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Sentado sobre sus cuartos traseros, el mastín nos contemplaba con indiferencia canina. A nuestra aprensión se oponía su impasibilidad.
De hecho, daba la impresión de que sólo reparaba en nosotros de vez en cuando, tras bostezar de aburrimiento y enseñar su lengua rosada del tamaño de un buen filete. O tras levantarse y dar un corto paseo.
Al llegar al límite de la circunferencia, se paraba y se quedaba como un pasmarote. Luego se daba la vuelta y se echaba de nuevo.
El perro, casi tan grande como un San Bernardo, tenía largas guedejas negras, ligeramente onduladas. Su aspecto no era fiero. Por el contrario, parecía bonachón.
Esperaba no haberme equivocado en mi apreciación porque estaba decido a entrar en el círculo.
Como suelo hacer en estas circunstancias, procuré dejar la mente en blanco. No pensar en nada. Abandonarme, en la medida de lo posible.
Es el método más eficaz para no bloquearme. Para no quedar fuera de juego.
Nos habíamos preparado a fondo. El otro había hecho un buen trabajo. Por supuesto, ignorábamos si el planteamiento y desarrollo de la exposición iba a ser del gusto del examinador. Siempre interviene un factor subjetivo cuya importancia no es desdeñable.

                                                               5
Tan pronto como entré en el círculo, el mastín se levantó y se acercó a mí.
Se detuvo a pocos pasos y, plantado sobre sus grandes pies, me observó.
Así transcurrieron unos minutos que me parecieron horas. Por fin, el perro resopló y meneó su voluminosa cabeza. Al apartar los largos mechones de pelo, quedaron al descubierto sus ojos negros, que tenía fijos en mí.
Hubiese deseado desviar la mirada, pero intuía que era necesario mantener este cara a cara hasta que el perro decidiera otra cosa.
Con un golpe de su hocico me indicó que me situara en el centro, allí donde la intensidad de la luz imprimía un tinte cadavérico a la piel. Incluso la sentía perforándome la coronilla.
El mastín siguió inspeccionándome. A veces, con una ligera sacudida apartaba las negras guedejas que le dificultaban la visión.
En una ocasión, sentí sus belfos rozándome una mano. En otra, su aliento a través de la tela del pantalón.
Cuando hubo acabado su reconocimiento, me dio otro golpe con el hocico para que saliera del círculo.

Guardianes (I)

                                    1
Me costó decidirme. Por dos razones principalmente. En primer lugar, por mi propio carácter demasiado “hamletiano”. Y en segundo, porque la información de que disponía no era precisamente alentadora.
A pesar de las vacilaciones y de los momentos de desánimo, acabé aceptando, sin dejar de preguntarme cada dos por tres quién me mandaba meterme en ese berenjenal.
Todo bastante contradictorio. No quería hacer más indagaciones. Sin embargo, como los oídos no se pueden cerrar, seguía enterándome de algún que otro dato.
En esta situación me puse a trabajar de un modo extraño. Como si no fuera yo sino otro quien debía asumir esa tarea. Como si la hubiese delegado en un “alter ego”.
Y así empecé o empezó a leer, tomar notas, elaborar un plan. Y lo más importante, elegir un tema. De este asunto me encargué yo que era, a fin de cuentas, quien iba a dar la cara.
Como tenía a mi disposición toda la Historia de la Humanidad, desde sus remotos albores hasta esta hora crepuscular y confusa, la elección resultó más problemática de lo que había previsto.
Vuelvo a repetir que no estaba convencido ni me sentía seguro. Mi confianza tropezaba en cada dificultad, por pequeña que fuese.

                                                              2
Los aspirantes, todos con cara de circunstancias, no éramos numerosos. Aunque había grupos de dos o tres personas, en general predominaban los individuos solitarios, desperdigados por la nave, esperando la hora crucial.
Como no estaba bien visto dejar traslucir los nervios, todos procurábamos transmitir una imagen de tranquilidad.
Yo estaba allí sin realmente estar, sin acabármelo de creer. Incluso, puesto que todavía estaba a tiempo, consideré la posibilidad de retirarme.
Seguramente no era el único que, haciendo gala de control y prudencia, se hallaba en esa situación ambigua. Las sonrisas forzadas y las miradas furtivas confirmaban esta sospecha.

                                                             3
El círculo estaba iluminado por un haz de luz cenital. La claridad se concentraba en este espacio, dejando en penumbra los rincones más alejados de la nave.
Este pabellón, que recordaba una lonja, formaba parte de un palacio-fortaleza situado en un monte, por el que descendía un muro almenado.
Del exterior no puedo dar más detalles porque, cuando llegamos, era noche cerrada. Y hacía un frío de los diablos.
En la nave, de techo alto, hacía casi el mismo frío que fuera.
Poco a poco fui avanzando hasta situarme a escasa distancia del círculo iluminado. Notaba cómo las miradas de los demás convergían en mí. Cómo me observaban en completo en silencio.
A pesar de la sensación ambivalente que experimentaba, di unos cuantos pasos más.
Desde donde estaba, podía distinguir las resquebrajaduras y desniveles de las placas de pizarra sobre las que se abatía el descarnado haz de luz.

Nota.- En esta entrada puedes leer el cuento completo.

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Sentado sobre sus cuartos traseros, el mastín nos contemplaba con indiferencia canina. A nuestra aprensión se oponía su impasibilidad.
De hecho, daba la impresión de que sólo reparaba en nosotros de vez en cuando, tras bostezar de aburrimiento y enseñar su lengua rosada del tamaño de un buen filete. O tras levantarse y dar un corto paseo.
Al llegar al límite de la circunferencia, se paraba y se quedaba como un pasmarote. Luego se daba la vuelta y se echaba de nuevo.
El perro, casi tan grande como un San Bernardo, tenía largas guedejas negras, ligeramente onduladas. Su aspecto no era fiero. Por el contrario, parecía bonachón.
Esperaba no haberme equivocado en mi apreciación porque estaba decido a entrar en el círculo.
Como suelo hacer en estas circunstancias, procuré dejar la mente en blanco. No pensar en nada. Abandonarme, en la medida de lo posible.
Es el método más eficaz para no bloquearme. Para no quedar fuera de juego.
Nos habíamos preparado a fondo. El otro había hecho un buen trabajo. Por supuesto, ignorábamos si el planteamiento y desarrollo de la exposición iba a ser del gusto del examinador. Siempre interviene un factor subjetivo cuya importancia no es desdeñable.

5
Tan pronto como entré en el círculo, el mastín se levantó y se acercó a mí.
Se detuvo a pocos pasos y, plantado sobre sus grandes pies, me observó.
Así transcurrieron unos minutos que me parecieron horas. Por fin, el perro resopló y meneó su voluminosa cabeza. Al apartar los largos mechones de pelo, quedaron al descubierto sus ojos negros, que tenía fijos en mí.
Hubiese deseado desviar la mirada, pero intuía que era necesario mantener este cara a cara hasta que el perro decidiera otra cosa.
Con un golpe de su hocico me indicó que me situara en el centro, allí donde la intensidad de la luz imprimía un tinte cadavérico a la piel. Incluso la sentía perforándome la coronilla.
El mastín siguió inspeccionándome. A veces, con una ligera sacudida apartaba las negras guedejas que le dificultaban la visión.
En una ocasión, sentí sus belfos rozándome una mano. En otra, su aliento a través de la tela del pantalón.
Cuando hubo acabado su reconocimiento, me dio otro golpe con el hocico para que saliera del círculo.

6
Ante mí se extendía un largo corredor pavimentado de grandes lajas de pizarra que rezumaban humedad.
Era consciente de que no podía retroceder.
Los muros eran altos y sin aberturas. El techo, abovedado.
Aunque no fuera necesaria esa comprobación, pasé la mano por los sillares de piedra que estaban mojados. Mi propio vaho se condensaba en una nube.
Me obsesioné con la humedad. La sentía en la ropa, en el pelo. Se me metió en los huesos, provocándome temblores que no podía controlar. Era peor que el frío.
Andaba despacio por miedo a resbalar. Iba pisando huevos, como decía mi madre cuando me quedaba rezagado.
El otro, habitualmente tan callado, dijo que tenía que relajarme. Y me recordó que habíamos superado la primera prueba.
Hice movimientos rotatorios con los hombros y el cuello, que notaba especialmente contraídos. Y a un paso normal seguí avanzando por esa interminable galería.
De trecho en trecho, pegada al muro a bastante altura y protegida por una red metálica, había una bombilla que, como si llevase una eternidad encendida y estuviese a punto de fundirse, arrojaba una luz mortecina.

7
Escuché un gruñido y me paré en seco. Conteniendo la respiración, agucé el oído.
Había recorrido un buen tramo de la galería. No sabía, por supuesto, si más o menos de la mitad. Yo tenía la impresión de llevar andando mucho tiempo.
El sonido no se repitió. Con precaución, reanudé la marcha. Sea lo que fuere, tenía que estar preparado.
¿Preparado? ¿Qué significaba esta palabra en semejante situación? ¿Acaso se acercaba el momento de pronunciar mi discurso?
El otro respondió suavecito que tal vez había llegado el momento de mostrar entereza.

8
A lo lejos distinguí una mancha clara en movimiento. Fue una visión fugaz, pero no un engaño de los sentidos o un invento de mi ansiedad.
Seguí andando con la mirada puesta en ese borrón que, conforme me aproximaba, se iba delineando. Sentía las gotas de sudor en la frente y en el cuello.
Caminaba cada vez más despacio. Cuando descubrí que la mancha era un lobo plateado, me quedé clavado en el suelo.
De no ser por el vaho que expulsaba por la boca y la nariz, habría podido pasar por un animal disecado.
Sentado sobre sus cuartos traseros, muy erguido, esperaba pacientemente.
Su pelaje gris perla era casi blanco en el vientre y en el cuello. Tenía los ojos celestes y el hocico afilado.
Era la viva imagen de la inexorabilidad.
Se puso en pie y, lanzando un gruñido apagado, se situó en mitad de la galería.

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Los días se suceden radiantes y tranquilos,
cual prefiguración de los del paraíso,
de los de ese jardín con cuatro grandes ríos
y una fuente central del que expulsados fuimos.

Estos días radiantes, cuya luz nacarada
acaricia la piel y empapa, endulza y baña
las copas de los árboles, son la prueba palmaria
de ese centro celeste que en nosotros irradia.

Estos días tranquilos son como una promesa,
hermosos camafeos de la verdad eterna,
al hombre, peregrino por áridas estepas,
del regreso a ese estado de prístina pureza.


A finales de octubre de 2005 fallece doña Rafaela Mendoza. Su hijo, Anastasio Larrea, recibe las condolencias de su tío Marcelo, que reaparece tras años de ausencia, de las amigas de su madre, con las que tenía por costumbre reunirse a tomar el té antes de que la enfermedad la postrase, de sus propios amigos y de todos los que acuden a la casa mortuoria, incluido algún inesperado visitante.
Larrea, que regresó a Las Hilandarias tras su divorcio, rememora durante el velatorio una epifanía acontecida el año antes de que hiciera la Primera Comunión. Ese mismo día quedó marcado también por haber sido atropellado por un caballo en una estampida provocada.
Ese trance, al cabo del tiempo, mantiene incólumes su fuerza y su misterio. Pero ahora Larrea ha decidido asumirlo.
Las fascinaciones que encubren gravosas servidumbres, las tempranas experiencias que troquelan la vida, constituyen los mimbres de esta narración, cuyo tema de fondo es el mal.
Su presencia en el mundo, el precio que se paga por estar bajo su férula, las armas para combatirlo y el coraje para empuñarlas.

La novela empieza así:

Los dos empleados de la funeraria habían acabado su trabajo. La capilla ardiente quedó instalada en la misma habitación de la planta baja que habilitaron como dormitorio cuando las fuerzas abandonaron a doña Rafaela, y no pudo subir y bajar la escalera.
No hizo falta mover la cama, en una esquina, cerca de la ventana que daba a la galería. El ataúd, sobre un túmulo cubierto por un paño fúnebre, estaba situado en el centro; en la cabecera había un crucifijo, flanqueado de dos cirios encendidos.
De pie, contemplando el cadáver que tenía entre las manos un rosario, se hallaban, en primer término, Anastasio Larrea y Ramona. Más alejados, algunos vecinos y Silvia, la asistenta.
Durante los tres últimos meses, la enfermedad había afilado los rasgos de la señora Mendoza, que había adelgazado veinte kilos. Los dolores habían sido mantenidos a raya con la ayuda de la morfina, cuyas dosis fueron en aumento conforme fue necesario.
Gracias a ese medicamento, al que llamaba «el jugo de la amapola», doña Rafaela no sufrió mucho. De todas formas, ella no había sido nunca una persona quejicosa. Los padecimientos, de cualquier índole, había sabido sobrellevarlos con dignidad.
Ni siquiera cuando la sometieron a la radioterapia y la quimioterapia, que tan desmejorada la dejaron, la oyeron lamentarse. No perdió tampoco el sentido del humor en ese trance, ni más tarde, cuando sospechaba que tenía los días contados.
Sus allegados la miraban ahora pálida y tranquila, entregada definitivamente a Morfeo, el esquivo dios que sólo acudía cuando le administraban el bendito fármaco.
Anastasio dio media vuelta y se dirigió al patio, adonde lo siguió Ramona que se persignó antes de retirarse. La chacha, que siempre había ocupado en la casa un lugar especial, quería preguntar al hijo de la difunta un par de cosas.

Esta novela se publicó en SEYCE Ediciones en 2010
http://www.editorialseyce.3a2.com/

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[No soy nada]

He aquí algunos fragmentos del largo poema Estanco , que constituye una desasosegante comprobación de quien fue al puerto de Lisboa a recibir al mago y ocultista Aleister Crowley.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto
(…)
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera
(…)
Dejo la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¡Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy!
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas!
Y tantos hay que piensan ser la misma cosa que no podrán serlo tantos.
¿Genios? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños tan genios como yo,
y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno solo,
ni quedará más que estiércol de tantas conquistas futuras.
(…)
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
no habrá a estas horas genios-para-sí-mismos soñando?

Fernando Pessoa

Primavera (I)


Vueltas, repeticiones
Alternancias, comienzos
La sonrisa de Flora
El adiós del invierno

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http://www.youtube.com/watch?v=xXgPIxSEFAY

El Demonio sonríe, ¿qué otra cosa hacer puede?
Sentado en sus dominios, más parece un filósofo
que un príncipe infernal. ¡Lo que cambian los tiempos!

Los buenos viejos tiempos también para él pasaron.
El tiempo en que luchaba por conseguir un alma.
El tiempo en que podía tentar de mil maneras
a los hijos del hombre.

Pero aquello pasó, aquellos regateos
que tanto le gustaban, y la firma, por último,
con sangre de la víctima, inútil requisito
que chiflaba a los hombres, tan dados a las notas
pintorescas, folclóricas.

Y abatido confiesa: “Ni siquiera trabajo.
Aquí paso mis días, marchito, cabizbajo”.