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Archive for the ‘Anotaciones’ Category

CSC_005197.-El hecho religioso es un fenómeno universal, presente en todas las culturas y en todas las épocas, desde la prehistoria a nuestros días. Esta constatación debería bastar para tomárselo en serio y comprender que su eliminación es imposible. Sin embargo, no es así. Cansinamente, una generación tras otra, sigue siendo objeto de mofa y escarnio por parte de sectores sociales pretendidamente avanzados, pero que no lo son tanto, como lo demuestra su cortedad de miras o su ceguera al respecto. Nadie que ve poco o no ve puede conducir a ningún lugar seguro.

Suele ocurrir que estos desprejuiciados representantes de la humanidad, de vuelta de todo, y con una respuesta a punto para cualquier cuestión, proyectan su propia ignorancia en la denostada población de creyentes, a la que mira por encima del hombro, recordando en esto a la Castilla dominadora de Antonio Machado.

Nuestras limitaciones intelectuales, u otras, en lugar de ser asumidas, son erigidas en deidades justicieras. Lo que no es más que una incapacidad es mostrado como la prueba irrefutable de nuestra superioridad.

Reírse o señalar desdeñosamente con el índice a un devoto que recorre de rodillas, con una vela encendida en cada mano, la explanada del santuario de Fátima, es otra prueba no de superioridad sino de memez. En cuanto al espectáculo, más lastimoso que divertido, cabe preguntarse si está en quien con fe se desuella las rodillas y se quema las manos con la cera derretida, o en quien esboza una mueca burlona y masculla algo sobre las supersticiones.

Uno de estos paladines del progreso, arropado en el beneplácito de su auditorio, a propósito de los que se arrastran como lombrices, discurseó que más les valdría andar erguidos y, en vez de en velas, gastarse el dinero en una cerveza y en un bocadillo de chorizo de Cantimpalos.

Ya puesto a pontificar añadió que lo que se debía hacer era convertir las iglesias, las mezquitas y las sinagogas en sendas discotecas con destellantes bolas de espejos. O en gimnasios con todas sus máquinas y equipos. Lo importante era muscular.

Hay que reconocer que ese hijo de la posmodernidad lo ponía fácil. Si la vida se reduce a una cerveza bien fría y a un bocadillo de chorizo, no forzosamente de jamón de Jabugo, lo cual complicaría el asunto, cualquiera puede permitirse la realización total en nuestra sociedad. Y sin embargo, no es esa la impresión que se tiene cuando uno mira a su alrededor.

¿Quién no aprecia esa bebida y ese alimento, u otros diferentes? El ser humano los necesita para subsistir. No disponer de ellos constituye un grave problema que afecta a mucha gente, para quien su solución es lo primero. Nadie niega esta realidad. Pero hay otras.

El hombre no es sólo un vientre, aunque esto sea verdad en numerosos casos. Cifrarlo todo en lo material, reducir o retrotraerlo todo a lo primario equivale a animalizar. Y al rebaño se le acaba estabulando tarde o temprano. Con que tenga cubiertas sus necesidades, incluidas las lúdicas, es suficiente.

Ese panorama desolador, ese callejón sin salida, esa casa sin ventanas, es justamente lo que cuestiona con su religiosidad “el pobre imbécil” que avanza metro a metro en dirección de la escalinata de acceso.

El chico progre, para redondear su perorata, en un gesto teatral, no se priva de sacar de su mochila y de exhibir ante la audiencia un ejemplar sobado de “Así habló Zaratustra”, su libro de cabecera. Lo enarbola orgulloso y proclama: “Más Nietzsche y menos supercherías”.

 

 

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DSC_001096.-El dolor es una de las realidades más apabullantes. Hablamos del dolor físico. De un dolor de muelas, de un cólico nefrítico, de una úlcera de estómago. Cualquiera de ellos se impone por sí solo y anula todo lo demás. Absorbe la energía y la atención. Nos pone en sus manos. La única cuestión que se plantea es cómo librarnos de él o, al menos, cómo disminuir su poder.

El dolor, si es suficientemente intenso o punzante, está reñido con cualquier consideración teórica, ya sea de índole filosófica, religiosa, moral u otra. El dolor no parte peras con nadie. Es una tiranía que excluye toda disidencia. Ni cavilaciones ni recuerdos. Ni por supuesto análisis como cuando se trata de sensaciones, emociones o sentimientos. Ante una buena jaqueca sólo existe el consuelo de un buen analgésico.

De hecho, no hay nada que analizar ni sopesar ni contrastar. Cuando el dolor hace acto de presencia, es todo nuestro. Nada más se puede añadir a esta evidencia.

El dolor, del que quisiéramos huir, al que quisiéramos dar un portazo en las narices, nos tiene férrea y paradójicamente atados a la realidad, en este caso encarnada en él. Las fantasías, las ensoñaciones, los devaneos mentales, cualquier forma de distracción o evasión se desmoronan, se reducen a polvo. El viento del dolor los avienta obligando al sujeto a enfrentarse consigo mismo, pues el dolor es suyo y de nadie más. Es lo más real que existe en ese momento. Real e implacable. Algo que no se puede compartir y ante lo que no caben los subterfugios ni los engaños.

En su ensayo sobre este tema, Ernst Jünger, en un lenguaje lejano y ajeno, habla de mundos heroicos, de guerras, de soldados…Advierto, erróneamente a lo mejor, cierta rigidez prusiana, los efectos de una educación estricta, la fascinación de Esparta.

¿Qué heroicidad hay en ser mutilado, en desangrarse como una res degollada, en sufrir una muerte horrible? ¿Dónde está el mérito de dejarse acribillar por cientos de mosquitos sin dar un solo manotazo para despachurrar a unos cuantos, sin perder la sonrisa ni la compostura, conversando agradablemente con los zumbidos de esos “ministriles de las ronchas y picadas” (Quevedo) como música de fondo, mientras se toma un refresco al aire libre? ¿Por inhumana o estúpida no espanta esa impasibilidad?

Las teorizaciones sobre el dolor, a no ser que vengan avaladas por la propia experiencia, en cuyo caso se tiende más a consignar hechos y datos, o dejan frío o producen irritación. No se trata de saber cómo debemos comportarnos sino cómo te comportaste tú en coyunturas de crudeza física. A lo mejor así se aprende algo, se saca alguna conclusión.

Eso es seguramente lo que interesa a la mayoría de las personas: informaciones derivadas de la historia de cada uno (del historial clínico, si se quiere) por si pueden ser de alguna utilidad. Esa ayuda es una esperanza muy extendida que, desgraciadamente, suele revelarse a menudo como una ilusión más.

¿El dolor dignifica, degrada, endurece, debilita? ¿O es simplemente una fatalidad como un día de lluvia o cualquier otro percance meteorológico?

¿Hay que enfrentarse al dolor como un valiente o tratar de evitarlo por todos los medios y, si esto no es posible, intentar reducir al mínimo sus efectos? La postura mayoritaria, y seguramente la más sensata, es la segunda, pero hay quien piensa que, si la entereza lo permite, la primera opción es preferible. Entendiéndase que no se trata de una absurda lucha a brazo partido con ese contrincante sino de la capacidad de trascender esa situación sin dejarse sojuzgar.

 

 

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24 de julio de 2013 03395.-Me pregunta Emma: “¿Cómo consigues no discutir?” “No lo consigo siempre, aunque es verdad que no entro al trapo con tanta facilidad como tú” “Reconozco que no puedo quedarme callada cuando estoy en desacuerdo, algo me solivianta o escucho un disparate” “Es arduo, desde luego, mantener la calma en esa tesitura. Mi clave, si de tal cosa puede hablarse, es bien sencilla. Parto de la base de que el otro es más fiera que yo. Y ciertamente es un recurso que funciona.”

“El otro” replica Emma “no sale bien parado en esa valoración apriorística” “Procedo con discernimiento. Hay mucha materia que está sujeta a opinión. Tú tienes la tuya y yo tengo la mía. De idiotas es discutir sobre colores y sobre muchas cosas más. De gustibus non est disputandum. Si nos atenemos a esa sabia recomendación, descartamos de entrada una cantidad ingente de motivos para porfiar.

“En una discusión el factor psicológico es de capital importancia. Este dato puede calibrarse rápidamente. Tan pronto como la otra persona abre la boca, queda claro el talante que se gasta.

“En cuanto detecto que el otro no quiere dialogar sino arrollar, que escuchar no le interesa en absoluto, que tratar de meter una cuña en ese soliloquio implica una lucha agotadora, concluyo que el otro es más fiera que yo. Que en esa confrontación llevo las de perder. Que no vale la pena que pierda mi tiempo y mi energía con un energúmeno. Que lo más sensato es darle cuanto antes la perra gorda y finalizar la entrevista.

“Callo, lo cual no quiere decir que otorgue. Callar, en este caso, equivale a aguantar el chaparrón. No va más allá de ser un comportamiento mínimamente educado con el que se trata de abreviar una situación incómoda.

“Callar equivale a obsequiar al interlocutor con la última parrafada. Si no es un obcecado, toma conciencia de su desconsideración. Y si lo es, se va la mar de contento pensando que se ha llevado el gato al agua.

“Cada vez estoy más convencido de que no vale la pena discutir por nada. Hay muy pocas cosas en la vida que se merezcan un acaloramiento verbal, que justifiquen cualquier tipo de agresividad”.

“Suena razonable” replica Emma, “pero a mí me resulta difícil mantener esa actitud estoica” “No hay estoicismo sino simple deseo de acabar y ese es el camino más corto. Si los demás se ponen burros, la solución no es que tú te pongas más burro que ellos. De esa forma lo único que se logra es organizar un concierto de rebuznos”.

“¿Debo entender eso como una alusión?” dice Emma medio en broma medio en serio. “¿Cómo puedes pensar tal cosa? Conozco a pocas personas tan respetuosas y empáticas como tú”.

 

 

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15 de febrero de 2015 (Palacio de la Condesa de Lebrija) 04385.-Los escritores no son de fiar. Son como los periodistas. Estos se acogen a la coartada de la información. Y aquellos a la de la ficción.

86.-O perderse en el azul o chapotear en el rojo. O subes o bajas. ¿O es una cuestión de equilibrio? Ahí estamos. Los de arriba mirando a los de abajo por encima del hombro. Y los de abajo burlándose de los de arriba.

87.-La mejor forma de recordar una cosa es querer olvidarla. Y no querer saber nada de un asunto es la mejor forma de enterarse.

88.-No desaproveches nunca una buena ocasión de callarte.

89.-Dice Emma: “Como se vaya mi hermano, no sé qué va a hacer ella. No va a tener a quien contradecir, corregir, interrumpir, dirigir, instruir” “Resumiendo, tu cuñada se va a aburrir” “Soberamente”.

90.-Las condiciones exteriores pueden ser favorables o nocivas. Pero no nos engañemos: el auténtico neurótico lo es a tiempo completo y en cualquier parte.

91.-La comunicación es una planta más resistente de lo que se cree. Soporta periodos de abandono, privaciones de luz solar, riegos espaciados. Pero algo que no tolera, algo que la marchita de inmediato es el ácido úrico.

92.-Emma ha tenido una trifulca. Está seria, distante. No diré que casualmente saco a colación el tema de las relaciones humanas. Me escucha. Cuando callo, no replica de inmediato, como acostumbra. Se toma su tiempo. Cuando habla, es categórica.

“Lo ideal es que te quieran. Pero si eso no es posible, al menos que te respeten. Si tampoco esta opción es viable, entonces que te teman”.

93.-Emma es muy sensible a las frases lapidarias, a esas que no admiten réplica, que son como un directo a la mandíbula que tumba al interlocutor.

Pero con ella dan en hueso. Bonita es para persignarse y decir amén. Cuando escucha una de esas perlas que tanto abundan en los muros de facebook, o que aparecen ensartadas en los collares de la filosofía twitter, su reacción es siempre la misma.

Se queda mirando fijamente al gurú de guardia y le espeta: “Bueno ¿y ahora qué?”

94.-Los suelo encontrar por el barrio cuando salgo a hacer compras o a dar un paseo. Ella es gorda y lleva siempre el bolso fuertemente agarrado, como si temiera que fueran a robárselo. Se la ve envalentonada y disponedora. A él bonachón y resignado después de muchos años de convivencia. A cada uno le toca en suerte un lote y el suyo incluía una esposa asertiva.

En la sala de espera de la consulta del médico los tenía sentados frente a mí. Cuando les llegó el turno, ella, no sin dificultad, se puso en pie y ordenó a su marido: “Tú no entres. Quédate aquí”.

Una vez solos, nuestras miradas se cruzaron. En la suya afloraba la bonhomía. Por solidaridad masculina estuve a punto de exclamar: “¡Qué bicho!”, pero dije: “Tiene carácter” “Menudo bicho está hecha” replicó él esbozando una sonrisa contagiosa.

 

 

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01 de mayo de 2014 04578.-La rigidez, la inflexibilidad, la cerrazón dejan escaso margen de maniobra. La única posible, a veces, es salir dando un portazo.

79.- Todos tenemos cuelgues y fijaciones. Eso es malo. Pero todavía es peor que tratemos de imponérselos a los demás.

80.- Me pide Emma que defina al creyente. “Desde el punto de vista socrático, que comparto” respondo, “es la persona que tiene la esperanza de que hay algo después de la muerte, algo mejor para los buenos que para los malos”. “¿Y un ateo?” “El que niega esa esperanza”.

81.-Convivir con las injusticias es uno de los más duros aprendizajes. Convivir no quiere decir aceptar sino verse obligado a seguir adelante a pesar de todo. Otra asignatura que se cursa forzosamente, y que nunca se logra aprobar, es la convivencia con las actitudes irracionales. Unas y otras pueden dar al traste con los principios más asentados y las resoluciones más firmes. Unas y otras ponen a prueba los nervios. Unas y otras son los golpes que hay que encajar sin renunciar al sentido de la justicia ni despreciar la luz de la razón.

82.-Algunos piensan que nunca han llegado. Por eso no paran de andar. Piensan que lo mejor está por hacer, que la meta está más lejos, que son ellos los que tienen que seguir.

83.-Todos pagamos un precio. Es verdad que no todos los precios son de la misma cuantía. Los hay altos y bajos. Y verdad es también que algunos que pagan un precio irrisorio se quejan más que los que pagan un precio elevado.

Tarde o temprano todos comprobamos que nada es gratis. Lo único que hay que ver es si el precio que estamos pagando nos conviene. Pero que no nos quepa la menor duda de que un precio hay que pagar.

84.-Estaba vestida estrafalariamente. Cómoda, decía ella, metiendo las manos en los bolsillos de los anchos pantalones y tirando hacia fuera, adoptando así la figura de un polichinela. Sin duda este gesto le resultaba gracioso o chic, vaya usted a saber. Un muestra de su espontaneidad.

“La cosa funciona o no funciona, eso es todo” “¿Y no se puede hacer nada para que funcione?”.

Esbozando un mohín de fatalidad, respondió: “No. Te lo he explicado varias veces, pero tú no quieres entenderlo. La vida es una cuestión de funcionamiento. Eso es lo único que hay que saber y aceptar. Ahí radica toda la sabiduría. Los funcionamientos no se fuerzan. A lo más que podemos aspirar es a un buen funcionamiento” “Y nosotros lo único que debemos hacer es cogerlo por los pelos si pasa a nuestro lado” “Pues sí, se podría expresar así. No le des más vueltas. Siempre te ha gustado comerte el coco. La clave es esta: la vida, en cualquiera de sus aspectos, funciona o no funciona. No te lo repito ni una vez más”. Y dicho esto, dejándome con la palabra en la boca, se alejó con sus pantalones bombachos, su camiseta ancha de Armani y sus collares de bisutería fina.

 

 

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01 de mayo de 2014 04572.- Si se tiene el sentido de la trascendencia y de la sacralidad, la muerte no es más que un tránsito. El momento de la devolución de lo que fue dado. Un descanso. Un regreso. El fin de la enfermedad llamada vida. Si no se tiene ese sentido, es lo mismo pero sin la asistencia de la esperanza. A lo mejor ni siquiera esa diferencia. Las ilusiones echan raíces profundas. Cuanto más locas las primeras, más tenaces las segundas.

73.-Hay épocas en las que se multiplican los tristes bufones con su retahíla de insultos, obscenidades, provocaciones y parodias chocarreras. Se pone en solfa y se despelleja a quien se tiene en frente porque su cara y andares no gustan.

Pero al que miro tan críticamente, me mira también. También yo estoy en frente.

Da igual. Hay épocas en las que se prefiere minar el terreno. El mismo para todos.

74.- Digo: “Los políticos de altura guardan irremediablemente varios cadáveres en su armario” Emma: “¿De altura o de bajura?” “Ese dato demuestra que se trata de un practicante de la alta política” “¿Y no te parece un dato escandaloso?” “Lo es, sin duda. Pero todavía más deprimente es comprobar que, cuando esa información sale a la luz pública, más aún, cuando el estadista en cuestión se quita la máscara, la mayoría de la gente, no digo sus fieles que, esos, aplauden el gesto y justifican los crímenes, no se inmuta”.

75.-En líneas generales el hombre tiende a la introversión y la mujer a la extroversión que es un valor en alza, una actitud mucho más apreciada que su opuesta. Este es uno de los signos de la sociedad actual donde quien calla incomoda, donde se prefiere el parloteo al silencio, donde al retraído se le coloca la etiqueta de bicho raro y al que no para de enredar la de animador e incluso dinamizador sociocultural.

76.-Todas las revoluciones cuentan en su haber con miles o millones de muertos, empezando por la francesa de 1789 y acabando por la de los Jemeres Rojos (1975-79). A quien se le llena la boca con esa palabra, implícita o explícitamente, está de acuerdo con las carnicerías perpetradas. De uno u otro modo las considera necesarias. Eso sí, siempre y cuando sea a otro a quien conduzcan a la guillotina o al campo de concentración. Se sobreentiende o se entiende claramente lo que este defensor y admirador piensa: la revolución hay que aplicársela al prójimo.

77.-Cuando el artista se siente atrapado, se produce el cortocircuito. Un pensamiento puede ser la causa del fatídico accidente. Un “por qué no” es la tijera que corta un cable haciendo saltar las primeras chispas. Un inocuo “por qué no” es el interruptor de la descarga de adrenalina que paraliza, que afloja las piernas, que cubre de sudor frío el cogote. Es sólo cuestión de minutos o de segundos que el artista pierda pie y dé un batacazo.

También puede ocurrir que, una vez pulsado el interruptor, la adrenalina se vierta gota a gota en el organismo. El artista empezará a experimentar una tensión paulatina, una tracción muscular en la base del cráneo, en la coronilla, en las sienes, en los hombros, en toda la cintura escapular, que irá en aumento. Como una zarpa que aprieta inmisericorde. Como un arco cada vez más tirante. El resultado es el mismo que en el caso anterior.

 

 

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IV

“Cualquier hombre o mujer, en cuanto mero ser vivo, tiene derecho a tomar las medidas defensivas que considere necesarias para su supervivencia y para su dignidad. Creo que he estado hablando de eso mayormente. Ese perdón cuya descripción has hecho, es sobrehumano. Ese perdón total nos sobrepasa y me parece ridículo, un contrasentido, hablar de perdones parciales, que no serían más que esas medidas defensivas a las que hago constante alusión. Por cierto, habrás observado que no propongo nunca medidas ofensivas.

“Confieso que ni querría ni sabría perdonar a quien me está dando bofetadas. Ni mi altura moral ni mi carne doliente, es decir, mis limitaciones humanas, me lo permiten. Esa proeza está reservada a los santos. Yo sólo aspiro a librarme del mal, a no convertirme en un esbirro suyo, a poner tierra de por medio.

“¿Conoces la historia de Epicteto y su amo Epafrodita? Este, para sacar a su esclavo filósofo de su imperturbabilidad, con muy mala uva, le colocó en un pie un borceguí de tortura y empezó a apretar. Epicteto, sin que se le alterase la voz, le advirtió que, como no parase, le iba a fracturar un hueso. Pero Epafrodita estaba lanzado. Se oyó un crujido y Epicteto declaró: “Te lo dije. Ya me has roto la pierna”.

“¿Quiénes proceden como Epicteto? Ese ideal de ataraxia es prácticamente inaccesible. Aunque ejerza atracción, la mayoría de los mortales es consciente de que se halla por encima de sus posibilidades. Sólo cabe entender ese ideal como una invitación o una orientación.

“De hecho, los mismos estoicos reconocían que la ataraxia era una meta inalcanzable. Ni el mismo Epicteto ni Sócrates ni ningún otro sabio de la Antigüedad realizaron ese ideal, al que sólo se puede tender. Desde luego, ellos fueron los que más se aproximaron, los que lo encarnaron más cabalmente.

“Lo mismo se puede afirmar de ese perdón magnífico que planea más alto que las águilas, de ese perdón liberador que, según sus apologetas, te expande el pecho y te inyecta un chute de alegría y bienestar como ninguna droga ha conseguido hasta este momento. Pero yo pienso que ese gran perdón no depende de ti, excede tus fuerzas. En el caso de los elegidos puedo entenderlo como una gracia que el cielo les concede. Pero nosotros, simples ciudadanos de a pie, debemos tener la humildad de ponerlo en manos de Dios.

«Jesús en la cruz no dijo: “Os perdono porque no sabéis lo que hacéis” sino “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

«En cuanto a Borges, que como todo escritor de fuste ha abordado las principales cuestiones y ha dejado dicho al respecto cosas muy sensatas, cosas que tal vez choquen o no se comprendan en una primera lectura, normalmente por inmadurez o por la ceguera impuesta por los prejuicios, no tuvo empacho en confesar que él no creía en el perdón.

«Estas fueron sus palabras: “Si yo obro mal y me perdonan, ese acto de perdón es ajeno y no puede mejorarme a mí. El ser perdonado no tiene importancia”.

 

 

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71.-La vida es sueño (Calderón de la Barca). La vida es un bidón de gasolina (para la fabricación de cócteles molotov). La vida es una historia contada por un idiota, llena de estruendo y furia, que nada significa (Shakespeare). La vita è bella. La vida es un regalo. Vivir es un placer. Vivir no, fumar (Sara Montiel). Dos y dos son cuatro (no siempre, eso depende del sistema numérico utilizado). La vida es tránsito. La vida es lucha. Un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción (otra vez don Pedro). La vida es una tomadura de pelo. Un envite, un desafío. La vida es una oportunidad. La vida es un aprendizaje. Vivir es superarse. Vivir es caminar. Vive y deja vivir. A Dios rogando y con el mazo dando. Dentro de cien años todos calvos (menos los naturales de la isla japonesa de Okinawa que viven más sin encanecer siquiera). La vida es una estafa. El escenario donde podemos mostrar nuestras habilidades sociales. Una efímera intersección espaciotemporal. Un campo de batalla. El laboratorio donde experimentan el azar y la necesidad. Un milagro. Lo único importante. La ocasión de participar en MasterChef o en Operación Triunfo. La vida va en serio. Dame pan y dime tonto. La vida nos ajusta las cuentas. Nos pone en nuestro sitio. La vida no nos pertenece. La vida es una tómbola (Marisol). Vivir es no dejarse engatusar. Comer, beber, amar. Mysterium tremendum. La vida es una piedra de amolar. Nuestras vidas son los ríos (Jorge Manrique). Ars longa, vita brevis (Hipócrates). La vida es adoración. La vida es…

No olvides, amable lector, que, la definas en serio o en broma, te descubrirás.

 

 

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III

“En relación con este tema se encuentra esa cuestión tan contradictoria del autoperdón, puesto que el perdón es, por definición, una gracia que te concede otra persona. De lo que se trata, hablando con propiedad, es de autoindulgencia. Todas mis debilidades y faltas son merecedoras de comprensión. Y si los demás no las aceptan, las critican o les importan un comino, yo mismo me encargaré de valorizarlas.

¿Qué otra cosa es el autoperdón sino el afianzamiento en el inmovilismo? El autoperdón es la negación de cualquier posibilidad de cambio. La metanoia queda descartada. Yo peco y yo me perdono cuantas veces sean necesarias.

“Para volver a las andadas una y otra vez, para mantenerse en sus trece, se tiene que ser comprensivo consigo mismo. Se admitirán algunos fallos pero minimizándolos o justificándolos. Esa actitud permisiva sólo conduce a la soberbia pero no al conocimiento derivado del aprendizaje de los propios errores.

“Si el objetivo es ser más ecuánime, más honesto, ese no es el camino. El autoperdón no es más que una treta para hacer su santa voluntad. Y así «ad aeternum».

“Hay gente a la que se le llena la boca con la palabra “perdón” porque queda bonito, pero su comportamiento desmiente de tal forma su discurso que no puedo dejar de recordar que somos lo que hacemos.

“Perdón es una palabra de origen religioso que es utilizada profusamente en otros ámbitos porque concede a quien la pronuncia una prestigiosa impronta moral. Y esa aura es un bien codiciado en esta correcta sociedad en la que la impostura es moneda corriente.

“Pero el perdón no es una serie de fonemas que cualquiera puede emitir a voluntad, atendiendo a sus intereses, sino un don divino o una conquista tras una ardua lucha, tras recorrer una larga senda. El perdón está reservado a los benditos.

“En el día a día bastante tenemos con no caer en las garras del mal, con no dejarnos arrastrar por los demonios y engrosar sus filas. Bastante tenemos con no devolver ojo por ojo y diente por diente, porque esa tentación es grande, con no convertirnos en un eslabón de esa cadena infernal. Bastante tenemos con distanciarnos y olvidar”.

Aunque ignore cómo, insisto en que uno puede perdonar no de boquilla sino de corazón, no haciendo el paripé o forzándose a ello para tener buen cartel sino por auténtica compasión.

Y añado: “Estoy de acuerdo contigo en que perdonar no consiste en decir “te perdono” como quien dice “pelillos a la mar”. O sea, como quien se aviene a una componenda más o menos sincera, normalmente para salir de paso o para evitar que la convivencia se resienta demasiado. El perdón, sin duda, es algo más profundo, algo que hunde sus raíces en la divinidad, que participa de un poder ultramundano”.

 

 

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II

“No niego que haya individuos capaces de trascender el mal y otorgar un perdón genuino, pero el común de los mortales tiene cariño a sus espinillas y quiere protegerlas, lo cual no es más que una legítima reacción de defensa.

“En la vida diaria uno se atiene a lo que ha aprendido. Si tú sabes que mengano es nocivo, actuarás en consecuencia. Y si no, aunque haya perdón de por medio, atente con mansedumbre a lo que sobrevenga.

“Naturalmente existe la posibilidad del cambio, de la metanoia, que es una palabra que me encanta. Mengano puede haberse convertido en otra persona, en cuyo caso hay que actualizar los datos y modificar la opinión que nos merecía. Una de las características definitorias del ser humano es precisamente esa: la transformación. El hombre puede rehacerse, ser otro, arrepentirse, enmendarse. No seré yo la que diga que eso es tarea fácil. Pienso más bien que ese compromiso a largo plazo, tan largo que puede coincidir con los años que tenemos asignados, es nuestra misión primordial.

“Esto es tan válido para el ofensor como para el ofendido que equipara el perdón a la panacea universal. No hay que hurgar mucho para hacer aflorar la rabia y el malestar que ese brebaje mirífico no ha logrado disolver.

“Ese perdón absoluto, ese perdón por encima y a pesar de todo, está, supongo, al alcance de los santos y de los mártires, pero las personas normales carecen de esa capacidad. A lo más que estas llegan es a una buena gestión de los altibajos emocionales, de las añagazas, manipulaciones, zancadillas, desencuentros, abusos, faenas y otros embates del mal, de esa amplia panoplia de experiencias negativas que forman parte integrante e ineludible de la vida.

“¿Perdonar consiste en decir: “te perdono” o se trata de una predisposición interior que ni siquiera requiere ser verbalizada? Y me pregunto también: ¿Si perdono de la primera forma, la que podríamos calificar de egoísta, estoy contribuyendo con ello a la mejora del ofensor? ¿O esa transformación es un asunto que el interesado debe asumir, y, hasta que no se decida, de poco o nada valen las aportaciones externas?

“Es verdad que el perdón es una cosa y el arrepentimiento otra. El segundo (la conciencia de que se ha obrado mal) es la base del cambio. Si no hay contrición, no hay enmienda. La persona sigue siendo la misma, sus actuaciones se repetirán.

“Si no eres la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, es probable que no soportes a ese sujeto o que tomes tus medidas, las cuales no coincidirán seguramente con las que ella enumera en su oración De Todos Modos” “A lo mejor con el perdón estamos ayudando a esa persona a su conversión, estamos allanándole el camino” “Sin duda esa es una buena razón” concede Emma.

“Pero yo pienso” prosigue “que somos responsables de nuestros actos, de modo que, cuando hacemos daño, no podemos refugiarnos en la ignorancia o la estupidez, las cuales tengo por dos formas del mal, o en cualquier coartada por muy rimbombante que sea su membrete. Quien no asume un principio tan elemental como el expuesto es difícilmente recuperable. El diablo seguirá haciendo de las suyas”.

 

 

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