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Archive for the ‘Antología’ Category

Lao Tse, que fue bibliotecario, atraviesa impasiblemente los siglos montado en su carabao azul. A él debemos uno de los más importantes tratados sapienciales de la historia: el Tao Te King (Libro del Tao), que consta de ochenta y un capítulos o lecciones.

Destaca su uso sistemático de la paradoja. Si se quiere conseguir o conocer algo, no es el camino lógico el que nos conducirá a nuestro objetivo sino el opuesto, el que en apariencia nos aleja de él. Su enseñanza se halla en la misma línea que algunas máximas evangélicas (“Los últimos serán los primeros”, “El que quiere salvar su vida la perderá”, etc.).

A simple vista el Tao Te King podría pasar por un prontuario ético-filosófico. Sus reglas y recomendaciones quedan resonando en los oídos.

No hay mayor error que aprobar sus deseos.
No hay mayor desdicha que ser insaciable.
Quien sabe limitarse tiene siempre bastante. (46)

El capítulo 63 es en gran parte una enumeración de contrasentidos, es decir, una síntesis de la enseñanza taoísta.

Practica la no acción.
Ejecuta el no hacer.
Saborea lo insípido.
Considera pequeño lo grande
y poco lo mucho.
(…)
El Sabio lo considera todo difícil
y no encuentra finalmente dificultad.

En el capítulo 71 Lao Tse nos marea afirmando:

Conocer es no conocer:
he aquí la excelencia.
No conocer es conocer:
he aquí el error.

No cabe descartar que quien nos está liando es el traductor. Las versiones de este libro son numerosas y dispares. Una solución es encontrar una que se adecue a nuestro intelecto. Esos mismos cuatro versos han sido vertidos también en español así:

Darse cuenta de que nuestro conocimiento es ignorancia,
esta es una noble revelación.
Considerar nuestra ignorancia como conocimiento,
eso es enfermedad mental.

Esta discordancia puede sencillamente poner de manifiesto la riqueza idiomática del chino que, más que cualquier otra lengua, ofrece un amplio abanico interpretativo. Da la impresión de que se asemeja al mismo Tao que, por esencia, es indefinible e inaprehensible. Así queda expuesto en el capítulo 62:

El Tao es el fondo secreto y común a todos los seres,
el tesoro de los hombres buenos
y el refugio de aquellos que no lo son.

Un trujamán diferente, suponemos que igual de cualificado, no coincide en la traslación de este texto. Su visión de este intríngulis es la siguiente:

El Tao es la reserva oculta de todas las cosas.
Un tesoro para el honesto, un seguro de vida
para el equivocado.

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Kierkegaard es un pensador que ha influido en numerosos escritores: en Unamuno, que aprendió danés para leerlo en el original, en Kafka, en Ibsen y en muchos otros. Es un lugar común considerarlo el padre del existencianlismo.

Aunque Kierkegaard no lo fue, ni siquiera se casó, otorga al padre una gran importancia. De él dice en su autobiografía que es un espejo donde el hijo se ve en el futuro. Y viceversa, el hijo es también un espejo donde se refleja el padre.

Las relaciones con el suyo no fueron buenas. Estuvieron marcadas por la melancolía del hijo, de la que el padre se creía culpable, y por la tristeza del padre, de la que el hijo se responsabilizaba. El resultado fue, como posteriormente lo sería también en el caso de Kafka, el silencio y el distanciamiento.

Esa melancolía, que será también la causa de su ruptura con Regine Olsen, lo arroja en el pecado y el desorden, aunque el propio Kierkegaard admite que, más que una cuestión teológica, se trata de un desequilibrio psíquico. Él habla exactamente de demencia.

En el fondo de su desarreglo Kierkegaard toca la fe. Este hecho significa un regreso a sí mismo. Pero el filósofo nórdico no se llama a engaño. Es consciente de que su barco hace agua desde el principio. Reconoce asimismo que debe a su esfuerzo por mantenerse a flote una existencia espiritual fuera de lo común. El desarrollo de su interioridad está en relación directa con sus desfallecimientos. Esa aflicción, lo que él llama “una astilla en mi carne”, es la causa de su excepcionalidad. Este planteamiento hace soportable su situación. De este modo tapona la vía de agua.

A la astilla en la carne dedica Kierkegaard varias reflexiones. Gracias a ella no se ha alejado de las cosas del mundo. Aunque quisiera dar la espalda, no podría. No hay mérito en su actitud. Y si hay alguno, a la esquirla corresponde.

Su angustia engendra un sentimiento religioso. Su desesperación lo conduce a la fe. Esa punzante astilla es la prueba de que él es un elegido. La tarea que le aguarda es la de escribir, la de dejar constancia de su periplo vital.

“Desde mi primera infancia, una flecha de dolor se clavó en mi corazón. Mientras se quede ahí, soy irónico. Si la arrancan, muero”.

Kierkegaard recurre a otra imagen marina cuando habla de la actitud correcta. Es la de un remero en su barca. Otra figura que clarifica esta cuestión es la del actor cegado por los focos ante el cual se abre la noche. Los remos ayudan al primero a avanzar sin pensar en el mañana. La profunda oscuridad sostiene al segundo.

Vivir inmerso en el presente, embebido en la tarea que uno tiene entre manos, implica no preocuparse por el futuro. Sólo existe el hoy y la misión que estamos desarrollando. Fijar la vista en el objetivo para medir nuestro progreso es una distracción que nos detiene o nos hace retroceder. Nuestro poder, si de tal cosa no es disparatado hablar, radica en estar presente, en ser contemporáneos de nosotros mismos.

La lucidez de Kierkegaard lo impulsa a asumir su desazón y a no buscar consuelo en la oración, no porque él se niegue a rezar. Como testigo insobornable de la verdad no le pide a Dios que alivie sus penas, sino que le dé fuerzas para resistir. Según este caballero de la fe, cuanto más ferviente es la súplica, más profundamente uno se hunde en el sufrimiento y más se acerca a Dios.

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Esta novela está construida según el esquema de una sinfonía, probablemente la Heroica de Beethoven, y con el rigor profesional que caracteriza a este autor. Su poderosa capacidad de evocación y de invocación así como la riqueza y precisión de su verbo son los rasgos más notorios de su producción literaria, que se ve, se huele y se toca.

Esa peculiaridad, que bien podría calificarse de carnal, es extensiva a otros escritores cubanos, particularmente a Lezama Lima cuya exuberancia abruma. Sus textos no sólo se sienten, también aprisionan lingüísticamente al lector.

Carpentier tiene la facultad de convocar olores, sabores, visualizaciones, impresiones táctiles y auditivas. “El siglo de las luces” cautiva precisamente por ese despliegue sensorial que la frondosidad del lenguaje asfixia en “Los pasos perdidos”, donde las palabras proliferan y se extienden como una planta trepadora que lo invade todo.

En “El acoso” prevalece la estructura musical de la obra. En ella se cuenta las últimas horas de vida de un pistolero de los años treinta y cuarenta en La Habana, y su agonía de fugitivo antes de ser tiroteado en un palco de la Sala de Conciertos.

No hay nombres propios (salvo el de la prostituta que se llama Estrella). Sólo denominaciones genéricas: el acosado, el Becario, el Personaje, la Gestión. Los atributos prevalecen sobre la individualidad. ¿Qué más da que el Presidente se llame Juan o Romualdo?

De esta forma se potencia la dimensión social del libro. Más que de seres humanos hay que hablar de prototipos. Esta consideración lleva a señalar un recelo que despierta esta novela: su tendencia panfletaria.

En “El acoso” el protagonista tiene el final que merece quien ha errado su camino…político, se entiende. La moraleja, de la que se hace un uso “pro domo sua”, es “quien mal anda, mal acaba”.

“Eran libros de Historia de la Arquitectura, de geometría descriptiva, y, al fondo, sobre el diploma de bachiller, la tarjeta de Afiliado al Partido. Los dedos hallaban, al sopesar aquella cartulina, la última barrera que hubiera podido preservarle de lo abominable. Pero había estado demasiado rodeado, en aquellos días, de impacientes por actuar. Le decían que no perdiese el tiempo en reuniones de célula, ni en leer opúsculos marxistas o el elogio de remotas granjas colectivas, con fotos de tractoristas sonrientes y vacas dotadas de ubres fenomenales”.

Cuando el interés didáctico del autor es relegado a un segundo término o es desbordado por la dinámica novelística, la obra gana peso específico convirtiéndose en una bomba literaria.

“La visión de la vieja, tocada de blanco, doblada sobre sus tiestos y cazuelas de romero y hierbabuena, lo había enternecido. Así eran las negras de su pueblo de farallones, cuando dejaban sus begonias por la oración, a la hora de las sombras largas, mientras en los montes se oía el aullido de las perras lobas que clamaban por “buscar vida” con los guarderos jadeantes y timoratos de abajo (…). Cuando le pagaran iría a visitarla –aunque no la conociera– para llevarle algunos dulces desusados, de esos que vendía, junto a la Iglesia del Ángel, un repostero guitarrista, cuyas bandejas con papel de encaje ofrecían alcorzas, huesos de santo, polvorones, merengues y capuchinos, adornados por aventadas de confites verdes, rojos, opalescentes, llenos de almíbares con sabor a menta, granada y absintio”.

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El título es engañoso porque induce a suponer que se trata de una novela gótica o de terror, pero es solamente un rasgo de ironía, una muestra del humor inglés que se manifiesta desde antes de abrir el libro.

El tema desarrollado es el del artista secreto a quien sale el tiro por la culata. Priam Farll es un hombre tímido y sin ambiciones sociales, lo cual no quita que sea también un buen catador de los placeres terrenales. Le gusta pintar y acaba convirtiéndose en famoso.

Los compradores que desembolsan elevadas sumas de dinero por sus cuadros no están dispuestos a permitir que viva tranquilamente ejerciendo su oficio y disfrutando de la vida.

La admiración y los precios astronómicos de sus lienzos justifican que Priam Farll sea considerado una propiedad pública.

Las desgracias de Priam se disparan cuando, para escapar a esa aterradora realidad, se hace pasar por su ayuda de cámara muerto, a quien suplantaba también en vida.

Entre los enredos a que da lugar esa sustitución para vivir en el anonimato, destaca su matrimonio con Alice Challice, uno de los personajes motores de la obra.

“En pocos años se había convertido en una leyenda, en el adorno perdurable de un acertijo. Nadie lo conocía, nadie lo había visto, nadie se había casado con él. Siempre en el extranjero, jamás dejó de ser el centro de rumores encontrados. Sus agentes de Londres no conocían de él más que su letra (…). Los artistas jóvenes, absortos de admiración ante las obras maestras salidas de su pincel (…), soñaban con Priam Farll, lo adoraban (…) Le cayeron en suerte la distinción mayor y la prueba definitiva de que era un ser apreciado. La prensa se habituó a mencionar su nombre sin agregar ningún comentario explicativo (…). Priam Farll fue el primer pintor inglés que gozó de esa recompensa social suprema. Y ahora estaba metido dentro de su bata color pulga.

(…)

En Priam Farll existían dos hombres. Uno era el tímido que desde hacía mucho tiempo estaba persuadido de que hubiera preferido no mezclarse con los de su clase, y que había convertido su cobardía en virtud. El otro era el tipo arisco y temerario que gustaba de las aventuras atrevidas y tenía una pasión perfecta por el trato libre con la especie humana entera.

(…)

El gran pintor Priam Farll quería pasar el resto de sus días como un humilde ayuda de cámara. Así que engañó a todo el mundo: al médico, a su primo, a las autoridades públicas, al deán y al Capítulo de la Abadía de Westminster, a la nación, ¡al mundo entero! Se casó bajo el nombre de Henry Leek y como Henry Leek volvió a iniciar su tarea de pintor”.

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Dejando a un lado la intervención de lo maravilloso y el fasto que rodea a la mayoría de estos cuentos, llama la atención que ninguno de ellos tenga ni busque un final sorpresivo. La estupefacción que a veces producen está en relación con el planteamiento y el desarrollo, pero no con el desenlace en el que se mantiene el tono del relato.

Los finales no son culminaciones al estilo de los de una novela de intriga, sino el último tramo del camino narrativo que se recorre al mismo paso. Las partes más intensas se encuentran en otras etapas aunque, normalmente, todas tienen la misma importancia. Desde el principio el lector se siente atrapado.

Esta recopilación de cuentos demuestra ampliamente la capacidad de traslación de la literatura. La irrealidad se vuelve realidad o viceversa. O, sencillamente, la frontera entre ambas desaparece.

Cualquier cosa puede suceder. La libertad y la imaginación son los pilares de ese mundo sutil que burla y escapa a las leyes vigentes en el mundo material.

La traslación del lector a las alturas de la creación literaria se produce en pocas líneas, por no decir palabras. Esta depuración narrativa está relacionada con la brevedad de las composiciones. Las hay también largas, que caen en la trampa del retoricismo.

Esa afición a liarse y a repetir lo mismo por activa y por pasiva produce empalago, como ocurre en la historia de Nuredin-Alí y Bedredin-Hasán, de profesión pastelero. La cual, a pesar de contener tanta crema, no deja de interesar por su carácter equívoco.

No está ausente la penetración psicológica en este repertorio del siglo XII. La corta historia del jorobadito es una ilustración de cómo funciona el complejo de culpabilidad y de cómo se le neutraliza mediante la confesión. La culpa, además, no era de nadie. El jorobadito era el responsable de su propia desgracia, pero el miedo traicionó al sastre, al médico y al mercader.

El fragmento elegido para la ocasión pertenece a la historia del joven y enamorado cojo, al que curará de su enfermedad consuntiva una vieja experta y astuta. Ella se encargará de buscarle y administrarle la medicina que necesita para su recuperación. La acción transcurre en Bagdad que, junto con Basora, Damasco, El Cairo e incluso la India, constituye el mítico espacio geográfico de Las Mil Y Una Noches.

“Desesperaban ya de salvarme la vida cuando llegó una vieja, me examinó detenidamente y adivinó la causa de mi padecimiento. Entonces mandó que se retirasen todos los presentes, y cuando hubieron salido se sentó a la cabecera de mi lecho y me dijo:

-Hijo mío, os habéis obstinado hasta ahora en ocultar la causa de vuestra dolencia, pero yo no necesito que me la manifestéis: tengo suficiente experiencia de la vida para penetrar vuestro secreto y no lo negaréis, seguramente, cuando os diga que vuestra enfermedad es de amor. Yo os puedo curar si me decís el nombre de la afortunada (…). He venido con el exclusivo objeto de curaros. Espero que no rehuséis mis servicios”.

Lástima que, una vez concertada la primera cita, para que lo acicalase, el joven llamara a un barbero que era también médico, astrólogo, alquimista, gramático, retórico, matemático, lógico, historiador, poeta, novelista, además de filósofo, arquitecto y abogado. Con tantos títulos nada podía salir bien.

 

 

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Gustav Aschenbach, autor de obras tan memorables como “Federico de Prusia”, el gran ciclo novelesco titulado “Maya” y “Un miserable”, ese gran relato alabado por todos, que lo situaban en la cúspide de la literatura, Gustav Aschenbach, al que, desde que cumplió los cincuenta años se le conocía como Gustav von Aschenbach, salió a dar un paseo, durante el que encontró a un hombre flaco, de nariz extrañamente roma y de piel lechosa.

Este lo miró tan fija y descaradamente que lo obligó, a su pesar, a desviar la vista. Lo cual fue considerado por el aclamado escritor una concesión humillante. Incluso una derrota. Eso significaba que el otro era más fuerte.

Esa penosa experiencia le había ocurrido a él, que vivía en soledad, dedicado en cuerpo y alma al arte, que llevaba una vida milimétrica, que había hecho tantos sacrificios.

El incidente le produjo desasosiego. Tuvo la fatídica virtud de espolear sueños adormecidos. Más aún, sueños que él, ingenuamente, creía liquidados.

Habiendo apostado por la disciplina, por levantarse temprano, por las duchas frías, de pronto lo atenazaba el desenfreno, en forma de exotismos, de voluptuosidades, de fantaseos en los que recorría lejanas regiones de costumbres extrañas y fragancias irrespirables.

O estaba en un extremo o en otro. La reconciliación de los contrarios era un cuento más. Hablar de síntesis era otra mentira, otro discurso de cara a la galería.

Algo se había removido en su interior. Un mundo de sensaciones le hacía guiños como una cortesana tumbada indolentemente en un diván. Una fiera había levantado una mano y lanzado al aire varios zarpazos.

Aschenbach no achacó esta reacción que lo dejó confuso, a las vindicaciones de los deseos insatisfechos, a la vida no vivida que se rebelaba, sino a un exceso de trabajo, al “surmenage”. Las únicas exigencias que reconocía eran aquellas a las que él mismo se tenía sometido.

Le llevó un tiempo comprender que el hombre del Cementerio del Norte sólo había apartado un velo. O quizá sería más exacto decir que había abierto una compuerta por la que un río impetuoso había irrumpido.

El imperativo de producir, la rutina, los pequeños placeres cotidianos se tornaron mortalmente inanes. Por arte de birlibirloque se vaciaron de significado, quedando reducidos a un armazón absurdo cuya contemplación deprimía.

Desde la plataforma del tranvía que lo llevaba de regreso a la ciudad, Aschenbach trató de localizar al hombre de nariz corta y achatada y dientes largos y blancos que sobresalían en el centro. Pero esa visión, que calificó de cómica, se había esfumado.

Tras cumplir su cometido, el hombre flaco y sin barba que, desde luego, no era un bávaro, había desaparecido. Y cuando más tarde, ya en Venecia, su presencia es un hecho interno, como delatan los escalofríos que recorren al laureado autor, y externo, como anuncian las intensas vaharadas de fenol, Aschenbach, que en Múnich respondió a su llamada, ahora ignorará esos signos. Inmerso en la turbulencia tan tenazmente combatida, ahora se inhibirá.

“Conversando un día con el peluquero –al que visitaba a menudo –, pescó al vuelo una palabra que lo desconcertó. El hombre le estaba hablando de una familia alemana que acababa de partir tras una breve estancia, e impulsado por su garrulería, añadió en tono zalamero:

-Pero usted se queda, señor. El mal no le da miedo.

Aschenbach lo miró y repitió:

-¿El mal?

El parlanchín enmudeció, se hizo el ocupado e ignoró la pregunta. Pero viendo que se la planteaban con más insistencia, declaró no estar al tanto de nada e intentó, con abochornada elocuencia, desviar la conversación”.

 

 

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Al igual que en la primera parte, en la segunda casi cada capítulo empieza con la correspondiente digresión a propósito de las mujeres, el amor, el matrimonio, la justicia…, e incluso lo invierte prácticamente completo en el desarrollo de uno de esos temas.

Estas largas elucubraciones que lastran el relato, ofrecen perspicaces apuntes sociales y psicológicos de innegable vigencia. La naturaleza humana es la misma entonces y ahora.

El tono didáctico y moralizante, que puede repeler, está justificado en parte por el hecho de que es el protagonista quien cuenta los vaivenes de su vida, la cual dista de ser ejemplar. Pero él se atreve a contarla.

En los últimos capítulos la novela gana en agilidad. Son los concernientes a los dos casamientos de Guzmán, su regreso a Sevilla, su condena a galeras y su liberación en un estado de ánimo que, tras las rigurosas penalidades sufridas, hace suponer un cambio de vida.

Pautas de Guzmán a la hora de actuar:

“Y porque quien da más voces tiene más justicia y vence las más veces con ellas, yo daba tantas que no le dejaba hablar y, si hablaba, que no le oyesen (…).”

“No le dejé hacer baza; quise ganar por la mano acreditando mi mentira porque no encaje su verdad. Que el oído del hombre, contrayendo matrimonio de presente con la primera palabra que le dan, tarde la repudia, con ella se queda. Son las demás concubinas, van de paso, no se asientan”.

A propósito de la riqueza:

“Que ninguno se afrente de tener por pariente a un rico, aunque sea vicioso. Todos huyen del virtuoso si hiede a pobre. La riqueza es como el fuego que, aunque asiste en lugar diferente, cuantos a él se acercan se calientan, aunque no saquen brasa, y a más fuego más calor”.

“Digo que tener compadres escribanos es conforme al dinero con que cada uno pleitea; que en robar a ojos vistas tienen algunos el alma de gitano y harán de la justicia el juego de pasa pasa, poniéndola en el lugar que se les antojare, sin que las partes lo puedan impedir ni los letrados lo sepan defender ni el juez juzgar”.

La filosofía desengañada del pícaro:

“Mira, hermano, que se acaba la farsa y eres lo que yo y todos somos uno. Así se avientan algunos como si en su vientre pudiesen sorber la mar y se divierten como si fuesen eternos y se entronizan como si la muerte no los hubiese de humillar”.

 

 

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En el Guzmán de Alfarache hay un exceso de disquisiciones, como queda de manifiesto si se compara esta novela picaresca con el Lazarillo de Tormes, tan desnuda e implacablemente eficaz en la exposición de las andanzas de su antihéroe.

Si a esa abundancia de divagaciones se añaden las historias intercaladas, que, a propósito del Quijote, Unamuno califica de impertinencias, la lectura del libro se resiente. Por supuesto, uno puede saltarse esas narraciones que el escritor cuela de matute.

Mientras que en el Lazarillo asistimos a las desventuras mondas y lirondas del protagonista, a las que el anónimo autor ni quita ni pone nada, Mateo Alemán las entierra a menudo en prolijas consideraciones cargadas de razón, en largos discursos dictados por la amarga experiencia, que buscan el asentimiento del lector, o eso parece.

Dicho esto, hay que apresurarse a añadir que Guzmán vive la misma vida verdadera que su compadre Lázaro o su comadre Celestina.

Desde la tortilla con huevos empollados que comió en una mala venta al poco tiempo de partir de Sevilla hasta su entrada como gracioso en casa del embajador francés, episodio con que finaliza la primera parte de la obra, Guzmán, un personaje de carne y hueso, se sitúa por encima de las peroratas.

Esta fue la ciudad que abandonó para conocer mundo y probar fortuna:

“Sevilla era bien acomodada para cualquier granjería y tanto se lleve a vender como se compra, porque hay mercantes para todo. Es patria común, dehesa franca, ñudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la tiene”.

Esto dice de él:

“Yo fui desgraciado (…): quedé solo, sin árbol que me hiciese sombra, los trabajos acuestas, la carga pesada, las fuerzas flacas, la obligación mucha, la facultad poca. Ved si un mozo como yo, que ya galleaba, fuera justo con tan honradas partes estimarse en algo”.

Y esta fue la decisión que tomó:

“El mejor medio que hallé fue probar la mano para salir de miseria, dejando mi madre y tierra. Hícelo así; y para no ser conocido no me quise valer del apellido de mi padre; púseme el Guzmán de mi madre, y Alfarache de la heredad donde tuve mi principio. Con esto salí a ver mundo, peregrinando por él, encomendándome a Dios y buenas gentes en quien hice confianza”.

 

 

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De niños nos conquistó la musicalidad de la Marcha Triunfal:

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
¡La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!

Y la de la no menos épica Salutación del Optimista:

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!

El nicaragüense era un seductor que nos enseñó a amar la literatura. Su rey con

un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día,
y un rebaño de elefantes,
un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú
y una gentil princesita,

nos introdujo en un mundo presidido por la imaginación y el ritmo. En esos dos campos Rubén Darío era un maestro. Así que leímos y recitamos a menudo sus versos. Era un placer memorizarlos y escanciarlos en público o delante del espejo.
“Azul”, “Prosas profanas”, “Cantos de vida y de esperanza”, todos sus libros nos cautivaron. En ellos aprendimos a contar sílabas poéticas marcándolas con los dedos sobre la mesa. Ahí está el origen de nuestro gusto por los heptasílabos y los alejandrinos.

Hemos oído que al autor de “Poema de otoño” lo acusaban de ripioso. Nosotros, que nunca renegaremos de él, lo consideramos simplemente unas veces más sublime que otras.

Desde nuestra lealtad infantil nos parece que Rubén Darío ha acogido todo en su obra. En el largo poema “Coloquio de los centauros” esos caballos medio humanos o esos hombres medio equinos conversan, entre otros temas, de la muerte. Dice Medón:

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella;
en su rostro hay la gracia de la núbil doncella
y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
y en su diestra una copa con agua del olvido.
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

También habla de sus temores cara al futuro. En el poema “Los cisnes” expresa una premonición que no se está cumpliendo, aunque los números de las diferentes fuentes no coinciden. Se pregunta el poeta:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?

Según Wikipedia el idioma más hablado es el chino mandarín, seguido del inglés y del español. Para Babbel, el segundo es el español y el tercero el inglés.

Y en el “Poema de otoño” aborda el tema del “carpe diem” en inspirados versos que insuflan nueva sabia a ese tópico insumergible:

Cojamos la flor del instante;
¡la melodía
de la mágica alondra cante
la miel del día!

(…)

Gozad del sol, de la pagana
luz de sus fuegos;
gozad del sol, porque mañana
estaréis ciegos.

(…)

Vive el bíblico Adán robusto,
de sangre humana,
y aún siente nuestra lengua el gusto
de la manzana.

 

 

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Hay escritores oceánicos, como Proust, en cuya obra uno puede perderse, sentirse desbordado y obligado a reconocer que no tiene límites, de ahí el riesgo de la saturación e incluso del ahogamiento. Y hay otra categoría, a la que pertenecen Shakespeare y Cervantes, que fueron además contemporáneos, muriendo ambos el mismo año de 1616, que son inagotables, cuya producción resiste innumerables lecturas, encontrándose siempre en cada una de ella nuevas perspectivas y respuestas.

Apelar a la genialidad del autor es un expediente no falso pero sí fácil. En el caso de Cervantes, como en el de los otros autores citados, nadie duda de su extraordinaria capacidad expresiva, pero habría que destacar también algunas circunstancias específicas.

La primera de ellas es la época que le tocó vivir. Calificarla de sectaria e intransigente es hacer una caracterización aplicable a muchas etapas históricas. No hay un rechazo explícito de ella en los libros de Cervantes ni una reconvención más o menos acre como ocurre en “La Celestina”. Pero hay una tasación y un distanciamiento crítico, como no podía ser de otra manera.

Hay tres hitos recogidos en todas las biografías del escritor de Alcalá de Henares que marcaron su trayectoria vital y literaria: su viaje a Italia, su participación en la batalla de Lepanto y el cautiverio de Argel.

Su origen cristiano nuevo forzaría a Cervantes a una sobreadaptación en una sociedad tan estirada como la española del siglo XVII (Jean Canavaggio cuestiona, por cierto, su ascendencia judía).

Siempre que hay un trasfondo de temor y de acusaciones, se genera una proyección social tendente a acallar, neutralizar o superponerse a esos peligrosos rumores. El escritor se camufla en su obra por razones de supervivencia, pero está en ella. Y en la de Cervantes no sólo está él sino su época.

Su camaleonismo ha sido una puerta abierta por la que han entrado los hombres, las mujeres y los animales que pueblan su universo literario. Ese esfumado ha sido la pasarela por la que han desfilado desde don Quijote y Sancho a Preciosa, desde Rinconete y Cortadillo al licenciado Vidriera.

-o-

El licenciado Vidriera plantea grandes similitudes con don Quijote. Ambos componen un personaje tipo cervantino.

Tomás Rodaja, a causa de una extraña locura, se cree de vidrio. Ese estatus le da pie a ejercer la crítica social de la que pocos se libran. Mujeres sensibleras, maridos abandonados o no, muchachos rebeldes, maestros de escuela, poetas, pintores, libreros, pregoneros, boticarios, médicos, jueces, escribanos, alguaciles, sastres, zapateros, comediantes…oyen lo que tiene que decirles, que no es lo que ellos quieren oír.

El licenciado Vidriera habla sin pelos en la lengua, libertad que comparte con niños y borrachos.

Cuando un religioso de la orden de San Jerónimo le restituye la cordura, la sociedad a la que él dijo las verdades del barquero, a la que puso en la picota, lo rechazará. No le valdrá cambiar de nombre (licenciado Rueda) para ser aceptado. Nada le servirá y, para evitar morirse de hambre, tendrá que irse a Flandes donde morirá como soldado.

Esta es la confesión pública que hizo repetidas veces para ser readmitido, y que suena como un eco de las palabras de don Quijote, convertido de nuevo en Alonso Quijano, en su lecho de muerte.

“Señores, yo soy el licenciado Vidriera, pero no el que solía: soy ahora el licenciado Rueda; sucesos y desgracias que acontecen en el mundo, por permisión del cielo, me quitaron el juicio, y las misericordias de Dios me le han vuelto. Por las cosas que dicen que dije cuando loco, podéis considerar las que diré y haré cuando cuerdo. Yo soy graduado en leyes por Salamanca, adonde estudié con pobreza y adonde llevé segundo en licencias: de do se puede inferir que más la virtud que el favor me dio el grado que tengo. Aquí he venido a este gran mar de la Corte para abogar y ganar la vida; pero si no me dejáis, habré venido a bogar y granjear la muerte. Por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado”.

 

 

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