Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Emma’

107.-“A estas alturas de mi vida” dice Emma, “sé bien lo que quiero y lo que no quiero. Me interesa administrar mi energía, no malgastarla manteniendo conversaciones forzadas, tratando de complacer a quien me trae sin cuidado, o, lo que es todavía más lastimoso, quedándome con la boca entreabierta y los ojos fijos en mi interlocutor cuando un ardite me importa la batalla o la proeza que escancia, emulando al bobo de Coria al que, además, se le caía la baba, contingencia que, en caso de persistir en esa actitud, no hay que descartar.

“La atención es un pago que realizamos al oyente, según los anglohablantes. Un hecho como cualquier otro: fregar, ir de compras, realizar una gestión administrativa, según los francohablantes. Un préstamo para los hispanoblantes, que al parecer cuentan con que te van a devolver el esfuerzo. Fineza esta harto cuestionable pues, como es sabido, el mundo está lleno de morosos e insolventes. Los impagos están a la orden del día, máxime cuando se trata de manifestar una actitud receptiva, de mostrar un interés y una educación que no van a constituir el objeto de una demanda judicial.

“Después está el tiempo que, a medida que transcurre, se acelera más. Al principio parece estático, como si, recién salido de la eternidad, compartiese todavía con esta en gran medida su naturaleza inmutable. Los días se alargan cansinamente, cualquier acontecimiento se retrasa tanto que da la impresión de alejarse en lugar de aproximarse.

“Esta percepción trae consigo que concedamos escasa importancia al tiempo, que lo gastemos a manos llenas como si fuese un tesoro inagotable. A partir de cierta edad esa actitud empieza a cambiar hasta invertirse completamente. Y una se dice que su tiempo no lo tiene para perderlo en tonterías. O si se quiere, sólo para perderlo en las tonterías de su elección. Al principio el tiempo sobra, es una realidad superabundante, abrumadora, pero va cundiendo cada vez menos hasta convertirse en una fina arena que se escapa fácil y raudamente por entre los dedos.

“Unos antepondrán dar un paseo solitario a ir de copas, otros los libros a los viajes, las cambiantes formas de las nubes a los programas de televisión, la soledad del campo al bullicio de la ciudad. O viceversa. La pregunta es: ¿qué compensa más?».

Emma lo tiene claro: “La vida social, las convenciones, los compromisos son una sangría”. Y precisa: “No la que tomábamos en nuestros guateques juveniles, sino la que practicaban en el brazo con una lanceta los médicos de antaño para, presuntamente, devolver la salud. En la mayoría de los casos sólo servía para debilitar al paciente aún más o para rematarlo”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

CSC_0103102.-Me cuenta Emma la última reunión que tuvo con sus amigas, a la que todas asisten elegantemente vestidas y sutilmente perfumadas (cita, entre otras fragancias caras, L’Air du Temps, Eternity y Roma). “¿Y Chanel nº 5?” “Esa, con todo el caché que tiene, se les ha atravesado” “¿Y tú qué te pones” “Agua de colonia Heno de Pravia” “Tampoco es eso ¿no?” “Me estás distrayendo”.

Y sigue refiriéndome ese encuentro en una cafetería céntrica, del que volvió con una irritación que todavía le dura. Incluso piensa en dejar de asistir a esos tés con pastas inglesas de pura mantequilla y limón de Sicilia en los que se habla mucho y no se dice nada. “Tus amigas son unas exquisitas” “No siempre lo han sido” precisa Emma.

En esta ocasión el gallinero estaba alborotado. Las señoras planeaban su enésimo viaje. Esa perspectiva las animaba sobremanera y les desataba la lengua.

Había otra causa desencadenante de esa alteración injustificada, pues ellas estaban acostumbradas a frecuentar aeropuertos y a desenvolverse en el extranjero. Una de ellas que no se había sumado al proyecto por su delicado estado de salud, había cambiado de opinión.

La susodicha se llamaba Amparo y había estado grave. De hecho estaba todavía convaleciente. Emma no nombró la enfermedad ni yo pregunté nada.

Satisfechas y orgullosas por la decisión que Amparo había tomado, sus amigas manifestaban una euforia que a Emma le resultaba teatrera.

“Todas miraban a Amparo como a una heroína. Los tópicos que se vertieron en ese momento, los puedes imaginar. Desde a vivir que son dos días a esto es lo que vamos a sacar de la vida” “¿En referencia a los viajes?” “Claro. Pero nosotros sabemos que hay otras formas de disfrutar de la vida de las que los trenes, los autobuses y los aviones están ausentes, y no por ello son menos gratificantes” “Desde mi punto de vista lo son más”.

“Bien, te sigo contando” “No vayas a decirme que sacaron a hombros de la cafetería a Amparo” “Poco faltó.

“El hecho de que, aún no repuesta, medicinándose, es decir, sin tenerlas todas consigo, lanzase el sombrero al aire, fue visto como un gesto insuperable.

“Alabaron su espíritu aventurero que era un ejemplo para ellas, según declararon, y la felicitaron efusivamente por su admirable comportamiento.

“Así que llevará un neceser en exclusiva para sus comprimidos, jarabes y parches, que tendrá siempre cerca de ella, y volará a Samarcanda”.

“Evidentemente” concluyo “nosotros no somos representativos, yo todavía menos que tú, de estos tiempos macanudos” “Lo que me choca” explica Emma “es que esa compulsión por los viajes sea la única actitud aceptable. Como si en la vida no existieran otras posibilidades”.

“A ti te propondrían también que te apuntaras” “E insistieron. El principal argumento era que nadie podía negarse a conocer esa ciudad que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco” “Tú les demostraste que sí” “Es una obligación cívica en estos tiempos macanudos dejar constancia de otros modos existenciales”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

24 de julio de 2013 03395.-Me pregunta Emma: “¿Cómo consigues no discutir?” “No lo consigo siempre, aunque es verdad que no entro al trapo con tanta facilidad como tú” “Reconozco que no puedo quedarme callada cuando estoy en desacuerdo, algo me solivianta o escucho un disparate” “Es arduo, desde luego, mantener la calma en esa tesitura. Mi clave, si de tal cosa puede hablarse, es bien sencilla. Parto de la base de que el otro es más fiera que yo. Y ciertamente es un recurso que funciona.”

“El otro” replica Emma “no sale bien parado en esa valoración apriorística” “Procedo con discernimiento. Hay mucha materia que está sujeta a opinión. Tú tienes la tuya y yo tengo la mía. De idiotas es discutir sobre colores y sobre muchas cosas más. De gustibus non est disputandum. Si nos atenemos a esa sabia recomendación, descartamos de entrada una cantidad ingente de motivos para porfiar.

“En una discusión el factor psicológico es de capital importancia. Este dato puede calibrarse rápidamente. Tan pronto como la otra persona abre la boca, queda claro el talante que se gasta.

“En cuanto detecto que el otro no quiere dialogar sino arrollar, que escuchar no le interesa en absoluto, que tratar de meter una cuña en ese soliloquio implica una lucha agotadora, concluyo que el otro es más fiera que yo. Que en esa confrontación llevo las de perder. Que no vale la pena que pierda mi tiempo y mi energía con un energúmeno. Que lo más sensato es darle cuanto antes la perra gorda y finalizar la entrevista.

“Callo, lo cual no quiere decir que otorgue. Callar, en este caso, equivale a aguantar el chaparrón. No va más allá de ser un comportamiento mínimamente educado con el que se trata de abreviar una situación incómoda.

“Callar equivale a obsequiar al interlocutor con la última parrafada. Si no es un obcecado, toma conciencia de su desconsideración. Y si lo es, se va la mar de contento pensando que se ha llevado el gato al agua.

“Cada vez estoy más convencido de que no vale la pena discutir por nada. Hay muy pocas cosas en la vida que se merezcan un acaloramiento verbal, que justifiquen cualquier tipo de agresividad”.

“Suena razonable” replica Emma, “pero a mí me resulta difícil mantener esa actitud estoica” “No hay estoicismo sino simple deseo de acabar y ese es el camino más corto. Si los demás se ponen burros, la solución no es que tú te pongas más burro que ellos. De esa forma lo único que se logra es organizar un concierto de rebuznos”.

“¿Debo entender eso como una alusión?” dice Emma medio en broma medio en serio. “¿Cómo puedes pensar tal cosa? Conozco a pocas personas tan respetuosas y empáticas como tú”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

15 de febrero de 2015 (Palacio de la Condesa de Lebrija) 04385.-Los escritores no son de fiar. Son como los periodistas. Estos se acogen a la coartada de la información. Y aquellos a la de la ficción.

86.-O perderse en el azul o chapotear en el rojo. O subes o bajas. ¿O es una cuestión de equilibrio? Ahí estamos. Los de arriba mirando a los de abajo por encima del hombro. Y los de abajo burlándose de los de arriba.

87.-La mejor forma de recordar una cosa es querer olvidarla. Y no querer saber nada de un asunto es la mejor forma de enterarse.

88.-No desaproveches nunca una buena ocasión de callarte.

89.-Dice Emma: “Como se vaya mi hermano, no sé qué va a hacer ella. No va a tener a quien contradecir, corregir, interrumpir, dirigir, instruir” “Resumiendo, tu cuñada se va a aburrir” “Soberamente”.

90.-Las condiciones exteriores pueden ser favorables o nocivas. Pero no nos engañemos: el auténtico neurótico lo es a tiempo completo y en cualquier parte.

91.-La comunicación es una planta más resistente de lo que se cree. Soporta periodos de abandono, privaciones de luz solar, riegos espaciados. Pero algo que no tolera, algo que la marchita de inmediato es el ácido úrico.

92.-Emma ha tenido una trifulca. Está seria, distante. No diré que casualmente saco a colación el tema de las relaciones humanas. Me escucha. Cuando callo, no replica de inmediato, como acostumbra. Se toma su tiempo. Cuando habla, es categórica.

“Lo ideal es que te quieran. Pero si eso no es posible, al menos que te respeten. Si tampoco esta opción es viable, entonces que te teman”.

93.-Emma es muy sensible a las frases lapidarias, a esas que no admiten réplica, que son como un directo a la mandíbula que tumba al interlocutor.

Pero con ella dan en hueso. Bonita es para persignarse y decir amén. Cuando escucha una de esas perlas que tanto abundan en los muros de facebook, o que aparecen ensartadas en los collares de la filosofía twitter, su reacción es siempre la misma.

Se queda mirando fijamente al gurú de guardia y le espeta: “Bueno ¿y ahora qué?”

94.-Los suelo encontrar por el barrio cuando salgo a hacer compras o a dar un paseo. Ella es gorda y lleva siempre el bolso fuertemente agarrado, como si temiera que fueran a robárselo. Se la ve envalentonada y disponedora. A él bonachón y resignado después de muchos años de convivencia. A cada uno le toca en suerte un lote y el suyo incluía una esposa asertiva.

En la sala de espera de la consulta del médico los tenía sentados frente a mí. Cuando les llegó el turno, ella, no sin dificultad, se puso en pie y ordenó a su marido: “Tú no entres. Quédate aquí”.

Una vez solos, nuestras miradas se cruzaron. En la suya afloraba la bonhomía. Por solidaridad masculina estuve a punto de exclamar: “¡Qué bicho!”, pero dije: “Tiene carácter” “Menudo bicho está hecha” replicó él esbozando una sonrisa contagiosa.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

13 de diciembre de 2013 021Pregunto a Emma por la reunión que tuvo el miércoles con sus amigas. “No me hables” responde. Hacemos muestro pedido en la barra y vamos a sentarnos en los taburetes de la terraza. Después de dar un trago, depositamos nuestros vasos en el velador de largas patas. Ella guarda silencio.

“Quieres hacerte rogar” digo. Y ella arranca por fin: “Me estoy planteando no ir a tomar el té con pastas. Esos encuentros se están convirtiendo en una fuente de irritación” “Te está fallando el sentido del humor” “Supongo que esa es la razón de que cada vez aguante menos” “A menudo no vale la pena”.

En esta cita semanal, una de sus amigas, la de ideas más avanzadas y “look” más informal pero no por ello más económico, como Emma se apresura a puntualizar, contó un incidente que le produjo bochorno, pero que la otra, llamada Juliana, no tuvo inconveniente en airear en vez de arrinconar en el trastero del olvido.

Y es que Juliana estaba dolida. Para contrarrestar su malestar nada mejor que montar un psicodrama y recuperar la estima que ella misma arrojó por el sumidero.

“Así es la naturaleza humana” sentencia Emma, “nos ponemos en evidencia y luego tratamos de arreglarlo a nivel… ¿cómo dices tú?” “¿Fantasmático?” “Eso mismo”.

“En realidad se trata de un suceso chusco que mueve a risa. Aunque es un dato irrelevante, te diré que Juliana es mayor que yo, pero mucho más activa en todos los sentidos. Se enteró de un coloquio organizado por la concejal de cultura del ayuntamiento, o más bien de un acto propagandístico. Y ni corta ni perezosa se personó en el foro.

“No la une ninguna amistad a la concejal pero como sus ideas son afines, Juliana iba en muy buena disposición y con ganas de participar. No se trataba de un coloquio ni, como tan finamente se leía en los carteles y folletos, de una propuesta para el debate sino de la publicitación del programa cultural del ayuntamiento.

“Cuando la responsable municipal acabó su exposición, se abrió un turno de preguntas. Y Juliana vio llegada la hora de echar su cuarto a espadas.

“Pero bien fuera porque, de querer hacerlo tan bien, se trabucara, bien fuera porque los nervios la traicionasen, la concejal no sólo la malentendió sino que encima le dio un corte y siguió con la ronda de preguntas, dejando a Juliana más corrida que una mona”.

La vejada explicó a sus amigas que no comprendía lo que había pasado. Lo único que había hecho era elogiar la vitalidad, la originalidad, la creatividad y la eficacia de la concejal en el desempeño de su cargo e incluso de su vida privada. A punto estuvo de añadir que no como su antecesor, aunque lo dejó entrever.

Sus filigranas verbales le salieron por la culta y la respuesta airada que obtuvo le sentó mal. Airada e injusta porque ella lo que pretendía en definitiva era halagar a la otra.

Rumiando su disgusto, decidió arreglar este asunto al final del coloquio. De ninguna manera una incondicional como ella merecía el trato recibido. Su pedigrí tenía que quedar más limpio que un jaspe.

Así que esperó y se acercó a la interfecta cuando apagó el micrófono. Se presentó, le dijo cuánto la admiraba y cuánto lamentaba que hubiese malinterpretado sus palabras. Lo que quiso transmitir era que el programa cultural era una maravilla, que no le cabía duda de que sería un éxito…

Y añade Emma de su propia cosecha: “Sólo le faltó arrodillarse o hacer una reverencia y declarar que en ella tenía a una aliada, a una defensora, a una integrante de la claque. Resumiendo, a su segura servidora”.

“O sea, que estuvo rastrera” “Sí, ella es también consciente de su actitud indigna”.

“El mundo es un teatro” “Más bien un corral de comedias” puntualiza Emma.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Rafael de Sayago

Se nos acerca un antiguo conocido, mayor que nosotros. “Mucho mayor” precisaría Emma más tarde. Se acoda a nuestro lado y pide un vermut de la casa con un chorrito de sifón. Pregunta al camarero si no tiene una rodaja de naranja para la bebida. Como recibe una respuesta negativa, pide una de limón. Y por último unas aceitunas aliñadas. Luego se nos queda mirando con su melena leonina y su boca entreabierta en una sonrisita socarrona. “De superioridad” según Emma.

Porque él está de vuelta de todo. Ha corrido mundo y ha vivido el doble o el triple que cualquiera de nosotros dos. “Juntos” añade mi amiga. Tras escupir un hueso de aceituna en el orificio superior del puño que se acerca a la boca, y dejarlo escapar por el inferior justamente encima del platillo ad hoc con donosura de galán, declara: “Se os ve aburridos”.

Callados tendría que haber dicho. En efecto, lo estábamos desde antes que él traspusiera el umbral del establecimiento. Cuando no tenemos nada de qué hablar, permanecemos silenciosos sin sentirnos incómodos. De todas formas, pocas veces nos hallamos en esa tesitura. Emma tiene casi siempre tema de conversación. Y cuando no, ahí está el inagotable filón que es su cuñada, al que recurre gustosamente cuando deserta la inspiración.

Rafael de Sayago, que por supuesto no es su verdadero nombre sino el de guerra o, como él prefiere decir, el artístico, es un cómico en decadencia. Tuvo su momento, pero hace tantos años que ya nadie se acuerda. Ahora se dedica a la televisión, ya sean series cutres, programas arrabaleros o tertulias sesgadas y cañeras.

Él se presenta como actor y showman. En el barrio tiene sus admiradores. Pero hay también quien huye de él como de la peste porque, dada su dilatada experiencia en las tablas y en los platós, sabe dar la vara.

Dispuesto a animarnos la vida, nos hace una pregunta un tanto retórica: “¿Sabéis cómo eliminaba a mis adversarios?”.

Se vuelve al camarero, le pide otro vermut y añade: “A ellos ponles lo que estén bebiendo”.

“Con un camión”. Como le entra la risa floja, a punto está de engolliparse. Poniéndose bastante coloradote, logra expulsar el hueso a tiempo.

Respira hondo y prosigue: “Cuando iba por la carretera y alguien quería adelantarme, dejaba que se colocara a mi altura. Entonces aceleraba. El otro se picaba y hacía otro tanto. Con la única diferencia de que él iba por el carril de la izquierda y yo por el de la derecha.

“Si era lo suficientemente listo, acababa aminorando la velocidad y colocándose detrás de mí. Si era un gallito o un descerebrado y persistía en querer sobrepasarme, sólo era cuestión de esperar a que apareciese un coche de frente. La estupidez o la soberbia hizo que algunos colisionaran, y que otros se salieran de la carretera, quedando allí arrumbados hasta que la grúa los rescataba”.

Rafael de Sayago, histrión y bocazas, ríe y me da una palmadita en el hombro. Con Emma no se atreve. Cuando se va, mi amiga comenta: “Bonito método de eliminar a quien estorba” “Es una simple boutade” “Aunque lo fuera, la diafanidad de su intención no admite dudas” “Creo que exageras” “Y yo que te has caído de un guindo”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

01 de mayo de 2014 04578.-La rigidez, la inflexibilidad, la cerrazón dejan escaso margen de maniobra. La única posible, a veces, es salir dando un portazo.

79.- Todos tenemos cuelgues y fijaciones. Eso es malo. Pero todavía es peor que tratemos de imponérselos a los demás.

80.- Me pide Emma que defina al creyente. “Desde el punto de vista socrático, que comparto” respondo, “es la persona que tiene la esperanza de que hay algo después de la muerte, algo mejor para los buenos que para los malos”. “¿Y un ateo?” “El que niega esa esperanza”.

81.-Convivir con las injusticias es uno de los más duros aprendizajes. Convivir no quiere decir aceptar sino verse obligado a seguir adelante a pesar de todo. Otra asignatura que se cursa forzosamente, y que nunca se logra aprobar, es la convivencia con las actitudes irracionales. Unas y otras pueden dar al traste con los principios más asentados y las resoluciones más firmes. Unas y otras ponen a prueba los nervios. Unas y otras son los golpes que hay que encajar sin renunciar al sentido de la justicia ni despreciar la luz de la razón.

82.-Algunos piensan que nunca han llegado. Por eso no paran de andar. Piensan que lo mejor está por hacer, que la meta está más lejos, que son ellos los que tienen que seguir.

83.-Todos pagamos un precio. Es verdad que no todos los precios son de la misma cuantía. Los hay altos y bajos. Y verdad es también que algunos que pagan un precio irrisorio se quejan más que los que pagan un precio elevado.

Tarde o temprano todos comprobamos que nada es gratis. Lo único que hay que ver es si el precio que estamos pagando nos conviene. Pero que no nos quepa la menor duda de que un precio hay que pagar.

84.-Estaba vestida estrafalariamente. Cómoda, decía ella, metiendo las manos en los bolsillos de los anchos pantalones y tirando hacia fuera, adoptando así la figura de un polichinela. Sin duda este gesto le resultaba gracioso o chic, vaya usted a saber. Un muestra de su espontaneidad.

“La cosa funciona o no funciona, eso es todo” “¿Y no se puede hacer nada para que funcione?”.

Esbozando un mohín de fatalidad, respondió: “No. Te lo he explicado varias veces, pero tú no quieres entenderlo. La vida es una cuestión de funcionamiento. Eso es lo único que hay que saber y aceptar. Ahí radica toda la sabiduría. Los funcionamientos no se fuerzan. A lo más que podemos aspirar es a un buen funcionamiento” “Y nosotros lo único que debemos hacer es cogerlo por los pelos si pasa a nuestro lado” “Pues sí, se podría expresar así. No le des más vueltas. Siempre te ha gustado comerte el coco. La clave es esta: la vida, en cualquiera de sus aspectos, funciona o no funciona. No te lo repito ni una vez más”. Y dicho esto, dejándome con la palabra en la boca, se alejó con sus pantalones bombachos, su camiseta ancha de Armani y sus collares de bisutería fina.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

59.-Damos un paseo. Durante unos minutos nos paramos a contemplar la belleza del cielo vespertino, un cielo azul completamente despejado, un cielo límpido y profundo en el que reverbera la luz de este día declinante. No hay nada que ver ni describir y, sin embargo, todas las cosas y seres parecen contenidos en esa vaciedad sin mácula, en esa preñez metafísica. Así que, durante unos minutos, quedamos arrobados por la inefabilidad de este atardecer otoñal. Después, lentamente, echamos a andar de nuevo.

Tras esta breve experiencia mística, todavía bajo su influencia, comento: “El objetivo es volvernos uno”. Enarcando las cejas, que es su manera de mostrarse crítica sin decir palabra, de manifestar un silencioso y discreto asombro, Emma me mira intrigada en espera de una aclaración. Pero yo complico la situación añadiendo: “El objetivo es alcanzar ese estado”.

“¿Y eso cómo se consigue?” “Ya lo ves: vaciándose hasta alcanzar ese grado de pureza”. Como Emma es una interlocutora empeñosa, quiere saber de qué hay que vaciarse. “De ilusiones, de expectativas, de miedos, de ambiciones, de metas, de odios…de todo lo que nos lastra y nos hace más pesados que el plomo. De esta forma la transparencia va adueñándose de nuestro ser que al final queda como este espléndido cielo”.

Emma, sucumbiendo a la tentación del retruécano, replica: “Nos convertimos en un cielo” “Se podría expresar así. Nos convertimos, efectivamente, en un espacio sin obstáculos”.

“Tanta desnudez” dice Emma sin que yo detecte ironía en sus palabras “me provoca pavor”. A continuación, en un tono que no deja lugar a dudas, añade: “Ni siquiera en verano, con lo mal que soporto el calor, soy capaz de semejante despojamiento” “Yo tampoco. Sólo manifestaba un deseo del que, ateniéndome a lo dicho, debo desprenderme, entre otros muchos estorbos más, si quiero acercarme a ese ideal de receptividad y disponibilidad absolutas”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Nuestro común amigo Luciano de Castro, para zanjar una diferencia entre Emma y él, tuvo la ocurrencia de llamarla “vaca posmoderna con el corazón pequeño”. Y esa definición le ha calado muy hondo. No obstante, mientras ella trasiega una cerveza y yo una copa de blanco, matiza: “Todavía lo de vaca posmoderna, aunque ofensivo, puedo pasarlo por alto. Pero que tengo un corazón pequeño, eso no se lo perdono a ese renacuajo”.
“Quieres decir” comento sin ánimo de echar leña al fuego, “que esa frase lapidaria encierra una parte de verdad”. Emma aparta la vista de las bandejas de gambas, langostinos y camarones, y la posa en mí, haciendo que me arrepienta de inmediato de mi observación. “Muy chistoso” masculla, “después te contaré algo que también te va a hacer gracia”.
Primero me explica cómo se desarrolló el encuentro entre ella y Luciano, del que salió escaldada porque, como ella misma reconoce, nuestro pequeño colega tiene una lengua temible. “Un don del cielo” corroboro. “Cortante como un yatagán” precisa ella. “¿Cortante en el sentido de que no deja títere con cabeza?” “Claro. La tuya rodó también”.
Emma estaba tan ricamente en el bar de nuestro centro de trabajo tomando un café y leyendo. Luciano entró y, tras enterarse del título y escuchar un inocente comentario sobre el taoísmo, que era el tema del libro, diagnosticó con retintín que Emma era otro caso de espiritualidad a la oriental. “¿Y no te lo comiste?” “A punto estuve”.
“Bueno, tú eres en efecto una admiradora de Lao Tsé”. Esta apostilla me valió otra mirada acerba.
“Luego” prosigue contando Emma “se fue diciendo: Ahí te dejo con el yin y el yang. Se acercó a la barra e hizo su pedido. Pero como tenía ganas de liarla, regresó adonde yo estaba y se sentó”.
“Cerré el libro y lo puse en la mesa. Fue entonces cuando tú saliste a relucir. A ti te definió como un versificador que no comía mucho ni bebía poco” “A algunos si les dieran un euro por cada tontería que dicen, estarían millonarios” “No me cabe duda. Pues no contento con esa maligna tasación empezó a hablar de Manolo Villegas, ya sabes, ése que ha escrito cuarenta libros que son cuarenta premios, y de los que varios se han convertido en best sellers. Luciano citó expresamente “Cómo adelgazar bebiendo cerveza”, que confieso que fui una de sus compradoras, “Nacido para cabrón”, “¿Qué hago con estos pelos?”, “Guía de progres y otras especies cojoneras” y el manual de autoayuda “Las cigüeñas no tienen vértigo”.
“Que también compraste” “No, ése no. El otro lo leí atentamente y ya ves. Así que logré contenerme y no hacerle el negocio”
“Y tras ese repaso…” “Tras ese varapalo” “Vale” “Por favor ¿qué ibas a decir?” “¿Qué ocurrió?” “Volvió a la carga con la espiritualidad”.

.

.

.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

El hermano de Emma

Pasa su tiempo dando órdenes contradictorias. “La pérgola la quiero aquí”. Y al día siguiente dice: “Aquí no. Más allá”. Y si el marido protesta alegando que una pérgola no se monta y desmonta tan fácilmente, ella argumenta: “¿Es que no se puede cambiar de opinión?”. La hermana del marido dice a propósito de éste: “Es un bendito”. Y añade: “No sé cómo aguanta”.
«Los arbitrarios y frecuentes cambios de opinión son la norma» explica Emma que aprecia poco a su cuñada, a quien considera caprichosa y dominante. “Y siempre ha sido así. Antes con más disimulo y una vez que han caído las máscaras abierta y claramente”.
“Se pasa el día acostada” prosigue. “¿Está mala?” “Por favor. Goza de más buena salud que tú y yo juntos. Porque es una vaga. Antes trabajaba en una oficina, pero desde que se jubiló, no da un palo al agua. No hace ni ganas de comer, lo cual no quiere decir que no coma.
“Por la mañana, no desayuna hasta que uno de sus hijos le lleva el pan recién hecho. Entonces se pone la bata enguatada y se prepara el desayuno que incluye necesariamente mermelada de arándanos, porque si no, según ella, no es un desayuno. Lo toma, se asoma a la puerta del jardín y le dice a mi hermano: La pérgola un poco más allá. Va al cuarto de baño, se cepilla los dientes, hace sus necesidades, se acicala y, con un libro o una revista en la mano se dirige al sofá donde se tiende, tapándose hasta la cintura con la manta de patchwork que ella mismo hizo en un arrebato de laboriosidad, ya superado y olvidado. Y allí espera a que le lleven noticias su marido o sus hijos, a los que indicará puntualmente qué tienen o qué no tienen que hacer”.
“Se ve que no la estimas demasiado” “¿Estás de coña? ¿Quién puede no digo estimar sino sobrellevar a semejante déspota?” “Al parecer su marido y sus hijos” “Ya te he dicho que mi hermano es un santo varón. No quiero calificarlo de otra manera” “Eres muy considerada. A él se ve que le tienes afecto”.
“Otra de sus especialidades” prosigue y yo sobreentiendo que está hablando de nuevo de su cuñada, “es el tiempo atmosférico. En esa casa es ella quien decide cuándo hace frío o calor actuándose en consecuencia. ¡La de catarros que lleva pasados mi hermano a cuenta de esos decretos climatológicos!” “¿Qué quieres que te diga?” “Que los tiene bien merecidos”.
“Un día explotó” “¿Quién o qué?” “Mi hermano naturalmente” “No le faltan motivos” “Le sobran”.
“Pues me llamó por teléfono” “¿Te llamó tu hermano para contarte que había peleado con su mujer?” “Hoy estás espeso. Me llamó mi cuñada para contarme que su marido se había enfadado con ella. Le resultaba inaudito. No lo comprendía. Parecía sinceramente asombrada” “Y aprovechaste la ocasión” “Me la estaba sirviendo en bandeja de plata”. “¿Y bien?” “La dejé que se explayara. Si perpleja estaba ella, más lo estaba yo escuchando sus razones. Cuando acabó, repliqué lo más fríamente que pude: ¿De verdad te extraña que ese émulo de Job se haya puesto del revés?”

.

.

.

.

Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

« Newer Posts - Older Posts »