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Archive for the ‘Viaje a Aracena’ Category

19

Tres potentes chorros de luz cruzaban el escenario. De vez en cuando uno de los focos daba una rápida pasada por el patio, iluminando durante unos segundos los atentos rostros de los asistentes.

Se oyó un redoble de tambor y se hizo el silencio. En el tablado habían tendido un alambre de un extremo al otro, a varios metros de altura.

Apagaron dos focos. El tercero encuadró al funámbulo que sostenía un balancín. Cuando cesó el redoble, el acróbata se lanzó a recorrer el alambre con ágiles pasos. A mitad de camino se detuvo manteniendo el equilibrio durante un tiempo interminable. Sólo el contrapeso oscilaba ligeramente.

Era asombroso ver a ese hombre suspendido en el aire, controlando sus músculos y sus nervios, convocando nuestras miradas, como si de nuestra tenacidad visual dependiera el éxito de la función.

Enderezándose, el funámbulo alcanzó la otra punta. El público prorrumpió en aplausos y el artista saludó antes de desandar el alambre, esta vez sin pararse.

Unos cuantos espectadores subieron al escenario y, al son de un pasodoble, se quitaron la chaqueta y empezaron a hacer cabriolas.

Daban volteretas en todas las direcciones. Aunque el choque parecía inevitable, se las arreglaban para eludirlo en el último momento.

Causaba regocijo contemplar la habilidad de esos gimnastas que andaban cabeza abajo y daban saltos mortales. Uno de ellos se llevó un buen rato apoyado en una sola mano.

Al final formaron una torre humana; el que la coronó estuvo agitando una bandera el tiempo que sonaron los aplausos.

Antes de que se deshiciera esa efímera construcción, otra remesa de hombres y mujeres que vestían un maillot granate adornado con lentejuelas doradas, se adueñó de las tablas.

Encaramándose con pasmosa destreza al pedestal, se arrojaban al vacío con los brazos abiertos, siendo recogidos por sus compañeros que los mecían antes de depositarlos en el suelo.

El plato fuerte lo constituían las contorsiones. Todos simultáneamente se despernancaron provocando la consternación del público. Luego empezaron a retorcerse sin que esto pareciera conllevar ninguna dificultad. Se anudaban y desanudaban componiendo insólitos asanas. Sin embargo, lo más asombroso era que tras estos ejercicios los cuerpos recuperasen su forma.

Por último se repartieron en dos círculos concéntricos. Los de dentro se agacharon y los de fuera permanecieron de pie. Siguiendo una complicada técnica se entrelazaron de modo que el resultado fue un animal no registrado por ninguna mitología. Un híbrido de hidra y ciempiés, de deidad védica y balón de fútbol.

Un oportuno apagón de los focos disipó los efectos del hechizo. Cuando los encendieron de nuevo, los componentes de la bola humana se hallaban en el borde del escenario.

Tras la cerrada ovación se escucharon unos alegres compases y el tablado se llenó de bailarines con camisas de mangas anchas, chalecos bordados y pantalones ceñidos con cordones a la pantorrilla o faldas de amplios vuelos. Medias blancas y zapatos negros de charol completaban el atuendo. Ellas lucían también diademas multicolores.

Cogidos de la mano, compusieron un corro que giraba ya hacia la izquierda ya hacia la derecha. Sin dejar de marcar los pasos se dividieron en grupos de cuatro. Con los brazos extendidos, tocándose la punta de los dedos, prosiguieron dando vueltas.

Sobre el pedestal habían plantado un mástil del que pendían largas cintas azules, rojas, amarillas, rosas, verdes… Al ritmo que marcaba la música, los danzantes se apiñaron a su alrededor y enseguida se separaron de un salto dando un grito de júbilo. Cada uno tenía una cinta que enarbolaba triunfante.

Al principio evolucionaban lentamente, rotando en dirección contraria cada vez que cambiaban la cinta de mano. Pero la tonada iba adquiriendo una cadencia más viva que era reflejada por los bailarines.

Al cabo de pocos minutos se desplazaban a gran velocidad en torno al mástil a la par que, cruzando y descruzando las cintas, entremezclándolas, haciéndolas ondear, componían vertiginosas figuras.

Lo estaba pasando en grande. Los socios de Casino estaban exultantes. Su buen humor era contagioso.

Cuando acabó este número, se oyó música clásica y muchas personas, tras hacer un hueco apartando sillas y mesas, se pusieron a andar de puntillas. En el escenario muchachas con vaporosos tutús de muselina se movían con mucha más gracia.

 

 

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18

Debían de estar celebrando una fiesta. Me picó la curiosidad y, aunque sospechaba que a la entrada habría un portero con gorra de plato y gesto adusto, decidí probar suerte.

Pero no había cancerbero. Me aventuré entonces por el vestíbulo, recelando que en cualquier momento alguien se acercase para preguntarme si estaba invitado.

Avancé hacia la cancela, tras la que colgaba un cortinaje de terciopelo rojo que se hallaba descorrido en parte. De vez en cuando me paraba y observaba el zócalo o el artesonado.

A mi lado pasaban alegres parejas sin prestarme atención. Incluso un petimetre estuvo a punto de tropezar conmigo.

Metí las manos en los bolsillos de mis vaqueros y crucé la cancela. Lo único que podía ocurrir era que me echasen.

No era un salón, como pensé cuando estaba fuera, sino un patio porticado y cubierto por una montera. Las columnas y las losas eran de mármol blanco. El bar estaba a la derecha. En mitad del patio había un tablado redondo con un pedestal de mediana altura en el centro.

Los altavoces desgranaban los compases de una canción de moda.

Me acordé de Luisa, Carmelina y Pedrote. Tal vez, tras pasear por el pueblo, habían llegado a la plaza y, al igual que yo, habían sido absorbidos por la fiesta.

Escruté a la alborozada concurrencia sin lograr localizarlos. Lo mejor sería dar una vuelta.

Esquivando a jóvenes parejas que charlaban y reían, llegué al abarrotado bar.

Este ocupaba una espaciosa habitación que comunicaba con el patio a través de dos puertas. Las paredes estaban tapizadas y decoradas con espejos de molduras doradas. Tras la barra había varios camareros con pajarita que acudían raudos cuando un cliente levantaba un dedo.

Me deslicé sobre la mullida moqueta y salí por la otra puerta.

Al volver al patio advertí un mayor bullicio. La gente parloteaba más alto y un foco barría el escenario. Me situé discretamente junto al cortinaje rojo.

Un hombre enjuto con un frac de fantasía subió al escenario, se quitó la chistera e hizo una reverencia que el público respondió con una cerrada ovación.

El presentador alzó una mano y luego, alargando los brazos, entró en materia.

“Tenemos que agasajar como es debido a nuestros huéspedes de honor. Nosotros sabemos cómo hacerlo y lo vamos a demostrar enseguida. Pero antes de que empiece el espectáculo, voy a hablaros brevemente de estos simpáticos visitantes”.

Contuve la respiración, pero de inmediato rechacé la ridícula idea que me cruzó por la cabeza.

“Estos aguerridos jóvenes han realizado una peligrosa travesía y vamos a compensarlos, aunque sea modestamente, por las fatigas pasadas. La carretera de Sevilla a Aracena está jalonada de trampas y de difíciles pruebas que ellos han superado. No vale la pena extenderse sobre este particular que todos conocéis.

“Sólo me queda añadir, atribuyéndome la representatividad de los presentes, que cada uno de nosotros se siente hermanado con estos viajeros”.

Un fuerte aplauso rubricó el discurso. El amojamado portador del frac se inclinó a la par que describía un amplio arco con el sombrero, e hizo mutis.

 

 

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17

Conforme me alejaba, me iba apaciguando. El encuentro con García Silva me había desazonado.

En realidad no habíamos sido amigos a pesar de vivir cerca uno de otro. Nuestras relaciones se habían limitado a un cruce de saludos y al intercambio de algunas frases.

Era un niño que no se integró en ninguna pandilla, y que no participaba en los juegos.

Aunque hacíamos chistes a su costa, nos guardábamos de burlarnos de él en su presencia, sobre todo a raíz de un lamentable incidente.

Uno de los chavales, que se las daba de gracioso, se dirigió en una ocasión a García Silva llamándolo “esparraguera”. No obtuvo respuesta. El provocador tomó nota de esta reacción y esperó el momento propicio de volver a la carga.

Mientras tanto, no se privaba de ridiculizar a García Silva. Nunca se refería a él por su nombre sino por un mote. El Cara-coliflor era su preferido.

Ese día teníamos un examen que pocos habían preparado. El profesor tardaba en llegar.

“Seguro que ese espantapájaros saca un diez” dijo el niño en voz alta. El aludido no se dio por enterado.

Los que estaban al lado del gracioso lo incitaron a que fuese a preguntarle si había estudiado. Primero se negó, pero los otros insistieron argumentando que no iba porque le daba miedo.

El niño menudo de pelo rizoso se puso gallito y, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, se acercó al pupitre de García Silva que se puso en pie antes que el enviado llegara. Sus rasgos se habían endurecido.

Iba el chistoso con una sonrisilla en los labios. “Esos payasos creen que tú muerdes” dijo marcando las eses. “Queremos saber…”

Un puñetazo en pleno rostro dejó la frase inacabada. El chulillo trastabilló sin caer al suelo.

La respiración de García Silva era entrecortada y había enrojecido violentamente, dispuesto a seguir la pelea.

El niño bajito, que sangraba por la nariz, sólo atinó a musitar: “Estás loco”.

A pesar del tiempo transcurrido, recordaba este incidente con todo detalle.

La bóveda celeste arrojaba una luz que volvía irreales las solitarias calles por donde pasaba. Para comprobar que no eran un decorado, palpé la superficie de una pared.

Cuando llegué al centro del pueblo, quedé sorprendido por el cambio.

Alrededor de la plaza se alzaban grandes casas con balcones corridos, cenefas de azulejos y miradores coronados por piñas de cerámica. En los parterres florecían los rosales y los naranjos estaban cargados de azahar.

Entré en ese animado ámbito y deambulé por él mezclándome con la gente.

Me sentía como gallina en corral ajeno. Era obvio que desentonaba en ese conjunto de distinguidos paseantes. Los hombres iban trajeados y las mujeres lucían elegantes vestidos y zapatos de tacón alto.

Por suerte nadie parecía reparar en mí. Estaban ocupados en hablar entre ellos o en andar cogidos del brazo. La atildada concurrencia se renovaba continuamente.

Ese río humano que se dispersaba por la fragante rosaleda, nacía en una casona con grandes ventanales. Sobre el dintel de la puerta se leía: CASINO CULTURAL.

 

 

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16

El primer mecánico me saludó y, escanciando las palabras parsimoniosamente, dijo: “En cuanto llegue mi primo que ha ido a buscar las herramientas, nos ponemos a trabajar”.

Asentí con la cabeza. El hombre siguió hablando: “Por lo que me ha contado, la avería puede ser grave. Esas explosiones no son una buena señal. Ya veremos lo que se puede hacer”.

Cuando regresó el segundo mecánico con una pesada caja, el primero exclamó: “¡Manos a la obra!”.

Me dirigí al improvisado campo de fútbol donde había mucho jaleo. Los niños estaban arremolinados en un ángulo del terreno. Esa algarabía no era normal. Cuando me aproximé, comprobé que no estaban jugando.

Uno de los chavales, que tenía el balón debajo del brazo, se mantenía al margen. Supuse que se trataba de una pelea entre los dos equipos.

Como las voces arreciaban, comenté: “Por lo visto no os ponéis de acuerdo”. El niño del balón puso cara de no haber entendido.

“¿Por qué están tan enfadados tus compañeros?” “Es por ese idiota que no nos deja en paz” “Un aguafiestas”.

El niño me miró y puntualizó: “Un idiota”.

Un abucheo me distrajo cuando fui a replicar que todos los pueblos contaban con un ejemplar de esas características.

Al unísono los chavales fueron deshaciendo el corro que formaban alrededor de ese individuo.

“Es ese que no tiene cabeza” señaló el rapaz. Me quedé de una pieza. Se trataba de Jaime García Silva.

La chiquillería echó a correr y desapareció enseguida. García Silva avanzó sin prisa a mi encuentro. Estaba vestido de negro y arrastraba ligeramente los pies.

Con los brazos rígidos y oscilantes, marchaba sin desviarse un milímetro de una imaginaria línea recta que nos uniera a los dos.

A tres metros de distancia se detuvo y, hundiendo las manos en los bolsillos, se puso a escarbar la tierra con el tacón de un zapato.

“¡Hola!” grité “¿Sabes quién soy? Fuimos juntos a la escuela”. A tontas y a locas añadí: “¡Qué buenos tiempos aquellos!”.

Me asaltó el temor de que García Silva pensara que estaba burlándome de él.

“Bueno” dije tras una pausa embarazosa, “me alegro de haberte visto”.

Andando hacia atrás proseguí diciendo: “Es una pena que no podamos hablar, pero tengo que irme. Mi coche está averiado”.

Tropecé con una piedra y estuve a punto de caer. “Hasta la próxima. Adiós”.

Di media vuelta y a paso ligero me encaminé al taller. Los mecánicos se percataron de mi incomodidad. El primero dijo: “No tiene por qué preocuparse. Es un tonto de capirote que siempre aparece donde menos se le espera”. Luego se inclinó sobre el lugar donde antes se hallaba el motor.

Miré a mi alrededor. Mis amigos no estaban. “¿Les han dicho adónde iban?” “No” respondió el primer mecánico, “habrán bajado al centro” “Voy a reunirme con ellos. Regreso dentro de un rato” “Váyase tranquilo”.

 

 

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15

El cochambroso taller, situado en la parte alta del pueblo, ocupaba una nave con tejado de uralita y paredes de ladrillos sin enfoscar, que había sido antes un gallinero. Las ventanas seguían cubiertas con un paño de tela metálica enmohecida. La única reforma era la relativa al hueco de la puerta que había sido agrandado.

La primera impresión no era alentadora, pero en ese taller disponían de coche grúa y habían accedido a reparar la avería del seíta en el mismo día.

Desde allí arriba se divisaba una buena panorámica de Aracena. Mientras mis tres compañeros disfrutaban de la vista, me di la vuelta y contemplé a un grupo de chavales que jugaban al fútbol.

Luego examiné las maquinarias herrumbrosas que había en la explanada. Sobre cuatro tocones mugrientos, al lado de un montón de hierros retorcidos, se erguía el chasis de un automóvil.

Toda esa chatarra llevaba tanto tiempo a la intemperie que estaba incrustada en la tierra y, alrededor de ella, crecían las ortigas y las lechetreznas.

“No te gusta demasiado este sitio, ¿verdad?” me preguntó Luisa. “La verdad es que no” “Lo importante es que esa gente haga su trabajo pronto y bien” dijo Pedrote.

“Por si las moscas, tendríamos que informarnos del horario de autobuses” terció Carmelina. “Yo no me voy a ir sin el coche” “Supón” planteó Luisa “que no tienen la pieza de recambio que hace falta. No vamos a quedarnos aquí hasta que la traigan, compréndelo”

“Por lo pronto vamos a esperar a que vengan los mecánicos con el seíta. Cuando le echen una ojeada y nos comuniquen lo que sea, hablamos” “Claro” dijo Pedrote. “Además, ninguno de nosotros conoce Aracena…”

“Yo sí” lo interrumpió Luisa. “Bueno, sólo tú” “Yo también. Pero hace tantos años que no me acuerdo de casi nada” “Lo que quiero decir, si me dejáis acabar, es que podemos dar un paseo y visitar los alfares” “Me encanta ver modelar el barro” comentó Luisa ahuecando las manos y dando forma a una vasija imaginaria.

Al poco tiempo apareció un land rover que traía enganchado al seíta. Los niños dejaron de jugar y observaron cómo el coche grúa describía un semicírculo y se paraba ante la puerta del taller.

Dos hombres de mediana edad bajaron de la cabina. Uno de ellos, con movimientos pausados, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y encendió uno. Entretanto, el otro giraba la manivela de la grúa, desenroscaba tornillos e iba de aquí para allá con una llave inglesa en la mano.

Cuando el segundo mecánico acabó su trabajo, el primero arrojó la colilla al suelo y la aplastó con el zapato.

Me acerqué al seíta. Inspiraba lástima junto a ese batiburrillo de máquinas arrumbadas.

El cochecito de color verde botella tenía el aspecto de una oruga torpona. También sentía inquietud. No sabía cómo explicar la ausencia del motor y esa sería la primera pregunta que tendría que responder.

No me había atrevido a revelar este dato a mis amigos, pero ya no era posible seguir manteniendo el secreto.

 

 

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14

Cerca de donde estábamos, había una modesta gasolinera con un solo surtidor y un kiosco de madera pintado a franjas celestes y blancas. En el último tramo de nuestro viaje me había percatado de que el nivel de combustible había descendido casi a cero. Era una buena ocasión para repostar.

“¿No hay nadie?”.

Repetí la pregunta levantando la voz y esperé. Oí el ruido de los muelles de un somier. Al cabo de varios minutos apareció un hombre con los ojos hinchados.

“Buenos días” saludé. El empleado bostezó y dijo: “¿Cuánto le pongo?”.

Caí en la cuenta de que ese asunto tenía que haberlo consultado antes con mis compañeros. Los gastos eran comunes.

“No sé, cuatrocientas pesetas” “¿Cuatrocientas pesetas?”.

La perplejidad del empleado al escuchar esa ridícula cantidad me hizo reaccionar de inmediato. “No. Mil pesetas”.

Regresé adonde estaba aparcado el seíta y comuniqué a sus ocupantes que debían darme doscientas pesetas.

Luisa me corrigió. “Serán doscientas cincuenta pesetas” “Las matemáticas fueron siempre tu punto flaco” dijo Pedrote que había vuelto y se había sentado en su sitio.

“¿Dónde está el médico?” “Durmiendo, supongo” “Por suerte” terció Luisa, “Carmelina se encuentra mejor”.

“Así que es necesario apoquinar doscientas cincuenta pesetas” “Eso es. Me equivoqué” dije aunque no del todo convencido.

Cuando hube reunido el dinero, lo conté y el total ascendía a mil doscientas cincuenta pesetas. “No puede ser, corazón” dijo Luisa. “Tiene que sumar exactamente mil”.

“Me habré equivocado otra vez”. Pero la verdad era que sobraban doscientas cincuenta pesetas.

El dependiente se acercó con la manguera en la mano. Pedrote dijo: “Sí que es larga”.

Al levantar el capó descubrí que el motor había desaparecido. El empleado, haciendo caso omiso de ese detalle, desenroscó con naturalidad el tapón del depósito y procedió a llenarlo.

Contemplaba azorado ese hueco donde no había rastro de válvulas, bujías, ventilador ni ninguna otra cosa.

Pagué y subí al coche. No sabía qué hacer. “¡Eh, espabila!” me dijo Pedrote. Giré la llave de contacto. El seíta lanzó algunos resoplidos pero no arrancó. Volví a intentarlo dos veces. A juzgar por sus jadeos sólo conseguía ponerlo al borde del colapso. Crucé los brazos sobre el volante y me recliné.

“Ahora se echa a dormir” “¿Qué te pasa, cariño?” preguntó Luisa. “¿No veis que el coche no se mueve?” “Será porque está frío” apuntó Pedrote. “Seguro que es por eso” “Prueba cerrando el estárter”.

Como no tenía ganas de discutir ni tampoco de revelar la verdad, obedecí. Se escucharon nuevos estertores y eso fue todo.

“¿No será que la batería se ha descargado?” aventuró Carmelina. “Pudiera ser” dijo Pedrote. “En ese caso sólo hay una solución” repliqué. “¿Cuál?” “Que salgáis y empujéis”.

“¡Manos a la obra!” exclamó Pedrote. A continuación, dirigiéndose a mí, añadió: “Mete la segunda y, cuando el coche coja velocidad, desembraga de golpe”.

Ateniéndome a su consejo, esperé el momento oportuno para levantar el pie del pedal. El seíta resopló y, dando un brusco frenazo que cortó en seco su carrera, empezó a trompicar y a emitir extraños ruidos.

Mis tres compañeros, alarmados por ese estrépito, se precipitaron detrás de nosotros.

Las dos mujeres se quedaron pronto rezagadas, pero Pedrote, que era de constitución atlética, siguió acortando distancia hasta que varios estampidos estremecieron al coche. Entonces se detuvo y se tapó las orejas.

Parecía que el seíta iba a desarmarse de un momento a otro, pero tal cosa no ocurrió.

Aturdido, abrí la portezuela con mano temblorosa y puse pie en tierra.

“¡Es inaudito! ¡Es inaudito” repetía Pedrote muerto de risa. “¿Estás bien?” “Eso creo”.

El auto le interesaba más que yo. Lo estuvo palpando y examinando un rato. Finalmente declaró: “Este cochecito tiene la resistencia de un tanque”.

Carmelina hizo un comentario de índole diferente. “Si llego a saber esto, no vengo” “Esta cafetera está para el desguace” dictaminó Luisa. “Aunque parezca mentira” replicó Pedrote, “está entero” “Pero por dentro” apunté “debe de estar hecho una pena. Hay que buscar un taller” “En marcha, pues”.

 

 

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13

“No nos podemos quedar con los brazos cruzados” dijo Luisa después de que yo apagase el motor del seíta.

Me zumbaban los oídos. La desfigurada voz de Luisa penetró por ellos como un dardo, provocando cortocircuitos a su paso.

“¡No grites!” exclamé. “Nadie tiene la culpa de su indisposición” “Ya se le pasará” dijo Pedrote. Luisa puso cara de espanto y planteó en un tono desgarrador: “¿No os dais cuenta de que se va a quedar seca?”.

Pedrote y yo reaccionamos como si nos hubiese atacado un tábano enfurecido.

“¡Cállate!” “Sois dos malnacidos. Eso es lo que sois. Si estuvieseis en su lugar, no os gustaría que os dejasen tirados como a un perro. Pero como se trata de ella…”

Tenía punzadas en la cabeza. Fui a replicarle, pero se adelantó Pedrote. “Tú no estás en tus cabales” “¿Qué insinúas?” agregué yo.

Luisa tenía los ojos llorosos. Se sonó la nariz y estrujó el pañuelo en la mano. Parecía haber renunciado a dar ninguna explicación, cuando nos espetó: “La odiáis” “Estás disparatando” “Os cae mal y se os nota. ¡Vaya si se os nota!” “No abuses de mi paciencia”.

Pedrote se había desentendido de este asunto y contemplaba las casas y los árboles. Carmelina vomitaba de vez en cuando. Las arcadas la dejaban exhausta.

Luisa se puso a gimotear. Ordené a Pedrote: “Ve a buscar a un médico”.

Fue a protestar, pero no lo dejé. “Si tienes que llamar a todas las puertas de Aracena, llama” “¿Puedo preguntar qué vas a hacer tú?” “Voy a ver si encuentro una bolsa de plástico”.

Una vez fuera del vehículo, Pedrote dijo: “Estaba pensando que…” “Que no debes perder un segundo”.

Se alejó tranquilamente, limitándose a leer las escasas placas que encontraba a su paso. Cuando desapareció, abrí el maletero del coche.

Había allí una rueda de repuesto, una caja de herramientas y varias bolsas llenas de papeles. Cogí una y la vacié. Los folletos que contenía se desparramaron. Eran de diversos tamaños, con ilustraciones y sin ellas, de brillantes colores, en grandes caracteres…

Uno que pregonaba las excelencias de la miel, atrajo mi atención. Se titulaba: LA ABEJA, ESA DESCONOCIDA. Ignoraba que ese producto tuviese tantas propiedades; gracias a la glucosa era el alimento del esfuerzo muscular; tenía también propiedades laxativas y facilitaba la asimilación del calcio. Me enteré de que había jabones y mascarillas de miel, de que la jalea real era un poderoso estimulante y de que el hidromiel era consumido por los dioses del Olimpo. Doblé el folleto cuidadosamente y lo guardé.

Al azar entresaqué una hojilla que resultó ser un prospecto sobre el formaldehído. Indicaciones, contraindicaciones, toxicidad, incompatibilidades…Me enfrasqué en su lectura. Ese medicamento era casi milagroso.

Luego me quedé mirando un dibujo que representaba a un joven con una guitarra en bandolera; en una mano tenía una maleta marrón parcheada de pegatinas, y en la otra enarbolaba un billete. Al fondo se veía un trenecito verde.

Estaba admirando la fotografía de una cama cubierta por una colcha turquesa, cuando Luisa, sacando medio cuerpo por la ventanilla, preguntó: “¿Qué estás haciendo?” “Estaba revisando estos papeles” respondí al tiempo que le alargaba la bolsa de plástico.

Una apremiante llamada suya me disuadió de volver a mi interrumpida y grata tarea.

“¿Qué tripa se te ha roto ahora?” “¿Por qué eres tan desagradable?” “¿Qué quieres?” “Que limpies el bolso de Carmelina. Mira cómo está”.

Asiéndolo con dos dedos, me acerqué a una acacia y lo restregué contra el tronco. Después lo froté con algunos papeles.

“Ya está” “Tengo que comentarte algo” susurró Luisa. Me agaché y permanecí atento. “Entra” “Estoy bien aquí” “Entra, por favor, y comprueba una cosa”.

Me acomodé en mi asiento y dije: “No andes con tanto misterio” “¿No notas nada?” “¿Qué debo notar?” “Sabes perfectamente a qué me refiero”.

Tras titubear me encogí de hombros. “Lo has percibido” “¿Qué he percibido?” “Que no hay nadie a tu lado”.

Pasé la mano por la tapicería del asiento y pregunté: “¿Cuándo se ha ido?” “Poco después de que aparcases el coche” “Entonces está en Aracena” “¿Eso te preocupa?”.

No respondí. Miré a Carmelina que sostenía la bolsa de plástico abierta a la altura de la barbilla. Luisa dijo cariñosamente: “Parece que tiene puesto un bozal”.

 

 

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