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Archive for the ‘El forjador de quimeras’ Category

XV
Hostigados por negros deseos de venganza,
por ver su rostro envuelto en lágrimas amargas,
por escuchar su voz implorándonos gracia.

La tarde ya caía.
Que de allí la sacáramos, llorando balbucía.
Pasar allí encerrada la noche no quería,
tras la tela metálica, junto con las gallinas,
impasibles testigos, en sus palos subidas.

Cuando miro hacia dentro,
cuando miro hacia arriba
una luz aparece
parpadeante, indecisa.

Sentados en la barda
contemplamos la estrella
que por el horizonte
despunta la primera.

 

 

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XIV
La recuerdas, ¿verdad?
Tan fea, tan ordinaria,
siempre dando chillidos
cual rata acorralada.

Qué decir de sus gestos,
de sus saltos y risas.
No gustaba a la gente
su manera de ser.

Escuchaba pasmado
las cosas que decían.
Desde luego no era
la mejor compañía.

 

 

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XIV
El lento atardecer,
las sombras alargadas,
las sonoras campanas desgranando sus notas,
las sábanas ondeando en blancas azoteas,
los montones de leña,
el vaho de la noche.

Sereno atardecer derramándose cárdeno,
malvas y jaramagos acunándose al viento,
cobertizos, almiares,
tiritera incipiente,
el blanco de los muros en grises deshaciéndose.

Y nosotros atentos
al rumor de la higuera,
al fulgor de la tarde,
al tacto de las piedras.

 

 

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XII
La muerte en los zaguanes
oscuros y profundos,
con olor a humedad,
a tiempo detenido.

Al fondo, en un rincón,
la cabeza caída como una marioneta
después de la función,
guiñol desmadejado, muñeca desdichada,
se encontraba la vieja.

Esos rasgos marchitos,
esa absurda nariz como una arruga más
en mitad de la cara.

Esos ojos cegatos
mirando escrutadores, mirando sin ver nada,
persistiendo, no obstante.

Al más leve ruido
levanta la cabeza y empieza a balbucir.
¿Quién sabe lo que dice?

Tal vez lanza improperios.
Tal vez son maldiciones contra quienes osaron
interrumpir su sueño.

Aunque en verdad no duerme, tan sólo cabecea.
Sentada a la camilla,
las horas se le pasan en vigilia perpetua.

El olor a humedad,
a tiempo detenido,
a carne tumefacta,
a cuartos clausurados
desde Dios sabe cuándo,
inunda la morada.

Tú no tenías miedo
de las flores de trapo,
de los vetustos muebles,
de las fotos, las puertas.

Era un reto y, por tanto, había que asumirlo
con firmeza y coraje.
Que el miedo ser más fuerte.
Había que mirar cara a cara a la muerte.

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XI
Las palabras más duras
me tengo merecidas.
Me faltó la confianza
en mi voz interior, tan tenue, tan callada
como el dulce silencio de una noche estrellada.
La vendí por bien poco, por chatarra, por nada.

Me sobró necedad.
Capitulé asustado.
Las sagradas imágenes surgidas de mi centro
como azules volutas de ese divino fuego
que me reconcomía, encontraron desprecio.

¿Cómo tuve el valor de volverles la espalda,
de no reconocer que aquello que tomaba
con amargo sarcasmo por una fogarada,
era don o llamada?

Ciertamente merezco
los reproches más duros
por no reconocer
esa voz silenciosa, tenaz, insobornable.

El miedo pudo más,
el miedo a reservarle
el sitio preferente
que le correspondía,
y obrar en consecuencia.
Llámalo cobardía.

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X
Buscando mi camino,
buscándolo en silencio
como un monje obcecado.

Buscando mi silencio
entre tanto barullo
de voces discordantes.

Buscando pertinaz
un sendero, un atajo
que me lleve derecho
al centro palpitante
que cobija mi pecho.

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IX
Esas briznas doradas, ¿era el sol en tu pelo?
La luz de aquellos días era azul como el cielo
y los amaneceres
de felices promesas se extendían repletos.

Mi roto corazón
esto es lo que me dicta.
Esto es lo que me ordena
que sin tardar te diga
con el único fin
de sentir tu presencia en mi casa vacía.

Mientras el sol se pone y va inundando el patio
de una luz que se palpa,
es todo tan hermoso, tan presente, tan real
que te quedas inmóvil.

Esas briznas doradas son un chisporroteo
que brota de tus ojos.

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VIII
Y quedamos varados
como un barco en la arena con sus velas marchitas.

Qué quedó, me pregunto, de nuestra fantasía,
de ese chorro imperioso de agua que refrescaba
nuestras noches y días.

Qué quedó, me pregunto, de esa fuente de vida,
más tarde denostada, más tarde maldecida,
como si acaso fuera la causa de la ruina.

Ahora queda bien poco:
el lejano recuerdo
de los días vividos
a pecho descubierto.

Oh, nuestra fantasía encallada en los médanos
como un viejo navío
cargado de tesoros,
de cofres rebosantes
de monedas de oro.

Cómo sacar el barco, nos preguntamos ahora,
inmóviles, cansados,
de su trampa de arena
y dejar que navegue
a desplegadas velas.

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VII
Y miro las encinas,
el robusto eucalipto,
el agua del arroyo,
la jara, los lentiscos
con su carga de frutos
apretados, rojizos,
en el azul las nubes
volando a ningún sitio.
Y miro los guijarros
al lado del camino,
los peñascos lejanos,
el romero, el tomillo,
el cantueso, la juncia,
las aulagas, los mirtos.

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VI
No recuerdo los versos, aquel primero desgarro,
aquella furia inmensa, aquel oscuro piélago
en el que mi barquilla probaba el agua amarga.

No recuerdo esos versos que brotaron de un hondo
y sombrío hontanar,
pero fue en ese instante cuando me puse en pie.

Aquellos versos rotos, olvidados, perdidos,
constituyen la prueba del irrefutable intento
de vivir desde dentro.

 

 

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