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Archive for the ‘Cuentos’ Category

1
Mario era el súmmum de la normalidad. Trabajaba en un banco donde tenía justa fama de empleado modelo. Mario era ejemplar no sólo laboralmente sino en todos los aspectos. Estaba casado y tenía dos hijos.
Lo conocía del banco. Su trato con los clientes era el que cabe esperar de un profesional. Pero él llevaba su amabilidad más lejos. Cuando se cruzaba contigo en la calle, te saludaba con una sonrisa o con una leve inclinación de cabeza y te hacía una pregunta pertinente.
Sus gestos y su interés eran naturales. No había ningún motivo para pensar lo contrario. Su comportamiento respondía a un movimiento espontáneo del alma que lo llevaba a ser atento con todo el mundo.

2
El asunto salió en los periódicos provocando una conmoción en el barrio. A la gente le gustan esos escándalos que rompen la rutina y ponen una nota de color en tantos días grises.
Esos acontecimientos imprevistos son un pretexto para dar rienda suelta a nuestra morbosidad. Nos permiten indignarnos y despotricar. Nos permiten abandonarnos a nuestros demonios que están siempre al acecho.
Mario era un ciudadano de costumbres regladas. Un émulo de Kant, de quien se cuenta que pasaba siempre puntual por las mismas calles cuando iba o venía de la Universidad de Königsberg, de forma que los vecinos aprovechaban su paso para poner en hora los relojes.
Vestía correcta y discretamente. En invierno usaba una gabardina cruda que desentonaba en una ciudad como Sevilla donde llueve más bien poco.

3
Nadie podía imaginar que albergara un odio tan furibundo. Casualmente me hallaba en la calle San Jacinto ese día.
Mario, con porte marcial y a buen ritmo, se dirigía al banco. Al cruzarnos, inclinó la cabeza y me dio los buenos días. Luego escuché el ruido de una pedrada. Me volví. Mario había roto el escaparate del estudio fotográfico. Luego sacó un garrote de debajo de la gabardina y acabó de cargarse el cristal.
El estudio estaba especializado en bodas y primeras comuniones. En el momento del destrozo, exhibía a varias madrinas coronadas de peinetas de carey y envueltas en mantillas de blondas mirando al infinito. Fotos de un cumpleaños, entre las que destacaban las dedicadas a la tarta: un bizcocho recubierto de mantequilla y adornado con guindas azucaradas rojas y verdes, anises y trocitos de avellanas, más las velitas correspondientes. Y otras imágenes estereotipadas.
Mario cogió con ambas manos una ampliación de una pareja de novios. Ella estaba apoyada gentilmente en una balaustrada. Él la contemplaba con arrobo. Mario lanzó la foto en mitad de la calle donde fue arrollada por un coche.
Luego les llegó el turno a una niña vestida con una blusa de lunares y el ombligo al aire, y a los comulgantes, de los que había una buena colección en diferentes posturas: con la cabeza hacia arriba, con la cabeza hacia abajo, con las manos juntas, con las puntas de los dedos rozando la barbilla, muy serios, muy en su papel, muy hombrecitos y mujercitas.

4
Mario estaba poseído. Tiraba las fotos al suelo y las pisoteaba. De su cólera jupiterina no se salvó nadie.
Dos guardias municipales acudieron a todo correr y pusieron punto final a ese ataque de locura. Sujetaron a Mario por los brazos y lo apartaron del escaparate.
No opuso resistencia. Se entregó sin forcejear. Su respiración era acezante. Un cerco de espumilla blanca circundaba su boca. Temblaba.
Sé que no es posible, pero me pareció oír o sentir los violentos latidos de su corazón.

 

 

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Mabel era gordita, de cara ancha y maneras más que desenvueltas. A Mabel le costaba la misma vida estar con la boca cerrada.
Aparentando más seguridad de la que tenía, subió al plató y expuso su propia intimidad a los oídos de los espectadores, algunos de los cuales se sintieron incómodos. Otros se violentaron y experimentaron un visible rechazo.
La mayoría, sin embargo, optó por mantenerse a la altura de las circunstancias, aceptando con una sonrisa de aquiescencia la divulgación de materias recónditas y experiencias iniciáticas, encajando deportivamente esa provocación.
Mabel contó, aturrullándose a veces, sus visitas a claustros, criptas y pórticos. Habló de los escenarios de sus pasiones como quien enumera los ingredientes de una receta de cocina.
Todos hemos peregrinado a lugares sagrados. Todos nos hemos postrado en algún adoratorio. Y hemos mitificado o desmitificado buscando la felicidad. Todos nos hemos adentrado en una cueva o hemos buscado el cobijo de una frondosa encina. Y hemos repetido: “No soy más que un extranjero”.
En la cara de Pedro y Lucía se pintó un profundo desagrado. Ellos y otros asistentes más discretos que no dejaban traslucir sus sentimientos, estaban cansados de asumir el papel de comparsas que legitimaban con su presencia esos espectáculos vulgares.
Los misterios son ríos subterráneos que discurren calladamente. La intimidad no es una mercancía que se pregona en la plaza. Las catacumbas no son discotecas sino lugares de culto y enterramiento.
Los misterios no sobreviven a la luz de los neones ni a los aplausos del público. Sucumben cuando aparecen en los programas de televisión. Se desvirtúan cuando andan de boca en boca.
La desdichada Mabel, cada vez más gesticuladora y parlanchina, cada vez más convencida de ser una mensajera de los tiempos actuales, se explayó.
Pero el mundo se estaba empobreciendo. Así lo sentían Pedro, Lucía y algunos más.
Los misterios, como tabernáculos profanados, no ofrecían refugio a las transmutaciones y a los renacimientos. Se habían diluido y vaciado. Eran huevos hueros.
Las ceremonias secretas y las verdades ocultas habían sido rebajadas a la categoría de quincalla.
Ese sustrato nutricio y esa necesidad de penumbra esenciales para la germinación, el desarrollo y el florecimiento se vendían en sacos de variados colores, dependiendo de la proporción de sus componentes, en los supermercados, sección bricolaje.

 

 

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Íbamos a echar un magnífico día de campo. Nos dimos cita en una plaza de Las Hilandarias. Reinaba el buen humor. Una comida al aire libre es un acontecimiento festivo.
Entre risas y bromas esperamos a que llegasen todos para ponernos en marcha. Nos dirigimos andando a un lugar situado a cuatro kilómetros del pueblo, en la dehesa Boyal, a orillas de un arroyo flanqueado de adelfas y rosales silvestres.
Aunque al principio discutimos sobre dónde vamos a ir, al final siempre acabamos en ese paraje, por el que tenemos querencia.
Una buena parte del camino discurre entre dos muretes de piedras sueltas. En el cielo, hay nubes blancas que se alargan y curvan en incipientes espirales. El aire frío y la atmósfera transparente tonifican el espíritu. Estos días soleados de invierno son una bendición.
Soltamos las mochilas y las bolsas al pie de una añosa encina y vamos en busca de leña. El círculo de piedras ennegrecidas donde hacemos fuego, está en su sitio, tal como lo dejamos la última vez.
Si guardamos silencio, se escucha el murmullo del arroyo. Debido a las rocas que jalonan su recorrido, el agua se abre en numerosos brazos. Hay tramos del cauce que están tapizados de musgo, y otros que están pavimentados de guijarros grises y blancos.
No recuerdo quién fue el primero en darse cuenta y señalarlos con el dedo. La comida se nos atragantó.
Estaban posados en las ramas más altas de la encina, inmóviles como estatuas, y nos observaban.
Las sardinas empezaron a requemarse, pero nadie pensó en sacarlas del fuego.
Con la tostada empapada de aceite en una mano, tan quietos como ellos, éramos la imagen del alelamiento. Sólo faltaba que se nos cayera la baba de la boca entreabierta.
No se nos ocurrió que quisieran atacarnos, si acaso arrebatarnos la comida. O tal vez estaban esperando para dar cuenta de los restos. Esto último parecía improbable.
Por su forma y tamaño me recordaron a una sirena, aunque esos pájaros permanecían obstinadamente callados. Sólo se escuchaba el rumor del arroyo.
Daban tal sensación de pesadez que uno se preguntaba cómo podían volar. Su plumaje negro como el hollín tenía reflejos metálicos. Las garras de afiladas uñas estaban plantadas sólidamente en las ramas del árbol.
Pero lo que nos dejó fuera de juego fue otra cosa. Esos tres grajos gigantes y rechonchos tenían cabeza humana.

 

 

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Me había vestido correctamente. Nada de vaqueros ni ropa informal. Me había puesto una camisa clara y mi mejor chaqueta. De la corbata, que tan convencional me resulta, prescindí. Fue una pequeña concesión que me hice a mí mismo.
¿De qué vale arreglarse cuando se salta al vacío? Con ella uno nunca sabe a qué atenerse. Es impredecible. Ella es Angélica.
El trayecto hasta su casa no lo hice en mi coche sino en autobús. Era consciente de que no las tenía todas conmigo.
No quería pensar. Quería distraerme mirando a través de la ventanilla.
Confiaba en que esta vez sería diferente. No esperaba que todo fuese como una seda. Eso sería soñar con los ojos abiertos. Me conformaba con que todo transcurriese con normalidad. ¿Era mucho pedir?
Sé que no hay soluciones definitivas, que raramente nuestras expectativas se ven colmadas. Mis ilusiones habían mordido el polvo a menudo. Sin embargo, me resistía a darme por vencido. La trémula llamita de la fe se mantenía encendida.

-o-

Durante el viaje en autobús me convierto en el campo de batalla de emociones contradictorias. Como si yo fuera un botín de guerra, unas forcejean por hacerse con mi corazón que late como si fuera a apagarse; otras por hacerse con mi cabeza que, bajo el peso de mis obsesiones, se inclina sobre el cristal. En mi estómago despunta la náusea.
Aunque la sangre no llega al río, ese malestar mina los cimientos de mi confianza.
Bien es verdad que esas somatizaciones son controlables. De hecho, cuento con ellas.
Son la respuesta del animal que se apresta a la lucha. El primer combate que libra.
Estas consideraciones me ayudan a encarar mi situación con el espíritu de un guerrero al que, indefectiblemente, se le ofrecen dos posibilidades: el triunfo o la derrota.
Delante de mí, en un asiento de la derecha, va un hombre gordo, vestido con atildamiento. Tiene un morrillo como el de un buey. Un cuello robusto que se alarga como el de una serpiente antediluviana.
Cuando vuelve la cabeza, muestra su rostro en el que brillan sus ojos enrojecidos. Observo sus fauces entreabiertas y su monstruoso pie guarnecido de grandes uñas corvas.
El dragón habla con una voz ronca que se superpone al ruido del tráfico, que anula cualquier sonido, una voz retumbante imposible de silenciar. Comenta que su madre tiene novecientos y pico de años.
“Y está como una rosa”. Una bruja de nariz ganchuda y mejillas hundidas le pregunta por el secreto para conservarse en tan envidiable estado.
“Bueno, mi señora madre tiene una gotera” “¿Qué le pasa?” pregunta la vieja en un tono meloso que trasluce su falso interés.
“No lo van a creer” responde fijando sus protuberantes ojos, que recuerdan los de un besugo gigante, en la bruja, la cual, sin pestañear ni achantarse, le sostiene la mirada.
“Le duele la muela del juicio” declara soltando una carcajada que la vieja corea de buena gana. “¡La muela del juicio!” repite entrecortadamente el dragón muerto de risa.
De pie, agarrado a la barra, un doncel de cabeza arrogante contempla con la barbilla alzada a esa singular pareja.
Como aún no ha sido armado caballero, no lleva espada. Si tuviese una, tal vez la usara para hacer callar a esos dos patanes.
Del cuello del joven cuelga una cadena con un medallón. Figura en él una leyenda en letras góticas que, por más que aguzo la vista, no consigo leer.
El doncel, disgustado por el espectáculo que están dando esas dos criaturas, cambia de postura y se pone de cara a la ventanilla. Luego, abstrayéndose del entorno, mueve la cabeza al son de una música que sólo él oye.
Mi viaje llega a su fin. Angélica me espera, no quiero llegar tarde a la cita. Me levanto. Mejor dicho, nos levantamos el dragón, la bruja y yo. Los tres bajamos en la próxima parada.

 

 

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Conozco a Ramiro desde hace años. La transformación que sufre no es nueva. He tenido ocasión de observarla repetidas veces. Sin embargo, no puedo evitar que me produzca incomodidad, irritación e incluso desasosiego.

Empieza ladeando la cabeza de una forma que no es la suya. Luego alza un brazo como si fuera a despedirse. Su cuerpo adopta una postura indolente. La voz no le cambia pero adquiere las inflexiones propias del visitante. En pocas palabras: deja de ser él mismo.

Por los gestos, por el lenguaje, resulta fácil identificar al huésped que se ha adueñado de la casa.

El intruso al que Ramiro cede gustosamente el protagonismo, es un conocido por el que siente una admiración o devoción inexplicables para mí. Pero el alma humana es un misterio.

Su docilidad, su colaboracionismo, en el proceso de colonización provocan un lógico rechazo. ¿Por qué se sacrifica a sí mismo en aras de un modelo fantasmal?
Ayer asistí a un relevo completo. Mi amigo sólo mantuvo la apariencia física.

El éxito de esta suplantación suscitó una duda. Siempre había dado por supuesto que era Ramiro quien abría la puerta para que el visitante entrara en su interior. Pero también podía ser que el otro proyectase su poderosa sombra, destruyese las defensas y se apoderase de la personalidad de mi amigo.

Ayer me sentí como el desorientado interlocutor que asiste por primera vez a esa mutación. La idea de que no se trataba de una entrega sino de una conquista se abrió paso en mi mente.

Ayer ocurrió que, tras dejar de ver y oír a Ramiro, encaré al visitante. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona y en sus ojos relampagueó una luz maligna.

 

 

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Durante la comida se produjo el temido cuestionamiento de la comedia social, de las vanidades mundanas, de todo lo que supuestamente hace las delicias de los mortales.
Al principio todo transcurrió bien. El momento del encuentro, los formalismos previos, el aperitivo en la barra.
Tomaron una cerveza y estuvieron charlando un rato. El dueño del restaurante, un antiguo conocido, les dio a probar el aliño de patatas.
El local, con escasos clientes cuando ellos llegaron, se fue llenando. Aunque habían reservado una mesa, él observaba con el rabillo del ojo la afluencia de gente. Era un acto reflejo. Una reacción inevitable.
Por fin se sentaron e hicieron la comanda. Para beber eligieron un blanco de Rueda.
La conversación se mantuvo animada hasta que el camarero trajo el bacalao con verduras, una recomendación de la casa en consonancia con el tiempo pascual.
Cuando vio ante sí el plato del que debía dar cuenta, la marea agónica de la ansiedad subió y extendió sus aguas negras sobre el cuerpo del comensal, desmadejando sus miembros.
El trozo de bacalao que masticaba se convirtió en una bola estropajosa e intragable. Las fibras del pescado se introducían entre los dientes y le recubrían las encías, exasperándolo e incitándolo a utilizar, según conviniera, un dedo o una uña en la tarea de limpieza.
Sustituyó el vino por agua que bebió a largos sorbos, tanto para empujar el bocado como para contrarrestar los efectos de una insuficiente desalación.
Tuvo que levantarse e ir al cuarto de baño. Tras estirar las piernas, respirar hondo y enjuagarse la cara, regresó a la mesa. Pero no pudo acabar la comida. En cuanto al postre, una porción de tarta de tres chocolates, se limitó a picotear.
Luego estuvieron paseando, se sentaron en una terraza y tomaron café y licor de hierbas con hielo.
Comprobó una vez más que, cuando se conoce el reverso de la moneda, es imposible tomarse en serio demasiadas cosas. Lo que uno espera de la vida no coincide con lo que los demás esperan. La felicidad no se cifra en los mismos objetivos.
Comprobó también que no vale la pena dar explicaciones, pues éstas rebotan en la incomprensión, en la resistencia, en el rechazo.

 

 

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                                    V
En cuanto entré en el recinto ferial, me encontré con mi paisano Aniceto Márquez que me enseñó jubiloso un libro sobre el mar Rojo. Era el único que le quedaba para completar la colección.
Espurreando saliva debido a una mella en su dentadura, me habló del mar Negro, del mar Caspio y del mar Muerto sin solución de continuidad. Los conocía tan a fondo que se tenía la impresión de que eran parientes suyos por los que sentía un gran aprecio.
Aniceto, que tiene fama de espabilado, y sin duda lo es, me mostró una vez más el ejemplar recién adquirido y se fue la mar de feliz.
En numerosas casetas exhibían ediciones de lujo, libros de gran formato, magníficamente encuadernados, que contrastaban con las modestas colecciones de bolsillo.
Había también objetos originales y lujosos, innegablemente caros. Un estuche forrado de terciopelo azul con tres mazos diferentes de cartas de tarot atrajo mi atención.

VI

Tras mi visita a la feria busqué una cafetería por los alrededores sin encontrar ninguna de mi agrado.
Andando de acá para allá acabé extraviándome y preguntándome qué hacía en una desconocida galería comercial adonde había ido a parar.
Salí a una calle peatonal pavimentada de losas blancas. Contemplé a los viandantes que paseaban tranquilos, y más lejos los árboles de un parque cuyas copas oscilaban levemente.
Ése era el lugar idóneo para relajarse. Pero las piernas se me pusieron pesadas. A medida que me acercaba, el esfuerzo que debía realizar era cada vez mayor.
Si andaba despacio, podía seguir avanzando con dificultad, pero en cuanto aligeraba el paso, los pies se quedaban clavados en el suelo.
Mi situación empeoró cuando miré el reloj. La hora de estacionamiento había transcurrido, de forma que podían ponerme una multa e incluso retirar el vehículo.
La bomba de relojería de la angustia empezó a hacer tictac en mi pecho.
Tenía que irme, salir de la ciudad. Ante mi vista nublada se extendía la carretera como una promesa de libertad. Mis manos sudorosas se agarraban a un volante imaginario. Soñaba con el viento que entraba por la ventanilla.
Di media vuelta y, luchando contra mi disnea y mi parálisis, confiando más en mi instinto de supervivencia que en mi sentido de la orientación, me dirigí a la calle donde había aparcado el deportivo rojo.

 

 

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                                          III
El corazón me dio un vuelco y me rompió un sudor frío. “¿Te has vuelto loco?” grité.
Esteban, que se había puesto a adelantar coches de forma suicida, no me escuchaba.
A pesar de los bocinazos e insultos de los iracundos conductores, mantuvo la presión sobre el pedal.
Estaba poseído por un demonio y no atendía a razones. No se podía hacer nada salvo dejar que se estrellara.
¡Pero yo no quería acabar hecho papilla!
Milagrosamente, cuando íbamos a estamparnos en un muro de cemento, logró frenar a escasos centímetros.
Dos policías con cara de vinagre se pararon a nuestro lado y le hicieron a Esteban la prueba de la alcoholemia, que dio negativa.
No había bebido nada. Él hace las locuras y las idioteces completamente sobrio.
Luego los policías le pidieron los papeles y descubrieron con evidente fruición que iba indocumentado.
Arrestaron a Esteban y se informaron de si yo tenía carnet de conducir. Respondí afirmativamente. En vista de mi palidez, me preguntaron si podía hacerme cargo del deportivo rojo. Volví a responder que sí.

IV

Miré al Alfa-Romeo como a un enemigo declarado. Intuía que mis problemas no habían concluido.
No me gustaban ni el color ni la forma del coche.
Uno de los policías me aconsejó que buscase un aparcamiento, y que descansase antes de tomar una decisión.
La decisión ya estaba tomada: regresar al pueblo. Pero no estaba en condiciones de viajar hasta que se me pasara el susto. Así pues, seguí la indicación del agente y busqué un lugar donde dejar el deportivo.
En Sevilla no es tarea fácil encontrar aparcamiento y aún menos en el barrio donde estaba. Me senté al volante y empecé a dar vueltas.
A causa de mi nerviosismo y de mi contrariedad me hice un bonito lío con los pedales del coche.
Como dudaba del emplazamiento del freno, del acelerador y del embrague, los pies se me enredaban como si estuviesen marcando los pasos de un baile desconocido.
Pasé junto a la Feria del Libro. En una calle cercana, que era zona azul, encontré una plaza libre.
Me di prisa en estacionar el deportivo y me dirigí al parquímetro en el que introduje el único euro que tenía en el monedero. Eso significaba que disponía de una hora.

 

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                                        I
Nos dirigimos a la vivienda que habían alquilado unos extranjeros en la calle Tercia. No es que Las Hilandarias se haya puesto de moda y haya entrado a formar parte de los “tour operators”. Pero de vez en cuando recalan en el pueblo británicos, alemanes o franceses. Incluso escandinavos. Es el signo de los tiempos.
La idea fue de Esteban. Teniendo en cuenta que a duras penas chapurrea un poco de inglés, su habilidad para relacionarse con todo el mundo es admirable.
Estos visitantes en concreto de cuya nacionalidad no me enteré, no hablaban apenas español. Casi se puede afirmar que no hablaban.
Mi amigo entró como Pedro por su casa, como si fuese uno más de la familia. Su desenvoltura es para mí otro motivo de asombro.
Se coló o nos colamos de rondón. Cruzamos el zaguán, la habitación de en medio y el comedor, desembocando en el patio sombreado por una parra, al fondo del cual había un cobertizo donde estaban los rubicundos forasteros jugando a las cartas.
Nos acercamos y contemplamos durante un rato cómo jugaban en silencio. Nadie dijo nada, ni ellos ni nosotros. Cuando nos cansamos de mirar, nos dimos media vuelta y nos fuimos.

 II

Esteban me propuso entonces dar un paseo en coche. Yo pensaba que ni siquiera tenía carnet de conducir.
Respondió a mi gesto de extrañeza con una sonrisa pícara en la que leí: “En cualquier caso tengo coche”.
Se trataba de un magnífico deportivo rojo.
Como me temía, Esteban era un conductor impulsivo. Rápidamente me arrepentí de haber aceptado su invitación, aun siendo consciente de que habría tomado a mal mi negativa.
Desde luego, montarme en ese bólido con Esteban al volante era una temeridad sin perdón de Dios.
El aerodinámico Alfa-Romeo llegó a Sevilla en un abrir y cerrar de ojos. Tras el vertiginoso viaje, empezamos a recorrer la ciudad como dos turistas ansiosos por descubrir rincones típicos.
Cada vez que Esteban apartaba la vista de la calzada para mirar a un lado o a otro, yo sentía un cosquilleo en el estómago. Su aparente seguridad incrementaba mi inquietud.
Sin venir a cuento dio un acelerón. Estas reacciones impredecibles y estúpidas impiden que uno pueda fiarse de él.
Hasta ese momento se había comportado prudentemente, pero en un acceso de hastío decidió tirar por la borda su sensatez.

 

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Querida Michèle,

Me estaba acordando de la simpática cabra de monsieur Seguin. He llegado a la conclusión de que me ocurre como a ella y a todos los herbívoros de su especie. Lo que como necesito regurgitarlo y masticarlo con detenimiento antes de tragarlo definitivamente.

Quiero decir lo que hablo. Tal vez se trata de un fallo de mi sistema mental por culpa del cual me veo abocado a rumiar los pensamientos. Sea lo que sea, la cabra es mi animal totémico.

Este introito viene a cuento de nuestra última conversación, en la que abordamos el tema de la verdad, siempre una y la misma, ya la diga Agamenón o su porquero. Recibe ese nombre justamente por no ser múltiple ni variable, por no admitir versiones, por ser escueta y austera.

Hay un concepto jurídico conocido como “legítima defensa”, de la cual la mentira puede ser un instrumento como lo son también una pistola o un cuchillo.

En nombre de la propia integridad física y de los legítimos intereses de un persona (familia, bienes, dignidad…) se puede recurrir a la mentira para neutralizar una agresión, para defendernos.

Si puedes engañar a alguien que te está coaccionando para hacerse con el código secreto de tu cuenta bancaria, le darás uno falso, pues se trata de tu dinero ganado honradamente. Si está en tu mano impedirlo, no dejarás que un delincuente te desplume.

Es lícito recurrir a la mentira en esa u otra coyuntura similar.

Pero en circunstancias normales la función de la mentira es deleznable. La mentira es una traición a la verdad. Tanto la vida personal como la colectiva deben cimentarse en la segunda.

La mentira es una manipulación malintencionada cuyo resultado es el enrarecimiento de la atmósfera, el envenenamiento de la convivencia, aunque se practique por juego, a pequeña escala, a niveles supuestamente irrisorios.

Si te pido que salgas conmigo, y tú no quieres, puedes decirme la verdad. Si piensas que esa respuesta es demasiado brutal, puedes alegar que te duele la cabeza o que tienes mucho trabajo acumulado, o sea, una excusa.

Abomino del relativismo, pero reconozco que hay que ser flexible y no tomarse las cosas demasiado a pecho. Y lo que es más importante: hay que tener sentido del humor para encajar los golpes y, en general, para afrontar la vida.

Excusas tan trilladas como la de la jaqueca pueden ser calificadas de mentirijillas y no vamos a montar un cirio por eso, ni tampoco por las llamadas mentiras piadosas.

Una vez hechas estas precisiones, sólo queda añadir que las mentiras, tanto las grandes como las pequeñas, contribuyen grandemente a convertir la tierra en un lodazal por donde cada vez es más difícil caminar. Una cloaca en la que vamos hundiéndonos hasta ser engullidos por completo. Con todo mi afecto.

 

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