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Archive for marzo 2016

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I
Vuelvo a ti, Sebastián,
como antaño, en la calle iluminada apenas
por escasas bombillas.
Pero hoy no traigo nada, hoy sólo vengo yo.

Contigo no hace falta andarse por las ramas,
ni dárselas de listo.

Tus verdades son simples.
Cualquiera las entiende. Y por eso también
cualquiera las desprecia.

Sebastián, no es mi caso.
Los años me enseñaron que tus verdades simples
son las solas verdades.

No debiera siquiera hablar de tus verdades
En buena ley debiera hablar de tu verdad.

Es decir, de tu hambruna,
de ese estómago terco que soñaba con platos
rebosantes, colmados,
con platos de lentejas, de garbanzos, de chícharos.

Recuerdo esa hambre tuya. Y más cosas recuerdo,
pero esa es la primera, la que tiene más peso.

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Caminos (XVIII)

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Mis compañeras iban preocupadas porque los resultados del informe Pisa, una vez más, eran deprimentes. Como consecuencia de ello, la inspección nos había visitado.

A mi centro, según la descripción de un colega lenguaraz, había ido un sietemesino que se pasaba el tiempo subiéndose la montura de las gafas con el dedo índice, y que nos puso la cabeza como un bombo.

La reunión a la que fuimos convocados la invirtió en gran parte en alabar ese ejemplo a seguir que es Finlandia, un país con cinco millones y medio de habitantes y unas características geográficas y socioeconómicas que poco o nada tienen que ver con las nuestras. La fijación de estos mendas por ese país nórdico, mantenida y alimentada regularmente por los artículos que aparecen en su periódico de cabecera, el cual, cómo no, salió a relucir, la fijación, decía, de estos representantes más políticos que administrativos, es una de las plagas que se ha abatido sobre el sistema educativo.

La murga que nos dio fue de órdago. Las tonterías que enhebró nos dejaron turulatos. Y las medidas que impuso merecían ser arrojadas directamente a la papelera. Estoicamente, salvo los afectos al régimen a quienes todo parece bien o mejor, aguantamos el chaparrón.

La encerrona fue larga y tediosa. Casi todos estábamos deseando que acabase para olvidarnos de lo que habíamos escuchado. Pero el inspectorcito no estaba dispuesto a soltar su presa fácilmente. Pese a que procurásemos mantenerlas impenetrables, algo debió detectar en nuestras caras que no le gustó, poniéndolo un punto agresivo. Desde luego, nuestras miradas no traslucían el beneplácito.

Su remedio infalible eran más reuniones y más burocracia. Todo lo cual debía traducirse en un mayor número de aprobados. Como comentaron después algunos de los asistentes, que en ese momento no se atrevieron a hablar, de esa forma no se solucionaba el problema. Cuando volvieran a evaluar a los estudiantes, el informe PISA desenmascararía esos falsos aprobados, esas notas hinchadas.

El inspectorcito, consciente de la dureza con que nos estaba tratando, quiso atenuar el tono al final de su filípica, imprimirle un aire campechano. Para majaderías estábamos los oyentes.

Tras asaetarnos a consignas, tras apabullarnos con la cantidad de papeles inútiles que había que rellenar, acabó haciendo el panegírico de la labor docente. Y citó a dos o tres personalidades para las que la educación era el súmmum. Debíamos entender y asumir la bronca que nos había echado porque la enseñanza era la piedra angular de la sociedad. Y concluyó diciendo que era una terrible desgracia no estar a la altura de los tiempos, ir en el furgón de cola del convoy del progreso, aludiendo de paso a la buena posición que ocupaba Finlandia en ese tren.

Yo estaba sentado en la primera fila porque llegué de los últimos a la reunión, y ese fue el sitio que encontré. Subiéndose las gafas con el dedo y cabeceando, el representante de la administración me preguntó: “¿Y para ti cuál es la mayor desgracia?” “Abrir el frigorífico y descubrir que no hay cerveza” “Hablando en serio” “Muy en serio”.

 

 

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15 de junio de 2014 062Mis compañeras de viaje, viéndome abstraído en mis pensamientos, decidieron reintegrarme a la realidad. Sospechaban, no sin razón, que no estaba prestando atención a las historias que desgranaban en nuestro desplazamiento matinal al trabajo.

Una me dijo: “Ya está bien de tanto escuchar” (lo que era manifiestamente falso). Otra: “Tú ahí calladito, sin perder ripio” (lo que seguía siendo mentira). Y la tercera: “Ahora te toca a ti contar algo”.

Puesto que no me apetecía dar explicaciones respecto a mi actitud, acepté la invitación para salir del paso. A fin de cuentas yo tenía también mis anécdotas. Escogí para la ocasión una que acaeció al principio de mi vida laboral, cuando me destinaron a un importante municipio de la Sierra.

En dicho pueblo se practicaba asiduamente el deporte de mirarse unos a otros. Era un cotilleo de gente seria y respetable que despistaba al recién llegado. Sin embargo, por poco avispado que se fuese, no se necesitaba demasiado tiempo para conocer el percal.

Así que no podía llamarme a engaño. Era consciente de lo que hice, pero no del tremendo calado de esa actividad subterránea.

Juanita era una compañera de trabajo especialmente sensible a ese chismorreo solapado, al que temía y del que se guardaba.

Ella achacaba esa afición no a la falta de distracciones sino a la propia naturaleza de sus convecinos.

“No hace falta decir que Juanita no jugaba con las cosas de comer. Ella no daba un cuarto al pregonero ni por equivocación. Sabía con qué bueyes araba y mantenía estrictamente las apariencias.

“Era una mujer de mediana edad, de buen ver, con gusto para arreglarse, que iba a la peluquería una vez a la semana. Sin duda era atractiva. Llevaba siempre alguna joya de valor, ya fuera unos pendientes de oro o un collar de turquesas, y en los dedos una o dos sortijas.

“Vivía cerca del centro, en una plazoleta que era un lugar de paso, sobre todo los sábados.

“La plazoleta tenía una fuente con un pato de alas abiertas y pico enhiesto, que, desde cierta distancia, parecía un elefantito con la trompa empinada.

“Era, pues, sábado por la mañana. No dejaba de ir y venir la gente. Yo me dirigía también al centro y descubrí a Juanita acodada en el balcón de su casa. Hacía un espléndido día primaveral.

“Me paré y agité la mano. Ella me devolvió el saludo acompañado de una encantadora sonrisa. Me acordé de un problema laboral que había quedado pendiente. Le hablé de ese lío burocrático y le dije que se me había ocurrido una solución. “¿Quieres saber cuál?” le pregunté. Ella respondió: “Bueno”.

“Como podéis imaginar, estábamos conversando a voces, lo cual a ella no le hacía ninguna gracia. Con la intención de reunirse conmigo, añadió: “Espera un momento”.

“Grité: ¿Estás sola?” “Sí” “Entonces no bajes. Yo subo”.

“No se mató de milagro. Tuvo que saltar los escalones de dos en dos. A los cinco segundos, jadeante, la tenía a mi lado”.

 

 

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[Cuando se ofrece]

Cuando se ofrece
cuando el momento
llega por fin
salgo a tu encuentro

Sin amañar
las circunstancias
en cuanto puedo
sin forzar nada

Tan pronto como
por donde huir
veo un resquicio
voy hacia ti

Abro la puerta
y me encamino
hacia los montes
el alma en vilo

 

 

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Renuevos

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01 de mayo de 2014 04578.-La rigidez, la inflexibilidad, la cerrazón dejan escaso margen de maniobra. La única posible, a veces, es salir dando un portazo.

79.- Todos tenemos cuelgues y fijaciones. Eso es malo. Pero todavía es peor que tratemos de imponérselos a los demás.

80.- Me pide Emma que defina al creyente. “Desde el punto de vista socrático, que comparto” respondo, “es la persona que tiene la esperanza de que hay algo después de la muerte, algo mejor para los buenos que para los malos”. “¿Y un ateo?” “El que niega esa esperanza”.

81.-Convivir con las injusticias es uno de los más duros aprendizajes. Convivir no quiere decir aceptar sino verse obligado a seguir adelante a pesar de todo. Otra asignatura que se cursa forzosamente, y que nunca se logra aprobar, es la convivencia con las actitudes irracionales. Unas y otras pueden dar al traste con los principios más asentados y las resoluciones más firmes. Unas y otras ponen a prueba los nervios. Unas y otras son los golpes que hay que encajar sin renunciar al sentido de la justicia ni despreciar la luz de la razón.

82.-Algunos piensan que nunca han llegado. Por eso no paran de andar. Piensan que lo mejor está por hacer, que la meta está más lejos, que son ellos los que tienen que seguir.

83.-Todos pagamos un precio. Es verdad que no todos los precios son de la misma cuantía. Los hay altos y bajos. Y verdad es también que algunos que pagan un precio irrisorio se quejan más que los que pagan un precio elevado.

Tarde o temprano todos comprobamos que nada es gratis. Lo único que hay que ver es si el precio que estamos pagando nos conviene. Pero que no nos quepa la menor duda de que un precio hay que pagar.

84.-Estaba vestida estrafalariamente. Cómoda, decía ella, metiendo las manos en los bolsillos de los anchos pantalones y tirando hacia fuera, adoptando así la figura de un polichinela. Sin duda este gesto le resultaba gracioso o chic, vaya usted a saber. Un muestra de su espontaneidad.

“La cosa funciona o no funciona, eso es todo” “¿Y no se puede hacer nada para que funcione?”.

Esbozando un mohín de fatalidad, respondió: “No. Te lo he explicado varias veces, pero tú no quieres entenderlo. La vida es una cuestión de funcionamiento. Eso es lo único que hay que saber y aceptar. Ahí radica toda la sabiduría. Los funcionamientos no se fuerzan. A lo más que podemos aspirar es a un buen funcionamiento” “Y nosotros lo único que debemos hacer es cogerlo por los pelos si pasa a nuestro lado” “Pues sí, se podría expresar así. No le des más vueltas. Siempre te ha gustado comerte el coco. La clave es esta: la vida, en cualquiera de sus aspectos, funciona o no funciona. No te lo repito ni una vez más”. Y dicho esto, dejándome con la palabra en la boca, se alejó con sus pantalones bombachos, su camiseta ancha de Armani y sus collares de bisutería fina.

 

 

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