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Gatos (y II)

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Cruzando el salón, emergieron con nitidez algunos retazos de la pesadilla, escenas concretas de mi lucha a brazo partido con el gatazo que, aunque no lo es, aparecía de color negro.

Fue él quien me atacó. Yo me defendí. Y el resultado fue que nos enzarzamos en una pelea sin cuartel en la que yo llevaba las de perder, como se puso de manifiesto al cabo de unos minutos.

Cuando el gato me tiró por los aires como si yo fuera un muñeco con el que estaba jugando, no me cupo duda de que mi suerte estaba echada. Caí al suelo y me puse en pie lo más rápido que pude.

Ahora los dos estábamos frente a frente, mirándonos sin pestañear. Ronroneó como él sabía hacerlo y avanzó una garra con las uñas fuera.

Era tan alto como yo y no tenía pelos. De hecho, su cara era humana. Y la garra que tenía extendida hacia mí era una mano. Se había convertido en mi doble.

Me percaté con horror que ese gato era yo mismo. Su mirada era sombría, sus rasgos angulosos, su piel cetrina.

Esa visión se me hizo insoportable y fue entonces cuando desperté en un deplorable estado anímico.

Por supuesto, no pensaba consentir que mi mujer comprase un gato. No había sitio en la casa para los tres. Si él entraba, yo salía. Así de claro iba a decírselo.

Tampoco pensaba pasar nunca más por delante del jardín del “skinhead”, lo cual me obligaría a dar un rodeo, pero no me importaba.

Esa noche nefasta me tenía reservada una última sorpresa. Me acerqué al frigorífico y cogí el tetrabrik de leche. Llené un vaso y lo calenté en el microondas. Se me antojaron unas galletas.

Fui a cogerlas al armario. ¿Cómo iba a prever que al abrir la puerta me llevaría uno de los mayores sustos de mi vida?

En la parte inferior, en una cesta acolchada, había un gatito de color canela sentado sobre sus cuartos traseros. Más tieso que un ajo, hierático, dueño de sí mismo, con largos y sensitivos bigotes, con caninos que parecían puñales en miniatura, con ojos fosforescentes, el minino tenía un aspecto tan fiero que, suavecito, cerré la puerta del armario como si aquí no hubiese pasado nada.

 

 

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Gatos (I)

CSC_0057A Ernesto Cisneros-Rivera

I

Una horrenda pesadilla fue la causa de que me despertase sobresaltado, con el corazón palpitante. No recordaba haber sentido tanta ansiedad desde hacía mucho tiempo.

Había soñado con el gato del vecino que pesa un montón de kilos y tiene el aspecto de un bulldog. Todo el mundo coincide en que es un animal monstruoso, no sólo por lo gordo sino por lo pagado que está de sí mismo, aunque de esto último la culpa la tiene su amo.

Cada vez que paso por delante de su jardín, el felino, echado siempre sobre la hierba, dormitando o papando moscas, que es como transcurre su vida, se pone en pie y ronronea aviesamente.

Nunca he hecho buenas migas con los gatos, pero hacia ese en concreto, que se cree el rey de la creación, no siento la menor simpatía. La animadversión es mutua y está bien arraigada.

El vecino es también un tipo raro que se recorta las cejas y va pelado a rape como un “skinhead”, a veces con dibujos sobre el cráneo, amante del “hard rock” y del “heavy metal”. No soy el único que se ha quejado porque pone la música demasiado alta. Hay incluso quien ha llamado a la policía municipal para que intervenga y lo obligue a bajar el volumen de ese estrépito infernal.

Y no quiero entrar en el capítulo de su forma de vestir que está en consonancia con los rasgos expuestos.

Mi mujer, que consigue todo lo que se propone, no me ha convencido todavía de que compremos un gato. Y eso que pone empeño. Pero sus dotes de persuasión se han estrellado contra mi firmeza. No quiero ni oír hablar de ese asunto.

Me ha contado en varias ocasiones la historia de un minino que fue abandonado por sus dueños en la otra punta del país, y que recorrió cientos de kilómetros para regresar con quienes se habían deshecho de él sin remordimientos de conciencia. No iba a ceder por un hecho que me resultaba más enervante que conmovedor.

No sospechaba mi mujer cuando se ponía a razonar conmigo que, al hacer extensiva la fidelidad de ese gato a toda su raza, mi rechazo se incrementaba.

Me levanté, pues, con el pulso acelerado y una profunda desazón. Me dirigí a la cocina con la intención de beber un vaso de leche caliente. De esta forma, pensé, me tranquilizaría y podría reconciliar el sueño.

 

 

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Eucaliptos (I)

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10
De vuelta a casa
Por las calles vacías
Con tu recuerdo
Con mi agonía

11
El bar lleno de gente
Cristales empañados
Llovizna persistente

12
Te lo diré con el agua
Te lo diré con el viento
Pero no con las palabras

 

 

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Encinas (VII)

 

 

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66.-Emma: “¿Qué les recomendaría a los que viven apuntando con el dedo a los demás, criticándolos, escarneciéndolos, haciendo chistes, leyéndoles la cartilla, descalificando y despreciando a todos los que no piensan como ellos o no aceptan sus tesis?” “La lectura del libro de Job” “Eso sería un castigo. A esa gente le gusta aplicar los correctivos pero no recibirlos” “Ya” “Aparte de ser rechazada, esa propuesta generaría un alud de pullas y sarcasmos” “¡Vaya novedad!”.

67.-A la corrección se opone el aire fresco. Al panfilismo la carencia de complejos. A la jactancia la espontaneidad. A la tentación de dar lecciones el cultivo de las propias aptitudes.

68.-Hay palabras contundentes, palabras espantajos, palabras arrojadizas que, se supone, deben dejar paralizado al interlocutor.

Hay también palabras que son incompatibles con ciertos adjetivos salvo que se quiera crear un bonito oxímoron.

Y palabras que son como el aceite. Tienen que quedar encima. Ser la última palabra.

Palabras volanderas, palabras insustanciales, palabras que dan grima.

Palabras santas que constelan el discurso de los tramoyistas. Palabras afiladas que esgrimen los espadachines. Los echacuervos y los histriones son aficionados a los vocablos epatantes, por si hay un burgués a tiro.

Somos lo que hacemos, no lo que decimos. Hay que replicar a esos chicos más tontos que malos en la mayoría de los casos.

Pero como somos conscientes de que el decir forma parte del hacer, de que las palabras son actos, abreviaremos la sentencia: somos lo que hacemos.

69.-Desgraciadamente la razón suele ser de quien más grita, de quien más apabulla. Una vez achantada, la mayoría de las personas consiente el despropósito en cuestión. Esta actitud más que cobarde es humana.

Cuando alguien te está dando la tabarra noche y día, sólo piensas en que te dejen tranquilo. El objetivo del murguista es obstaculizar, sofocar cualquier razonamiento sosegado. Sabe perfectamente cuáles serían las consecuencias. La primera de ellas el desmontaje de las consignas. La segunda el rechazo del agente. Para impedir este desenlace la charanga tiene que sonar fuerte y no descansar un momento.

Ya lo dijo Lenin (Goebbels retomó la frase y la popularizó): “Una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad”. Lo cual no es cierto. La mentira sigue siendo una mentira que, gracias a la machaconería, logra pasar por verdad. Y eso es lo que importa: que cuele.

 

 

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Invierno (VI)

 

 

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7
Cerebros electrónicos
Rebosantes de datos
Tachonados de luces

8
Escafandras herméticas
Uniformes de amianto
Flotando en el vacío

9
Estación orbital
Periplos espaciales
El fulgor de los dioses

 

 

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60.-Según Emma, lo que caracteriza a nuestra época es el fariseísmo. “A la nuestra y a todas, me temo” replico, “¿no fue la lucha contra esa impostura tan profundamente arraigada en la psique humana la principal razón de la vida pública de Jesucristo?” “Seguramente había otras razones de igual o más peso, pero no cabe duda de que esa era una” “Yo diría que lo peculiar de estos tiempos es una patética desesperación, así como un panteísmo difuso en relación con la naturaleza” “Tú eres un ejemplo de lo segundo” “Que salga a dar caminatas por el monte no significa que yo sea un representante de esa corriente. Antes bien, tengo una abrumadora conciencia de la divinidad. ¿Tú no?”.

Mi amiga guarda silencio. Tras un ligero carraspeo, dudoso entre seguir hablando de lo mismo o cambiar de tema, me dejo llevar por el flujo de mis pensamientos. “Más en el campo que en la ciudad, me siento en presencia de una realidad que me sobrepasa, que me empequeñece al tamaño de una pulga” “No pareces un hombre del siglo veintiuno” “¿Qué se sale ganado con serlo?” “Pragmático te veo” “Lo que caracteriza verdaderamente a nuestra época es la negación de lo que está más allá de la naturaleza, a la que hay que respetar pero no endiosar. Es decir, la negación de todo aquello que escapa a nuestros cinco sentidos. Resumiendo, la negación de lo sobrenatural”.

61.-Tarde o temprano llega la hora del desencanto, esa en la que constatamos que nada es como habíamos deseado o se le parece poco, que los sueños se han volatilizado, que los logros son magros, que los acontecimientos han dado un giro imprevisto, que una nueva remesa de farsantes hace y deshace…Ese momento fatal es también el del retiro. La cuestión es esta: ¿se puede vivir digna y tranquilamente al margen? ¿o ni siquiera eso es posible?

62.-Las absolutizaciones son nocivas. Las relativizaciones también. Las primeras se traducen en mitificaciones. Las segundas en humo.

63.-Por los paraísos terrenales se paga un precio desorbitado. Y al cabo del tiempo se descubre que sólo eran un bluf.

64.-Los paraísos celestiales cumplen una función mitológica (mito y logos no se excluyen). Los terrenales son coartadas y atajos para hacerse con el poder.

65.-Un paraíso no es una bobada sino la proyección de un deseo de felicidad y perfección. Los listos se aprovechan de esa sed. El resultado es la instauración de un infierno.

 

 

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