Feeds:
Entradas
Comentarios

23

La noticia voló por el castillo de Haitink. Hemón, el muchacho bajito y engreído, había desaparecido. Nadie lo había visto marcharse. Era, por lo demás, sumamente improbable que hubiese tomado la decisión de abandonar su aprendizaje.

Sus resultados en las pruebas desarrolladas hasta ese momento eran satisfactorios. Que se supiera, no tenía problemas personales. No había razones que explicasen esa extraña ausencia.

Mortimer, el Gran Maestro, abrió una investigación. Edu, al igual que los otros, fue interrogado.

Se organizó la búsqueda en la que participaron todos los moradores de Haitink: maestros, estudiantes y sirvientes.

Michael, el Maestro de Caballería, estaba preparando la quinta prueba que, según resolvió Mortimer, debía realizarse en la fecha prevista.

Se dio una batida infructuosa por el interior y los alrededores del castillo. A continuación, el Gran Maestro convocó una reunión en la Sala Abovedada para elaborar un plan minucioso, creándose patrullas a las que se asignaron sectores concretos para su rastreo sistemático.

Edu formaba parte del equipo encabezado por Michael, al que correspondió la inspección de las murallas.

En la mente del muchacho apuntaban ciertas sospechas que no se atrevía a compartir con nadie, no porque su hipótesis fuese disparatada sino porque carecía de pruebas. Sólo era un presentimiento basado en sus propios temores. Por eso se abstuvo de hablar.

Cuando otros compañeros, que sabían de su amistad con Hemón, le preguntaron si no tenía idea de lo que había pasado, él negó. Dijo que estaba tan sorprendido y preocupado como los demás. Declaró que estuvieron juntos en la Biblioteca el día anterior por la tarde. Luego se separaron. Cada uno se fue a su habitación. Esa fue la última vez que lo vio.

La patrulla de Michael recorrió el cerco amurallado, registrando la barbacana y los baluartes. Todos los recovecos y cavidades estaban vacíos.

Al anochecer suspendieron la búsqueda. Hemón no estaba en el castillo. Las torres, las diferentes dependencias, los subterráneos habían sido objeto de meticulosas exploraciones. En ninguno de esos lugares se hallaba el muchacho.

Congregados junto a la estatua del patio, Mortimer anunció que a la mañana siguiente visitarían los puertos pesqueros, donde intentarían averiguar si Hemón se había refugiado con la intención de embarcarse y regresar a su isla. Podía tratarse, según el Gran Maestro, de una huida achacable a la nostalgia del terruño. Esta explicación sonaba poco convincente.

Cuando los otros se fueron, Edu permaneció al lado del pedestal que sostenía al Prócer con su amplia hopalanda.

Tanto Hemón como él estaban intrigados por el relieve que decoraba la base de ese monumento. Había en sus cuatro caras figuras cubiertas de alas y de ojos, en cuya composición se había esmerado el artista, dotándola de misterio, gracia y equilibrio.

Trigal (III)

22

De vez en cuando, en una esquina o al final de un pasillo, Edu veía a las larvas. El muchacho tenía la impresión de que el castillo era de su propiedad.

Eran de costumbres nocturnas. Se paseaban sigilosamente, antes de que el sueño se adueñase de los habitantes de Haitink.

Se alejaban ondulando sus cuerpos inarticulados, lisos, sin anillos, con una cachaza que causaba asombro. Ciertamente no temían nada, al contrario que Edu, a quien el espectáculo de esos protoseres surgidos de la nada descorazonaba.

En ocasiones se agrupaban en un rincón, apelotonándose como si les faltara espacio. Allí amontonadas parecían conspirar, sólo que no emitían ningún sonido, limitándose a retorcerse con movimientos espasmódicos para evitar resbalar o caer y quedar descolgadas del conciliábulo.

Una noche, a la vuelta de la Biblioteca, Edu no vio a las orugas por ninguna parte.
Iba despacio esperando encontrarlas en cualquier momento, pero habían hecho mutis.

El silencio era apabullante. Se detuvo y aplicó el oído, pero no oyó ninguna tos, ningún crujido o chirrido. Miró el tramo mal iluminado que se extendía ante él, y la aprensión hizo mella en su ánimo.

Advirtió la presencia de alguien agazapado en la oscuridad. El miedo lo atenazaba. Seguramente se trataba del Encapuchado.

A su espalda detectó otro peligro. Se volvió y descubrió a cuatro galopines con el rostro embadurnado de hollín.

Había caído en una trampa. No tenía escapatoria. Adondequiera que se dirigiese, tendría que enfrentarse a un enemigo.

A pesar de sus caras tiznadas, reconoció a Roque, Kim y Folo que tenían cuerdas en las manos, y a Mako que llevaba una mordaza.

La intención de los Zapadores era transparente. Querían llevárselo prisionero. Atrapado entre dos fuegos, Edu, inmóvil como una estatua, permaneció a la expectativa.

Sus cuatro agresores se pararon en seco y luego retrocedieron varios pasos. Edu no comprendía lo que estaba pasando.

Por último, como si hubiesen visto al diablo, salieron corriendo. Al mirar al otro lado, Edu averiguó la causa de esa espantada.

El Encapuchado había puesto en fuga a Roque y los suyos. Con la cabeza gacha y los brazos cruzados avanzaba por mitad del pasillo.

Plantándose ante Edu dijo: “Eres mío, no de ellos”.

Acebuchinas (II)

328.- “Nada hay más maravilloso que la enumeración, instrumento privilegiado para componer las más perfectas hipotiposis (=descripción de una persona o cosa)” Umberto Eco.

329.-El mal se cobija en la multitud desde donde ejerce su dominio sobre el individuo.

330.-La crítica social en conjunción con una propuesta utópica abre las puertas del infierno.

331.-La paradoja no falla. La mejor forma de incardinarse en la realidad es la imaginación. El camino más seguro para lograr un objetivo es el opuesto.

332.-El apasionamiento no es tanto una prueba de amor como de soledad interior.

333.-El ser humano tiene conciencia de la brevedad de su vida, de su soledad, de su desvalimiento. Nada tiene de extraño que aspire a evadirse de esa prisión.

334.-Si abolimos el mundo exterior sobreviene la locura. Si hacemos lo propio con el interior, nos cosificamos.

335.- Yo y los demás. El uno y el otro. La identidad y la diferencia. Esa zanja no se salva mediante la fusión orgiástica, que es uno de los avatares de la filosofía de la intensidad, ni mediante el conformismo.

336.-El objetivo de las sedicentes sociedades avanzadas parece ser eliminar las diferencias. Y a esa uniformización encamina el cúmulo de leyes y normas.

337.-Desde el punto de vista religioso igualdad significa que todos somos hijos de Dios. Desde el punto de vista legal que la justicia es la misma para todos. Desde el punto de vista kantiano que los seres humanos son fines, no medios. ¿Qué más se puede añadir que tenga sentido?

338.-La creatividad es una respuesta o una reacción individual con repercusión a nivel social. Partir de la superestructura conduce al gulag.

339.- “El amor que no engendra amor es una desgracia” dijo Marx. Si el amor es una expresión de vitalidad, un acto gratuito de afirmación y reconocimiento del otro, una prueba de superabundancia, ¿por qué iba a sentirse desgraciado si no obtiene una respuesta? Cabe preguntarse si el amor al que alude el filósofo es un sucedáneo o una transacción. Desde luego no es el que describe san Pablo en su Primera Carta a los Corintios, capítulo 13.

340.-Libertad de hacer lo que me dé la gana versus libertad para andar mi camino. La primera es embrutecedora, la segunda es creadora.

341.-Pasar por el aro significa interiorizar la ideología inherente a un sistema y hacer propias sus reglas del juego, de forma que se oscila entre las obligaciones y las gratificaciones sancionadas sin cuestionar esa dicotomía.

Macetas (II)


 

 

21

Aparecieron signos que inquietaron a Edu y ensombrecieron su ánimo. Primero fueron unos sueños extraños que, aunque no pudieran ser calificados de pesadillas, dejaban un poso de ansiedad.

Eran visiones de animales reptantes, pero había tan poca luz que era imposible identificarlos. Tal vez eran culebras o lagartos. En cualquier caso, sabandijas de cuerpos sinuosos que no paraban de bullir.

Una noche en que regresaba a su habitación tras haber estado estudiando en la Biblioteca, vio en los largos y mal iluminados corredores del castillo, deslizándose silenciosamente, unas larvas blanquecinas de un tamaño desproporcionado.

Avanzaban con tenacidad. A Edu le pareció que fosforecían, pero seguramente esa impresión era sólo un efecto de la tonalidad lechosa de esos gusanos gordos y blandos.

El muchacho observó que se comprimían y expandían como si les estuviesen inyectando y extrayendo aire con un fuelle. Esta operación les permitía realizar las ondulaciones con las que iban ganando terreno.

Edu contemplaba hipnotizado esas hileras de orugas rechonchas, como fláccidos sacos de patatas, que recorrían los pasillos con entera libertad.

Esas criaturas fantasmales le produjeron más repugnancia que miedo. Las larvas, se dijo, no hacen daño. Pero ante las dimensiones de estas experimentaba un invencible rechazo.

Su naturaleza amorfa, la ausencia de miembros, ojos, orejas, desconcertaron a Edu que sólo reaccionó cuando desaparecieron en un recodo, aflorando en su mente una explicación.

Algo malo se avecinaba, se materializaría pronto. Las larvas eran las mensajeras.

Edu entró en su habitación y encendió la vela que había en la mesita de noche.

Las puertas del armario estaban entornadas. Se acercó y las abrió del todo. Rápidamente advirtió que faltaba la camisa de lino.

Revolvió el mueble, aun estando seguro de que la había guardado allí. Se resistía a admitir que se trataba de un robo.

De las dos camisas con la H de Haitink que, al igual que sus compañeros, había recibido de manos del Gran Maestro, sólo tenía la que llevaba puesta.

Al día siguiente, en el desayuno, contó este suceso a Hemón. Los dos muchachos sospechaban quiénes eran los autores de esa fechoría. Hemón le dijo a su amigo que debía denunciar el hurto. Edu sabía que eso daría lugar a una investigación. Primero quería intentar arreglar ese asunto él mismo, sin recurrir al Gran Maestro, que era inflexible con los delitos.

Pero ni siquiera cuando se perdió misteriosamente su segunda camisa de lino en la lavandería, Edu se decidió a presentarse ante Mortimer y revelarle estos hechos.

Hemón señaló, aunque esa puntualización fuese innecesaria, que estaba en inferioridad de condiciones al no disponer de la protección que proporcionaban esas prendas. Los peligros, que a todos acechan, tenían en él a una presa más fácil.

Almendros (XIII)