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csc_0054-2121.-Controlar la impaciencia, la ansiedad. Proceder ignorándolas. Llevar a cabo un trabajo previo. Anotaciones. Ideas que surgen en cualquier momento, y que hay que cazar al vuelo.

Consultar libros, diccionarios. Los detalles concretos son importantes, son los que dan verismo al relato. Desarrollar las anotaciones. Reescribir.

La preparación es un asidero que facilita la redacción. Las anotaciones son las piedras donde uno va pisando para cruzar el río. Son el cable que se tiende sobre el vacío para salvar el desfiladero.

El voluntarismo no es suficiente. Hay que detenerse, anotar, consultar. Hay que hacerlo lo mejor posible.

122.-Darles todas las vueltas necesarias hasta que los relatos sean lo que tienen que ser. Ni disquisiciones ni reflexiones ni descripciones más o menos afortunadas. Hasta que cuajen. Un relato es una historia, por mínima que sea.

Tras la primera redacción y las sucesivas correcciones hasta lograr el punto óptimo narrativo, hay que alejar el relato de uno mismo. Es decir, hay que objetivarlo.

Una vez realizada esta operación, es posible abordarlo con los ojos de un lector completamente ajeno al relato. Esta actitud permite actuar, si se detectan tropiezos y desajustes, sin complacencia ni piedad en su reescritura.

De esta forma se elimina material por no ser ese su sitio, por lastrar el cuento, por ser prescindible (lo cual es siempre una buena razón para darle pasaporte). Ese material no es trabajo perdido. Se puede aprovechar en otros contextos.

Hay que resistir la tentación de querer incluir todo lo que aflora en el proceso creativo. Este, por su propia naturaleza, tiende a ser incoherente y anárquico. Ese deseo de incorporarlo todo, en literatura, es una debilidad.

Incluso hay que ir más lejos. No se trata sólo de podar sin contemplaciones sino de dar una vuelta de tuerca más si eso es posible.

123.-Reescribir es reducir una historia a lo esencial.

124.-Gestiones, compras, viajes. Recorridos iniciáticos. Transformaciones literarias de la realidad.

125.-Conectar los acontecimientos exteriores y los interiores. Los estímulos y los impulsos. Vivirlos, moldearlos.

126.-Todo es ocasión de escribir un relato o un poema.

127.-El héroe-escritor realiza sus trabajos en soledad.

 

 

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Bifurcación

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18
Doña Rafaela madre, malhumorada por la ausencia de su hija, malhumorada sobre todo por haber sido Rufina, con la sequedad que le era propia, quien la informase al respecto, se metió en la cocina a preparar las aves.

No se sentía con suficiente autoridad para reprocharle sus inoportunas salidas, máxime cuando la sugerencia de cazar perdices había partido de ella.

Tironeada por dos fuerzas contrapuestas (la satisfacción de su deseo gastronómico y el disgusto por el comportamiento de su hija), se desahogaba con la de Maroto, a la que encomendó el pelado de las perdices y a la que llamaba inútil cada vez que una pluma, planeando dulcemente, caía al suelo.

Sin prestar atención al aceite hirviendo que saltaba a cada nueva acometida, arrojaba los ajos y las cebollas picados a la sartén. En ese azaroso estado de ánimo hacía el sofrito.

En esto, un inocente plumón grisáceo empezó a balancearse en el vacío. Se mecía morosamente, retardando lo más posible la hora del aterrizaje.

Doña Rafaela madre, que echaba los tomates y los pimientos troceados en la sartén como quien siembra trigo a voleo, se disponía a reprender otra vez a su pinche cuando una gota de aceite saltó y, convertida en enfurecido halcón, fue a posarse en el dorso de la mano de la cocinera, donde clavó sin piedad sus no por diminutas menos lacerantes garras.

La breve pero dolorosamente llagada doña Rafaela madre soltó la espumadera y, en un arrebato de presciencia a toro pasado, declaró: “¡Si yo lo sabía!”.

19
Don Justino se entretenía paseando a caballo. Esa mañana recorrió la parte oeste de las tierras de su tío.

Pinturero jinete en manso alazán, llevaba una fusta de cuero trenzado que no usaba nunca, y que sujetaba en la axila, como había visto hacer a un galán cinematográfico.

No le gustaba forzar a su montura. Si esta se detenía a mordisquear la hierba del camino, don Justino condescendía graciosamente. Apoyando las manos en el borrén, aprovechaba la ocasión para disfrutar del paisaje.

Don Justino se sentía importante cuando cabalgaba. Era en lo que invertía su ocio. Cuando el caballo levantaba la cabeza, el jinete recogía las riendas y lo espoleaba con delicadeza.

A menudo el cuadrúpedo volvía a pararse un poco más allá para seguir degustando las mismas o diferentes hierbas.

En su paseo matinal don Justino había llegado a la linde de la haza de girasoles, donde la cuadrilla, sin dejar de trabajar, echaba frecuentes vistazos al gallardo sobrino del amo, el cual, absorbida su atención por el alazán que seguía refregando placenteramente, más que comiendo, los belfos por la hierba, no se percató de la burlesca curiosidad que suscitaba.

Cuando el caballero, francamente fastidiado, volvió la cabeza y caló la actitud socarrona de los, en apariencia, indiferentes peones, tiró de la brida con rudeza logrando que el noble bruto se pusiera en marcha.

El animal adoptó un trote cochinero de lo más incómodo sin que el jinete se resolviera a hacerlo cambiar de paso por temor a que, en tan comprometida situación, empezara otra vez a juguetear con los tallos tiernos y las florecillas.

Así pues, ofreciendo una estampa más lastimera que airosa, con la fusta bajo el brazo, enhiesto en la silla, don Justino regresó a casa.

Descabalgó en el patio de las cuadras y le dio el caballo a Maroto. El estómago le bailaba y tenía dolorida la entrepierna.

Al entrar en la cocina encontró a su madre con el brazo en alto y la mano extendida. Le entraron ganas de preguntarle si se había afiliado al fascio, pero su rostro alterado lo disuadió de hacerse el chistoso. Tampoco él estaba para bromas.

 

 

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XVII
Pájaros aleteantes
de picos acerados
perforan la mañana
con gritos destemplados.

Un reptil gigantesco
su trabajo realiza.
Ingurgita su presa
a conciencia, sin prisa.

El acezante saurio
prosigue su trabajo,
puntual y eficiente,
engullendo a destajo.

Por arrojarlo fuera
no hay nadie que haga nada.
Necesarias no son
flamígeras espadas
ni cejijuntos ángeles.
Una palabra basta.

 

 

 

 

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15
Doña Rafaela hija trató de incorporarse pero, al tener entumecida una pierna, perdió el equilibrio y cayó sobre su tío. Don Roberto, al recibir el peso del cuerpo de su sobrina sobre el suyo, sintió cómo se reavivaba la llamita qua ardía en su interior.

“¿Qué te pasa?” “Se me ha dormido una pierna” explicó doña Rafaela hija en un susurro motivado no tanto por las condiciones que rodeaban el aguardo de la perdiz como por la turbación suscitada por el roce.

Ligeramente arrebolada, la sobrina se apartó del tío y se recostó en el fondo de la covacha.

La graciosa hembrita parecía haber enloquecido. De nuevo desgranaba las notas de una romanza, pero con más brío que la primera vez.

Un segundo macho, apresado en la red sonora y atraído a la falaz hornacina, fue muerto por el certero disparo del cazador.

La perdiz miraba estupefacta a su ensangrentado pretendiente. Observaba al infortunado galán sin comprender nada y, apiadándose de él, emitió un canto fúnebre.

Un tercer macho entabló diálogo con la hembra, ignorante de lo que el destino, en apariencia halagüeño, le tenía reservado. Una lluvia de plomo, cuando ya creía rendida a su pareja, se abatió sobre él poniendo punto final a sus ilusiones.

Y una tercera vez el ídolo letal que albergaba el templete, puso ojos de lechuza y cantó el gorigori.

16
El reclamo seguía gorjeando con tenacidad, vociferando incluso al comprobar que nadie reparaba en sus fogosos trinos.

A pesar de que ningún macho recogía el mensaje de la perdiz enjaulada, esta no desfallecía.

“¿Estás cansada?” “Un poco” “¿Tienes hambre?” “Sí”.

Sólo venían pertrechados de una cantimplora forrada de fieltro verde que colgaba de la correa de don Roberto.

“Por hoy ya está bien” dijo y empezó a hacer ruido dentro del puesto para advertir al reclamo de que no estaba solo. El pájaro calló de inmediato.

17
A mediodía deshicieron el camino que habían hecho por la mañana temprano. Iba doña Rafaela hija encandilada por la luz del sol, feliz de estirar las piernas.

Iba don Roberto ufano, con las cinco piezas cobradas y ensartadas en ganchos golpeándole en el muslo al andar, y con la jaula enfundada a la espalda.

Cerca del cortijo fueron avistados por una cuadrilla de peones que entresacaba girasoles. Los hombres, doblados sobre los liños, se enderezaron y se quedaron mirando.

De lejos, don Roberto, siempre cortés, saludó con la mano al manijero y a los trabajadores. Las cabezas de estos giraban al compás de la marcha de tío y sobrina. Fue necesario que el manijero llamara al orden para que los peones se inclinaran y continuaran la faena.

 

 

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118.- Es un latazo escuchar a una persona que sólo habla de males. Pero tener que prestar atención a alguien cuyos días son una sucesión de maravillas, una maquinaria tan bien engrasada que no produce un solo chirrido, es otro martirio chino.

Para el común de los mortales la vida es una mezcla de ingredientes buenos y malos, ni un duelo interminable ni una feria permanente.

La vida se desliza por los medios. A veces se precipita por los extremos, por donde puede discurrir durante una buena temporada. Puede incluso despeñarse.

En general todo el mundo tiene su ración de penas y alegrías, de dolores y placeres, entreverados.

Lo más sensato es evitar a esas dos categorías de personas que lo ven todo negro o rosa, reduciendo el resto de los colores a meras alusiones de pasada. Cada una en su especialidad es una consumada matraquista que nos aboca a la conclusión de que la vida no es una película en tecnicolor de los buenos tiempos de Hollywood ni una novela gótica con pinceladas gore sino una casa de orates.

119.- Cada vez que uno regresa a su lugar de origen, cada vez que uno sale a andar en plena naturaleza, cada vez que uno se expone a la acción del sol y del aire, se produce una regeneración interna. El árbol que somos refuerza sus raíces, estira sus ramas y agita sus hojas en señal de júbilo.

Esa es también una forma de dar lustre a los cristales opacados y fertilizar la tierra estéril de nuestras frustraciones. Para rehacernos basta con andar solos, a nuestro propio ritmo, por las viejas calles familiares o por los caminos apartados que constituyen, unas y otros, el entramado de nuestra vida.

Entonces surgen las ideas, renace la inspiración, sanan las heridas. Para salir de los atolladeros, para recuperar la confianza es primordial que regresemos al lugar de origen, a la naturaleza. Al crisol donde fuimos forjado.

120.-La sombra es esa parte de nosotros que desconocemos o que rechazamos.

La sombra es una de las formas que reviste el mal. A nivel subjetivo crea un universo patológico. A nivel colectivo su dimensión suprapersonal multiplica su efecto destructor.

La sombra nos acompaña siempre. Su principal cometido es poner zancadillas, jugar malas pasadas, boicotear los impulsos vitales. Es una avanzadilla de la muerte, a la que prepara el terreno. Es su heraldo.

La sombra irrumpe en la infancia. Desde ese momento se consagra a su labor de zapa. El héroe no es el que se enfrenta a ella, que es un combate perdido, sino el que logra hacerla su aliada.

Surge por numerosos motivos, pero surge inevitablemente. Sólo los ángeles carecen de ella. Sólo los demonios carecen de parte luminosa. El ser humano es gris, está a medio camino. No vale la pena enumerar las causas de su emergencia. Son tantas como los individuos y sus circunstancias.

 

 

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