Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Cuentos’ Category

                                           II
Llegó a pensar que tal vez no fuese una buena idea llevarse una pintura tan lúgubre a un lugar tan solitario, donde además suponía no le sería necesaria. Allí estaría en contacto con la naturaleza viva, de efectos benéficos similares o superiores.
Hubo momentos en que dudó, en que consideró un error decorar la casita de la huerta, tan luminosa, enclavada a orillas del río Tremedal, con ese lienzo que ni siquiera era original.
Pero desechó sus reparos argumentando que, por contraste con el entorno, el cuadro podía adquirir nuevos significados. Incluso le pareció una travesura. Una broma que se gastaba a sí mismo.
Él iba al encuentro de su propia naturaleza, la que había aflorado en su infancia, y que más tarde había arrinconado, ignorado o ajustado a las expectativas sociales.
Aparte de su trabajo de programador informático que seguiría realizando desde la huerta, la lectura sería su principal actividad.
De hecho, los libros tenían para él más peso que la propia realidad, eran un mundo en que se sentía a gusto, pues le permitían la suficiente distanciación para sopesar y comprender los pros y los contras de las acciones humanas, de suyo tan impredecibles y contradictorias.
Un buen libro, qué duda cabía, era preferible a una conversación anodina. El primero dejaba tras sí una estela de satisfacción, un regusto placentero, la certidumbre de un aporte de sabiduría, mientras que la segunda, si no caía inmediatamente en el olvido, quedaba flotando como una nube de humo acre.
Los diálogos imaginarios con los autores habían ido desplazando a los diálogos de sordos que normalmente se entablan con los demás, sobre todo, como tenía comprobado, con los supuestos amigos y con la familia.
La autenticidad de la lectura era superior a la de las otras parcelas del mundo real.
A esta ocupación había que sumar los sueños. La lectura era la tierra de la que brotaban por encanto, era su caldo de cultivo. Leer y soñar eran actividades inextricablemente unidas, superpuestas, imbricadas como las tejas de un tejado. Leer y soñar eran vasos comunicantes que se alimentaban recíprocamente.
Un libro era una ocasión de soñar de la misma forma que un sueño abocaba a un bosquejo mental, el cual podía ser el embrión de otro libro o de cualquier otro proyecto.
Ésta fue otra de las razones de su retiro. En su interior, espontáneamente, había ido cobrando forma el deseo de escribir, de pergeñar su propio universo. Como les había ocurrido a tantos antes y les seguiría ocurriendo después que a él, quiso dejar constancia por escrito de lo que bullía en su cabeza y en su corazón. Quiso modelar sus sueños, trazar los planos de las ciudades que se perfilaban en su horizonte mental.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                            I
El cansancio acumulado tocó techo. El vaso rebosó. “Hasta aquí hemos llegado” se dijo.
Miró el lema que había colocado en un lugar bien visible, y pensó que había llegado la hora de coger la cartulina, donde había escrito la máxima con tinta china de color negro, y tirarla.
La máxima que había presidido sus días y que había regido sus actos, había ido a buscarla en un maestro estoico, en Epicteto.
“Sustine et abstine”. Pertrechado con este pensamiento había decidido hacer frente a los avatares de la vida, a las peripecias del destino, a las tribulaciones, a los contratiempos, al inevitable desgaste cotidiano.
Descubrió, no de pronto, sino paulatinamente, sin proponérselo, que esa filosofía no era la suya, que no le interesaba ni le servía. Decidió dar un paso más, aunque no tenía claro si con la intención de sobrepasar esa doctrina y profundizar más en la tierra incógnita que es el ser humano, o si con la de regresar a la inconsciencia de un hedonismo existencial que él sabía reñido con su carácter.
Ciertamente no había en él un espíritu de voluptuosidad. Sin sentirse un asceta, la soledad le atraía. O, para ser exacto, le atraía vivir apartado de sus semejantes, cuyo trato se le hacía cada vez más penoso, provocándole a menudo un disgusto que, como carecía de aptitudes escénicas, no podía disimular.
No veía ningún motivo para perder su tiempo en conversaciones banales o en otros intercambios sociales igualmente lesivos. Cuando se preguntaba por qué se seguía prestando a ese juego, no había respuesta sino rebelión.
Si se trataba de ocupar el tiempo, prefería hacerlo a su manera, en función de sus propios intereses, invirtiéndolo en actividades que le reportasen satisfacción o tranquilidad. O en nada, en el caso de que fuera capaz de dedicarse a la mera contemplación.
El objetivo era liberarse de la insustancialidad y de la ofuscación de la vida en sociedad. Éstos eran los rasgos que, según él, la caracterizaban. No más reuniones ni encuentros de los que volvía irritado o jaquecoso. Se había hartado de soportar y, puesto que ya se abstenía cada vez menos y reaccionaba de una u otra manera, también de intervenir impulsado por un prurito de hacer valer su opinión.
Cuando dejó el piso para irse a vivir a la huerta que había comprado en Las Hilandarias, se llevó con él, aparte de sus dos ordenadores, sus libros, sus ropas y sus pertenencias personales, un solo objeto: el cuadro que colgaba en una de las paredes de su despacho. Una naturaleza muerta cuyo principal elemento era una calavera que imantaba la mirada, como si su descarnada forma fuese la materialización de un misterioso ideal de belleza, como si ella sola ocupase la mesa cubierta por un paño de terciopelo granate.
Este recordatorio de la vanidad humana, obra de un maestro flamenco anónimo, lo ayudaba a centrarse, a recuperar el equilibrio, a serenarse.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Llegó a pensar que tal vez no fuese una buena idea llevarse una pintura tan lúgubre a un lugar tan solitario, donde además suponía no le sería necesaria. Allí estaría en contacto con la naturaleza viva, de efectos benéficos similares o superiores.
Hubo momentos en que dudó, en que consideró un error decorar la casita de la huerta, tan luminosa, enclavada a orillas del río Tremedal, con ese lienzo que ni siquiera era original.
Pero desechó sus reparos argumentando que, por contraste con el entorno, el cuadro podía adquirir nuevos significados. Incluso le pareció una travesura. Una broma que se gastaba a sí mismo.
Él iba al encuentro de su propia naturaleza, la que había aflorado en su infancia, y que más tarde había arrinconado, ignorado o ajustado a las expectativas sociales.
Aparte de su trabajo de programador informático que seguiría realizando desde la huerta, la lectura sería su principal actividad.
De hecho, los libros tenían para él más peso que la propia realidad, eran un mundo en que se sentía a gusto, pues le permitían la suficiente distanciación para sopesar y comprender los pros y los contras de las acciones humanas, de suyo tan impredecibles y contradictorias.
Un buen libro, qué duda cabía, era preferible a una conversación anodina. El primero dejaba tras sí una estela de satisfacción, un regusto placentero, la certidumbre de un aporte de sabiduría, mientras que la segunda, si no caía inmediatamente en el olvido, quedaba flotando como una nube de humo acre.
Los diálogos imaginarios con los autores habían ido desplazando a los diálogos de sordos que normalmente se entablan con los demás, sobre todo, como tenía comprobado, con los supuestos amigos y con la familia.
La autenticidad de la lectura era superior a la de las otras parcelas del mundo real.
A esta ocupación había que sumar los sueños. La lectura era la tierra de la que brotaban por encanto, era su caldo de cultivo. Leer y soñar eran actividades inextricablemente unidas, superpuestas, imbricadas como las tejas de un tejado. Leer y soñar eran vasos comunicantes que se alimentaban recíprocamente.
Un libro era una ocasión de soñar de la misma forma que un sueño abocaba a un bosquejo mental, el cual podía ser el embrión de otro libro o de cualquier otro proyecto.
Ésta fue otra de las razones de su retiro. En su interior, espontáneamente, había ido cobrando forma el deseo de escribir, de pergeñar su propio universo. Como les había ocurrido a tantos antes y les seguiría ocurriendo después que a él, quiso dejar constancia por escrito de lo que bullía en su cabeza y en su corazón. Quiso modelar sus sueños, trazar los planos de las ciudades que se perfilaban en su horizonte mental.

III
Antes de que se produjera el asalto a la casa de la huerta, Javier había entrevisto en el piso de Sevilla una figura incorpórea al anochecer.
Se había explicado ese fenómeno como el resultado de la conjunción de la hora crepuscular, del cansancio y de las sombras que proyectaban los muebles. O sea, como un producto de su imaginación.
Cuando se acercaba a ese fantasma, éste se esfumaba. Cuando encendía la luz, no descubría nada.
No obstante, al regresar del trabajo, inspeccionaba el piso para comprobar que esa invención suya no lo estaba aguardando como una fiel esposa.
En los meses que precedieron a su instalación en la casa del río, durante los cuales estuvo ocupado reformándola y viajando a menudo al pueblo, esa silueta nebulosa desapareció por completo.
No era la primera vez que a Javier le ocurría esto. Recordaba episodios similares, en otros momentos y lugares, en los que había atisbado esa forma evanescente y blanquecina. Su racionalismo se apresuraba a etiquetarla de imagen intrusa procedente del mundo de las supersticiones.
Ese fantasma de sábana ondulante y contorno impreciso, cuyo perfil en la oscuridad recordaba las líneas helicoidales de un chorreón de leche en una taza de café, se ocultaba pero regresaba siempre, como si estuviese empeñado en que le otorgasen carta de ciudadanía.
Pacientemente agazapado, ese espectro parecía a la espera de hacer valer sus derechos o de cobrar Dios sabe qué atrasos.

IV
Había tres huertas consecutivas. Fue la tercera, la que estaba más alejada, la que se adentraba más en el monte, la que tenía la casa más cerca de la orilla del río, cuyo murmullo se escuchaba como una apaciguadora música de fondo, fue ésa la que más le gustó y fue ésa precisamente la que estaba disponible.
La propiedad se adecuaba tanto a sus expectativas que cambió de idea y, tras sumar sus ahorros y el dinero que obtendría por la venta del piso, pensó en comprar en vez de alquilar.
No actuó con astucia, mostró excesivo interés. Álvarez, el dueño, percatándose de ello, jugó esa baza.
Javier creyó que el trato se cerraría pronto, pero recibió una llamada de teléfono de Álvarez, el cual le contó una historia en relación con el cariño que su mujer le tenía a la huerta, y la pena que le daba desprenderse de ella. Ladinamente afirmó que tal vez no vendería, que necesitaba reflexionar.
El resultado fue que el precio subió. Javier regateó alegando que la casa no se encontraba en buen estado, que para vivir en ella había que hacer arreglos y mejoras. Pero la pesadumbre de la mujer de Álvarez sólo se mitigaba, que no desaparecía porque eso era imposible, con un buen fajo de billetes.
Javier hizo nuevos cálculos y acabó pasando por el aro. En lugar de contratar a un albañil para que hiciera las reformas necesarias, él mismo las haría los fines de semana. Esta idea no le disgustaba, pero la habilitación de la casa llevaría más tiempo del previsto. Y aun así, para determinadas tareas, tendría que llamar a un obrero cualificado.
La casita, compuesta por una habitación central con chimenea, un dormitorio, una cocina alargada y estrecha con una puerta a la parte trasera, y un pequeño cuarto de baño, quedó tan acogedora que Javier dio por bien empleados el dinero y el trabajo invertidos en ella.
Se acercaba la hora del traslado y la noche de la inauguración, la primera noche formal que pasaría en la casa de la huerta. No era, por supuesto, la primera. Anteriormente, obligado por las circunstancias, se había quedado a dormir en medio de las herramientas, los sacos de cemento y la suciedad que conllevan las obras. Pero esas noches no contaban. Esas noches eran prolongaciones de su jornada laboral y acababa tan cansado que cerraba los ojos en cuanto se echaba en la cama.
El cuatro de noviembre, aspirando el olor a tierra mojada tras las recientes lluvias, Javier recorrió el camino que discurría entre olivos, y del que partía otro en declive hasta la huerta.
Bajó la cuesta, se detuvo ante la cancela y la abrió. Una vez dentro, volvió a cerrarla corriendo el cerrojo y echando el candado.
Aparcó el coche en el rellano que había al lado de la casa, junto a las pitas de las que emergía un alto bohordo, un estilizado candelabro vegetal de numerosos brazos.
Las tardes otoñales eran cortas y ésta lo sería más, pues el cielo estaba nublado. De vez en cuando caían cuatro gotas. La noche, que tan profunda era en el monte, prometía ser lluviosa y negra como la tinta.
Para la cena había traído una botella de rioja que descorcharía para celebrar el estreno de la casa. Un tinto de color cereza y destellos de rubí con el que brindaría por su nueva vida.

V
A Javier le pareció que la claridad diurna se apagaba más aprisa. Salió fuera y contempló cómo la oscuridad se tragaba los árboles y el cauce por donde corría el Tremedal. Las densas sombras fueron invadiendo los bancales de hortalizas y cercando la casa, que destacaba como único núcleo luminoso.
Pensó absurdamente que la noche manifestaba un acuciante deseo de apoderarse del mundo.
El tiempo había empeorado. Empezó a lloviznar, pero esas pocas gotas no lo decidieron a entrar en la casa.
Permaneció bajo la parra recién podada, sintiendo el agua en el rostro, hasta que arreció y tuvo que refugiarse para no acabar empapado.
Cerró la puerta y echó el cerrojo. Se quedó mirando la habitación en la que pasaría la mayor parte del tiempo, donde trabajaría, comería, leería, escribiría…
Se quedó allí un rato, oyendo el repiqueteo de la lluvia cada vez más sonoro, en un estado de ánimo difícil de precisar.
La naturaleza muerta estaba en el testero de en frente, a la izquierda de la chimenea. Era lo primero que se descubría al entrar. Álvarez, cuando la vio un día que vino a hablar con Javier de la explotación y cuidado de la huerta, se paró en seco e hizo un gesto con la cara que evidenciaba su rechazo. “¿No te gusta?” le preguntó Javier. “Me gustan las pinturas más alegres” respondió.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Javier. La palmatoria del cuadro, que reposaba sobre dos viejos infolios, se había encendido. Una llamita parpadeante coronaba el cabo de vela casi consumido, cuyos chorreones solidificados bajaban hasta el platillo.
A Javier se le puso la carne de gallina cuando observó cómo la calavera, colocada de medio perfil sobre el paño de terciopelo escarlata, cambiaba de posición. Giró lentamente hasta enfilar con sus cuencas vacías, con esos profundos cuévanos que los arcos superciliares aureolaban de malignidad, al aterrado espectador.
La mirada de esos dos agujeros descarnados que por momentos parecían agrandarse, anonadó a Javier.
La nariz corroída por el tiempo, las apretadas mandíbulas en las que no faltaba un diente, el abovedado hueso frontal quedaron anulados. Sólo existían esos dos pozos o túneles que se perdían en la negrura de una sima insondable.
Haciendo un esfuerzo, Javier se sustrajo a la atracción de ese abismo. Comprobó que el reloj de arena, situado a la izquierda del cráneo, que ocupaba el centro de la composición, funcionaba.
Un silencioso chorrito caía de la ampolla superior a la inferior, donde empezó a formarse un montículo que fue ganando altura.
Tragando saliva, Javier advirtió que algo bullía en el interior de la calavera. A través de las órbitas percibió movimientos, remolinos, cambios de densidad de las tinieblas.
Por las cuencas, una tras otra, empezaron a salir libélulas de alas largas y estrechas, cuya cabeza era una reproducción de la calavera. Revoloteaban sin posarse en ningún sitio, dejando tras ellas un rastro fosforescente amarillento, anaranjado, rojizo.
A estos insectos sucedieron enjambres de rechonchas y marrones polillas, tras los que salieron bandadas de escarabajos negros y verdes de brillo metálico, con pinzas y cuernos. Luego aparecieron unos caracoles con antenas provistas de ojos incoloros e inquisidores. Estos moluscos, reptando por los pómulos y las mandíbulas de la calavera, bajaron primero al tapete de terciopelo y luego, en fila india por las patas de la mesa, al suelo, donde se desparramaron husmeando por todos los rincones.
Javier se dijo que estaba sufriendo una alucinación. Esos bichos no eran reales. Ninguno lo había rozado. Aunque él no estaba dispuesto a alargar la mano para tocarlos y comprobar su autenticidad, concluyó que ese ajetreo infernal era un espejismo. Algo que había comido le había sentado mal. Un desarreglo orgánico era, sin duda, la causa de esas delirantes percepciones.
Los caracoles se habían ido congregando a su alrededor, con sus acuosos ojos fijos en él. Las libélulas le dirigían muecas malévolas. Unas y otros parecían burlarse de su intento de encontrar una explicación coherente.
De las cuencas de la calavera seguían saliendo sabandijas peludas, aladas, de colores biliosos, con trompas, crestas, coseletes, cascos, enhiestos aguijones. Volando, arrastrándose, saltando, invadían el suelo, el techo, las paredes, el aire, entremezclándose, multiplicándose exponencialmente, convirtiendo la habitación en una ciudad superpoblada en la que pronto no cabría un alfiler.
Enterrado en ese maremágnum, Javier sintió que se asfixiaba. Esa proliferación de bichos cada vez más densa no sólo le estaba robando el oxígeno, sino que lo estaba hundiendo en esa oscuridad ultraterrena, en esa inconcebible nada de la que habían surgido.
Para repeler a ese ejército maligno se necesitaba una fe de la que él carecía. Pero si no podía derrotarlo, al menos moriría luchando. Su tambaleante cordura le estaba dictando una acción desesperada.
Cerró los ojos y, atravesando ese muro bullente, ese hervidero espeso, esa zoología demoniaca, se dirigió al cuadro. Lo descolgó. Volvió sobre sus pasos y descorrió el cerrojo. Abrió la puerta y tiró el bodegón lo más lejos que pudo.

VI
Todo había sido un espejismo, una broma macabra de su imaginación. Se había dejado asustar por ridículas visiones propiciadas por la fatiga mental o por una alteración orgánica.
Recordó que en el pueblo, donde él no había puesto los pies, había andancia. Álvarez le había comentado que el virus afectaba a las vías respiratorias o al aparato digestivo, provocando en ambos casos fiebres altas.
Y después estaba el desencadenante de ese lamentable episodio, ese dichoso cuadro que no tenía que haber traído, que tenía que haberse quedado en Sevilla, que tenía que haber vendido o regalado.
Vida nueva, decorado nuevo. Había sido una equivocación no deshacerse de ese elemento de su pasado que, en una reacción natural, hizo arrugar la nariz al ex propietario de la huerta.
Fue a beber agua a la cocina. Se le habían quitado las ganas de descorchar la botella de rioja. Pensó en preparase algo de comer. Algo ligero. No tenía hambre.
Abrió el frigorífico. Estaba dudando entre coger dos huevos para hacer una tortilla o el tetrabrik de caldo, cuando oyó arañazos en la puerta que daba a la parte trasera.
La madera crujía como si alguien la estuviese presionado, como si alguien quisiera entrar.
Se acercó a la ventana que había encima del fregadero. Se oyeron golpes en la puerta principal.
Apartó la cortina a cuadros azules y miró a través del cristal surcado de innumerables regueros de agua.
No vio nada. Acercó más la cara y, del otro lado, una enorme cabeza de perro hizo otro tanto, quedando ambas frente a frente. El animal aulló y, alzando una mano humana, señaló la puerta.
El gesto negativo de Javier, igual que su súbito retroceso, fue automático. El cinocéfalo enseñó los dientes en un largo gruñido. Luego empezó a ladrar cada vez más fuerte, como si le estuviese soltando una reprimenda al hombre.
Javier echó la cortina y regresó a la habitación de la chimenea, que tenía dos ventanas, una al emparrado y otra al camino.
Seguían aporreando la puerta. Agarrados a los barrotes de la reja vio a unos seres monstruosos que le hacían señas.
En la ventana de la izquierda había hombres con un solo ojo en la frente. En la otra, criaturas sin cabeza se peleaban con otras que tenían varios brazos para hacerse sitio.
Esas abominaciones cercaban la casa. Esos monstruos querían entrar. Sus golpes y gritos se superpusieron al ruido de la lluvia.
Javier no cedió. Al cabo de un buen rato se oyó de nuevo el sonsonete del agua.
Encendió la luz exterior y miró a través de la ventana. Junto a la puerta sólo quedaba un grupo de hombres con ojos en los hombros y la nariz y la boca en el pecho.
Tenían metidos los pies en un lodazal en el que poco a poco fueron disolviéndose.
Javier se dejó caer en el sillón, frente a la chimenea apagada. Ésta era su primera noche oficial en la casa de la huerta. Su primera noche de vida retirada y centrada en el trabajo, los libros y los paseos por el monte. De vida en la que las relaciones con los demás se reducirían al mínimo indispensable.
Prudentemente había acordado con Álvarez que siguiese explotando la huerta, a cambio de tenerla cuidada y de suministrar a Javier las frutas y verduras que le fueran necesarias. Su concepto de vida de ermitaño no incluía coger el azadón y el rastrillo.
Su primera noche había sido una caída en picado que socavaba los cimientos de sus facultades mentales. Esos sueños aterradores, esas alucinaciones, lo llevaron a preguntarse si podría resistir.
Pasó el resto de la noche en vela, sentado en el sillón, con el temor de sufrir un nuevo ataque.
Cuando las grises luces de un cielo encapotado anunciaron un nuevo día, Javier se levantó y abrió la puerta. El suelo de ladrillos estaba limpio, baldeado a conciencia por la intensa lluvia.
La noche se diluía en un amanecer brumoso, perfilándose un mundo de colores apagados, un mundo confuso, carente de nitidez y límites.
Fue al cuarto de baño. Antes de enjuagarse la cara, se miró en el espejo que le reflejó sus ojos enrojecidos, su palidez, su cansancio.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

La corneja

13 de abril de 2013 063Por la mañana procuro salir temprano para no verla posada en uno de los árboles de la plazoleta o dando ridículos saltitos en mitad de la calle. Pero esta estrategia no siempre funciona y, a pesar de mis precauciones, se produce el encuentro.
A veces tengo la impresión de que surge de la noche, de una profundidad tenebrosa de la que se ha evadido para aguarles la fiesta a los pobres humanos. Y no lo digo por el color de sus plumas que no es negro sino grisáceo.
Si este incidente ocurre a mi vuelta del trabajo, cuando vengo cansado y sin ganas de nada, mi restablecimiento anímico es más difícil. Su imagen se me queda grabada en la mente y, por más que quiera, no logro borrarla. Ya sé que es un hecho psicológico que mientras más te esfuerzas en olvidar algo, más se afianza en la memoria. Lo tengo comprobado: uno olvida lo que no quiere olvidar y recuerda lo que quiere olvidar.
Es verdad que ella no mira a nadie, como si estuviese por encima de todos, como si fuese un ser superior que no se digna prestar atención a quien pasa a su lado, a quien, si se lo propusiera, le podría dar una buena patada y estrellarla contra un banco.
Su presencia es un mal presagio que inocula la inquietud y el malestar. Uno no puede evitar preguntarse qué desgracia va a pasar, qué mala noticia va a recibir, qué revés le aguarda.
En la plazoleta se la ve en compañía de una graja presuntuosa, de pico rojo y uñas negruzcas, con la que aparentemente hace buenas migas, aunque no soy yo el único que ha detectado rivalidad entre ambas.
Graznan sin mirarse, como si mantuviesen un diálogo de sordos y es probable que así sea, que cada una vaya a lo suyo sin importarle lo que la otra esté diciendo. La corneja intenta agradar, congraciarse con la otra, a la que, por alguna razón, seguramente por su mayor envergadura, considera más señora.
Las dos hacen alarde de recato y buenas maneras. Sus roncos graznidos se mantienen en un tono discreto, que en nada se parecen a los que emiten cuando revolotean solas. Pero entre ellas guardan las distancias. Se diría que no paran de estudiarse mutuamente.
¿Cómo puede ese bicho – me pregunta desazonada mi vecina de abajo tras cruzarse con la corneja – tener el inaudito poder de hacerte sentir incómoda, incluso violenta? Le respondo que no lo sé. Pero desde luego corroboro su opinión. Esa corneja es, sin duda, un pájaro de mal agüero.
Hablando con esta vecina y otras personas hemos llegado a la conclusión de que ese avechucho ceniciento es vanidoso y antipático.
El vecino del segundo es categórico. Afirma que en esa corneja hay un fondo de resentimiento y de envidia. Ésa es la razón de que cree un profundo malestar a su alrededor.
Cuando pasas a su lado, no se asusta como los demás pájaros, sino que sigue abstraída, ajena, como si no viese ni oyese.
Ese comportamiento provoca el asombro de este vecino. No se explica cómo hay gente con ánimos de lanzarle puñados de pipas o un trozo de pan que ella picotea displicentemente.
Él se cuenta entre los que sienten un vivo deseo de arrear un puntapié a esa derramasolaces. Sólo lo detiene el temor de que alguien lo denuncie a la Sociedad Protectora de Animales.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

Agradezco a Salvela (http://salvela.wordpress.com/2013/12/09/el-crimen-de-porfirio/)
su invitación a participar en el concurso de relatos cortos organizado por la autora del blog Gaviotas con Amor (http://gaviotasconamor.wordpress.com/)

Éstas son las seis direcciones de los blogs a los que, a mi vez, invito a participar:

http://narracionesycuentos.wordpress.com/

http://miradab.wordpress.com/

Noticias

http://literaturageneralycomparada.wordpress.com/

http://ernestocisnerosrivera.wordpress.com/

http://desireejimenez.com/

 

Y éste es mi relato:

 

Conocí a Mauricio Monzón una despejada mañana de principios de primavera. Como me suele ocurrir en los cambios de estación, había cogido un resfriado tremendo. Estornudaba, tenía la nariz congestionada, me dolía la cabeza. Confieso que no presté atención a sus palabras. Sólo recuerdo que sus gestos y su verborrea salpicada de retóricas preguntas suscitaron en mí una mezcla de lástima y desprecio.
Si el azar no nos hubiese juntado de nuevo, habría olvidado por completo la existencia de un poeta llamado Mauricio Monzón. En esta ocasión me regaló un libro de poemas que había publicado recientemente.
Me hizo saborear “in situ” algunas de sus composiciones más logradas y me arrancó elogios que yo estaba lejos de sentir.

-o-

Después de desayunar me dirigí al despacho con la intención de preparar las lecciones de la semana próxima. No más sentarme a la mesa me percaté de que no iba a preparar nada. No obstante, estuve un rato garabateando en una cuartilla y mirando la pared de enfrente.
Finalmente me levanté y empecé a andar por la habitación. En uno de esos paseos me acerqué a la mesa, abrí uno de los cajones y saqué una carpeta azul.
Con la carpeta debajo del brazo me fui al patio, a un rincón del patio. No sabía por qué estaba haciendo eso. No podía pensar.
Los fui quemando uno a uno. El humo de los papeles ennegreció levemente los ladrillos de la pared.

-o-

Cerré la carpeta vacía y regresé al despacho. Me senté de nuevo y me puse a juguetear con la pluma que reposaba encima de la cuartilla.
Me sobresalté al comprobar que la hoja no estaba virgen. Había algo escrito. La cogí y leí:

Hay poco que decir
Soñé con la eternidad
Y olvidé darle cuerda a mi reloj

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                       VI
En el umbral de granito hay una inscripción ilegible. La madera de la puerta está carcomida. Por encima del dintel hay un ventanuco.
La pesada llave está fría. Tengo las manos húmedas cuando la introduzco en la cerradura y doy dos vueltas.
Entro y busco a tientas el interruptor. Al pasar los dedos por la pared noto la capa de polvo. Los caliches se desprenden con el roce. Es un pulsador antiguo, redondo, con una manilla que hay que girar.
El piso de tierra batida está desnivelado. Los gruesos muros están llenos de abultamientos y desconchones. Las tablas del techo y las vigas de madera forman un conjunto disparejo.
Enciendo la bombilla de la segunda habitación, que es más ancha que la primera.
La tercera, que es la mayor de todas, comunica con otra, a la izquierda. Ni una ni otra tienen luz.
Al cuarto interior se accede por un vano enmarcado. Me paro a la entrada. Poco a poco mis ojos se hacen a la oscuridad.
Formando un círculo, hay varias piedras empotradas en el suelo. Parecen rudimentarios asientos, pero no se tiene la impresión de que nadie los haya colocado allí.
Recorro la casa una y otra vez. Voy y vengo como si tuviera dolor de muelas, intranquilo, atento a cualquier ruido.
Así estuve un buen rato. Luego apagué la bombilla de la habitación de en medio pero, aun sabiendo que no debía hacerlo, mantuve encendida la otra.
En cuanto me senté en una de las piedras, que eran granulosas, perdí la noción del tiempo.
Un retumbo lejano, al que sucedieron otros, me sacó de mi enajenamiento. El piso retembló. Se oyó un trueno en las profundidades y la tierra convulsionó.
En el centro de la celda oracular empezó a abrirse una grieta de la que salía una intensa luz blanca.
Me puse en pie y me santigüé para conjurar mi espanto. Estaba tan nervioso que me embarullé. Ni siquiera podía articular la invocación a la Santísima Trinidad.
Mi torpeza no impidió que, mal que bien, hiciese la señal de la cruz sobre esa abertura cada vez más grande.
El cráter detuvo su crecimiento cuando alcanzó un metro de diámetro. Interrumpiendo mi manoteo, me dejé caer en el asiento.
El resplandor que surgía del interior de la tierra, iluminaba profusamente las paredes descascarilladas y el techo de tablas. El cuarto adquirió el aspecto ficticio de un escenario sobre el que se concentrara la luz de potentes focos.
El oráculo, que no se manifestaba siempre, y que jugaba malas pasadas, parecía dispuesto a darme una respuesta. En otras ocasiones, la boca expulsaba vapores fétidos que volvían irrespirable la atmósfera. El fulgor era rojizo. La temperatura subía velozmente convirtiendo la celda en un horno.
La claridad que surgía del pozo se eclipsó en parte, como si un objeto se hubiese interpuesto. Eso era lo que había ocurrido.
Lenta y majestuosa, ascendía una enorme cabeza que se detuvo cuando quedó a la altura de la mía.
La luz le arrancaba destellos de esmeralda. Era la cabeza de un hombre tallada en una gigantesca gema traslúcida.
Como si un impetuoso torrente de agua me hubiese inundado, me faltó el aire.
Contemplaba azorado la cabeza sin comprender su mensaje. Incapaz de descubrir su secreto, descorazonado, me cubrí la cara con las manos.
Cuando volví a mirarla, repenticé estos versos:

Del país de los muertos,
desde lo más profundo,
del color de la hierba,
surge el alma del mundo.

La cabeza osciló ligeramente e inició el descenso. El resplandor fue disminuyendo. A los pocos minutos la grieta se cerró.
 

 

Nota.-Puedes leer el relato completo en esta entrada:

Una consulta al oráculo (I)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                        V
Lo arreglé por teléfono. No se me ocurrió avisar a mi madre. No tenía la intención de visitarla y verme en el compromiso de tener que dar explicaciones engorrosas o mentir.
Sabía también que intentaría convencerme de que me quedase todo el fin de semana. Yo quería regresar a Sevilla en cuanto acabase.
Hacía un buen rato que había oscurecido. Dejé el coche en el ensanche de la Atarazana, junto al Ford Fiesta blanco de Josefito, que vive allí cerca.
Estaba irritado. Por un motivo o por otro, siempre acababa recalando en Las Hilandarias. Pero, por mucho que rezongase, tenía que rendirme a la evidencia de que aquí la realidad tenía un espesor del que carecía en cualquier otra parte. En otros lugares era como si la vida no llegase a cuajar.
Había que andar un trecho, luego girar a la izquierda a la altura del caserón de los Méndez y subir por la Costanilla hasta la Orujera.
Este barrio es el más antiguo del pueblo. Lo forma un entramado de calles mal empedradas y de trazado irregular. Las casas son achaparradas, aunque casi todas tienen soberados o camaranchones, como revelan los ventanucos superiores de sus fachadas.
Cogí por la calle Deanes, que se curva y desemboca en la plazoleta del Buen Pastor, adonde tenía que ir en primer lugar.
Antaño la molienda de la aceituna se realizaba en este barrio. Todavía se conservan algunas almazaras, con sus prensas y sus tinajas panzudas en las que se almacenaba el aceite. En la vía pública quedan restos en forma de canalillos, ennegrecidos y deteriorados, que servían de cauce al alpechín.
Mientras caminaba sin prisa, creí percibir el olor a aceitazo que, en otro tiempo, impregnó la Orujera. Tras tantos años, ¿seguían flotando en el ambiente esos efluvios densos o eran imaginaciones mías?
Me detuve a la entrada de la plazoleta del Buen Pastor, que es un espacio trapezoidal en donde confluyen tres calles. En ese rincón se acrecentaba la sensación de soledad, palpable en todo el barrio.
Casi todos sus habitantes son personas mayores que, una vez anochecido, se encierran en sus casas hasta el día siguiente.
La Orujera se está despoblando a ojos vista. Durante los meses de invierno aumentan las defunciones.
Aunque en Las Hilandarias las mujeres sobreviven a los hombres, en la Orujera esta tendencia es más acusada. De hecho, es considerado un barrio de viejas. Yo iba a hablar con una de ellas.
En el centro de la plazoleta hay un pedestal con una cruz afiligranada. Una verja cuadrangular lo rodea, delimitando un arriate donde crece la hierba.
Desde la esquina, donde estaba parado, podía ver el deslucido azulejo que decora una de las caras del pedestal. Un joven con una túnica corta de color carmesí y una aureola amarillenta lleva sobre sus hombros un cordero sujeto por las patas. En bandolera le cuelga un zurrón.
La pieza de cerámica está enmarcada en un cordoncillo azul, que es también, aunque más desvaído, el color de fondo de la composición.
A la izquierda, sobresaliendo de las techumbres de tejas morunas y de los caballetes ondulados, se alza el muro de la capilla, reforzado por dos contrafuertes.
Esta capilla fue una sinagoga, más tarde cristianizada y puesta bajo la advocación del Buen Pastor. No está situada en la plazoleta del mismo nombre, sino en una calleja cercana llamada de Tundidores.
Crucé la plazoleta y me dirigí a una de las casas que, como las otras, estaba cerrada a cal y canto. Desde el exterior no se apreciaba el más leve rastro de luz.
La aldaba de la puerta estaba envuelta en un trapo de forma que, cuando golpeé con ella, produjo un sonido apagado.
Faustina tenía el pelo blanco y estaba tan encorvada que apenas podía levantar la cabeza.
Vivía sola. Por la noche se quedaba con ella su nieta Luisa, que es con quien hablé por teléfono.
Luisa no había llegado todavía. La anciana no sabía dónde estaba ni cuándo vendría.
Aunque no hacía frío, Faustina estaba arrebujada en una toquilla negra. Metió una mano en un bolsillo de su delantal y sacó una llave de considerable tamaño, que me alargó. Luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                      IV
Me sorprendió. No esperaba que aceptase a la primera. Había dado por supuesto que reaccionaría riéndose, tomándoselo a broma, que se iría por la tangente o, a lo sumo, que me daría largas.
Pero Laura, a pesar de su aire puritano, dijo con naturalidad:
— Bueno.
Cruzamos el puente de Triana y enfilamos la calle San Jacinto.
Íbamos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.
La situación me resultaba incómoda. Laura caminaba muy erguida. Del hombro le colgaba su bolso de terciopelo negro con espejuelos, al que debía tener un cariño especial, pues, pese a estar ajado, era su preferido.
De vez en cuando la miraba de reojo, sin advertir en ella ningún signo de tensión.
Por suerte recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso. Y eso fue lo que hicimos: acomodarnos en el salón y pasar el resto de la tarde charlando.
Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera una infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle agua del grifo para acompañar el plato de cacahuetes salados que puse en la mesa.
En una de nuestras conversaciones le dije que no parecía andaluza. Laura era espigada, tenía los ojos claros y el pelo trigueño. Me recordaba a una deidad nórdica. A una valquiria.
Esta observación la hizo sonreír. Replicó que en mis palabras había un fondo de verdad.
A Laura le gustaba rodearse de un halo de misterio.
Declinaba la tarde. Habíamos estado hablando animadamente y ahora guardábamos silencio.
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de pie. Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir contemplando las luces del crepúsculo hasta que se apagasen del todo.
A los pocos minutos, vi cómo cogía su bolso de terciopelo negro y sacaba un paquete plano y alargado envuelto en un paño blanco. Lo desenvolvió cuidadosamente. Era una baraja. Con una voz opaca me comunicó que quería echarme las cartas.
Laura no bromeaba. De hecho, tenía poco desarrollado el sentido del humor. Sus ojos grises estaban fijos en mí. Yo no podía apartar de mi mente el semblante burlón de Aurelio.
Laura esperaba mi consentimiento. Traté de escabullirme.
—No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, por lo demás, que las cartas puedan desvelar el futuro…
— ¿No tendrás miedo?
— ¿Por qué iba a tener miedo?
— Se trata de una simple tirada de cartas que te proporcionará información importante.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Lo sé.
Tras una ligera vacilación rectificó:
— Lo intuyo.
—Si te hace ilusión, adelante.
Laura cogió las cartas, que había dejado en la mesa, y empezó a envolverlas en el paño blanco.
— ¿Te has enfadado?
— No, claro que no.
— Échame las cartas.
— ¿De verdad?
— De verdad.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                         III
Laura era especial. Eso se apreciaba al primer golpe de vista. Tarea más ardua era explicar en qué consistía esa peculiaridad.
En principio no había nada en su persona ni en su comportamiento que pudiera calificarse de fuera de lo corriente. Sin embargo, la gente la calificaba de rara. Para mí, el adjetivo que le cuadraba era especial.
La encontré por primera vez en la cafetería, tomando un vaso de leche con magdalenas. Laura era alta, de tez clara y facciones aniñadas. Pero lo que llamó mi atención fue su larga y sedosa cabellera.
Al contrario de Aurelio, yo no entablo conversación fácilmente. Durante un tiempo me limité a observarla de lejos, sin cruzar una palabra con ella. Laura me reveló más tarde que se había percatado de mis miradas.
Me enteré de que estaba haciendo una sustitución. Era programadora informática.
Con frecuencia la veía sola. Al personal femenino no le caía simpática, aunque pareció congeniar con una gordita que era la secretaria del viceconsejero.
No estoy seguro de haber dado el primer paso. Aurelio lo afirma. Y también Laura. Tal vez hice un comentario casual.
Es probable que este asunto se reduzca a una serie de malentendidos. Siempre he sido hábil en el arte de crear situaciones equívocas, en las que quedo atrapado. Es un don que el cielo podía haberse ahorrado.
El malentendido más embarazoso fue dejar creer y hasta creer yo mismo que Laura me gustaba. Que me hacía tilín, como decía el ocurrente de Aurelio.
La atracción que sentía no era del tipo que los demás pensaban.
Empezamos a salir juntos. Dábamos largos paseos y charlábamos. A veces, sentados en un banco, veíamos caer la tarde al lado del río. Mientras contemplábamos los últimos fulgores del sol poniente, permanecíamos callados.
Luego reemprendíamos nuestro deambular por la calle Torneo, hacia la plaza de Armas, donde entrábamos en un bar. Yo tomaba un café o una cerveza, ella un zumo de naranja natural. Si no había, íbamos a otro bar.
Laura tenía siempre mil cosas que contar. Podría hablar largo y tendido de ella. Podría reconstruir su vida. Sobre todo su infancia, a la que asignaba una importancia capital. Era en esa etapa cuando se hacían las tiradas de dados que decidían la partida.
Tenía un hermano pequeño al que, por las experiencias comunes de los primeros años, se sentía muy unida. Mirándome fijamente para transmitirme la intensidad emocional de ese lejano episodio, me contó que una vez se perdieron los dos en el monte donde pasaron la noche solos.
Los encontraron al día siguiente. Ambos estaban tranquilos. Ella recordaba esas horas de oscuridad y silencio como una iniciación.
Siguió contando, con una sonrisa forzada, que su padre perdió los estribos y la cogió por los pelos, zamarreándola sin contemplaciones, al tiempo que la acusaba de haber puesto en peligro la vida de su hermanito.
Al referirme el final de la historia, se pasó suavemente la mano por su hermosa melena, como si todavía le doliesen los tirones.
También yo sentí deseos de acariciarla. Y eso hice. Era tan agradable al tacto como imaginaba.
Esta vez, la sonrisa de Laura fue de complacencia. Sin brusquedad, apartó la cabeza dejando mi mano en el aire.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                       II
Nos encaminamos al lugar de costumbre. Alzando la voz a causa del ruido del tráfico, que es denso a esa hora punta, digo:
—Hoy no puedo quedarme mucho rato —y soltamos una carcajada porque uno de los dos, sin falta, hace siempre esa misma declaración u otra parecida.
Un amplio rótulo semicircular en rojo, donde están inscritas las letras en azul, corona la entrada principal del establecimiento. El “Rías Bajas” es, en opinión de Aurelio, la mejor marisquería de Sevilla.
Como somos habituales, conocemos a bastantes clientes y a todos los camareros. A éstos mi amigo los saluda llamándolos por su nombre de pila.
Me dirijo a nuestro rincón favorito mientras Aurelio va a echar un vistazo a la vitrina frigorífica.
Vuelve radiante de su inspección.
—Que no se te ocurra pedir cerveza —me advierte.
Uno de los camareros se acerca sonriente.
— ¿Cuándo han llegado? —se informa Aurelio.
—Esta misma mañana.
— ¿Frescas?
—Fresquísimas.
— ¿De Galicia o de Arcachón?
— ¿Cómo? —dice el camarero que, a juzgar por la cara que pone, parece haber entendido porcachón.
Aurelio nos tiene acostumbrados a esos retruécanos. Los empleados de la marisquería no se lo toman a mal.
Muy serio, sin parpadear, como si no tuviese la más remota idea de lo que ocurre, se queda mirando al camero. Luego fija en mí sus ojos ahuevados y dice:
—Media docena cada uno y una botella de vino blanco.
Con un limón en el centro, nos sirven las ostras en una bandeja de acero inoxidable. Aurelio hace un gesto de desaprobación y masculla:
—No se acaban de enterar.
A continuación, alto y claro, le dice al camarero:
— ¿Por qué no le ponéis también una ramita de perejil?
— ¿Perejil?
—El limón es un adorno —tercio yo.
—No, no —se apresura a rectificar el camarero—. Es para el marisco.
El vino del Condado no está suficientemente frío. Ése es otro delito que Aurelio no se cansa de denunciar.
De todas formas, su bonito color amarillo pajizo y su regusto afrutado le restituyen el buen humor.
—Algún día aprenderán —sentencia mi amigo.
—Tu problema, bueno, uno de tus problemas, es que eres un perfeccionista.
—Tú sabes cómo se comen las ostras, ¿verdad? —dice cogiendo una y llevándosela a la nariz para olerla.
Asiente complacido y prosigue:
—Hay que masticarlas un poco, saborear su textura y tragarlas.
Y hace una demostración práctica.
—Pero qué te voy a contar yo —añade colocando la concha rugosa y vacía en la bandeja—, a ti que eres un experto en almejas.

 

 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

                                         I
Siempre tengo que esperar a Aurelio. A estas alturas se ha convertido en una costumbre. Mientras llega con sus andares de cansado, no porque lo esté, sino porque ése es su estilo, me paseo tranquilamente o contemplo el descuidado jardín a través de las amplias cristaleras.
El vasto vestíbulo, con su solería y zócalo de grandes losas de mármol del que llaman sangre y leche, tiene un toque de afectación, como de iglesia frustrada. Por los ventanales sin cortinas ni persianas entra la luz a raudales.
Aurelio está tardando más de la cuenta. Un jefecillo, de los muchos que pululan por aquí, lo habrá retenido y le estará tirando de la lengua para escuchar sus ingeniosidades. Mi compañero tiene además la habilidad de enlazarlas indefinidamente.
No todo el mundo aprecia este don natural. Y no me refiero a los que utiliza como diana de sus dardos verbales. La gente normal se siente incómoda con ese apabullante despliegue de agudezas.
Él es implacable. Cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier reacción pueden suscitar, por su parte, una ristra de cuchufletas.
Nos conocemos desde la carrera, aprobamos las oposiciones el mismo año y luego nos destinaron a la Consejería de Obras Públicas y Transportes.
La principal razón de su retraso es su popularidad. Asegura que, si por él fuera, no perdía un minuto hablando con unos y otros, pero lo enredan, lo sonsacan, lo provocan.
Por fin lo veo llegar. Se acerca por el corredor central, con los hombros vencidos, arrastrando los pies, bamboleándose.
Trae cara de pocos amigos, de donde deduzco que, en esta ocasión, no se ha quedado contando chascarrillos.
— ¿Pasa algo? —pregunto mientras la puerta automática se abre a nuestro paso.
En la galería Aurelio se para, me mira de hito en hito y empieza a manotear al tiempo que me cuenta una historia rocambolesca en relación con los del Gabinete Jurídico, que se las pintan solos para poner trabas y echar balones fuera.
Como ese asunto no me interesa, dejo de prestarle atención, que centro en el jardín invadido por la hierba. También Aurelio se aburre pronto e interrumpe su relato de ribetes kafkianos.
Nos hemos detenido junto a uno de los pilares. Guardamos silencio. Antes de que abra la boca para exponer su previsible conclusión, me adelanto.
—No nos odian.
— ¿Entonces?
—Son celosos funcionarios con miedo a que se les tuerzan las directrices y con ganas de hacer carrera. ¿Qué sacan ellos de los problemas que tú les llevas?
—Pero yo los planteo de forma que vean las ventajas personales que pueden lograr.
—Pues esta vez no han picado. No le des más vueltas.
Escrutamos el jardín. Han querido darle un aire casual y asilvestrado. Con ese fin han erigido montículos de diversos tamaños que hacen las veces de suaves colinas.
Luego han plantado olivos. Unos olivos de troncos retorcidos y escasas ramas.
— ¿Tú crees que es verdad que los han traído de Israel? —pregunto.
—Esta gente es capaz de eso y de más.
Abundan el romero y el espliego. La idea era crear un jardín mediterráneo pero, habida cuenta de la proliferación de jaramagos, malvas, gramíneas y cardos de vistosas cabezas de color violeta, parece más bien un solar abandonado.
— ¿Seguimos esperando o nos vamos?
—Ten paciencia —respondo—. Hasta ahora no nos ha fallado nunca.
Fue decir esto y escuchar su balido. Al momento apareció la oveja parándose aquí y allá a mordisquear la hierba. A Aurelio le entró la risa floja.
— ¿Es esto un hecho paranormal?
—Normal, desde luego, no es.
La oveja se acercó despacio. Cuando estuvo frente a nosotros, levantó su hocico sonrosado y baló suavemente. Nunca la habíamos acariciado, nunca le habíamos dado nada de comer y, sin embargo, nunca faltaba a la cita.
—Deberíamos invitarla a una cerveza, ¿no crees?
Antes de que tuviera tiempo de contestar, el animal dio media vuelta y se alejó triscando.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Nos encaminamos al lugar de costumbre. Alzando la voz a causa del ruido del tráfico, que es denso a esa hora punta, digo:
—Hoy no puedo quedarme mucho rato —y soltamos una carcajada porque uno de los dos, sin falta, hace siempre esa misma declaración u otra parecida.
Un amplio rótulo semicircular en rojo, donde están inscritas las letras en azul, corona la entrada principal del establecimiento. El “Rías Bajas” es, en opinión de Aurelio, la mejor marisquería de Sevilla.
Como somos habituales, conocemos a bastantes clientes y a todos los camareros. A éstos mi amigo los saluda llamándolos por su nombre de pila.
Me dirijo a nuestro rincón favorito mientras Aurelio va a echar un vistazo a la vitrina frigorífica.
Vuelve radiante de su inspección.
—Que no se te ocurra pedir cerveza —me advierte.
Uno de los camareros se acerca sonriente.
— ¿Cuándo han llegado? —se informa Aurelio.
—Esta misma mañana.
— ¿Frescas?
—Fresquísimas.
— ¿De Galicia o de Arcachón?
— ¿Cómo? —dice el camarero que, a juzgar por la cara que pone, parece haber entendido porcachón.
Aurelio nos tiene acostumbrados a esos retruécanos. Los empleados de la marisquería no se lo toman a mal.
Muy serio, sin parpadear, como si no tuviese la más remota idea de lo que ocurre, se queda mirando al camero. Luego fija en mí sus ojos ahuevados y dice:
—Media docena cada uno y una botella de vino blanco.
Con un limón en el centro, nos sirven las ostras en una bandeja de acero inoxidable. Aurelio hace un gesto de desaprobación y masculla:
—No se acaban de enterar.
A continuación, alto y claro, le dice al camarero:
— ¿Por qué no le ponéis también una ramita de perejil?
— ¿Perejil?
—El limón es un adorno —tercio yo.
—No, no —se apresura a rectificar el camarero—. Es para el marisco.
El vino del Condado no está suficientemente frío. Ése es otro delito que Aurelio no se cansa de denunciar.
De todas formas, su bonito color amarillo pajizo y su regusto afrutado le restituyen el buen humor.
—Algún día aprenderán —sentencia mi amigo.
—Tu problema, bueno, uno de tus problemas, es que eres un perfeccionista.
—Tú sabes cómo se comen las ostras, ¿verdad? —dice cogiendo una y llevándosela a la nariz para olerla.
Asiente complacido y prosigue:
—Hay que masticarlas un poco, saborear su textura y tragarlas.
Y hace una demostración práctica.
—Pero qué te voy a contar yo —añade colocando la concha rugosa y vacía en la bandeja—, a ti que eres un experto en almejas.

III
Laura era especial. Eso se apreciaba al primer golpe de vista. Tarea más ardua era explicar en qué consistía esa peculiaridad.
En principio no había nada en su persona ni en su comportamiento que pudiera calificarse de fuera de lo corriente. Sin embargo, la gente la calificaba de rara. Para mí, el adjetivo que le cuadraba era especial.
La encontré por primera vez en la cafetería, tomando un vaso de leche con magdalenas. Laura era alta, de tez clara y facciones aniñadas. Pero lo que llamó mi atención fue su larga y sedosa cabellera.
Al contrario de Aurelio, yo no entablo conversación fácilmente. Durante un tiempo me limité a observarla de lejos, sin cruzar una palabra con ella. Laura me reveló más tarde que se había percatado de mis miradas.
Me enteré de que estaba haciendo una sustitución. Era programadora informática.
Con frecuencia la veía sola. Al personal femenino no le caía simpática, aunque pareció congeniar con una gordita que era la secretaria del viceconsejero.
No estoy seguro de haber dado el primer paso. Aurelio lo afirma. Y también Laura. Tal vez hice un comentario casual.
Es probable que este asunto se reduzca a una serie de malentendidos. Siempre he sido hábil en el arte de crear situaciones equívocas, en las que quedo atrapado. Es un don que el cielo podía haberse ahorrado.
El malentendido más embarazoso fue dejar creer y hasta creer yo mismo que Laura me gustaba. Que me hacía tilín, como decía el ocurrente de Aurelio.
La atracción que sentía no era del tipo que los demás pensaban.
Empezamos a salir juntos. Dábamos largos paseos y charlábamos. A veces, sentados en un banco, veíamos caer la tarde al lado del río. Mientras contemplábamos los últimos fulgores del sol poniente, permanecíamos callados.
Luego reemprendíamos nuestro deambular por la calle Torneo, hacia la plaza de Armas, donde entrábamos en un bar. Yo tomaba un café o una cerveza, ella un zumo de naranja natural. Si no había, íbamos a otro bar.
Laura tenía siempre mil cosas que contar. Podría hablar largo y tendido de ella. Podría reconstruir su vida. Sobre todo su infancia, a la que asignaba una importancia capital. Era en esa etapa cuando se hacían las tiradas de dados que decidían la partida.
Tenía un hermano pequeño al que, por las experiencias comunes de los primeros años, se sentía muy unida. Mirándome fijamente para transmitirme la intensidad emocional de ese lejano episodio, me contó que una vez se perdieron los dos en el monte donde pasaron la noche solos.
Los encontraron al día siguiente. Ambos estaban tranquilos. Ella recordaba esas horas de oscuridad y silencio como una iniciación.
Siguió contando, con una sonrisa forzada, que su padre perdió los estribos y la cogió por los pelos, zamarreándola sin contemplaciones, al tiempo que la acusaba de haber puesto en peligro la vida de su hermanito.
Al referirme el final de la historia, se pasó suavemente la mano por su hermosa melena, como si todavía le doliesen los tirones.
También yo sentí deseos de acariciarla. Y eso hice. Era tan agradable al tacto como imaginaba.
Esta vez, la sonrisa de Laura fue de complacencia. Sin brusquedad, apartó la cabeza dejando mi mano en el aire.

IV
Me sorprendió. No esperaba que aceptase a la primera. Había dado por supuesto que reaccionaría riéndose, tomándoselo a broma, que se iría por la tangente o, a lo sumo, que me daría largas.
Pero Laura, a pesar de su aire puritano, dijo con naturalidad:
— Bueno.
Cruzamos el puente de Triana y enfilamos la calle San Jacinto.
Íbamos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.
La situación me resultaba incómoda. Laura caminaba muy erguida. Del hombro le colgaba su bolso de terciopelo negro con espejuelos, al que debía tener un cariño especial, pues, pese a estar ajado, era su preferido.
De vez en cuando la miraba de reojo, sin advertir en ella ningún signo de tensión.
Por suerte recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso. Y eso fue lo que hicimos: acomodarnos en el salón y pasar el resto de la tarde charlando.
Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera una infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle agua del grifo para acompañar el plato de cacahuetes salados que puse en la mesa.
En una de nuestras conversaciones le dije que no parecía andaluza. Laura era espigada, tenía los ojos claros y el pelo trigueño. Me recordaba a una deidad nórdica. A una valquiria.
Esta observación la hizo sonreír. Replicó que en mis palabras había un fondo de verdad.
A Laura le gustaba rodearse de un halo de misterio.
Declinaba la tarde. Habíamos estado hablando animadamente y ahora guardábamos silencio.
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de pie. Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir contemplando las luces del crepúsculo hasta que se apagasen del todo.
A los pocos minutos, vi cómo cogía su bolso de terciopelo negro y sacaba un paquete plano y alargado envuelto en un paño blanco. Lo desenvolvió cuidadosamente. Era una baraja. Con una voz opaca me comunicó que quería echarme las cartas.
Laura no bromeaba. De hecho, tenía poco desarrollado el sentido del humor. Sus ojos grises estaban fijos en mí. Yo no podía apartar de mi mente el semblante burlón de Aurelio.
Laura esperaba mi consentimiento. Traté de escabullirme.
—No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, por lo demás, que las cartas puedan desvelar el futuro…
— ¿No tendrás miedo?
— ¿Por qué iba a tener miedo?
— Se trata de una simple tirada de cartas que te proporcionará información importante.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Lo sé.
Tras una ligera vacilación rectificó:
— Lo intuyo.
—Si te hace ilusión, adelante.
Laura cogió las cartas, que había dejado en la mesa, y empezó a envolverlas en el paño blanco.
— ¿Te has enfadado?
— No, claro que no.
— Échame las cartas.
— ¿De verdad?
— De verdad.

V
Lo arreglé por teléfono. No se me ocurrió avisar a mi madre. No tenía la intención de visitarla y verme en el compromiso de tener que dar explicaciones engorrosas o mentir.
Sabía también que intentaría convencerme de que me quedase todo el fin de semana. Yo quería regresar a Sevilla en cuanto acabase.
Hacía un buen rato que había oscurecido. Dejé el coche en el ensanche de la Atarazana, junto al Ford Fiesta blanco de Josefito, que vive allí cerca.
Estaba irritado. Por un motivo o por otro, siempre acababa recalando en Las Hilandarias. Pero, por mucho que rezongase, tenía que rendirme a la evidencia de que aquí la realidad tenía un espesor del que carecía en cualquier otra parte. En otros lugares era como si la vida no llegase a cuajar.
Había que andar un trecho, luego girar a la izquierda a la altura del caserón de los Méndez y subir por la Costanilla hasta la Orujera.
Este barrio es el más antiguo del pueblo. Lo forma un entramado de calles mal empedradas y de trazado irregular. Las casas son achaparradas, aunque casi todas tienen soberados o camaranchones, como revelan los ventanucos superiores de sus fachadas.
Cogí por la calle Deanes, que se curva y desemboca en la plazoleta del Buen Pastor, adonde tenía que ir en primer lugar.
Antaño la molienda de la aceituna se realizaba en este barrio. Todavía se conservan algunas almazaras, con sus prensas y sus tinajas panzudas en las que se almacenaba el aceite. En la vía pública quedan restos en forma de canalillos, ennegrecidos y deteriorados, que servían de cauce al alpechín.
Mientras caminaba sin prisa, creí percibir el olor a aceitazo que, en otro tiempo, impregnó la Orujera. Tras tantos años, ¿seguían flotando en el ambiente esos efluvios densos o eran imaginaciones mías?
Me detuve a la entrada de la plazoleta del Buen Pastor, que es un espacio trapezoidal en donde confluyen tres calles. En ese rincón se acrecentaba la sensación de soledad, palpable en todo el barrio.
Casi todos sus habitantes son personas mayores que, una vez anochecido, se encierran en sus casas hasta el día siguiente.
La Orujera se está despoblando a ojos vista. Durante los meses de invierno aumentan las defunciones.
Aunque en Las Hilandarias las mujeres sobreviven a los hombres, en la Orujera esta tendencia es más acusada. De hecho, es considerado un barrio de viejas. Yo iba a hablar con una de ellas.
En el centro de la plazoleta hay un pedestal con una cruz afiligranada. Una verja cuadrangular lo rodea, delimitando un arriate donde crece la hierba.
Desde la esquina, donde estaba parado, podía ver el deslucido azulejo que decora una de las caras del pedestal. Un joven con una túnica corta de color carmesí y una aureola amarillenta lleva sobre sus hombros un cordero sujeto por las patas. En bandolera le cuelga un zurrón.
La pieza de cerámica está enmarcada en un cordoncillo azul, que es también, aunque más desvaído, el color de fondo de la composición.
A la izquierda, sobresaliendo de las techumbres de tejas morunas y de los caballetes ondulados, se alza el muro de la capilla, reforzado por dos contrafuertes.
Esta capilla fue una sinagoga, más tarde cristianizada y puesta bajo la advocación del Buen Pastor. No está situada en la plazoleta del mismo nombre, sino en una calleja cercana llamada de Tundidores.
Crucé la plazoleta y me dirigí a una de las casas que, como las otras, estaba cerrada a cal y canto. Desde el exterior no se apreciaba el más leve rastro de luz.
La aldaba de la puerta estaba envuelta en un trapo de forma que, cuando golpeé con ella, produjo un sonido apagado.
Faustina tenía el pelo blanco y estaba tan encorvada que apenas podía levantar la cabeza.
Vivía sola. Por la noche se quedaba con ella su nieta Luisa, que es con quien hablé por teléfono.
Luisa no había llegado todavía. La anciana no sabía dónde estaba ni cuándo vendría.
Aunque no hacía frío, Faustina estaba arrebujada en una toquilla negra. Metió una mano en un bolsillo de su delantal y sacó una llave de considerable tamaño, que me alargó. Luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

VI
En el umbral de granito hay una inscripción ilegible. La madera de la puerta está carcomida. Por encima del dintel hay un ventanuco.
La pesada llave está fría. Tengo las manos húmedas cuando la introduzco en la cerradura y doy dos vueltas.
Entro y busco a tientas el interruptor. Al pasar los dedos por la pared noto la capa de polvo. Los caliches se desprenden con el roce. Es un pulsador antiguo, redondo, con una manilla que hay que girar.
El piso de tierra batida está desnivelado. Los gruesos muros están llenos de abultamientos y desconchones. Las tablas del techo y las vigas de madera forman un conjunto disparejo.
Enciendo la bombilla de la segunda habitación, que es más ancha que la primera.
La tercera, que es la mayor de todas, comunica con otra, a la izquierda. Ni una ni otra tienen luz.
Al cuarto interior se accede por un vano enmarcado. Me paro a la entrada. Poco a poco mis ojos se hacen a la oscuridad.
Formando un círculo, hay varias piedras empotradas en el suelo. Parecen rudimentarios asientos, pero no se tiene la impresión de que nadie los haya colocado allí.
Recorro la casa una y otra vez. Voy y vengo como si tuviera dolor de muelas, intranquilo, atento a cualquier ruido.
Así estuve un buen rato. Luego apagué la bombilla de la habitación de en medio pero, aun sabiendo que no debía hacerlo, mantuve encendida la otra.
En cuanto me senté en una de las piedras, que eran granulosas, perdí la noción del tiempo.
Un retumbo lejano, al que sucedieron otros, me sacó de mi enajenamiento. El piso retembló. Se oyó un trueno en las profundidades y la tierra convulsionó.
En el centro de la celda oracular empezó a abrirse una grieta de la que salía una intensa luz blanca.
Me puse en pie y me santigüé para conjurar mi espanto. Estaba tan nervioso que me embarullé. Ni siquiera podía articular la invocación a la Santísima Trinidad.
Mi torpeza no impidió que, mal que bien, hiciese la señal de la cruz sobre esa abertura cada vez más grande.
El cráter detuvo su crecimiento cuando alcanzó un metro de diámetro. Interrumpiendo mi manoteo, me dejé caer en el asiento.
El resplandor que surgía del interior de la tierra, iluminaba profusamente las paredes descascarilladas y el techo de tablas. El cuarto adquirió el aspecto ficticio de un escenario sobre el que se concentrara la luz de potentes focos.
El oráculo, que no se manifestaba siempre, y que jugaba malas pasadas, parecía dispuesto a darme una respuesta. En otras ocasiones, la boca expulsaba vapores fétidos que volvían irrespirable la atmósfera. El fulgor era rojizo. La temperatura subía velozmente convirtiendo la celda en un horno.
La claridad que surgía del pozo se eclipsó en parte, como si un objeto se hubiese interpuesto. Eso era lo que había ocurrido.
Lenta y majestuosa, ascendía una enorme cabeza que se detuvo cuando quedó a la altura de la mía.
La luz le arrancaba destellos de esmeralda. Era la cabeza de un hombre tallada en una gigantesca gema traslúcida.
Como si un impetuoso torrente de agua me hubiese inundado, me faltó el aire.
Contemplaba azorado la cabeza sin comprender su mensaje. Incapaz de descubrir su secreto, descorazonado, me cubrí la cara con las manos.
Cuando volví a mirarla, repenticé estos versos:

Del país de los muertos,
desde lo más profundo,
del color de la hierba,
surge el alma del mundo.

La cabeza osciló ligeramente e inició el descenso. El resplandor fue disminuyendo. A los pocos minutos la grieta se cerró.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »