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Don Justino golpeó la mesa con la fusta y dijo: “Estoy harto de perdices, ¡harto!”. Doña Rafaela madre, secundada por la hija de Maroto, las preparaba esta vez en salsa de almendras.

“Estoy harto de perdices y harto de cortijo” repitió don Justino. Su madre, espumadera en ristre, era la reencarnación de Palas Atenea en un lamentable estado de abatimiento. Parecía que estaba librando una batalla de incierto final.

“Vosotros podéis hacer lo que os plazca. Yo regreso a Sevilla mañana mismo”.

El benjamín de la familia tenía un carácter impetuoso, en ocasiones violento. Informó a su madre que el aire puro del campo lo asfixiaba, que la llaneza de la gente no era más que malicia e hipocresía, que se aburría soberanamente.

Doña Rafaela escuchaba las razones de su hijo mientras freía las perdices.

“Aparte de eso” prosiguió don Justino, “estamos en abril. La Semana Santa está a la vuelta de la esquina. Y detrás viene la Feria”.

Don Justino se puso un punto colérico al suministrar esos datos, como si alguien le impidiese partir y la cercanía de tales festejos volviese insoportable esa perspectiva.

“Además, además…”

Doña Rafaela madre dejó de remover la carne en la sartén y miró a su hijo.

“¡Estoy hasta la coronilla de comer perdices!”.

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“En Las Hilandarias no se habla de otra cosa, prima”.

Rufina, sentada enfrente, se mantenía erguida no por una cuestión de dignidad sino porque la vaqueta de la capota se había calentado y su contacto quemaba.

“Arrea a la bestia, Maroto, que no vamos a llegar nunca” “El animal no puede” respondió sacudiendo las riendas sin que por ello la mula acelerase el paso.

Se licuaba el alquitrán de la carretera y reverberaban los rastrojos. La calima difuminaba el teso de las lomas.

La prima de Rufina, una mujer rolliza, transpiraba por la frente, las axilas y el pecho. También tenía húmedo el reborde del labio superior. Intentaba en vano provocar refrescantes corrientes de aire con un aventador de palma. Pero era tal el bochorno que sólo conseguía sudar aún más.

“¿Se casaron?” “No, no se casaron”.

“No se casaron pero viven juntos” puntualizó Maroto que tenía una colilla apagada en la comisura de los labios.

“Claro” dijo la prima de Rufina, “necesitan una dispensa del arzobispo o del Papa” “Me parece que entre tío y sobrina no dan ese permiso”.

Maroto rió, tosió y escupió la colilla por encima de las ancas de la mula. La conversación que mantenían las mujeres le resultaba divertida.

Rufina enderezó con la pierna una de las cestas que, con el vaivén del carruaje, estaba resbalando y amenazaba con desparramar su contenido.

Relucía el pelaje de la bestia que, con la cabeza gacha, subía una cuesta.

“¿Todo el día se llevan dentro de la casa?”.

Los pasajeros de la calesa respiraban pausadamente, absorbiendo pequeñas cantidades de aire.

“Al anochecer, cuando refresca, salen a dar un paseo. Luego se sientan un rato en la terraza”.

La prima de Rufina, cansada de luchar contra el destino, dejó caer la mano con el improvisado abanico en su falda. Su curiosidad era comparable al calor reinante. Así que siguió indagando más detalles.

 

 

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Mimosa (VI)

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csc_0078-2128.-“Llega un momento en que desarrollamos mucho carácter”. Emma me corrige: “Querrás decir mucha soberbia” “Aplicamos la ley en todo su rigor a los demás, salvo a quienes nos tienen en estima o nos dispensan un trato agradable. Estos o bien están por encima de la ley o bien se benefician de un baremo especial que incluye numerosos atenuantes y eximentes.

“Pero al común de los mortales, en particular a los que tenemos ojeriza, les ajustamos las cuentas de buena gana. Sobre la cabeza de los que nos gustaría meter en vereda o tener a raya, el peso de la meticulosidad justiciera cae implacable. Y que se espabilen si no quieren morir aplastados.

“En el caso de las mujeres esta dinámica cambia como de la noche al día cuando se trata de los hijos. Ahí hemos topado con la iglesia y todas sus órdenes mendicantes, predicadoras y mercedarias desplegadas en orden de batalla. Porque los hijos son suyos y son ellas quienes disponen sin dejar que interfieran otras instancias, incluida la paterna, a la que asiste, al menos teóricamente, el mismo derecho que a la materna.

“Con los hijos las mujeres modulan su discurso, matizan con la habilidad de un teólogo, argumentan sin desmayar hasta conseguir su propósito, no porque hayan convencido sino cansado. En esta ocasión la ley es maleable, es un vehículo que avanza o retrocede según convenga.

“Para que el mundo funcione es necesario atenernos a la verdad, pero también son necesarias la flexibilidad y la buena voluntad como queda demostrado en el supuesto de los hijos. Ese miramiento, en lugar de reducirlo a un privilegio, hay que exportarlo al resto de las relaciones.

“Pero esa no es la realidad. La soberbia y los hijos pueden más. Esa escora hace que el barco navegue ladeado e incluso se vaya a pique. Y se produce siempre un fenómeno de distorsión que invalida las declaraciones, que las convierte en papel mojado.

“Con los hijos no se es tan estricto, se comprende, se transige, se dan muchas oportunidades. La puerta se mantiene abierta. Se olvida todo lo que haya que olvidar. La aplicación de la ley en todo su rigor se reserva a los otros”.

129.-Dice Emma: “Estarás de acuerdo conmigo en que amar implica respetar” “Desde luego” “Y no poner condiciones” “Claro como el agua” “Entonces mi cuñada no ama. Se prefiere a sí misma. Tampoco habla. Ordena. Ella dice que tiene espíritu organizativo porque no para de dar instrucciones. A mi hermano lo tiene frito”.

“Lo que hace” replico didáctico “es poner en práctica las consignas que recibió en su infancia”. Emma me lanza una de esas miradas ambiguas que tanto me molestan, y que suelo interpretar como un cuestionamiento de mi estado mental. “¿Las consignas recibidas de quién?” “De su padre, supongo” “O sea que en realidad mi hermano se ha casado con su suegro” “No pienses que esa conclusión es disparatada” “Todo lo contrario. Quien tiene poder, por no decir otra cosa, lo conserva hasta después de muerto” “Al menos durante dos generaciones” “Esta conversación me está deprimiendo”.

 

 

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Tenía la costumbre de hablar sola, lo que era motivo de constantes bromas por parte de su marido que la había sorprendido innumerables veces entregada a sus divagaciones. Con los años esta tendencia se acentuó. Ya no era sólo don Zacarías, que por razones obvias había descubierto los soliloquios de su esposa hacía mucho tiempo, sino toda la familia y últimamente Juan Riego, Rufina y la hija de Maroto también quienes estaban al tanto de esa manía.

Esa tarde en que doña Rafaela madre se paseaba por el jardín, fue Rufina la testigo de su retahíla verbal y de sus gesticulaciones.

Absorta en el desarrollo de sus pensamientos, avanzaba la señora por el camino principal diciendo: “Lo primero que hay que hacer es arrancar la mala hierba y, si me apuran, incluso las flores. Dejar únicamente los árboles y las enredaderas, que eso tarda mucho en crecer”.

Doña Rafaela llegó al estanque romboidal que dividía el camino en dos brazos, los cuales se juntaban de nuevo al otro lado. “Y sobre todo” prosiguió monologando al tiempo que echaba un vistazo al interior del depósito medio lleno por la lluvia, cuyas paredes estaban cubiertas en gran parte de verdín, “¿dijeron que mañana saldrían otra vez a cazar perdices?”.

En el centro del estanque había un pato de cerámica con las alas abiertas y el pico levantado al cielo.

“Allí plantaría rosales rojos” y señaló con el dedo el lugar elegido. Recorrió la pérgola de maderos despintados y ladrillos árabes. Luego entró en el merendero, rodeado parcialmente de una tela metálica que servía de soporte a una enredadera de caracolillos.

Su paseo acabó en el absceso que le había salido al jardín, y que era urgente extirpar.

“Las perdices las puedo hacer rellenas de pasas… ¿o las escabecho? ¿Quién está ahí?”.

Rufina cavaba las habichuelas. Doña Rafaela madre dio media vuelta y regresó al camino que, por su otro extremo, desembocaba en una plazoleta a orillas del río, donde tres bancos de hierro enmohecían irremediablemente.

 

 

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Vitrales

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XVIII
La felicidad está
detrás de las ventanas,
entreabiertas de día,
de noche iluminadas.

Derramando su luz,
proyectando su paz,
en lugares lejanos
la felicidad está.

Lugares entrevistos
en sueños, mapas, libros
antiguos o modernos,
reales o ficticios.

La religión lo sabe
y nos habla del cielo
allá en la otra vida.
En esta está el infierno.

Pero los paraísos
resplandecientes, bellos,
son sólo una promesa,
tal vez un embeleco.

Y miro las ventanas
que esconden tanta dicha.
Si yo estuviera ahí,
me digo con envidia.

A veces me acometen
unos locos deseos
de ser feliz, de estar
en paz conmigo mismo.

Sólo tengo un consuelo
y es mirar las ventanas,
sobre todo de noche,
cuando esparcen su luz
como un bálsamo suave.

 

 

 

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Los miembros de la familia estaban sentados alrededor de la mesa, deshaciendo la servilleta, retocando la posición de los cubiertos, hablando trivialidades, disimulando en suma su deseo de hincar el diente a las aves de la discordia, cuya carne no era menos apetitosa por ser la causa de la tirantez reinante y de la quemadura de la cocinera.

A pesar del infortunado accidente y de su enojo, doña Rafaela madre no quiso privarse del placer de llevar ella misma la fuente donde reposaban las perdices en un lecho de arroz. En otras circunstancias habría explicado cómo los granos blancos absorbían golosamente las sustancias nutritivas convirtiéndose en “boccato di cardinale”.

Pero ya había condescendido demasiado, por su propio gusto naturalmente, por ver las caras de felicidad de los comensales, por coronar su trabajo.

En esta ceremonia solemne, como portadora del magnificente y profano ostensorio, doña Rafaela madre dispuso que un acólito debía precederla y anunciar la buena nueva.

La hija de Maroto, sobre quien recayó esa responsabilidad, nerviosa no tanto por su cometido, que sólo consistía en entrar en el comedor con una ensalada de lechuga y tomate, como por las sucesivas regañinas con que la habían abrumado, trocó, a pesar suyo, en razón de inesperado traspié, su papel de angélica mensajera por el de niña de primera comunión con una canastilla de pétalos de flores que esparció de golpe y porrazo.

Doña Rafaela madre, en una notable labor de transformista, se deshizo de sus atributos eclesiásticos en un santiamén invistiéndose con los correspondientes a un sargento de caballería.

En su ofuscación, en lugar de en el centro, colocó la fuente en una esquina de la mesa y se puso a soltar una filípica a la acongojada muchacha. Entretanto, pasando de mano en mano, el recipiente de barro vidriado inició un recorrido en el que iba perdiendo peso paulatinamente.

“No te enfades, mujer” dijo don Zacarías. Y a la criada: “Recoge todo eso”. Y como colofón: “Más se perdió en Cuba”.

Don Roberto dijo a su cuñada: “Anda, siéntate. No demos a este incidente más importancia de la que tiene”.

Doña Rafaela madre obedeció y, ante el asombro de todos, empezó a explicar una extraña receta en la que se combinaban las plumas de perdiz y las hortalizas del jardín con pérgola y merendero.

Seguía perorando cuando le acercaron la fuente. La hija de Maroto había cesado de llorar pero hipaba y sorbía mientras arreglaba el desaguisado.

Don Justino, don Zacarías, don Roberto y doña Rafaela hija comían con apetito.

Doña Rafaela madre, que daba fin a su discurso gongorino, lo cortó en seco, como si la reluciente hoja de una guillotina lo hubiese descabezado.

Todos pararon de masticar. Incluso la apurada muchacha contuvo el hipo y los mocos.

“¿Esto habéis dejado?” dijo al cabo de unos penosos instantes doña Rafaela madre.

 

 

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Agua y fuego

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