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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

XXXVIII

Penetrantes gritos provocados por el temor de tropezar y por la diligencia con que los mozos socorrían a sus compañeras, se confundían con el fragor del arroyo y el canto de las aves.

Poco a poco fuisteis alcanzando la otra orilla. Nadie, ni siquiera la gordita, se mojó un zapato.

Cuando llegasteis al lugar elegido, te arrimaste al encargado de hacer la comida con el objeto, según manifestaste, de ayudar y aprender.

Los trocitos de pan, que había que remover constantemente, se doraban en el perol.

Salvo el cocinero y tú, el resto de los excursionistas cantaba y bebía. La hija de la tendera hacía las dos cosas con largueza. De vez en cuando se acercaba a vosotros y os traía un vaso de vino. Mientras duraba la visita, no paraba de hablar y gesticular.

Los ojos le chispeaban y perdía el equilibrio. Le aconsejaste que dejara de beber. Ella se encogió de hombros y replicó: “Un día es un día”.

XXXIX

Se lo contaste de inmediato a tu madre, a tu tía y a tu hermana. De todas formas iban a enterarse. Preferible era que escuchasen tu versión a que se formasen la suya a partir de los chismorreos del vecindario.

Les hiciste el relato minucioso del percance como medio de cortar de raíz reticencias y sospechas de complicidad. Tú no tenías que ocultar nada.

De regreso a casa, a medida que disminuía la distancia, aumentaba tu necesidad de comunicar a tu familia lo ocurrido.

Tu buena voluntad fue puesta a prueba. Tu madre estuvo reservada. Pero tu hermana y tu tía te acribillaron a preguntas con las que se podría confeccionar un largo cuestionario que incluyese desde el recuento e identificación de los participantes en la jira hasta cómo iba vestida la hija de la tendera.

Tu tía aprovechó la ocasión para recordarte que ya te había prevenido. Esa chica era un calco de su madre cuando joven. Te aseguró que la había tratado lo suficiente y conocía el percal.

XL

Conversabas con otra chica. El resto del grupo estaba arremolinado en torno al perol. Se produjo un revuelo.

Tus compañeros dejaron de cucharear y rodearon a alguien. A tus oídos llegó una palabra repetida varias veces: “Aire”, y una orden: “No os agolpéis”.

Te sobresaltaste. “¿Qué ha pasado?” “No lo sabemos” “Estaba comiendo…” “Se ha desmayado” “Ha bebido demasiado” “Hay que llevarla al pueblo” “Primero hay que reanimarla”…

Las voces se entremezclaban. Sobre la hierba, pálida y con los ojos cerrados, yacía la hija de la tendera.

Te asustaste al verla. Le tomaron el pulso. “Hay que ir a ese cortijo por un coche”.

Dos muchachos salieron corriendo en dirección a las casas que se divisaban tras la arboleda.

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XXXVII

La alameda está atravesada por un riachuelo que se despeña en sucesivas cascadas a causa de desnivel del terreno y de las rocas. La corriente choca contra ellas y se abre en numerosos brazos que se lanzan al vacío como consumados trapecistas.

Las zarzas y las adelfas han enraizado aquí y allá formando en ocasiones una maraña impenetrable.

El piar de los pájaros, los saltos de agua y las grandes piedras en extrañas combinaciones hacen de ese paraje un lugar especial.

Mientras lo contemplabas sobrecogida, cobró cuerpo la idea de que no debías haber aceptado la invitación. No te integrabas en el regocijo general. No estabas a la altura de las circunstancias.

Una lasitud unida a un sentimiento de opresión se apoderó de ti. No estabas a gusto. Las bromas, las risas constituían un martirio. Te preguntaste si lograrías soportar esa penosa situación hasta el final.

A nadie descubriste tu estado de ánimo. Por encima de todo tenías que mantener la compostura e incluso contribuir al esplendor de la jira campestre con tu depauperado ingenio.

Desde el montículo al que habías subido para disfrutar del entorno, observaste a los demás.

A orillas del arroyo se planteó la cuestión de seguir adelante. Pero cruzar la corriente conllevaba un riesgo, por lo que una joven gordita y de movimientos torpes, que se consideraría una firme candidata a darse un chapuzón, se opuso.

Te acercaste y escuchaste las razones de unos y otros sin intervenir en la polémica.

Los muchachos eran partidarios de salvar las aguas. La posibilidad del resbalón y la zambullida era un atractivo para ellos, sin contar con el placer adicional de prestar su ayuda a las chicas que seguramente la reclamarían.

El asunto tomaba un cariz que no era de tu agrado. Las alturas te dan vértigo. Aunque no se trataba de escalar una montaña, el espumeante riachuelo que se ramificaba y se precipitaba a gran velocidad, te provocaba esa misma sensación.

A la gordita que había protestado le dijiste: “¿Por qué no comemos aquí? Hay leña. Esa explanada es perfecta”. Y le indicaste un prado que se extendía por la linde de un olivar recién talado, y que caía a pico sobre la cárcava.

“Sí, es un buen sitio” te respondió, “pero no creo que esos quieran”.

De hecho, algunos jóvenes habían vencido los primeros obstáculos y animaban a los demás a seguirlos.

“Esto no tiene remedio” dijo la gordita. Sus palabras traslucían una paradójica complacencia.

A continuación, enardecida por la prueba que debía enfrentar, se puso a agitar los brazos y a gritar: “¡No dejadme la última!”.

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XXXVI

Como un huevo amorosamente incubado, acogiste en tu seno a una angustia retozona que te sometía a inesperados asaltos.

Al principio apareció bajo el disfraz de una desmedida compasión por ti misma, de un sentimentalismo lacrimógeno, de una timidez que unas veces te impulsaba a hablar por los codos y otras veces a guardar un silencio inaccesible.

Esa congoja es anterior al episodio del perro. Su presencia se puede detectar en las migas a las que fuiste invitada.

Un sábado dos amigas fueron a tu casa. Tú estabas de limpieza. Se detuvieron en el umbral porque tú, fregona en mano, sacabas brillo a las baldosas del comedor, al fondo. Como no querían pisar, te llamaron.

Tú te acercaste de puntillas, pegada a la pared. Te hablaron del paseo y de la comida prevista para el domingo. Te dejaste seducir por su parloteo.

Al final acordasteis que ellas pasarían a buscarte.

Al coger de nuevo la fregona te preguntaste si habías hecho bien accediendo. Llevabas alicaída unos cuantos días, tan sensible que un gesto distraído podía desencadenar una tormenta interior.

El punto de encuentro era el bar del padre de uno de los muchachos. Allí compraríais las cervezas, el vino y los refrescos. De allí partiríais para el campo.

Cuando llegasteis, los excursionistas estaban ya en el espacioso local.

Tu apocamiento te trabó la lengua y te hizo aparecer desmañada. Para compensar tu falta de seguridad te mostrabas solícita hasta el servilismo. Con la sonrisa esculpida en los labios, tratabas de caer simpática.

Tú creías estar realizando un trabajo si no digno de recompensa, al menos merecedor de respeto.

Ibas de un lado a otro festejando los chistes. La mujer del dueño andaba mezclada con los jóvenes. Con ella estuviste de charla un buen rato, asintiendo, informando, identificando a este o aquel.

Las bolsas y las cestas con los alimentos y las bebidas estaban en un rincón. Esperabais al encargado del perol.

“Vamos a comer tostadas” dijo uno. Otro rasgueó una guitarra. Un tercero abrió una botella de vino.

“¡Unas sevillanas!” “¡Unas sevillanas!”. Inmediatamente se formó un círculo y empezaron a tocar las palmas.

Cuando te llegó el turno de echar un trago, pasaste la botella a la madre de tu amigo que, haciendo otro tanto, dijo: “No sé cómo podéis beber tan temprano” “Yo no bebo ni temprano ni tarde. El vino no me gusta” “A mí sí, pero a otras horas”.

Quien se remojó el gaznate fue la hija de la tendera de lengua viperina, que ha heredado de su madre la agilidad mental y la facilidad de palabras, y de su padre un carácter llano y dicharachero.

Al contrario que tú, ella se hacía notar en las reuniones. Más aún, se la veía como pez en el agua.

Tras el generoso trago empezó a cantar. A lo que no se atrevía nadie era a bailar. Durante la segunda tanda de sevillanas un muchacho lacio fue arrastrado a viva fuerza a mitad del ruedo. Las chicas gritaban: “¡Que baile! ¡Que baile!”.

El mozo, que se había puesto como un tomate, ante la abrumadora insistencia, repetía: “Necesito una pareja” “¡Que baile! ¡Que baile!”.

La hija de la tendera vino en su ayuda. Le dijo: “Saca a quien tú quieras” “Tú misma” “Yo estoy cantando”.

Asistías impávida al desarrollo de este lance, como si estuviera ocurriendo en otro planeta. Cuando el muchacho te eligió, te quedaste de una pieza.

Sin tener en cuenta su aprieto te negaste en redondo alegando que no sabías bailar, lo cual era falso.

Es seguro que a ti también te hubiesen dado la vara si no llega a ser porque una chica se adelantó y, moviendo con garbo brazos y piernas, zanjó esta cuestión.

Te volviste a la mujer del dueño y te justificaste sin que ella te lo pidiera. Atenta al cuadro flamenco ni siquiera te escuchó.

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XXXV

Si no se presentaba ninguna complicación, a tu primo lo tendrías en casa al día siguiente con una pierna escayolada. Incluso su madre había cedido a los ruegos de los otros y había regresado con ellos en lugar de quedarse en el hospital como había sido su primera reacción.

Las aguas volvían a su cauce Para todos había llegado la hora de la distensión menos para ti.

Cuando tu tío apareció en el marco de la puerta, te encontrabas mejor de lo que hubieses deseado. En tu expectante actitud temías que una andanada de reproches se abatiese sobre ti. Te sentías como un animal a merced de un amo sin escrúpulos que lo castigase al menor desliz.

Un amo por el estilo de ese vecino que amarró su perro a la higuera del corral y lo molió a palos. Lo dejó medio muerto, aullando débilmente. Había cometido el delito de coger un pedazo de carne porque estaba hambriento.

Tú escuchabas con el corazón en un puño sus lamentos casi humanos. Estuviste nerviosa toda la mañana. Cada vez que salías al patio, aguzabas el oído. Si llegaban hasta ti sus gañidos, te metías corriendo en la cocina.

En tu fuero interno condenabas esa salvajada. La condenabas sin paliativos.

Después vino tu tío que se apresuró a poner los puntos sobre las íes. Acongojada, le contaste lo sucedido. Su respuesta fue: “Eso es lo que hay que hacer. Así aprenderá a no hacer lo que no debe”.

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XXXIV

Anochecía. Medianamente repuesta de ese arrechucho, oíste que la puerta se abría. Y las voces de tus parientes. Ojalá te hubiese tragado la tierra. Te iban a encontrar acostada. Ya tenían que estar extrañados de que no hubieses salido a recibirlos.

Seguramente una vecina les había contado lo sucedido.

Pasos cada vez más cercanos. Tu tío se asomó moviendo la cabeza y mascullando Dios sabe qué.

Algo captaste: un retazo de frase cargada de sarcasmo, una palabra hiriente. Tu tío no te ha mirado nunca con buenos ojos. Tú prefieres negar la evidencia, hacer como el avestruz. Él mezcla su menosprecio con bromas o salidas pretendidamente graciosas. No eres santo de su devoción.

Cuando fue a Canarias, les trajo a todos una bagatela, un cuadrito, una botella de licor de plátanos, un radio-casete a tu primo. A ti te compró unas sandalias, que te estaban grandes, en Sevilla, a la vuelta del viaje.

Es cierto que diste la nota. Podías haber hecho como los demás y haberte guardado tus preferencias.

Con recia voz tu tío dejó bien sentado que “iba a Canarias a divertirse y no a perder el tiempo buscando esto o lo otro”.

Haciendo caso omiso de esa advertencia, le pediste unas chinelas. “De las que utilizan los moros” precisaste. “Que allí son muy baratas” añadiste.

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XXXIII

En el patio, sentado en la silla baja, tu tío se disponía a darse un baño de pies. Su excesivo peso es la causa de que tenga que cuidarlos especialmente.

Le llevaste una olla de agua que echaste en la palangana. “¡Está demasiado caliente!” exclamó sacando de inmediato esos dos peces moribundos. “Trae agua fría”.

El agua siempre está o demasiado caliente o demasiado fría. Nunca has logrado cogerle el punto.

Tras la rectificación tu tío preguntó: “¿Dónde está el bicarbonato?”.

Mientras, con los pantalones arremangados hasta la rodilla, esperaba que subsanaras ese olvido, alguien llamó: un aldabonazo, dos, tres…

Tú venías con el paquete. ¿Quién podía ser a una hora tan intempestiva? Eran las cuatro de la tarde de un mes de junio.

Tu madre se adelantó y fue a abrir la puerta. “¡El bicarbonato!” gritó tu tío.

¿Llegaste a oír lo que hablaban o tu fino olfato, diestro en husmear desgracias, te previno?

“Ha ocurrido algo” le dijiste a tu tío.

Dificultosamente se levantó pisando el borde de la palangana, que rechinó y se volcó.

“No puede uno ni remojarse los pies” murmuró.

La compungida voz de tu madre se dejó oír: “El niño ha tenido un accidente” “¡Ay, Dios mío!” exclamaste tú. “¿Cómo ha sido?” preguntó tu tío.

Y salisteis desmandados, tu madre, tu tío cojeando y tú con el vestidito que te ponías para estar en casa. Sólo faltaba tu hermana que no había regresado de Sevilla.

Con la bata holgada y descolorida, las zapatillas en chancla y la angustia pintada en el rostro, recorriste las calles.

¡Menudo espectáculo os encontrasteis en casa de tu tía! Ella tenía un ataque de nervios y su marido despotricaba. Él sabía que tenía que suceder eso, que de los gamberros con los que se juntaba su hijo nada bueno se podía esperar. Él sabía también cómo arreglar las cosas: los estudios se acabaron, se acabó gandulear, de aquí en adelante a arrimar el hombro…

Por fortuna llegasteis vosotros poniendo orden. Tu tío se hizo cargo de la situación. Tú, para no ser menos, les soltaste un discurso a las vecinas: “Este hombre está loco. Decir esas barbaridades. Como si su hijo hubiese querido que le pasara lo que le ha pasado…”.

Todos, menos tú, se fueron a Sevilla en el coche de tu tío. Antes de partir les rogaste que no olvidaran telefonearte.

Tu tía con su histerismo, su marido con su enfado, tu tío con los pies hinchados y tu madre salieron de estampía sin escuchar tus prudentes recomendaciones.

El coche arrancó sin que tus palabras llegasen a los oídos de sus destinatarios. Flanqueada de vecinas, permaneciste en el umbral hasta que el vehículo desapareció en una esquina.

Tras el barullo y las precipitaciones el vacío se hizo a tu alrededor. Era como si estuvieses dentro de una campana de cristal.

Te sentiste mal. Empezaste a sudar, se te resecó la boca, las piernas se te aflojaron. Te tuviste que apoyar en la pared. De no ser porque unos diligentes brazos te sostuvieron a tiempo, hubieses caído al suelo.

Te llevaron a una cama, te abanicaron, te quitaron las zapatillas.

La fuerte, la que se permite aleccionar en el centro de la vorágine, se desmayó. Las vecinas se asustaron y avisaron al médico que te auscultó y te tomó la tensión arterial. Tu corazón latía con desgana. Te recetó una coca-cola.

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XXXII

¿Te imaginas? Los ocupantes del coche golpeando con la cabeza en el techo, apelotonados, piernas y brazos entrelazados en inextricable maraña, y el vehículo dando vueltas y más vueltas por el terraplén hasta que por fin se detiene completamente abollado, irreconocible, con esos desgraciados dentro, a todo esto las sirenas de la policía, ¡uuuuh!, grupos de mirones, las sirenas de las ambulancias, ¡uuuuh!, más curiosos, los enfermeros con una camilla, alguien pregunta cómo ocurrió, un testigo presencial dice que el coche derrapó en la curva, hay gasolina en el suelo, el depósito se ha roto, peligro de explosión, más policías, ¡uuuuh!, unos encima de otros, la cabeza del conductor asoma por la ventanilla, dos hilillos de sangre le salen de la nariz, y el capó reclama de pronto la atención de la concurrencia y ¡clac! se abre y muestra el deplorable estado del motor.

Tu primo tuvo suerte. Se fracturó la tibia y el peroné, a lo que hay que añadir la conmoción y algunas magulladuras. Hubo quien salió peor parado.

El aparatoso accidente fue uno más en un mundo donde abundan. Un accidente menos horrible que otros puesto que no hubo víctimas mortales. ¿Fue un accidente más?

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XXXI

Estaba inquieto. Deambulando al amparo de las franjas de sombra, un leve y difuso deseo fue cobrando forma. Lo experimentaba como un animal que se despierta estirando las patas y abriendo la boca en un gran bostezo.

Tu tío marchaba sin verbalizar ese proceso interior. Sólo era consciente de un leve cosquilleo en la zona del bajo vientre.

A la excitación se mezclaba la irritación por la estúpida caída que le había estropeado tan memorable jornada. Pero ahora, por conductos recónditos, ese percance salpimentaba el momento presente.

Era como si, en lugar de haber dado un traspié, hubiese cometido un pecado y tuviese que expiarlo.

Se sentía pletórico de vida. Se detuvo a encender un cigarrillo, expelió con fuerza el humo de la primera bocanada y siguió andando.

Lo que antes carecía de contornos y de nombre se le reveló en un relámpago. La fiera se había levantado en su cubil. Arqueando el lomo, rugió y lanzó un zarpazo al aire.

Se le encogió el estómago. Tu tío ya sabía adónde quería ir y a quién quería ver.

Se encaminó a la Alameda de Hércules, de la que estaba cerca. Por una callejuela llegó a una plazoleta. La cruzó y entró en una casa con desconchados en la fachada.

Recorrió en tres zancadas el zaguán pavimentado de ladrillos desiguales, adentrándose en una habitación en penumbra de donde partía una escalera.

Se paró en seco y parpadeó repetidamente. Antes de que sus ojos, que escudriñaban sin distinguir gran cosa, se hubiesen acostumbrado a esa brusca falta de luz, una voz soñolienta llegó a sus oídos pidiéndole que se identificase.

Haciendo caso omiso, tu tío largó una sarta de improperios. Finalmente, en un supuesto tono festivo, dijo: “¿No me conoces?”.

“¡Conque eres tú!”. Difícil era precisar si esa exclamación traslucía sorpresa o fastidio.

La que había hablado era una mujer rolliza cuya cara aparentaba más edad de la que tenía. Estaba sentada en una mecedora de rejilla y dormitaba cuando tu tío irrumpió.

“Las niñas están descansando”. Y para su coleto añadiría: “Como cualquier persona decente”. Esta observación no era en absoluto inadecuada, pero más le valía callársela para ahorrarse los impertinentes comentarios de tu tío.

No le había pasado desapercibida su rijosidad. El recién llegado bufaba ligeramente. La brillantez de sus ojillos no era solamente un efecto del alcohol. Un niño hubiese podido reparar en esos detalles, cuanto más ella, baqueteada por la vida y curtida por su oficio.

“Eso tiene arreglo” dijo la mujer tras una pausa. “Sí, tiene arreglo” repitió más para ella misma que para el cliente.

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XXX

Esta fue la segunda estación de un viacrucis jalonado, para mayor similitud e irreverencia, de una caída de tu tío que, entre el calor y los vapores del alcohol que empezaban a nublarle el entendimiento y la visión, tropezó con un adoquín suelto.

El traspié lo obligó a arrodillarse y colocar las manos en el suelo para evitar quedar tendido cuan gordo y largo era.

Su amigo se había detenido a mirar un escaparate donde exponían artículos deportivos. Quería comprar una raqueta de tenis para practicar este deporte y rebajar la grasa que había acumulado en la región abdominal desde que se casó.

Para eliminar lo que tu tío calificaba socarronamente de “curva de la felicidad”, que en su caso no estaba justificada puesto que permanecía anclado en el celibato y sin intención de abandonarlo.

Su amigo, que se había rezagado, no tuvo apenas la oportunidad de contemplarlo en tan comprometida postura. Tu tío se levantó con una agilidad impropia de su volumen. El otro se acercó presuroso y solícito, haciendo denodados esfuerzos por no soltar una carcajada.

Tu tío, con la cara contraída de dolor, se frotaba las rodillas a la par que musitaba una letanía de blasfemias y palabrotas. En pocos minutos hizo un recuento de los miembros de la Corte Celestial, sin olvidar a Dios Padre, y no para encomendarles su alma.

Su amigo se guardó de dar rienda suelta a su hilaridad. Ello le hubiese valido un anatema fulminante que se habría traducido en una ruptura total e irreversible de relaciones.

De cualquier forma, tu tío, desconfiado por naturaleza, sabiendo que él, en el pellejo del otro, se habría echado a reír, le lanzó una mirada asesina a fin de evitar tentaciones.

Contuso y alterado el uno por el accidente sufrido, colorado y lloroso el otro por la risa contenida, entraron en una bodega más espaciosa que las anteriores. Detrás del mostrador se apilaban los barriles hasta el techo.

Renqueante y de un humor de perros, tu tío se dirigió a un velador y se sentó. Su amigo se disponía a hacer lo mismo, pero fue parado en seco por un gesto imperioso y por un mandato.

“Pide dos copas de manzanilla y un plato de jamón”. Y luego se masajeó las rodillas.

A la cháchara sucedió un retraimiento hosco que los comentarios de su amigo no lograban conjurar. Pero el vino que había contribuido a desatarles la lengua, obró el milagro de que tu tío se sobrepusiese y, esbozando una sonrisita, hiciese un chiste sobre el percance.

Seguía teniendo hambre. El plan ideado por él incluía una visita rápida a este establecimiento para degustar el pata negra y enseguida otra más reposada a un mesón.

Y allá se dirigieron enzarzados en otro debate. El dolor persistía. Las magulladas palmas de las manos le escocían. Pero, más que las molestias físicas, era un malestar ilocalizable lo que perturbaba a tu tío, haciendo que la situación fuera diferente.

Se podía pensar también que habían abordado todos los temas posibles de conversación, desde el estado de salud de las respectivas familias a una eventual conflagración entre rusos y norteamericanos.

Hubo una serie de paréntesis silenciosos que fueron alargándose progresivamente. Por último cada uno se abstrajo en sus pensamientos.

En el mesón pidieron pavías de bacalao. Un café solo fue el colofón de ese fortuito encuentro cuyo desarrollo me he complacido en referirte.

De nuevo en la calle los dos amigos se despidieron con un apretón de manos, al que tu tío añadió unas palmadas en el hombro.

Pero aquí no termina esta historia. Recordarás que ese sábado tu tío regresó a casa bien tarde.

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XXIX

Como el vino les abriese el apetito, tu tío decidió que lo mejor era ir a un bar famoso por sus tapas, situado en una calle cercana que desembocaba en Sierpes. Era también un local estrecho y oscuro. Sobre el mostrador estaban las bandejas con las especialidades de la casa. Las que necesitaban ser preparadas en la cocina eran anunciadas en carteles pegados a la pared donde se leía el nombre del plato y había un dibujo alusivo.

No había mucha gente. Los dos guardaron silencio mientras paseaban la mirada por las bandejas y los carteles. Antes de que su amigo dijera nada, tu tío lo instó a probar los pinchitos morunos porque pecado sería visitar ese bar y marcharse sin haber saboreado los cinco trozos de carne ensartados en una larga aguja y especiados a rabiar.

Tú, ni aunque perdieras el juicio, ingerirías esos guisos en los que abundan los pedazos de tocino, morcilla y carne de cerdo, en los que la guindilla y la pimienta ocupan un lugar relevante.

A tu tío, en cambio, le gustan con delirio lo picante, lo aceitoso, lo avinagrado, lo que conlleva una digestión pesada, lo que produce regüeldos sonoros y ventosidades malolientes.

Ante lo que tú retrocederías horrorizada, él se abalanza atracándose hasta sentirse al borde del colapso. Entonces se retira de la mesa, contempla con desdén a los que todavía están comiendo porque mastican más despacio y engullen con menos ansiedad, y los reprende.

Su voracidad es de las que hacen época. Sus amistades elogian esa faceta suya y hasta tratan de emularla.

El pinchito estaba en su punto. “Está bueno, ¿eh?” dijo tu tío. “Estupendo” “No sé tú pero yo estoy muerto de hambre. Vamos a pedir otro par” “De acuerdo” repitió el otro entre dientes porque en ese momento estaba desensartando el último cuadradito de carne.

Su amigo comentó que tendría que irse pronto porque su mujer y él estaban invitados a almorzar en casa de un pariente. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, tu contrariado tío le indicó que telefoneara para comunicar que no podía ir.

“¿Qué excusa voy a dar?” “Excusa ninguna. Dices la verdad”. Tu tío aseguró que su mujer se haría cargo. Él la conocía desde niños y sabía a ciencia cierta que no se enfadaría. En fin, si era necesario, él mismo hablaría con ella.

Su amigo no estaba convencido. Tu tío insistió. “¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que nos veamos otra vez?”.

Le brillaban sus ojos enterrados en carne. Sin poder contenerse dejó escapar una risita.

Entre bromas y veras preguntó: “¿En tu casa quién manda?” “No es eso. Son los compromisos”.

Tu tío, al que tanto como una juerga y una ración de gambas al ajillo, que era lo que se disponía a pedir en cuanto resolviera este asunto, le gusta forzar la voluntad ajena, cambió diabólicamente de táctica. Dándose por vencido dijo: “Haz lo que te parezca”.

El otro, tocado en su amor propio, se dirigió al teléfono y, haciendo señas al camarero de que iba a llamar, marcó un número.

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