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13

Krazer, el Maestro Deshollinador, los llevó a la gran chimenea. Uno tras otro debían colocarse debajo de la campana y mirar hacia arriba.

El ancho tiro, en el que resonaba la más leve ráfaga de aire, era semejante a un eje que conectaba el cielo y la tierra.

Si se concentraban lo suficiente, les explicó el Maestro, se operaría un prodigio. Era importante que controlasen la respiración.

En la antigua cocina del castillo hacía frío. Era un día desapacible.

Durante unos minutos los muchachos permanecieron callados y atentos, observando las gotas de lluvia que se colaban por la boca de la chimenea, sin sombrerete, y se estrellaban contra las losas del hogar.

A una indicación del Maestro, el primer aprendiz se situó en el centro de la inmensa campana, que podía cobijar a un buen número de personas.

El ulular del viento se intensificó. Su larga mano invisible se dejaba sentir en la desangelada cocina, carente de mobiliario y adornos.

Sólo en la repisa de la chimenea, formada por una viga de roble, había tres candelabros de hierro.

Cuando le tocó a Edu, alzó la vista y descubrió, a través de ese gigantesco catalejo invertido, una torre solitaria con escasas ventanas a gran altura.

Se preguntó quién podía vivir en ese lugar. Ese baluarte le produjo desconsuelo. Por nada del mundo se convertiría en el habitante de esa arrogante construcción.

Una vez realizada la prueba, los muchachos fueron por leña y la amontonaron en el hogar. El Maestro Deshollinador encendió un fuego.

El calor entonó los cuerpos y el resplandor de las llamas iluminó los rostros.

Algunos, como Edu, habían vislumbrado la funesta torre. Otros, como Hemón, constelaciones cuyas estrellas dibujaban pavos reales, caballos alados y monstruos marinos.

Krazer tomó finalmente la palabra. Habló de los orígenes de Haitink y de los Primeros Tiempos.

Gato vigilante

Anteo (III)

III
Como los penitentes avanzo paso a paso,
olores aspirando a rancios comistrajos,
a humedades, a lutos, a tenaces hierbajos
creciendo en las junturas del gris adoquinado,
creciendo entre las tejas de los viejos tejados
de alero y caballete levemente ondulados.

Cuando miro a la izquierda en el cruce primero,
como un aldabonazo en mitad de mi pecho,
como el gong de la infancia vibrando en el silencio
de esta mañana clara, como los polvorientos
volúmenes guardados con amoroso esmero,
inapelable surge la voz de mis ancestros.

 

Falso pimentero

12

Lo embargó el pánico. Pensó que se había quedado ciego. Se tocó la cara con las manos. Se pasó los dedos por los ojos.

Un resplandor lejano lo tranquilizó. Una antorcha iluminaba un rincón perdido.

¿Dónde estaba? Al hacerse esta pregunta descubrió un murciélago que batía sus alas membranosas sin moverse del mismo sitio. Parecía suspendido en el espacio, como un ídolo que se ofrece a la adoración.

Cuando hubo captado totalmente la atención del muchacho, se dio media vuelta.

Edu lo siguió por una galería en la que se alternaban los tramos de oscuridad y los círculos de luz de las antorchas.

Por una escalera de caracol bajaron a una cámara que Edu reconoció, aunque nunca había estado allí.

La estancia tenía en el centro una alfombra carmesí sobre la que había alguien. Le pareció un títere descuajaringado, un muñeco de tamaño natural que, cansado de estar de rodillas, se había dejado caer y yacía boca abajo. Esa figura le resultó familiar.

El descenso no había acabado. El murciélago condujo a Edu a un subterráneo donde lo esperaba el Encapuchado en medio de cuerpos descabezados y de flotantes ojos de corneas amarillas.

Había también orejas que, con un ligero vaivén, se desplazaban de un lado a otro.

Al igual que le ocurriera con el heraldo, Edu sintió que se hallaba en presencia de una siniestra deidad.

Olía a estiércol, lo cual produjo náuseas al muchacho. La atmósfera enrarecida le desencadenó asimismo una intensa nostalgia y su mente se pobló de árboles, de arroyos, de nubes.

La querencia era tan fuerte que cerró los párpados.

Cuando los volvió a abrir, estaba tendido en el suelo de su habitación, como si se hubiese caído de la cama.

Caminos (XXVIII)

328.-Juan Ramón Jiménez regresa a Moguer para convalecer. Y regresa también a su infancia. Aprovechando esa coyuntura escribe Platero Y Yo. Eran el momento y el lugar adecuados. Uno de esos afortunados azares que se pueden contar con los dedos de una mano.

El poeta se pasea y pasea la mirada por ese escenario primigenio. Uno a uno van aflorando los personajes, desde Aguedilla, a la que dedica el libro, al viejo Darbón. Los mira de frente y traza su perdurable retrato.

Estas estampas, como indica el subtítulo, son una elegía. La definición que de esta palabra da María Moliner es la siguiente: “composición poética en que se lamenta la muerte de alguien u otra desgracia”.

La omnipresencia de la muerte culmina en la de Platero, entremedias hay otras que confieren a esta obra su punzante tono melancólico a la par que la convierten en una fuente de vitalidad. La muerte y la vida se dan la mano desde la primera hasta la última página.

El tema de la finitud, es decir, del inexorable paso del tiempo, se palpa en las numerosas descripciones de paisajes a diferentes horas del día y en las diferentes estaciones.

La nostalgia viene servida también por el niño del que no podemos prescindir. Platero Y Yo es la depuración extrema de su mirada. No es una liquidación sino una evocación. No es un muestrario de fantasmas sino una revivificación. De esta manera el pasado queda incorporado al presente, se hace presente cada vez que se recorren las líneas del libro.

El poeta se adentra en el Moguer de su infancia y rescata sus recuerdos. Los libera y se libera él mismo de lastres y cárceles.

La comparecencia de los niños es tan importante como la de la muerte. Son los dos pivotes de la obra.

Los niños viven directamente, sin teorías ni anteojeras. Viven el mundo y sus emociones. La adultez es un proceso de anquilosamiento. La adultez equivale a la pérdida de esa capacidad. El poeta la conserva, razón por la cual es tomado por tonto.

Vida cotidiana

11

Salieron al amanecer, con el tisú del cielo entretejido de vetas azules y negras. Los aprendices avanzaban en fila de a dos.

El Maestro Zapatero, con su largo cayado, iba en cabeza. El crujido de las pisadas en la grava del camino resonaba en esa hora silenciosa.

Cuando llegaron al lindero del bosque, se sentaron en el suelo. Zacharías señaló a uno de los muchachos, que se descalzó y se puso en pie. El Maestro miraba la espesura que el elegido, sin detenerse, abriendo su propia senda, debía atravesar hasta la otra orilla. Allí esperaría a sus compañeros que saldrían a intervalos cortos y regulares.

Cuando le llegó el turno a Edu, se quitó los zapatos, hizo un hatillo con ellos que colgó del hombro, y emprendió la travesía.

En el bosque surgían aquí y allá calveros inundados de luz.

Al vadear un arroyo, una culebra se deslizó como un rayo y vino al encuentro de Edu, enroscándose en sus tobillos como el tallo de una enredadera. Luego, levantando su cabeza triangular y aplanada, fijó sus ojos sin párpados en los de su presa a la que mostró repetidamente su lengua bífida.

El joven contuvo la respiración. Salvo por la presión que ejercía, la frialdad del cuerpo escamoso del reptil y la de la cristalina corriente de agua no se distinguían.

Trabado como estaba, temía perder el equilibrio y precipitar los acontecimientos. Por otro lado, la necesidad de moverse era cada vez mayor.

Poco a poco la culebra aflojó su abrazo y acabó desenrollándose. Después se alejó zigzagueando por el riachuelo.

Una vez liberado, Edu se adentró en la zona más umbría del bosque.

Fue aquí donde tuvo lugar el segundo lance.

Un lobo viejo estaba echado al pie de una corpulenta haya. Edu aminoró el ritmo, aunque estaba decidido a pasar de largo.

El carnívoro contemplaba al muchacho con una expresión de ironía. No hizo nada por levantarse. Estaba a gusto en esa postura.

Edu comprendió que el animal no tenía la intención de abalanzarse sobre él. Incluso le pareció que estaba deseoso de compañía. Al llegar a su altura, tal vez sutilmente inducido por el poder hipnótico de su mirada, se detuvo. En los labios del lobo se perfiló una maliciosa sonrisa.

Al otro lado del bosque de los Frambuesos, Zacharías habló de la prueba superada por los aprendices.

Les dijo que para conservar la cabeza sobre los hombros había que tener los pies sobre la tierra. Este contacto, además, les proporcionaría la energía necesaria a su andadura.

No aludió a las experiencias individuales. Los eventuales percances sólo competían a los interesados.

Espino de fuego