen poco halagüeña: patas de gallo e incipientes surcos que estriaban tu antaño terso cutis. Estabas envejeciendo prematuramente.

Te acometió el deseo de arrojar lejos de ti la maldita borla. Y el rímel. Y la barra de labios. Hubieses roto el espejo, arrancado la cortina de la ducha, propinado una patada al portaescobilla del váter.

Nada de eso hiciste. Por el contrario, cogiste el cepillo y diste una última pasada por tu abombada cabellera, alisaste tu vestido, te pusiste de perfil ante la bruñida superficie y te echaste una última ojeada. Tras un suspiro saliste del cuarto de baño.

Fuiste a tu dormitorio por el regalo de boda y regresaste adonde estaban conversando tu madre y tu hermana.

“Ya estoy lista” dijiste, “cuando quieras”.

A continuación fuisteis a recoger a vuestra tía que no había acabado aún de componerse. Esperasteis. Mientras iba de aquí para allá, os atosigó con su cháchara.

Vosotras hicisteis oídos sordos y os pusisteis a hablar con vuestro primo que estaba estudiando en la mesa del comedor.

Pero vuestra tía es susceptible y tarde o temprano hay que prestarle atención so pena de que se disguste ante una indiferencia tan manifiesta.

Tu hermana, con el brazo echado por los hombros de vuestro primo, leía el manual sin hacer caso de las idas y venidas de vuestra tía y todavía menos de su estela verbal.

Fuiste tú, pues, quien se interesó por el motivo o los motivos, porque seguramente eran varios, de su agitación.

Aquejada de migraña, había permanecido en la cama la mayor parte del día. Ni siquiera había cocinado. Pero su marido llegó diciendo que tenía hambre.

“Me tuve que levantar y hacerle una tortilla y a ese –por el hijo– otra. Con unos mareos y un dolor de cabeza que todavía me duran. Pero no tienen consideración. Ellos a lo suyo aunque la vean a una muriéndose”.

Reprimiendo un gesto de hastío, repusiste: “Tú siempre igual” “¿Yo siempre igual? Los mismos son ellos. Que estoy hecha una esclava…” “¿Acabarás hoy o mañana?” la interrumpió tu hermana” “Cuando queráis, nos vamos”.

 

 

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IX

Tu tía se informaba sobre la parentela de los futuros esposos, recababa detalles que tu madre suministraba o conjeturaba. Fue entonces cuando tuviste una premonición que te heló la sangre en las venas.

Como tienes una vena masoquista, en lugar de entrar evitando con tu presencia que se tocara cierto tema, seguiste clavada junto a la mesa del comedor, con tus trofeos en la mano y con la atención absorbida por lo que se decía en la cocina.

No hacía falta dotes adivinatorias ni oportunas corazonadas para saber qué sesgo iba a tomar la conversación. Era suficiente conocer a tu tía, su torpeza, su concepción de la familia según la cual a todos sus miembros les asiste el derecho de estar al tanto de la intimidad de los otros, siendo entendido lo contrario como una injustificable falta de confianza, en un serio motivo para un disgusto e incluso una ruptura de relaciones.

Carraspeaba. No sabía cómo entrar en materia. Por fin acertó a decir: “¿La niña ha ido ya a ver la casa de la novia?” “No, pero supongo que irá. Ayer estuvo aquí su amiga y claro…” “A lo mejor ella no quiere ir, ¿verdad, tata?” “¿Por qué no?” replicó tu madre irritada por el misterioso tono empleado por su hermana.

“Ese hombre” dijo tu tía con un hilo de voz “estuvo rondándola antes de arreglarse con la otra”.

Tu tía terminó en un murmullo, la mano en la mejilla, la mirada puesta en su interlocutora en muda demanda de confidencia.

“Ella es reservada. Conmigo no habla de sus cosas”…

Te diste media vuelta sin enseñar tu botín. Evitando ser oída, subiste de nuevo al soberado, dejaste los ratones muertos en un rincón y entablaste una titánica lucha contigo misma para no ponerte a llorar.

 

 

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VII

Cuando bajé del soberado, mi tía abuela estaba enfrascada en un solitario. “¿Qué has estado haciendo ahí arriba tanto tiempo?” “He estado leyendo” “¿Leyendo?” dijo con incredulidad mientras barajaba las cartas.

“Fullera” “Es que no me sale”. Hace trampas siempre. Cuando jugamos al parchís, cuenta casillas de más. Es una mala perdedora. Si no gana, se enfurruña.

Fui a la cocina en busca de galletas. Regresé y me senté al calor del brasero. Advertí que había barajado de nuevo.

Antes el caballo de bastos interceptaba al rey del mismo palo. El solitario no tenía solución por más vueltas que le diera al mazo. Ahora el rey estaba sobre el caballo de forma que uno tras otro inauguraron la fila correspondiente.

Hice un comentario crítico al respecto. Ella negó cualquier manipulación. “No es verdad” repliqué, “de todos modos no te va a salir. El siete de espadas está pillado” “Come y calla”.

VIII

Tu juventud se la comieron los ratones, esos omnívoros roedores que no hacen ascos a nada, esos animalitos de pelambre grisácea que oyes corretear por el soberado, los mismos a los que tienes declarada una guerra sin cuartel.

Esos voraces y diminutos mamíferos se han cobrado con creces tu saña. Te han roído la vida mientras dormías, mientras cosías, mientras barrías, gracias a sus prolíficas hembras que cubrían las bajas de ese ejército del que tú eras el más temible enemigo, el que mayores estragos causaba.

Llegaste a la puerta de la cocina y te detuviste en seco. Tu tía comentaba con tu madre el inminente casamiento de una amiga tuya. Contuviste el aliento. Estaban pasando revista al ajuar de la novia, tanto de esto, tanto de lo otro, todo ello salpicado de juicios de valor.

Ese lujo, según tu tía, no tenía explicación. Pero ella no es de fiar. No tiene madera de tasadora. Para tu tía casi todas las cosas son inexplicables o increíbles.

Pasaron luego a hablar del pegujal del novio y de la suerte o la astucia de tu amiga por haberlo sabido atrapar.

Tu tía se preguntaba cómo se las había ingeniado esa mosquita muerta para conseguir ese partido. “Tan calladita como es” “Las que que no rompen un plato son las que dan la campanada” “Sí que es verdad”.

Traías dos ratones tiesos cogidos por el rabo. Después de venir del mercado lo primero que hiciste fue subir al soberado y comprobar si algún incauto había sucumbido a la tentación de los trocitos de queso.

Y no uno sino dos cayeron en la trampa que les tendiste. Ibas a mostrárselos a tu madre como la prueba irrefutable de que el desván estaba infestado. Tanto ella como tu hermana insinuaban (en lo que respecta a tu tío, lo afirmaba tajantemente) que eras una exagerada.

Cuando sacabas a colación tus insomnios que te permitían contabilizar todos los ruidos nocturnos, cuando asegurabas que te bastaba la carrera de un ratón por el piso de tablas para desvelarte, cuando insistías en que no eran imaginaciones tuyas, te concedían a lo sumo contingentes que no sobrepasaban las cinco unidades, menos tu tío que, inflexible y tacaño, hablaba de uno o dos roedores que no perturbaban en absoluto sus horas de sueño.

 

 

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