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Archive for the ‘Cuentos’ Category

CSC_0050II

Circularon historias peregrinas, noticias confusas, hipótesis descabelladas. La familia adoptó cara de circunstancias.

Esto ocurrió a mediados de otoño. Los días se acortaban y había llovido.

Por la mañana, cuando iba a mi trabajo, no encontraba a la vieja esforzándose en cerrar la puerta, ni me cruzaba con ella por la calle.

No fui yo el único en notar su ausencia. En el bar donde desayunaba oí los primeros comentarios. O la vieja había cambiado de rutina o había enfermado o…

Sus parientes estaban tan desinformados como los vecinos. Uno de los sobrinos había aporreado la puerta pero nadie respondió.

La curiosidad de la gente aumentaba. Al tercer día no se hablaba de otra cosa. Los familiares tomaron cartas en el asunto. Modesto era quien más se movía.

El deslenguado Modesto, a quien tanto divertían los percances de la maniática vieja, se desvivía ahora por localizarla, temiéndose lo peor.

Al cuarto día de infructuosas averiguaciones, hubo reunión de sobrinos y primos para tomar una decisión.

Como la idea que les rondaba por la cabeza era que la vieja había muerto, todos estuvieron de acuerdo en solicitar el permiso de las autoridades para llamar a un cerrajero.

Una vez que les fue concedido, en medio de la expectación popular, se dirigieron a la casa.

-o-

En la casa no estaba la vieja ni muerta ni viva. Los postigos de las ventanas estaban cerrados. Las puertas de las habitaciones también. Las camas estaban hechas. En la cocina los utensilios estaban limpios y en su sitio.

Buscaron, hurgaron, revolvieron. Y acabaron teniendo un nuevo cónclave en la cocina, que era una habitación amplia y luminosa.

La vieja había desaparecido y nadie sabía su paradero.

Las mujeres mostraron cierta impaciencia. Una de ellas dijo que la vieja estaba como un cencerro. Y añadió que esta era la prueba definitiva de su deteriorado estado mental.

Resolvieron denunciar la desaparición a la Guardia Civil y esperar. Otra cosa no podían hacer.

También hablaron del problema de la puerta forzada. Lo más barato era poner un candado. Como nadie se opuso, esta cuestión quedó zanjada.

En esa fecha dejé el pueblo y volví a la ciudad. No había hablado nunca con la vieja pero simpatizaba con ella.

Me apenó marcharme sin saber el final de esta historia. Me prometí que me informaría, pero el tiempo pasó y hasta el verano, cuando regresé de nuevo al pueblo, no me enteré del desenlace.

Había varias versiones del triste suceso, algunas contradictorias. En definitiva se reducían a una sola: un cambio de itinerario.

Según se cree, al atardecer la vieja salió de la casa con su inevitable bolsa de plástico. Cruzó el pueblo sin levantar sospechas y enfiló una carretera secundaria. Anduvo mucho tiempo. Verdaderamente tenía una resistencia formidable.

La imagino con su paso nervioso, la cabeza gacha, intrépida. Pronto la noche se le echó encima, pero ella siguió caminando como si tal cosa.

Fue atropellada por un vehículo que huyó. Es probable que el conductor no la viera hasta encontrarse muy cerca, e incluso que tratara de esquivarla. Según la autopsia el impacto fue parcial.

A consecuencia del golpe la vieja fue arrojada a la cuneta.

El bulto negro fue descubierto al día siguiente por alguien que realizó una llamada anónima a la Guardia Civil del pueblo vecino, cerca del cual se hallaba el cadáver. La vieja había recorrido diez kilómetros.

Como la difunta no llevaba documentación, no fue posible identificarla, siendo trasladada a la morgue. Allí permaneció hasta que el detalle de la bolsa de plástico con restos de tela y naranjas fue aireado por la prensa.

Para mi sorpresa, comprobé que la gente justificaba al conductor del coche y a la persona que se limitó a notificar el descubrimiento. No querían líos. Esa actitud resultaba comprensible. La culpa de lo ocurrido era de la vieja. Ella se lo había buscado. Como decía Modesto, esta había sido su última locura.

 

 

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CSC_0050

I

Acababa de trasladarme al pueblo por razones laborales. En cuanto llegué, la vi. Era una vieja algo encorvada, vestida de negro, con toquilla y una bolsa de plástico en la mano. Andaba de prisa, con la cabeza gacha.

Y no dejé de verla a diario. Me topaba con ella, arrebujada en su toquilla y con la bolsa de plástico en la mano, a las horas y en los lugares más inverosímiles.

Sin que se lo pidiera, alguien me explicó que esa pobre mujer vivía sola. Tenía sobrinos que le habían ofrecido su casa, pero ella prefería la suya aun siendo antigua y destartalada.

Me alojaba en una pensión cercana al domicilio de la vieja. Por la mañana temprano, cuando iba al trabajo, la descubría luchando con la enorme puerta que se resistía a cerrarse.

Más de una vez pensé que no lo lograría, y se me pasó por la cabeza la idea de ayudarla.

Aminoraba la marcha, me paraba y quedaba a la expectativa. Ella agarraba la aldaba y empujaba con una rodilla, acabando siempre por conseguir su objetivo. Luego guardaba la respetable llave, recogía la bolsa de plástico que había dejado en el umbral, y echaba a andar.

Los vecinos se burlaban de ella. Sus constantes idas y venidas eran una fuente inagotable de anécdotas.

Como esos individuos famosos por su cerrilidad o por su ingenio, por su santurronería o por su amaneramiento, la vieja formaba parte también de la mitología popular.

Entre los que chismorreaban más, se contaban algunos parientes, en especial un primo llamado Modesto que se complacía en referir con todo lujo de detalles “las locuras de la vieja”.

Su historia favorita era la del funesto equívoco. Iba ella una noche por una calle mal iluminada y la confundieron con una loca de verdad, una loca peligrosa que se había escapado del manicomio y había vuelto al pueblo.

Alguien indicó a los loqueros que había visto a la fugada por aquella calle. Dada la oscuridad reinante, atraparon a la vieja que se debatió ferozmente. Tras doblegarla, la condujeron a la ambulancia.

Camino de Sevilla, se percataron de su error y la devolvieron al pueblo, dejándola a la puerta de su casa y pidiéndole mil perdones. La vieja no se dignó responderles.

Todos sabían que era inofensiva. Delgada, de rostro alargado y ojos hundidos, ¿qué mal podía hacer una mujer gastada por los años?

En la bolsa de plástico llevaba naranjas, retazos de tela y a veces una fiambrera vacía. Con ella iba en verano y en invierno, por la mañana y por la noche, andando de prisa, sin mirar a ningún lado, sin detenerse a hablar con nadie, atenta a su improrrogable gestión.

 

 

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La iglesia eleva su compacta mole en uno de los lados de la plaza. Es una pesada construcción en la que se han ido acumulando los estilos arquitectónicos con el paso de los siglos.

En la actualidad, entre dos de sus contrafuertes, se amontonan los escombros procedentes de una reforma en el interior.

Según me explicó Alejandro Méndez, antiguo compañero de instituto, licenciado en Arte que se dedica al estudio de las curiosidades locales, las autoridades han tomado conciencia del valor de este edificio y han aprobado unas obras parciales de restauración.

Si no fuera por sus indicaciones y comentarios, no habría sido capaz de distinguir las aportaciones de las diferentes culturas que se han sucedido en este rincón de la sierra.

“Desde los cimientos cuyos materiales proceden de una terma romana, pasando por las ventanas de arcos lobulados y la torre de ladrillos, sin olvidar la portada renacentista, hasta el altar mayor de un barroquismo extremo, este templo es el crisol donde se funde lo mejor y más representativo de judíos, moros y cristianos, un ejemplo de armonización e integración”…

Después de la obligada visita a la iglesia, dimos un paseo por el pueblo.

Anduvimos al azar por las calles que forman el casco antiguo. Aunque mi amigo permanecía callado, temía que en cualquier momento la emprendiese de nuevo y me pusiese en antecedentes de un lugar tan cargado de historia como ese barrio.

Vagamos ensimismados hasta llegar a una esquina con una farola. Nos paramos y encendimos un cigarrillo. Mi cicerone propuso tomar una copa en un pub recién inaugurado.

Este establecimiento estaba en las afueras del pueblo y se llamaba “The Moon”.

Méndez me contó que pensaba doctorarse. Ya había presentado la tesina. Ahora estaba haciendo un trabajo de investigación en los archivos parroquiales.

Prosiguió diciendo que utilizaría esos datos para su tesis doctoral, que era una ampliación de su tesina. Así que ahora pasaba una buena parte de su tiempo entre mamotretos de hojas amarillentas y documentos de letras de difícil lectura.

-o-

Eran las once de la noche cuando arranqué mi coche de segunda mano para regresar a casa.

Méndez me había animado a matricularme en los cursos de doctorado. Según él, tenía que hacer algo. No debía desesperarme (ciertamente no lo estaba). Y otras cosas por el estilo. Respiré aliviado cuando nos despedimos.

El coche rodaba ruidosamente por la estrecha carretera bordeada de encinas. Empezaron a caer gotas de agua y me acordé de que el limpiaparabrisas no funcionaba.

Quité el pie del acelerador, frené y aparqué a un lado. Luego bajé el cristal y encendí un cigarrillo.

Al rato dejó de lloviznar. El aire nocturno era frío. El encuentro con mi amigo era un hecho remoto. Di una última calada, apagué la colilla y arranqué de nuevo. Tenía las ideas claras. Mi percepción de la realidad se había agudizado. No me cupo duda de que esta transparencia mental era el objeto de mi visita a Alejandro Méndez.

 

 

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III

No hacía más que darle vueltas a este tema. Una tarde fui a ver a Anselmo, otro de los jardineros, en su propio domicilio.

Necesitaba cambiar impresiones. Anselmo era un hombre mayor y amable. Me invitó a una taza de café y empezó a hablarme de un pensador alemán del que estaba leyendo un libro.

Me preguntó si me interesaba la filosofía. Le respondí que no. Sonrió y afirmó que se estaban perdiendo las buenas costumbres.

Aproveché una pausa para abordar el contencioso en curso, cuyo fallo urgía pues estábamos en la época de plantación.

“En la época de plantación de los mirtos, no de las margaritas” precisó.

Por su tono de voz deduje que la tardanza podía ser una maniobra para presentar un hecho consumado.

-o-

Después de esta visita me encaminé al Gran Parque del Oeste. La tarde era tibia, daba gusto pasear.

Me senté en un banco, frente a una pudibunda Venus que trataba de cubrir su desnudez con sus brazos.

Habían arrancado los rosales y removido la tierra. Cerré los ojos e imaginé el aspecto que ofrecería este sector cuando los fragantes mirtos estuviesen florecidos.

Cuando los abrí, una pareja avanzaba despacio entre las dos hileras de cipreses.

Él la agasajaba con enternecedoras sonrisas a las que ella correspondía con mohines que, poniendo buena voluntad, podían pasar por afables.

Al hombre se le veía engolosinado, un punto empalagoso quizá. Ella se dejaba querer. Él era quien hablaba y hablaba, como si quisiera convencerla de algo. Con frecuencia señalaba a un lado y a otro, trazando dibujos invisibles en el aire a los que ella no prestaba mucha atención.

Ajenos a mi presencia, se pararon al lado de la Venus. Pensé que iban a sentarse también en un banco, pero él cogió del brazo a la mujer y prosiguió sus explicaciones.

Iba a levantarme cuando una frase de ella llegó a mis oídos haciéndome cambiar de opinión. En realidad lo único que capté claramente fue la palabra “margaritas”.

¿Era casualidad que esa pareja estuviese hablando de esas flores? ¿Conocían el proyecto en fase de aprobación?

La pareja se alejó y no pude oír nada más. Una sospecha cobró cuerpo. Dejé el parque con el propósito de hacer algunas indagaciones.

-o-

Antes de que se celebrase la Asamblea donde se resolvería este conflicto, empezaron a circular rumores que otorgaban el éxito a la propuesta del representante municipal.

Ni siquiera habría que recurrir a la medida extraordinaria de dejar la decisión en manos de los miembros de la Mesa Permanente. Se procedería a una nueva votación en la que se obtendría una abrumadora mayoría.

Las filtraciones mismas eran un signo agorero. A casi nadie escapaba que su finalidad era preparar el terreno.

Entre los jardineros cundió el desánimo. En nuestros encuentros no se hablaba de este asunto. Si yo lo sacaba a colación, con una mal disimulada indiferencia se encogían de hombros.

Para mis averiguaciones pensé en acudir a Anselmo, pero fue el jardinero bajito quien me aclaró un par de puntos.

Estaba vaciando las papeleras de uno de los paseos cuando lo vi en mitad de un cuadro de flores con un almocafre en la mano.

Me acerqué y lo saludé. Estaba abstraído en su tarea y se sobresaltó. “¡Ah, eres tú!” dijo.

Para entablar conversación le pregunté qué plantas eran. “Tulipanes” respondió.

Maquinalmente me quité los guantes. “¿El representante municipal que propuso la siembra de las margaritas está casado?” “Sí, y también tiene una querida a la que ha instalado en la zona residencial. O eso se cuenta al menos”.

El jardinero se agachó para seguir cavando.“¿Qué alegan para no aceptar la siembra de los mirtos?” “Que, como crecen con lentitud, no estarán florecidos para la Fiesta de Primavera” “Con las margaritas no hay problemas” “Ninguno”.

 

 

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II

Un día que Peláez y yo estábamos de cháchara con los compañeros del Comité de Jardinería, estos comentaron que la parte del Parque lindante con la zona residencial era la idónea para sembrar mirtos.

En ese sector hay cipreses, estatuas de mármol y estanques, que ellos visualizaban encuadrados en setos de ese oloroso arbusto.

La idea era del agrado de todos. El marco era el adecuado. La planta no requería de cuidados especiales. Los rosales que había actualmente estaban viejos y había que sustituirlos. Estas y otras razones se adujeron a favor de los mirtos.

En la próxima reunión, los jardineros acordaron presentar una moción proponiendo este cambio. Estaban seguros de que prosperaría.

-o-

En posteriores encuentros supimos que el asunto de los mirtos iba sobre ruedas. De seguir así, esta propuesta se aprobaría en la próxima Asamblea.

Contaban con el apoyo del Comité de Urbanismo, que incluso redactó un informe positivo.

En los contactos previos el proyecto había sido acogido favorablemente. Los sondeos presagiaban el suficiente número de votos para que la moción saliese adelante.

En este clima de confianza se celebró la Asamblea, a la que Peláez y yo no asistimos.

-o-

A los tres días de su celebración regresamos en la barredora al Gran Parque del Oeste y nos dirigimos al pabellón donde nuestros compañeros guardan las herramientas y las semillas.

Hablamos con un jardinero bajito que se había mostrado entusiasmado con la idea. Nos informó que la Asamblea no había decidido nada al respecto.

Un porcentaje elevado de participantes se abstuvo de votar. Los que lo hicieron quedaron divididos en dos grupos paritarios: el que propugnaba la siembra de mirtos y otro que era partidario de plantar margaritas.

Como es habitual en estos casos, la cuestión quedaba en manos de un grupo de expertos que estudiaría las dos opciones y elaboraría un dosier que sería presentado en la próxima Asamblea.

Una vez estudiado el expediente, se pasaría a una segunda votación. Si esta nueva consulta no zanjaba la cuestión, a la Mesa Permanente le asistía el derecho de adoptar la medida que considerase oportuna.

Se imponía un compás de espera. Peláez y yo coincidimos en que había que tener paciencia. El jardinero bajito movió la cabeza y replicó que no se trataba de una simple demora.

Le pedí que fuese más explícito. La oposición al proyecto de los mirtos y la alternativa de las margaritas estaban encabezadas por un representante municipal. Era sabido que, cuando uno de esos delegados se inmiscuía en un asunto, algo se cocía.

 

 

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I

Por ese entonces formaba parte del Comité de Limpieza. Ocupaba uno de los escalafones más bajos. Era el ayudante del conductor de la barredora.

Al principio me fue bien. No conocía el funcionamiento del Comité ni estaba al tanto de las intrigas e intereses internos.

Al tratarse de un empleo poco apreciado por la mayoría de los ciudadanos, había pensado ingenuamente en una ausencia de podredumbre.

Mi compañero, Jacobo Peláez, hablaba lo imprescindible. Este rasgo de su carácter lo consideré un buen augurio. Soy también callado. Las palabras me producen recelo. Por instinto rehúyo a las personas proclives a las efusiones verbales.

Había dos turnos. Una semana nos tocaba por la mañana y a la siguiente por la tarde.

Yo iba recogiendo con una escoba los restos de basura que la barredora no aspiraba. También me encargaba de vaciar las papeleras públicas en el contenedor del vehículo.

El trabajo era llevadero y todavía más después de la sonada campaña, de la que te acordarás seguramente, en la que se instaba al ciudadano a colaborar con los equipos de limpieza.

Dada la buena acogida que tuvo, a no ser por las rebosantes papeleras, nuestra tarea se habría convertido en un simple paseo.

-o-

Los primeros días transcurrieron como había previsto. Mi jornada laboral de seis horas y media(seis si descontamos los treinta minutos del bocadillo) se me hacía cortísima.

Llegué a pensar que había encontrado lo que tan afanosamente había estado buscando: un trabajo al margen de cabildeos, envidias y ruindades.

Peláez y yo estábamos asignados al equipo de limpieza del Distrito VI, uno de cuyos sectores corresponde al Gran Parque del Oeste. El día que nos tocaba dicho sector era de fiesta.

Salvo en otoño, el resto del año acabábamos pronto. El tiempo sobrante lo invertíamos en conversar con los jardineros y en ayudarlos a sembrar, podar, regar…

Ya sabes que el órgano supremo de los comités es la Asamblea donde se decide mediante votación las directrices, las medidas y los planes. Esa es la teoría. En la práctica se crean camarillas que imponen su criterio, y en las que te ves obligado a enrolarte so pena de quedar aislado.

Nunca he logrado entender por qué tiene que haber una representación municipal tanto en la Asamblea como en los diferentes comités. A mi parecer, sólo se da trazas para entorpecer la buena marcha de esas organizaciones y problematizar los asuntos más nimios.

Todo esto sólo sería enervante si no fuera porque sus miembros, a través de las camarillas, son los que a la postre mueven los hilos.

 

 

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II

Una de las primeras evidencias es que ya hemos dejado de tontear. Eso no significa que seamos más listos. Cada mochuelo, como diría el cazurro tío del plumilla, está en su olivo, en él está posado y, si se anima a desentumecer las alas, pronto regresa a su rama que no forzosamente tiene que ser cómoda. Sólo es su rama.

Mientras miramos los parterres de cintas, las hiedras que trepan por los troncos de los árboles, los enhiestos agapantos de flores azules, las yucas, los setos de fragante mirto, mientras atravesamos las glorietas con largos bancos de ladrillos, frecuentadas por las palomas cuyo discreto zureo, a pesar del tráfico circundante, se deja oír, allí encontramos si no la respuesta, que tan pomposo suena, al menos una respuesta, una constatación, un guiño. O, por mejor decir, varios.

Emilio habla de soñar. Los sueños antes, los sueños ahora, los sueños siempre. Dormidos y despiertos. Esas constelaciones mentales que dibujan figuras mitológicas, espirales que se expanden y caminos que conducen al infinito, son el dosel bajo el que desfilan nuestros días en la tierra. Nuestras estrellas que, cuando se apagan, todo se vuelve oscuro, y que, cuando se encienden, nos iluminan con su resplandor diamantino. “Te llamé. Me llamaste” dice Emilio.

Seguimos andando de acá para allá, escuchando esas voces grabadas en la piedra, que confirman nuestras intuiciones, que nos afianzan en nosotros mismos, en lo que creemos, en lo que somos, que nos devuelven la confiada sonrisa de antaño, cuando éramos usuarios habituales de los bancos del parque.

Ante la última nos detenemos largamente. Es la que nos va a acompañar tras esta visita que finaliza. Es una voz y una imagen. Peinado hacia atrás, con una leve sonrisa, Luis nos recita su poema de resonancias becquerianas. “Donde habite el olvido, / En los vastos jardines sin aurora; / Donde yo sólo sea / Memoria de una piedra sepultada entre ortigas / Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios”.

 

 

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24 de octubre de 2014 036 (2)I

Después nos íbamos a los jardines. El pintoresco grupo de paisanos se encaminaba sin prisa, gastándose bromas, a ese céntrico parque de altísimos plátanos y pinos. Allí nos sentábamos en un banco y hablábamos de lo humano y lo divino, de nuestros proyectos para el fin de semana y de los más lejanos, de lo que haríamos en la vida. Pero sobre todo nos divertíamos con las ocurrencias de unos y otros, en un olvido total de nuestras obligaciones hasta que llegaba el momento de regresar a la academia o al instituto. Lo cual no siempre pasaba. Algunos sucumbían a la tentación y se tomaban la tarde libre. Pero esos eran los resabiados, los que, a pesar de su juventud, ya estaban de vuelta sin haber ido a ningún sitio.

No éramos muchos, a lo sumo cinco, entre los que se contaban un tunante que era uno de nuestros puntos de referencia, un alma de cántaro al que todo el mundo guardaba el aire porque era de buena familia, un muchachito enclenque, que era uña y carne del tunante, un grandullón que festejaba las gracias con risas y palmadas, un aspirante a escritor y algunos más que no eran fijos.

Andábamos unos pocos metros y nos parábamos. La inconsciencia nos protegía y propiciaba nuestra felicidad. Puede que los monstruos ya estuviesen al acecho e incluso hubiesen hecho acto de presencia. Puede que más de uno viviese o hubiese vivido ya sombrías historias familiares. La plenitud de ese momento nada la empañaba. Esa burbuja, fatalmente, explotaría tarde o temprano. A cada cerdo le llega su San Martín, decía un tío del aspirante a escritor con la malevolencia que lo caracterizaba.

Con un poco de suerte, si uno ha resistido los vaivenes de la vida, incluso llega la hora de los balances y de las conclusiones, provisionales unos y otras, pues mientras acá estamos, mientras la rueda sigue girando, más vale no ponerse solemne ni pontificar como un doctor de la iglesia o como cualquier mameluco.

¿Qué mejor lugar para inventariar pérdidas y ganancias, logros y fracasos, avances y retrocesos que uno de los bancos de hierro de esos jardines de romántico sabor? ¿O dando un agradable paseo por sus sombreadas avenidas? Seguramente en ese hermoso enclave hallaremos también respuestas a algunas interrogantes, tal vez algunas incógnitas se despejen mientras contemplamos sus estanques y sus pérgolas.

 

 

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4

El cabrilleo del sol en el río, la humedad que de él se eleva, que se nota en la piel, la luminosidad acrecentada, la profundidad del cielo, el aire que sopla racheado, son los disolventes del cortejo. No hay otros. El sol, el aire, el agua. Lo que se llama la gracia de Dios que se manifiesta plenamente en este cálido día de octubre.

En los mismos lugares donde nos derrumbamos, donde fuimos vencidos, donde el mundo se puso del revés, está la llave que nos permitirá abrir las puertas de las habitaciones clausuradas.

¿Acaso estoy diciendo que en la enfermedad está la curación? ¿Cuántas veces he recorrido estos lugares, he cruzado este puente?

Está bien escamondar la vida, despojarla de sus ramas secas y podridas. Está bien barrer, fregar, sacudir. ¿Cuánto tiempo lo llevo haciendo? ¿Lo he hecho de mentirijillas? El paladín es en realidad un palabrero.

He vuelto una y otra vez, como un obstinado moscardón que quiere recuperar la libertad dando trompazos contra el cristal. Como un perrillo empeñado en regresar a un hogar inexistente.

Me detengo. ¿O debo decir nos detenemos? Porque este peregrinaje a un santuario de antaño, a un centro cuyos latidos quiero verificar, se ha convertido en una procesión cacofónica. En una algarabía de voces burlonas, contradictorias, hostiles. Si fuese una radio, la apagaría, retrocedería unos cuantos metros y la tiraría al río.

Soy yo quien se detiene y nadie más. Soy yo quien contempla el hermoso palacio en cuya fachada se conjugan el almagra y el albero. De churrigueresca portada. De balcones y ventanas en perfecta correspondencia, pulcramente alineados.

Aquí podría acabar todo. En este deslumbrante escenario, con esta maravillosa iluminación. Aquí podría acabar la obra. Respiro hondo y logro sonreír. Esa perenne amenaza. Ese puñal flotante que justo ahora orienta su aguzada punta en mi dirección. Puñal experto en macabras danzas.

Con esas reflexiones, dándole vueltas a la desconfianza que mina los cimientos, llego a mi destino. A los antiguos pabellones iberoamericanos, en uno de los cuales se hallaba ubicado el comedor universitario.

Pabellón de Chile, pabellón de Uruguay, más allá el de Perú. Coches por todas partes. Aparte de esa maldición de los tiempos que afea y embrutece ese histórico recinto, todo está igual por fuera, que no por dentro.

Entro en el amplio vestíbulo. A la derecha estaba el bar. A la izquierda el comedor. También había una pequeña librería. El conserje se acerca y me pregunta qué busco. Le respondo que no busco ni deseo nada. Le explico que se trata de una visita…y callo. El lenguaje estuvo a punto de jugarme una mala pasada. Callé porque no se trataba de una visita sentimental. Si acaso terapéutica. Seguro literaria. Una última visita. Una visita balance. ¡Ojalá una visita borrón y cuenta nueva!

Dejo la frase inacabada y le cuento una parte de mi historia personal, la que concierne a ese edificio. Resulta que el conserje ya trabajaba allí antes de la remodelación, antes de que el pabellón se convirtiera en un ente burocrático. Y propone enseñarme las actuales dependencias. Declino el ofrecimiento. Allí se iba a comer, no a tramitar papeles. Le doy las gracias por su amabilidad y me despido.

 

 

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3

Prosigue la inacabable cadena de tiendas y oficinas que flanquean la marcha hasta el puente. Bazares indios, restaurantes italianos, hamburgueserías, muebles antiguos, diseños de interior. Delante de este negocio me paro y echo un vistazo a sus bonitos proyectos decorativos. Los hacen a la medida de tus deseos y necesidades. ¿Será lo que ando buscando? ¿En lugar de cruzar el puente no debería trasponer la entrada de esa tienda y pedir un presupuesto para redecorar mi piso?

Es un momento de duda. El puente lo tengo que cruzar yo. Los planos y su ejecución los hacen ellos. Es un momento de burla. Demasiado bien sé que el interiorismo y otras cataplasmas a lo mejor alivian momentáneamente, pero no llegan al fondo del problema, no curan. Es probable que nada cure. Ni un piso estiloso ni un psicoanalista de postín.

Entonces iba ligero. ¿Es ese el estado que quiero recuperar? Pobre de mí. Me vuelvo a detener. En un kiosco de prensa venden a buen precio las obras de Platón. Es una edición esmerada, de tapa dura. Platón es el padre de la filosofía. Pero si ya tengo en los anaqueles de mi biblioteca casi todos sus diálogos. ¿Los quiero tener repetidos?

Me respondo que no y coloco en su sitio el volumen que he cogido y hojeado. Y me adentro en la gran plaza circular en la que desemboca la avenida.

Para ser feliz se requiere cierto grado de inconsciencia del que carezco. Opté por la lucidez, por la responsabilidad. No se me escapan los detalles. No soy olvidadizo ni distraído. Mi mente es un promontorio azotado por todos los vientos. Un islote donde no hay cobijo. ¿Cómo me atrevo a hablar de felicidad?

Recorro la mitad derecha de la amplia acera que circunvala la plaza. Heme aquí ante el puente, rodeado, escoltado, asaltado, tironeado por esos engendros que siempre me acompañan, pero que, en determinadas circunstancias, como ahora, cuando se trata de cruzar un puente, se manifiestan desvergonzadamente, pregonan su presencia con grotescas gesticulaciones, con siniestras sonrisas. Si pudiera, los decapitaba a todos.

Sigo andando como si tal cosa. Los ignoro. Es lo único que se puede hacer. Ellos me pinchan y yo hago como que no me duele. Ellos presionan sobre puntos sensibles y yo me limito a tragar saliva.

Ese miedo y esa congoja no existían entonces. Son el legado de mi despertar, de mi aterrizaje, de mis pecados, de mis combates. A lo mejor el aire los dispersa mientras cruzo esa construcción tendida sobre el vacío. Los puentes desafían a la nada. Es uno de los lugares donde se está más expuesto. Solo con esa cohorte de bufones y de demonios.

Los puentes nos descubren, en el sentido de que nos ponen al descubierto. Nos ofrecen también la posibilidad de transmutar nuestra debilidad en entereza.

 

 

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