Feeds:
Entradas
Comentarios

II
En la acera, sentados sobre el duro cemento,
jugábamos, reíamos.

Por un fugaz momento no existían los padres
que volvían borrachos, y luego se enfadaban
sin que nadie supiera el porqué de su enojo.

No existía la escuela con sus maestros crueles.
No existían las madres con su poder inmenso.

Ni siquiera existían las vecinas chillonas
que nos amenazaban
con fríos cubos de agua, porque nuestro bullicio
las sacaba de quicio.

Sus delicados nervios soportar no podían
a unos pocos chiquillos sentados en la acera,
olvidados de todos, especialmente de ellas.

Mas la realidad era que a todos molestábamos.
¿Acaso no veíamos que estábamos en medio?
Entonces nos mandaban a jugar a otro sitio,
más allá, más abajo.

Nosotros en enjambre salíamos zumbando,
posándonos de nuevo cerca de una ventana.
Y una voz destemplada se escuchaba al momento
mandándonos más lejos.

Entre risas, protestas, otro sitio buscábamos,
un lugar imposible donde no molestásemos.

Al final acabábamos
al abrigo de tapias, sentados sobre piedras,
en el campo, extramuros.

CSC_0071 (2)

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Neptuno

CSC_0080

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Se nos acerca un antiguo conocido, mayor que nosotros. “Mucho mayor” precisaría Emma más tarde. Se acoda a nuestro lado y pide un vermut de la casa con un chorrito de sifón. Pregunta al camarero si no tiene una rodaja de naranja para la bebida. Como recibe una respuesta negativa, pide una de limón. Y por último unas aceitunas aliñadas. Luego se nos queda mirando con su melena leonina y su boca entreabierta en una sonrisita socarrona. “De superioridad” según Emma.

Porque él está de vuelta de todo. Ha corrido mundo y ha vivido el doble o el triple que cualquiera de nosotros dos. “Juntos” añade mi amiga. Tras escupir un hueso de aceituna en el orificio superior del puño que se acerca a la boca, y dejarlo escapar por el inferior justamente encima del platillo ad hoc con donosura de galán, declara: “Se os ve aburridos”.

Callados tendría que haber dicho. En efecto, lo estábamos desde antes que él traspusiera el umbral del establecimiento. Cuando no tenemos nada de qué hablar, permanecemos silenciosos sin sentirnos incómodos. De todas formas, pocas veces nos hallamos en esa tesitura. Emma tiene casi siempre tema de conversación. Y cuando no, ahí está el inagotable filón que es su cuñada, al que recurre gustosamente cuando deserta la inspiración.

Rafael de Sayago, que por supuesto no es su verdadero nombre sino el de guerra o, como él prefiere decir, el artístico, es un cómico en decadencia. Tuvo su momento, pero hace tantos años que ya nadie se acuerda. Ahora se dedica a la televisión, ya sean series cutres, programas arrabaleros o tertulias sesgadas y cañeras.

Él se presenta como actor y showman. En el barrio tiene sus admiradores. Pero hay también quien huye de él como de la peste porque, dada su dilatada experiencia en las tablas y en los platós, sabe dar la vara.

Dispuesto a animarnos la vida, nos hace una pregunta un tanto retórica: “¿Sabéis cómo eliminaba a mis adversarios?”.

Se vuelve al camarero, le pide otro vermut y añade: “A ellos ponles lo que estén bebiendo”.

“Con un camión”. Como le entra la risa floja, a punto está de engolliparse. Poniéndose bastante coloradote, logra expulsar el hueso a tiempo.

Respira hondo y prosigue: “Cuando iba por la carretera y alguien quería adelantarme, dejaba que se colocara a mi altura. Entonces aceleraba. El otro se picaba y hacía otro tanto. Con la única diferencia de que él iba por el carril de la izquierda y yo por el de la derecha.

“Si era lo suficientemente listo, acababa aminorando la velocidad y colocándose detrás de mí. Si era un gallito o un descerebrado y persistía en querer sobrepasarme, sólo era cuestión de esperar a que apareciese un coche de frente. La estupidez o la soberbia hizo que algunos colisionaran, y que otros se salieran de la carretera, quedando allí arrumbados hasta que la grúa los rescataba”.

Rafael de Sayago, histrión y bocazas, ríe y me da una palmadita en el hombro. Con Emma no se atreve. Cuando se va, mi amiga comenta: “Bonito método de eliminar a quien estorba” “Es una simple boutade” “Aunque lo fuera, la diafanidad de su intención no admite dudas” “Creo que exageras” “Y yo que te has caído de un guindo”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0083

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

I
Vuelvo a ti, Sebastián,
como antaño, en la calle iluminada apenas
por escasas bombillas.
Pero hoy no traigo nada, hoy sólo vengo yo.

Contigo no hace falta andarse por las ramas,
ni dárselas de listo.

Tus verdades son simples.
Cualquiera las entiende. Y por eso también
cualquiera las desprecia.

Sebastián, no es mi caso.
Los años me enseñaron que tus verdades simples
son las solas verdades.

No debiera siquiera hablar de tus verdades
En buena ley debiera hablar de tu verdad.

Es decir, de tu hambruna,
de ese estómago terco que soñaba con platos
rebosantes, colmados,
con platos de lentejas, de garbanzos, de chícharos.

Recuerdo esa hambre tuya. Y más cosas recuerdo,
pero esa es la primera, la que tiene más peso.

CSC_0071 (2)

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

DSC_0015DSC_0037

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Mis compañeras iban preocupadas porque los resultados del informe Pisa, una vez más, eran deprimentes. Como consecuencia de ello, la inspección nos había visitado.

A mi centro, según la descripción de un colega lenguaraz, había ido un sietemesino que se pasaba el tiempo subiéndose la montura de las gafas con el dedo índice, y que nos puso la cabeza como un bombo.

La reunión a la que fuimos convocados la invirtió en gran parte en alabar ese ejemplo a seguir que es Finlandia, un país con cinco millones y medio de habitantes y unas características geográficas y socioeconómicas que poco o nada tienen que ver con las nuestras. La fijación de estos mendas por ese país nórdico, mantenida y alimentada regularmente por los artículos que aparecen en su periódico de cabecera, el cual, cómo no, salió a relucir, la fijación, decía, de estos representantes más políticos que administrativos, es una de las plagas que se ha abatido sobre el sistema educativo.

La murga que nos dio fue de órdago. Las tonterías que enhebró nos dejaron turulatos. Y las medidas que impuso merecían ser arrojadas directamente a la papelera. Estoicamente, salvo los afectos al régimen a quienes todo parece bien o mejor, aguantamos el chaparrón.

La encerrona fue larga y tediosa. Casi todos estábamos deseando que acabase para olvidarnos de lo que habíamos escuchado. Pero el inspectorcito no estaba dispuesto a soltar su presa fácilmente. Pese a que procurásemos mantenerlas impenetrables, algo debió detectar en nuestras caras que no le gustó, poniéndolo un punto agresivo. Desde luego, nuestras miradas no traslucían el beneplácito.

Su remedio infalible eran más reuniones y más burocracia. Todo lo cual debía traducirse en un mayor número de aprobados. Como comentaron después algunos de los asistentes, que en ese momento no se atrevieron a hablar, de esa forma no se solucionaba el problema. Cuando volvieran a evaluar a los estudiantes, el informe PISA desenmascararía esos falsos aprobados, esas notas hinchadas.

El inspectorcito, consciente de la dureza con que nos estaba tratando, quiso atenuar el tono al final de su filípica, imprimirle un aire campechano. Para majaderías estábamos los oyentes.

Tras asaetarnos a consignas, tras apabullarnos con la cantidad de papeles inútiles que había que rellenar, acabó haciendo el panegírico de la labor docente. Y citó a dos o tres personalidades para las que la educación era el súmmum. Debíamos entender y asumir la bronca que nos había echado porque la enseñanza era la piedra angular de la sociedad. Y concluyó diciendo que era una terrible desgracia no estar a la altura de los tiempos, ir en el furgón de cola del convoy del progreso, aludiendo de paso a la buena posición que ocupaba Finlandia en ese tren.

Yo estaba sentado en la primera fila porque llegué de los últimos a la reunión, y ese fue el sitio que encontré. Subiéndose las gafas con el dedo y cabeceando, el representante de la administración me preguntó: “¿Y para ti cuál es la mayor desgracia?” “Abrir el frigorífico y descubrir que no hay cerveza” “Hablando en serio” “Muy en serio”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0081

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

15 de junio de 2014 062Mis compañeras de viaje, viéndome abstraído en mis pensamientos, decidieron reintegrarme a la realidad. Sospechaban, no sin razón, que no estaba prestando atención a las historias que desgranaban en nuestro desplazamiento matinal al trabajo.

Una me dijo: “Ya está bien de tanto escuchar” (lo que era manifiestamente falso). Otra: “Tú ahí calladito, sin perder ripio” (lo que seguía siendo mentira). Y la tercera: “Ahora te toca a ti contar algo”.

Puesto que no me apetecía dar explicaciones respecto a mi actitud, acepté la invitación para salir del paso. A fin de cuentas yo tenía también mis anécdotas. Escogí para la ocasión una que acaeció al principio de mi vida laboral, cuando me destinaron a un importante municipio de la Sierra.

En dicho pueblo se practicaba asiduamente el deporte de mirarse unos a otros. Era un cotilleo de gente seria y respetable que despistaba al recién llegado. Sin embargo, por poco avispado que se fuese, no se necesitaba demasiado tiempo para conocer el percal.

Así que no podía llamarme a engaño. Era consciente de lo que hice, pero no del tremendo calado de esa actividad subterránea.

Juanita era una compañera de trabajo especialmente sensible a ese chismorreo solapado, al que temía y del que se guardaba.

Ella achacaba esa afición no a la falta de distracciones sino a la propia naturaleza de sus convecinos.

“No hace falta decir que Juanita no jugaba con las cosas de comer. Ella no daba un cuarto al pregonero ni por equivocación. Sabía con qué bueyes araba y mantenía estrictamente las apariencias.

“Era una mujer de mediana edad, de buen ver, con gusto para arreglarse, que iba a la peluquería una vez a la semana. Sin duda era atractiva. Llevaba siempre alguna joya de valor, ya fuera unos pendientes de oro o un collar de turquesas, y en los dedos una o dos sortijas.

“Vivía cerca del centro, en una plazoleta que era un lugar de paso, sobre todo los sábados.

“La plazoleta tenía una fuente con un pato de alas abiertas y pico enhiesto, que, desde cierta distancia, parecía un elefantito con la trompa empinada.

“Era, pues, sábado por la mañana. No dejaba de ir y venir la gente. Yo me dirigía también al centro y descubrí a Juanita acodada en el balcón de su casa. Hacía un espléndido día primaveral.

“Me paré y agité la mano. Ella me devolvió el saludo acompañado de una encantadora sonrisa. Me acordé de un problema laboral que había quedado pendiente. Le hablé de ese lío burocrático y le dije que se me había ocurrido una solución. “¿Quieres saber cuál?” le pregunté. Ella respondió: “Bueno”.

“Como podéis imaginar, estábamos conversando a voces, lo cual a ella no le hacía ninguna gracia. Con la intención de reunirse conmigo, añadió: “Espera un momento”.

“Grité: ¿Estás sola?” “Sí” “Entonces no bajes. Yo subo”.

“No se mató de milagro. Tuvo que saltar los escalones de dos en dos. A los cinco segundos, jadeante, la tenía a mi lado”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0030CSC_0032CSC_0034

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.